Nuestros peores enemigos

Por Miguel Aznar

A los pocos días de llegar al mundo universitario, allá por los finales de los cincuenta, descubrí que el mundo pensante (una pequeña parte del mundo) se dividía en dos grandes bloques: Progresistas e Integristas. Los primeros pretendían mejorar el mundo llevando a la práctica ideas avanzadas y trataban de convencer de esto a los segundos. Los segundos se aferraban a las ideas viejas, se horrorizaban ante cualquier posibilidad de cambio y consideraban herejes infernales a los primeros. Yo miré hacia atrás (toda mi vida he estado mirando hacia atrás), evoqué mis experiencias del mundo (en Barcelona y su entorno, en Madrid y en Andalucía, en el Pirineo y en Europa), reflexioné sobre mis largos años de educación jesuítica y saqué una conclusión: Yo era progre. Debía comportarme como tal y debía convencer a los otros de la razón que me asistía.

En diciembre de 1960 asistí a un congreso de universitarios cristianos en Oviedo. Salí horrorizado: Por una parte, los únicos progres éramos los catalanes, más algún que otro madrileño y, abriendo mucho los conceptos, un par de raras avis de aquí y de allá. En el resto había de todo, incluyendo algunos auténticos facinerosos (que acabaron en los guerrilleros de cristo rey) y extraterrestres intelectualmente lobotomizados a los que les habían enseñado en su Facultad (Letras) de su Universidad (Salamanca) que el catalán era una lengua muerta. Esta soledad, ciertamente, me produjo melancolía.

Pero por otra parte recibí otro shock de más difícil digestión: Asturias, con su río Sella y su paleolítico tren adosado (las curvas de la vía se formaban con raíles rectos que iban adaptándose a la curvatura del trazado), con sus montes y sus prados, con sus sidrerías y sus iglesias visigóticas… era un mundo entonces tan conceptualmente remoto como pueden serlo hoy las regiones de Westeros y Essos. Pero Oviedo era una ciudad rica y moderna que, a su escala, se podía codear con Barcelona o Madrid: La calle Uría, tenía tiendas que estaban por encima de la media de Paseo de Gracia o Serrano y que nos maravillaban cuando íbamos de la estación hacia el colegio mayor, en la otra punta de la ciudad, en el que nos alojábamos. Nos enteramos que a los ovetenses se les llamaba carbayones, en recuerdo de un inmenso carbayu que había en la calle Uría, a la altura del Campo, el parque por el que pasabas siempre, fuera a donde fueras. Yo sabía que carballo, en gallego, era roble, por lo que pude fardar de comprender el bable local, y, puestos en harina, quise saber qué había sido de él.

Un siglo atrás, año arriba año abajo, me contaron, para el Uviéu moderno que diseñaron los mandamases, se pensó en pasar un tranvía por toda la calle Uría, de punta a punta. El carbayu molestaba y el Partido Progresista, que gobernaba en aquel momento, decidió que un tranvía moderno era más importante que un carbayu de tiempos de la reconquista, y se lo llevó por delante. Luego he oído otras versiones (que si el árbol estaba enfermo…) pero siempre han sido complementarias. El hecho básico fue que aquellos progresistas decimonónicos preferían no desviar un palmo el trazado del tranvía y cepillarse el carbayu. ‘Con esos progresistas no hacían falta integristas ni fachas que los denigraran…’, deduje yo para mi coleto.

Dentro del progresismo en general hay algunas subespecies especialmente vistosas. Las feministas son una de las que tienen más solera. Su causa es noble y justa, y su peor enemigo no son ni los teólogos oscurantistas ni el patriarcado universal, sino las fieras corrupias de sus propias filas que, además de ridiculizarlas, las dañan en su emocionalidad. Hoy estaba escuchando a tres mujeres sensatas, lógicamente feministas, una de las cuales admiro especialmente, cuando de repente me ha venido a la cabeza una vieja lideresa de esa tribu que hace pocas semanas oí, que no escuché, una vez más desbarrar por las ondas. Hace muchos años coincidí con ella en una medio pandilla que abandoné por puro asco. Ya había casi aniquilado a su hija, se dedicaba sistemáticamente al abochornante acoso de su pareja, el activista más paciente que he conocido, y se esforzaba en demostrar a las mujeres que todas habían sido violadas por sus parejas. ‘Con estas feministas’, me dije el día que abandoné aquella pandilla, ‘sobran curas cavernarios y caciques patriarquistas: una de ellas hace más daño al feminismo que todos los herederos de Trento juntos’.

Otra de las tribus más lucidas del progresismo son los ecologistas. A comienzos de los setenta, en un congreso, coincidí con un británico, el profesor Richardson, que había derivado de los estudios de Geografía al ecologismo científico. Era la época del apogeo del Club de Roma y todos los progres teníamos un ojo puesto ahí (y el otro en el Estructuralismo). Sus argumentos me parecieron serios y decidí incluir el tema de la Ecología en el cajón de sastre de temas de vanguardia en que había convertido mi cátedra de Economía en la Politécnica: El tema lo valía.

Lo valía demasiado: Como avispas, peor que moscas, a la miel acudieron los histéricos majaderos capaces de hundir en la vergüenza pública el más razonable argumento.

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Marrakech

Hace unos días escuché por la radio a uno de esos especímenes: Bramaba contra el cambio climático:

– ¿Quieren los andaluces quedarse sin olivos? ¿Qué será de Andalucía, sin olivos? Y esto pasará este mismo siglo: Dos grados más que suba la temperatura y Andalucía se queda sin olivos…

Conozco Andalucía y sus olivos. Pasé en Jaén los veranos, de crío. Cuando en Delfos me dijeron que, a mis pies, en aquella llanura había cinco millones de olivos pensé cuántos más millones debían haber en el Jaén de mi infancia. Y allí hacía calor, bien cierto. Mi madre se llevaba un termómetro para comprobar cada día la temperatura y transmitirle el parte a mi padre, cuya mente técnica reclamaba datos precisos sobre el tema: Un día y otro mi madre me enseñaba el aparato (muy diferente del que me enchufaban a mí cuando me ponéis enfermo):

– ¡Mira! ¡Qué barbaridad! Otra vez más de cuarenta…

Muchos años después, aprovechando unas extrañas ofertas combinadas para celebrar la reapertura de La Mamounia, tuvimos mi mujer y yo la ocasión de conocer y enamorarnos de Marrakech. No quise calcular si había por allá más olivos que en Jaén o que en Delfos. En todo caso debo decir que eran especialmente apreciados y que, a menudo, cuando te hablaban de un ‘jardín’ se referían a un olivar.

Marrakech tiene un problema, y no me refiero a la higiene de los puestos de la deliciosa comida de la Yamaa el Fna, que entusiasma allá a tantos que se la zampan como leones, cuando si les sirvieran de esa manera en España pondría el grito en el cielo y la denuncia en el juzgado de guardia. El problema es la temperatura, que supera todo el año a la de Jaén, en ocasiones hasta siete grados.

Si con dos grados más de temperatura en Andalucía se mueren los olivos será porque ecologistas a la violeta habrán ido a regarlos con salfumán.

 

Temperaturas medias en Marrakech (+ por encima de Jaén):

  Temperatura Mínima  Temperatura Máxima 
 Enero   06ºC +1  18ºC +6
 Febrero  08ºC +3  19ºC +5
 Marzo  10ºC +2  22ºC +5
 Abril  12ºC +2  23ºC +3
 Mayo  14ºC +1  27ºC +3
 Junio  17ºC +0  31ºC +1
 Julio  21ºC +0  36ºC +2
 Agosto  21ºC +0  36ºC +2
 Septiembre  19ºC +1  32ºC +3
 Octubre  15ºC +2  27ºC +5
 Noviembre  11ºC +2  22°C +6
 Diciembre  07ºC +2  19ºC +7