‘My brexit is rich. May brexit is not rich. Is rich my brexit?’

La soberbia autista de las élites (3)
Miguel Aznar
Consultor

He anunciado ya en términos de perspectiva, para dejar claro por dónde van a ir los tiros, el alejamiento de las élites, que se han distanciado de las masas, y la panorámica del mundo actual; incluyendo también en el anuncio la sorpresa de un punto de esperanza (sorpresa porque el mero título de esta serie ya evoca escenarios apocalípticos en los que no suelen incluirse esa clase de elementos) representado por el masivo incremento de la solidaridad en los estratos más individuales de la sociedad.

Saben los que me conocen de mi aversión a la metafísica y, en particular, a los razonamientos basados simplemente en ideas, que se acostumbran a llamar ‘principios’ pero que en el mejor de los casos son sólo banalidades o eslóganes y en el peor, prejuicios. Creo en el valor de reflexionar a partir de la experiencia, que como ya he dicho repetidamente, no es lo que vives, sino lo que has reflexionado sobre lo que has vivido. Estas experiencias, por pobres o escasas que sean, siempre supondrán una base sólida real para el razonamiento, lo que dará mejores frutos que las lucubraciones líricas, melodramáticas, épicas o simplemente rabiosas apoyadas en brumas o vendavales. Y, en cualquier caso, por modesta que sea, es la aportación a los demás que tú, y yo, y el de la boina, y sólo nosotros, podemos hacer al conocimiento de la realidad.

A partir de estos principios quiero ahora comenzar a reflexionar sobre la soberbia autista de las élites en lo referente al brexit.

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Nigel Farange, defensor del Brexit, y David Cameron, ex primer ministro británico

¡Que el Reino Unido no es Londres…!

Desde hace medio siglo he mantenido repetidamente una conversación con la gente que me ha rodeado:

– El día tal voy (o vamos) a Inglaterra…

– ¡Ah, vas a Londres!

– No. Vamos a Inglaterra

– Bueno… eso: Londres. ¿De compras? ¿Al teatro? ¿Una exposición…?

Mis amigos eran gente práctica: iban a ver un musical que estaba de moda, o a hacer las compras para la Navidad, o a vivir tal o cual novedad cultural en tal museo o en tal ambiente. Los barrios ‘chic’ iban pasando de moda, como la palabra chic, y eran sustituidos por otros que eran ‘in’, que a su vez quedaron ‘out’, porque aparecieron otros ‘cool’… El viejo Chelsea o Carnaby Street estaban ya más muertos que el pájaro dodo (vieja expresión inglesa igualmente muerta)…

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Pero Londres seguía, y sigue, siendo la antonomasia de Inglaterra o del Reino Unido cuando se pensaba en un viaje. Y de ahí que los españoles en general, en cuanto tenían la oportunidad, se iban a Londres a probarse lo políglotas y cosmopolitas que eran, se extasiaban ante los oradores de Hyde Park y las crestas de los punkies, y se volvían satisfechos después de mirar en Harrod’s y comprar en Selfridges o en Mark & Spencer. Y, como mucho, cuando ya llevaban muchos viajes, se apuntaban a una excursión a Windsor (Eton incluido) o a alguna de esas ciudades antiguas con esas catedrales tan inglesas… Y poco más. El corazón de Inglaterra, que es tanto como decir el corazón de los ingleses, les importaba un pimiento. Eran contemporáneos y cultos. Formaban parte de la élite cultural, y también económica no nos engañemos, del mundo civilizado. Miraban con superioridad los elementos del corazón de Inglaterra que se encontraban por casualidad (un partido de criquet, o una cacería del zorro) y condescendientemente los consideraban curiosidades anacrónicas. Para colmo, el horror a la conducción por la izquierda ha colaborado a impedir a los españoles, que tan bien aceptan alquilar un coche y recorrerse hasta los Estados Unidos de costa a costa, conocer el Reino Unido. Y con eso los españoles, y mucha más gente, se han perdido el espíritu británico.

Los ingleses se dividen en dos grandes tribus, a las que, de acuerdo con la vieja serie de la televisión, llamaremos los de arriba y los de abajo. Ha habido esfuerzos modernos por distinguir cuidadosamente las diversas clases sociales inglesas contemporáneas, y se ha llegado a definir varias docenas de ellas, pero en aras a la simplificación deberemos distinguir básicamente tres: La clase alta, formada por los que, sobre una buena sangre, han recibido una buena educación y saben que tienen la posibilidad de, algún día, saludar a la realeza, a los que se les reconoce no por exhibir opulencia sino por su cuidado acento. La clase baja, que carecen de todas esas características y expectativas y habla con un acento que les marca y que se distingue por encima del galimatías de acentos locales e incluso ‘de oficios’ del país (el habla del cokney londinense era considerada el summum de ese acento y May Fair Lady el ejemplo de esta realidades fonológicas). Y, luego, la clase media, formada en origen por gente de clase baja que con trabajo y suerte ascendieron económicamente y culturalmente, a los que se les agregaron desclasados de la clase alta. Evidentemente, en la clase media, el acento distinguía originalmente a los provenientes de uno y otro origen, pero la vida contemporánea, mediante la ampliación de las necesidades del mercado (otra vez nos encontramos con aquello de que los medios de producción marcan las estructuras sociales) ha hecho aparecer una enorme subclase dentro de la clase media: los ‘profesionales’, con pronunciaciones de una corrección estándar adquiridas en escuelas y universidades. Hace medio siglo era muy curiosos comprobar en un congreso de estudiantes, en la delegación británica, quién era hijo de un aristócrata, quién de un trabajador manual y quién de un ingeniero. Hoy ya no es tan fácil…

Sobre ese esquema hay que superponer la realidad geográfica. Los ingleses de clase baja estaban anclados en su lugar de origen y sus perspectivas eran limitadas; incluso si se desplazaban a Londres su localización se vería limitada inexorablemente a los barrios populares. Los miembros de la clase alta tenían todos sus raíces en el campo; los que vivían ahí tenían en Londres una residencia o, al menos, un club en el que sentirse como en casa; los que tenían su domicilio en la capital o bien tenían una residencia en el campo (aunque a veces no fuera a más de veinte minutos) o al menos disponían de una ‘casa pairal’ más o menos histórica, residencia del cabeza de familia, en la que eran recibidos para pasar unos días cuando conviniera. Este esquema dejaba al margen las grandes ciudades, que quedaban ocupadas por clases bajas o medias-profesionales.

Al margen de esas tres clases, sin ser propiamente una clase del sistema, un poco como los parias de la India, estaban los extranjeros llegados de todas partes, que, a ojos del visitante, constituían la entidad más numerosa de Londres, metecos blancos o de la Commonwealth o ilotas del tercer mundo, con sus derechos de ciudadanía más o menos recortados de jure o de facto.

El resultado de todo eso es que el español que iba a Londres o que se manejaba en sus negocios o estudios con londinenses o habitantes de las grandes ciudades, se formaba a lo largo de los años una idea del país muy distorsionada: Conocía a fondo el mundo meteco de Londres (no tanto el de los ilotas semi-siervos que le quedaban a trasmano), conocía a fondo el mundo clase-media-profesional, quizá había tratado con algunos representantes de la clase alta, y se enteraba de segunda mano, por los medios de comunicación, de los movimientos de las clases bajas urbanas. Creo que desde que la Thatcher laminó a los obreros del carbón no se ha vuelto a hablar en público de grandes grupos de clase baja no urbana.

El contrato político británico entre élites y masas

A mediados del siglo XVII los británicos tuvieron una década, ligeramente ampliada por delante y por detrás, en la que lucharon todas las guerras civiles posibles, ingleses, escoceses e irlandeses juntos y revueltos, poniendo sobre el tapete la monarquía y el parlamento, el anglicanismo y el protestantismo, el reino y el poder y la gloria, con todas las combinaciones de alianzas y de traiciones imaginable. Después de doce años de ordalía, agotados física y mentalmente, los británicos vivieron otra década (recortada por delante y por detrás, digamos ocho años) de dictadura gris, que les llevó a la restauración monárquica y al deseo irrefrenable de no volver a tener una guerra civil ni una dictadura en su tierra. Esa ventaja que nos llevan: aquí, después de dos siglos de guerras civiles, cuarenta años de dictadura y otros cuarenta de transición hacia no se sabe dónde, aún no tenemos un deseo y un proyecto común. Cuando recorres las casas inglesas – mansiones o con techos de brezo – encuentras muebles y objetos antiguos cuidados con mimo por los tataranietos de sus propietarios originales. Aquí, lo que no se quemó en la primera guerra carlista, se quemó en la segunda, o en la tercera, o en el glorioso alzamiento, o, simplemente, la gente, acostumbrada a que todo se destruye o se quema, lo tiraron a la basura para mercarse una mesa de formica.

Esa pax britannica interior, proyectada imperialmente durante el siglo XIX al exterior, se basó en una serie de pactos: La clase alta gobierna en todo, pero se responsabiliza de todo: explota razonablemente sus tierras (no se va a la capital y se desentiende, en plan señorito), monta fábricas, desarrolla el país… Y cuando hay una guerra en el exterior, sus hijos van de oficiales en primera fila y, cuando toca, mueren como moscas: noblesse oblige. Y la clase baja trabaja para ellos con fidelidad y eficiencia. Así se llegó a la primera guerra mundial, en la que en todo el ejército británico no había ni un solo oficial de la clase baja, ni un solo soldado de la clase alta (anécdotas de desclasados a parte). A partir de ahí la evolución es muy interesante, pero nos apartaría del tema…

Parlamento británico
Parlamento británico

Otro pacto clave para entender al Reino Unido es el existente entre los políticos y la gente de a pie: Éstos eligen a unos representantes para que tomen decisiones por ellos. Esos elegidos no representan a los británicos agrupados en enormes paquetes más o menos conceptuales, sino que cada uno de esos elegidos representa a un pueblo o a un barrio, que es donde vive, donde pasa tres días a la semana, y donde cualquiera puede ir a encontrarlos y pedirles cuentas. Digamos que ‘sí les representan’. Cuando esos miembros del Parlamento creían que debían tomar una decisión impopular, pero necesaria, tenían que explicarla a sus electores muy bien explicada, y repetirlo las veces que hiciera falta. Frecuentemente no llegaban a convencer a sus votantes, pero estos consideraban que quizá el tema era muy complejo y estaba más allá de sus entendederas, pero que por fortuna habían votado a ese chico tan listo y tan majo, al que todos contribuían en tener muy bien pagado, para que tomara esas decisiones difíciles, y que, en consecuencia, había que dejarle que votase eso que no les gustaba pero que, al parecer, era tan necesario. Y este pacto era especialmente importante, porque esa confianza en el representante de tu pueblo, incluía la desconfianza en fórmulas de decisión, como los referéndums, que se consideraban propias de sistemas manipuladores, en los que gentes de fuera de tu entorno venían a llenarte la cabeza con ideas extrañas. De eso les defendía ‘su’ representante; ese chico tan formal, que sabe tanto, que vale tanto y que es de aquí y no nos engañará (y al que, repetimos, estamos pagando tan bien).

Esos dos pactos fueron clave para el mantenimiento del statu quo a lo largo del siglo XX, a pesar del suicidio ritual de la clase alta en la primera guerra mundial, en la que perdió hijos y fortuna y hubo de abrir paso a la clase baja para que fuera ocupando puestos de responsabilidad, y del sacrificio ritual de la sangre, el sudor y las lágrimas de la segunda, que supuso el fin de la economía imperial británica. Esos pactos, que ligaban las élites con las masas, han quebrado en el siglo XXI: La economía financiera de la City abandonó a marchas forzadas su función social de intermediario de la economía productiva para convertirse en la capital de la especulación financiera mundial: No sólo las clases bajas se encontraron con que las élites económicas iban a la suya, dispuestas a obtener beneficios especulativos y a desentenderse de las posibilidades de que los de abajo mantuvieran sus ingresos; más aún: el proceso de empobrecimiento de los rentistas, que desde la segunda guerra mundial fue barriendo progresivamente a los menos favorecidos miembros de las clases altas, desclasándolos a clases medias, ha acabado afectando a las clases medias más o menos profesionales, que con los intereses bajo cero ven fundirse sus ya magras rentas.

El pacto de ‘las élites dan trabajo y las masas les pagan con lealtad’ se diluyó. Y, como se ve, ahora las élites ya no son eso que antes llamamos ‘clase alta’, sino ‘los que tienen la sartén por el mango’, que es sólo una parte de ella, más el grupo de profesionales que se subieron al carro del poder económico, como magnates o como simples analistas de inversiones, como amos o como capataces, como grandes políticos o como pequeños tecnócratas.

Y ahora, en la masa, está la clase baja, como siempre, más aquella parte de la clase media que se siente perdida, más aquella parte de la vieja clase alta, sin mando sobre la tropa, que añora situaciones que quizá ni siquiera vivió, pero que forman parte del acerbo cultural de su familia.

‘Off the beaten track’

Desde siempre he preferido recorrer el country de Inglaterra, Escocia y Galés a sumergirme en la macrourbe de Londres. Hace muchos años que completé mi álbum de cromos culturales obligatorio de la ciudad, como hizo también mi mujer en sus años de estudio en aquel país. Excepto por compromisos de trabajo ineludibles, por Londres sólo pasábamos unas horas o, como mucho, un día para algunas compras que se consideraban imprescindibles en Harrod’s (que ya no es lo que era) o en Liberty (que aún es menos lo que era), por la tienda de porcelanas de Wedgewood de Oxford Circus (hoy convertida en tienda de ropa interior) o por esos cien metros de Jermyn Street y Duke Street en que se acumulan Floris, Fortnum & Mason, Dunhill (que tampoco son lo que fueron, ¡tempus fugit!), y alguna tienda más. Comer un asado en Simpson’s en el Strand, y a coger el avión de vuelta a casa. Si había que hacer noche, un hotel cerca de Marble Arch (el Grosvenor House era un sueño irrazonable) era lo mejor, porque allí estaba la central de Avis y se podía dejar directamente el coche que habías alquilado en el aeropuerto (el que fuera) unos días antes. Y si no había que pasar por Londres, mejor.

3971585380_8930426ff1Conducir por la izquierda, como todo en la vida, es cuestión de práctica. A la que llevas unas pocas millas ya te aclaras, y a las quinientas millas eres un experto. Y cuando vuelves en ocasiones sucesivas, en cuanto te sientas a la derecha ya coges la onda. Es mucho más fácil de lo que parece por varias razones. En primer lugar, por autopista (importante para ir rápidamente al área que te interese) es como en España: por el carril de la izquierda, y sin problemas; quizá un poco más lento, pero tampoco es cuestión de hacer carreras. En segundo lugar, todos los cruces por poco importantes que sean tienen rotondas, en las que entras y sales tal como llegas, por la izquierda. En tercer lugar, cuando vas por las minúsculas carreteras locales, son tan estrechas que todo el mundo tiene que ir por el centro y vigilando. No problem.

Esa forma de viajar, por el campo de pueblo en pueblo y huyendo de las ciudades, comiendo en pubs y durmiendo en bed & breakfast, te permite conocer el país, el paisaje y el paisanaje, desde los pequeños aristócratas rurales en sus discretas mansiones que intentan defender de intrusos (pero que, llegado el caso, demuestran ser extraordinariamente corteses e incluso acogedores) hasta la gente llana, y comprobar cómo algunos arraigadísimos tópicos se hunden: Es falso que un inglés no te habla si no habéis sido presentados; basta pararse en cualquier parte con un plano en la mano para que una docena de personas se te acerquen para ayudarte, y puedes acabar en casa de cualquiera de ellos, tomando te y consultando su colección de mapas locales que, evidentemente, es mejor que la tuya. Es falso que en Inglaterra se come mal: en cualquier pub puedes comer rico y barato, siempre que entiendas que allí se come comida inglesa, no pescaíto frito ni paella ni bacalao al pil pil.

Y en un pub te encuentras con gente corriente que, a poco que te prestes, pega la hebra, te informa de la calidad de los diferentes tipos de cerveza, y acontinuación te habla de casi todo. Y en un bed & breakfast, según el tipo de b&b de que se trate, que los hay sencillos y los hay aristocráticos, te puedes llegar a encontrar con todo el muestrario social de clase media e incluso de clase alta con posibles limitados. Y si resulta que se trata de un b&b al que vas desde hace tiempo, pongamos veinticinco años, te consideran de la familia y los demás huéspedes te muestran un especial respeto y son capaces de señalarte el jardinero de Althorp que, si te conoce o vas recomendado, te cuenta chismorreos de Lady Di y de los Spencer.

En los pueblos se encuentran, en una carretera convertida en High Street, una mercería donde te venderán, además de lo que te puedes esperar, una infinidad de lanas, hilos y muestras de trabajos de calceta y bordado, con una propietaria o dependienta mayor encantada de chismorrear; y una ferretería inmensa, del estilo de las viejas de aquí, con cifras artísticos para montarte junto a la puerta de tu casa el número de la calle que te corresponda, y, desde luego, un vendedor mayor que te informará de lo que quieras, incluido los misterios de las medidas inglesas; y las pequeñas tiendas con oficinas de correos incluidas, centro del cotilleo local…

En una ocasión en que estábamos alojados en casa (b&b) de unos viejos conocidos, en vez de acabar en Londres para tratar unos asuntos de trabajo, decidimos, a penas instalados, llegarnos en tren (ir y volver) desde allí. Delante de la estación, una plaza solitaria con unas docenas de plazas de aparcamiento, casi todas vacías, con parkímetros. Al meter una moneda de una libra en el aparato, el chisme la rechazó. Repetí la operación con el mismo resultado. Como hacía tiempo que no íbamos por Inglaterra tuve la desacertada idea de pensar que igual habían cambiado el modelo de monedas, de forma que me acerqué al jefe de la estación y, enseñándosela, le pregunté si era buena.

El hombre se quedó mudo, enrojeció hasta alcanzar un tono púrpura explosivo y, al fin, bramó: ¿Qué si es buena? ¡Señor! ¡¡¡Es una libra!!!

Después de las correspondientes explicaciones (los parquímetros no funcionaban desde el día, hacia décadas, que los pusieron, debían ser continentales; y allí no pagaba nadie…) el hombre me seguía mirando con desconfianza. Creo que le hubiera afectado menos que dudara de la honestidad de su madre que de la calidad de su libra.

Las élites y las masas británicas

Hemos anotado que ahora las élites ya no son eso que antes llamamos ‘clase alta’, sino ‘los que tienen la sartén por el mango’, en muchos y muy diferentes niveles: La parte de la clase alta que sigue teniendo poder, y que lo ejerce. Los profesionales que viven conectados con los engranajes mundiales (económicos, científicos, culturales…) y colaboran en hacerlos girar. Todos los que están montados en el carro del poder económico, tal como anotamos: magnates o analistas financieros, amos o capataces, grandes políticos o funcionarios de la tecnocracia más o menos internacional.

En la clase alta, el paterfamilias que se maneja en la City es élite. Pero su hermana solterona que añora los tiempos en que fue presentada en la corte y aún tenían mayordomo, cocinero y doncella (no como en tiempos de la abuela, pero bueno…) y que ahora vive, toreando impuestos, de las exiguas rentas de una herencia, es masa.

El granjero cincuentón, que se las arregla con máquinas de todo tipo para explotar él sólo una propiedad que en tiempos de su abuelo se trabajaba con diez personas, entre el campo y la casa, y que se supone que vale un montón de libras que nadie le pagaría si quisiera venderla, que vuelve del trabajo de noche, mojado y embarrado hasta las rodillas, que se siente frito por el papeleo y los impuestos y con la clara sensación de que ni pincha ni corta, es masa. Su hijo, que hizo unos cursos de informática, se fue a la ciudad y está metido en mil enredos de Internet, conectado con el mundo, al tanto de todo y opinando sobre todo, es élite. La élite son los que mandan, o, al menos, los que saben, los que dicen, los que cuentan, los que cuentan que saben, los que saben que se cuenta con ellos para diseñar y ofertar lo que va al mercado, los que se apuntan a una ola de twitter y hunden en la miseria a alguien al que tienen manía.

‘Fair play’ y demagogia

El fair play, tan británico, era cosa de la clase alta. El fair play era para el rugby o el boxeo que practicaban los universitarios. La clase baja podía prescindir de esas mariconadas cuando jugaba al fútbol y practicaba el hooliganismo o cuando se liaban a mamporros en una esquina.

La clase alta, sin embargo, podía olvidar el fair play por razones patrióticas. En las viejas guerras nobles no, desde luego; pero en las puercas guerras modernas sí. Los muy nobles y cultivados componentes del equipo de guerra psicológica durante la segunda guerra mundial elaboraron una letra para una vieja marcha, Coronel Bogey, que todos conocimos, silbada, en El Puente sobre el Río Kwai. Decía así:

Hitler has only got one ball,
Göring has two but very small,
Himmler has something sim’lar,
But poor old Goebbels has no balls at all.

Ese tipo de cosas valía como bromas entre estudiantes de Cambridge, pero no ‘para la vida real’. Hasta entonces. A partir de ahí se decidió que, también para la clase alta, todo valía para enardecer la tropa. Incluso Churchill (mil años de aristocracia corrían por sus venas) lanzó a la fama aquel signo de la victoria considerado hasta aquel momento tan grosero allá como aquí una peineta.

Un elemento básico del fair play era ‘no mentir’. Llegó a considerarse que era un principio de su práctica democrática: No se miente. Los políticos no mienten. Se pueden equivocar, pueden ser bobos, pueden ir discretamente a la suya… pero no mienten. Y si a alguno se le pilla en una mentira, simplemente se va. Y se va para siempre. En algún sitio tengo escrito que John Profumo se fue de la vida pública no por acostarse con una señorita sino por negarlo. Se dedicó a la filantropía y la reina, muchos años después, tantos como 34, se lo reconoció y le admitió en su presencia. Pero no volvió a la política. La clase baja lo tenía absolutamente asimilado: a un mentiroso no se le vota; a un partido que presenta candidatos mentirosos no se le vota. Los líderes políticos lo sabían y no se exponían: los mentirosos se iban a casa.

En cuanto a los demagogos, los hubo siempre en el Reino Unido. Pero también desde siempre fueron mal vistos y vigilados de cerca. La gente confiaba poco en ellos, porque se dejaba guiar por los políticos de confianza que habían sido elegidos. El enorme esfuerzo de los proalemanes en los días anteriores a la segunda guerra mundial, movilizando a gentes de todas las alturas, incluyendo la cúspide de la realeza, autoaplicándose adjetivos tan nobles como ‘pacifistas’, fracasó ante la desconfianza de la masa por esos comportamientos.

Se rompió la baraja

Nunca, hasta ahora, las élites británicas habían sido tan numerosas. Cada vez más y más personas se han incorporado a los que opinan y tienen un acceso, ni que sea minúsculo, al conocimiento y a la influencia social. Hasta que han creído demasiado en su importancia, y al saberse tantos y tan fuertes se han olvidado de la masa.

Los políticos rompieron el pacto: Por una parte, robaron. Los ciudadanos de a pie no podían creer que fuera cierto que sus bienpagados representantes levantaran millones de libras cobrando por conceptos que no merecían. Eso no casaba con la idea de ese chico tan majo que vive aquí en el pueblo y, etc., etc., etc…

Por otra parte, los políticos en general y los elegidos en particular no dieron al pueblo el servicio de trabajar por ellos. En concreto, el servicio de decidir qué había que hacer con Europa.

El pueblo inglés estaba de acuerdo en seguir en Europa, a pesar de que no les gustaba la idea, si sus representantes así lo creían conveniente. Pero no estaban preparados para admitir que esa pandilla de robaperas, encima, les dijera que decidieran ellos en un referéndum de esos de los que siempre desconfiaban por si los demagogos…

Y entonces escucharon a los demagogos (esta vez sí, que no tenían políticos en los que confiar que pudieran defenderles de ellos) y vieron que les decían lo mismo que ellos pensaban y lo mismo que ellos se temían. Y si les parecía que a veces, quizá, mentían, después de todo eso no parecía tan grave como la traición de sus propios políticos. Y si les parecía que no practicaban el fair play, los de las clases bajas se entusiasmaban como hooligans, y los de las clases altas consideraban que ‘ésta’ debía ser una de esas ocasiones en que, por la patria, todo valía.

Para colmo, toda aquella caterva de modernos, con sus gadgets digitales, perpetuamente conectados en sus redes, tan satisfechos por lo importantes que eran, les generaban mucha desconfianza. Y se sentían despreciados por esos digitales porque ellos no lo eran. Y no digamos la desconfianza que les generaban todos esos negros, moros, chinos y europeos orientales que, con o sin derecho a voto, estaban por todas partes y que resultaban ser los actuales londinenses típicos…  ¡Defendamos la Inglaterra de ayer y de siempre! ¡Rule Britannia!

O sea, que les preguntaron y que respondieron. Ellos eran la masa, los que callan. Pero que si se les da voz, se lo cobran.

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Profecías demoscópicas…

Alguien podría pensar después de lo dicho que yo adiviné el resultado.

Pues no. Yo sabía cómo pensaba esa masa. Les había escuchado durante décadas por los diferentes rincones de la Gran Bretaña y su patrioterismo era unánime y homogéneo. Esa masa casi tan olvidada por sus élites como olvidada está por los españoles que van a Londres y no se imaginan que en los barrios periféricos o en el campo pueda vivir gente tan rara como la que he descrito anteriormente. Pero yo me imaginaba que de esos ya quedaban pocos. O, por lo menos, no tantos. Sabía que hace ya muchos años que los pueblos se despueblan de la juventud, que se va a las grandes ciudades, a hacerse digitales y modernos, y que se repueblan de londinenses que se construyen sus modestas residencias campestres en el country para fardar de modales de clase alta.

No creí que la masa fueran tantos. Ya sabía que los estudiosos conscientes y cosmopolitas, europeístas, eran pocos, pero pensaba que la calderilla de modernos digitales y de paniaguados de las finanzas serían más. Creía, en fin, que las profecías demoscópicas tendrían razón y que el brexit perdería. Raspado, pero perdería. Y no.

Moraleja: Para acertar con los estudios de opinión política no se fíen tanto de las respuestas que recojan por redes, teléfonos, webs y demás maravillas, y patéense las trochas y veredas del país. Espacialmente si hablamos de la Gran Bretaña, donde hay tanta gente que son, se sienten y están orgullosos de saberse, rurales.

La soberbia autista de las élite (1)

La soberbia autista de las élite (2)

Un pensament a “‘My brexit is rich. May brexit is not rich. Is rich my brexit?’”

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