No vayamos por partes

Josep Maria Cuenca
Escritor

Tenía yo un notable interés por ver Carol, la película de Todd Haynes basada en la novela del mismo título de la muy sanamente malévola Patricia Highsmith. Hace unos días pude por fin satisfacer mi curiosidad y no resultó decepcionada: todo lo contrario. Meticulosamente rodada, formalmente obsesiva hasta el puntillismo, con las dos actrices principales (Catte Blanchett y Rooney Mara) brillando a una altura himaláyica y con una banda sonora que desprende una melancolía veraz compuesta por el siempre seductor Carter Burwell (el compositor habitual de los hermanos Coen), Carol emocionará a casi todos quienes la vean y, por el mismo precio, ofrecerá un billete con destino a la confrontación con uno mismo y con nuestro entorno a todo aquel que no tema viajar un ratito y no precisamente a Disneylandia.

La historia que contiene Carol se sitúa en los Estados Unidos de la década de los cincuenta del siglo pasado y describe la historia de amor de una joven dependienta de unos grandes almacenes con una mujer adinerada algo mayor que ella. Y a pesar de que Haynes hace lo que debe (apropiarse del magnífico relato de Highsmith), todas las variantes temáticas surcadas por la madre de Ripley en su novela (aparecida en 1952 y firmada forzosamente con seudónimo) siguen palpitando con intensidad variable pero precisa en la película.

carol-ver5-xxlgEn mi opinión, leer la Carol de Highsmith o ver la Carol de Haynes, indistintamente, invita a constatar hasta qué punto la vida va en serio y, asimismo, hasta qué punto, generación tras generación, ganan estadísticamente (con todas las nefastas consecuencias que ello implica) quienes prefieren mirar hacia otro lado mientras el tiempo hace su trabajo, es decir, nos va matando. Porque si bien algunas cosas han cambiado incluso para bien entre los años cincuenta y nuestro cordialmente deprimido mundo del siglo XXI, nada sustancialmente decisivo ha ocurrido como para que la historia de Carol, o del Quijote, o las obras de Chéjov o de Dickens, nos aporten hoy estrictamente un grato placer estético o emocional. Si esas obras y esos autores siguen hoy diciéndonos algo significativo y vivo no es porque sean mágicamente intemporales, como dice el tópico, sino porque somos incapaces de pagar el precio que exige el intentar cambiar de veras. Los intemporales, por así decirlo, somos más bien nosotros, tristes mortales.

Las dos protagonistas de Carol ilustran una elección vital radicalmente consciente y arriesgada: la disposición a luchar contra uno mismo y contra los despiadados chantajes sociales en aras de consumar aquello que desean de forma desalienada y liberadora, aun cuando las posibilidades de lograrlo sean escasas. Una disposición que, por si fuera poco, no ignora que nada es para siempre, que todos los círculos, tarde o temprano, acaban por cerrarse, por decirlo con las palabras a que recurre la Carol del relato.

La mina temática que Patricia Highsmith perforó en Carol, inicialmente titulada El precio de la sal y firmada con el seudónimo Claire Morgan, cuenta con una infinidad de galerías laberínticas que acaban confluyendo, concentrándose, y provocando en el lector (o en el espectador, en el caso de Haynes) una conmoción duradera: la tiranía del tiempo; el carácter decisivo de las diferencias sociales; la naturaleza corrosiva de la hipocresía social; el perfil excepcional de la amistad verdadera; y, por supuesto, la indecente y cruel estigmatización de la que han sido históricamente víctimas los individuos homosexuales de uno y otro género.

Creo, sin embargo, que se comete un error cuando se califica Carol de drama lésbico. Me parece un reduccionismo que disgustaría a la propia Highsmith, e incluso tal vez a alguien tan “militante” como Haynes. Un reduccionismo que, además, se impone socialmente desde instancias políticas, y que responde a una fragmentación de la percepción que impide (o cuando menos dificulta) el análisis y la comprensión de la realidad como lo que es: un todo indivisible cuyas partes están articuladas entre sí. La parcelación sistemática de lo real y de la posibilidad de su conocimiento adquiere hoy dimensiones gigantescas al tiempo que entronca de pleno con la división del trabajo y la ultraespecialización características de la civilización capitalista. Trocear la pobreza en una multitud de pobrezas sectorializadas (la energética, la infantil, la habitacional, etcétera) estimula una miopía social que, por una parte, dificulta la impugnación integral del modelo social bajo el cual nos ha tocado ganarnos la vida (o batallar por no perderla) y, por otra, proporciona a quienes ejercen su dominio magníficas coartadas justificativas. El asunto es también verificable si tomamos, por ejemplo, un tema de moda: la corrupción. Jamás se admite que sea estructural; siempre se arguye que es un fenómeno aislado, parcial, episódico. O si tomamos el concepto de igualdad, que actualmente se ve constantemente reducido a la igualdad de género, bajo la cual a menudo se esconde la masculinización de la mujer y no su emancipación.

Ante semejante añagaza ideológica (en ocasiones suscrita incluso por quienes padecen sus efectos), un buen recurso es invocar el ejemplo de Hannah Arendt, cuando afirmó que la Shoah no constituía un crimen contra los judíos, sino un crimen contra la humanidad. Del mismo modo, cuando gais y lesbianas son perseguidos por el mero hecho de serlo no sólo se persigue la libertad sexual de una parte de la sociedad; también se persigue y se hostiga la libertad de todos.

2 pensaments a “No vayamos por partes”

  1. Reducir a lo dual cualquier conflicto es abstraerse de la compleja realidad; trocear esa realidad en una parte de la cual creemos que no formamos parte es otra abstracción. Hoy mismo leemos en el País sobre Carol una crítica con este título: El viatge lèsbic.
    Saludos

  2. Totalment d’acord. Tal com la pel·lícula no es només una película sobre lesbianisme el teu comentari tampoc es sols un comentari sobre el film.

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