Muhammad Ali

Por José Martí Gómez

Escribir sobre la biografía del que empezó siendo Cassius Clay y acabó siendo Muhammad Ali sería ridículo por mi parte. Se han escrito cosas muy buenas, de primera mano, sobre el personaje y su evolución personal e ideológica y también sobre su carisma, que le llevo a la categoría de mito del deporte del pasado siglo. Sí puedo escribir sobre un encuentro en Londres, con motivo de la presentación de un libro sobre el personaje.

Fui invitado al acto y allí me encontré con tres ex campeones del mundo de los grandes pesos. Frazier, Foreman y Ali. A lo largo de los años se habían enfrentado en unos combates brutales y lo que llamaba la atención de aquel encuentro entre los tres era la cordialidad, diría que incluso  la amistad, que se reflejaba en las palabras de Frazier y Foreman hacia Ali, los gestos entrañables que le dedicaban, protegiéndole como si se tratase de un niño, y en cierta forma lo era debido a su deterioro mental. Ali ya no hablaba. Empezaba a tener la mirada perdida. Solo al acabar el acto reaccionó, como un acto reflejo, al chasquido emitido por uno de los presentes imitando el famoso chasquido de Ali en sus buenos tiempos. Al escucharlo, el viejo campeón levantó los ojos y emitió su chasquido de siempre.

Frazier le cogió del brazo y le dijo:

-Vámonos, hermano. Esto ya ha terminado -y Ali se dejo conducir como un niño.

Fueron hombres, negros los tres, que salieron de la pobreza y se ganaron un lugar al sol golpeando y siendo golpeados sobre un ring. Me conmovió observar que los golpes y las derrotas que se habían infligido les habían dejado huellas en el rostro pero no rencor. Se respetaban. Diría que incluso se querían. Frazier me pareció el más culto. Foreman el más extrovertido. Uno de los dos, no recuerdo cual, era pastor de una iglesia norteamericana. Ali ya solo era una leyenda en la que se mezclaron para siempre su biografía como boxeador y su compromiso político.