Palacio del parque del Laberint: 20 años de desidia municipal

M. Eugenia Ibáñez
Periodista

El palacio del marqués de Alfarrás, en el parque del Laberint, es un ejemplo de desidia y abandono municipal en el que han coincidido los gobiernos municipales de los últimos 20 años. Socialistas, convergentes y, hasta ahora, Barcelona en Comú, se han empecinado en permitir que ese recoleto y hermoso edificio sume degradación y abandono hasta poner en peligro su existencia y, por si fuera poco, se convierta en un grave riesgo para los visitantes de uno de los parques más interesantes de Barcelona.

Vista parcial de la fachada

La explicación de este desinterés podría ser su emplazamiento, alejado del centro de la ciudad y, en consecuencia, de esas críticas que siempre han sido eficaz acicate de la actividad municipal. El abandono no tiene explicación alguna, máxime si se considera que tanto el jardín como el edificio están protegidos y el primero es el más antiguo de la ciudad.

El parque del Laberint, de nueve hectáreas, situado en el barrio del Vall d’Hebron, en la ladera de la sierra de Collserola y próximo a la Ronda de Dalt, tiene su lejano origen en una torre de defensa del siglo XI que fue aprovechada en construcciones posteriores. Los jardines y el pequeño palacete fueron decisión de Joan Antoni Desvalls, marqués consorte de Alfarrás, que en 1794 encargó al arquitecto italiano Domenico Bagutti la creación de un jardín neoclásico en la finca que la familia tenía en el entonces municipio de Horta. En posteriores reformas y ampliaciones intervinieron el jardinero francés Joseph Delvalet y, ya en el siglo XIX, el arquitecto Elias Rogent. El resultado que ha llegado hasta nuestros días es una mezcla de estilos -neoclásico, romántico, oriental-, esculturas, estanques, pequeños canales y un magnífico laberinto central, elemento emblemático formado por 750 metros de cipreses recortados. En la entrada del parque se encuentra el palacio, de estilo neogótico y neomozárabe.

Actual estado del ala lateral

El Ayuntamiento de Barcelona compró el recinto a la familia Desvalls en 1967, en 1971 se abrió al público tras una primera restauración y la segunda se llevó a cabo en 1994 con fondos de la UE. Los sucesivos trabajos de acondicionamiento y mejora se limitaron a los jardines y la conservación del palacio quedó para tiempos mejores que, como resulta evidente, no han llegado nunca. Hacia 1995, en un extremo del edificio se instalaron servicios del Instituto de Parques y Jardines, pero el ayuntamiento no tocó ni un ladrillo del resto para frenar su progresiva degradación. Los diversos gobiernos municipales que se han sucedido en los últimos años han mantenido su rechazo a hacer inversiones directas y han buscado siempre usos ajenos que asumieran el coste de la restauración del edificio. Al margen de otros usos que no llegaron a hacerse públicos, hace diez años se especuló con la posibilidad de que se convirtiera en sede de la Fundación Joan Brossa, y el último intento fue en el 2013, cuando el alcalde socialista Jordi Hereu ofreció el palacio para su transformación en Casa de Marruecos. De nuevo, los costes de restauración, cada vez más elevados, fueron la causa de que el consulado de este país rechazara el proyecto.

Y mientras tanto, entre intentona e intentona de traspasar a terceros la obligación municipal de conservar un patrimonio público, el ayuntamiento no ha colocado ni un ladrillo, ni una viga. El resultado actual de esa pasividad, de esa dejación de responsabilidad, es un edificio en completo estado de ruina, sin techumbre, con fachadas cubiertas por lonas que evitan que los materiales caigan sobre los visitantes,  paredes que han perdido el revoco protector, matorrales que se han adueñado de espacios interiores y elementos decorativos reducidos a imperceptibles restos de estuco.

Interior del edificio

 

 

 

 

 

 

 

La última vía de salvación puede llegar ahora a través del grupo municipal de ERC que, a mediados de diciembre pasado,  presentó una propuesta para la creación del Institut Municipal de Patrimonio que debería instalarse en un restaurado palacio del Laberint. Pero esa restauración, que hace diez años hubiera costado un par de millones de euros, exigirá hoy entre 12 y 14 millones, según valoración de Jordi Ribas, gerente de Medio Ambiente y Servicios Urbanos. Ese importe no está incluido en el presupuesto de este año y, en el mejor de los casos, lo único que se destinará al maltrecho edificio será 1,8 millones de euros que servirán, únicamente, para apuntalar lo poco que queda y aplicar medidas estructurales elementales. La adjudicación de esos trabajos de emergencia exige la convocatoria de concurso público y, salvo problemas nunca descartables, las obras comenzarán en los próximos meses. Si las previsiones de Jordi Ribas se cumplen, la restauración definitiva se afrontará en el 2018, salvo que para esa fecha los restos del palacio del Laberint se mantengan en pie. En paralelo a esa restauración definitiva siempre pendiente, el ayuntamiento seguirá buscando utilización para el edificio. Ahora se descarta el uso privado y se prefiere el público. Habrá que confiar en que los fuertes vientos que visitan la sierra de Collserola no firmen el final de la historia del viejo palacio.

Contraventanas añadidas al edificio
Vegetación entre los restos del interior