Morir no duele mucho

A la memoria de Hugo Chávez

2013_3_8_CrFPI8pVb1BnNeJf8swCp4Celia Ramos
Poeta

Son versos de Emily Dickinson: “morir no duele mucho/ nos duele más la vida”. Hugo Chávez no quería morir. Morir debió dolerle mucho. Sus 58 años eran para él tiempo de cosecha. Y tiempo de seguir removiendo la tierra, y los barbechos. Y otras siembras.

Ahora hablan de sus luces y de sus sombras. Corren y correrán ríos de tinta, para nada.  Si alguien tiene hoy algo que decir es el pueblo de Venezuela: el anciano que hoy cobra una pensión, el enfermo que hoy sabe donde encontrar un médico.

Hugo Chávez hablaba de revolución, y se enfrentó a los que no les gusta esta palabra.

Es decir, al mundo entero. Aciertos, errores, luces, sombras, son defendibles. Lo que no es defendible es la indiferencia frente a la miseria, porque la miseria es violencia en estado puro.

Enumerar el dolor humano, señalar a sus artífices, ¿por qué nadie lo hace?. ¿Será que todos, en alguna medida, contribuimos a hacer de este mundo una deriva llena de horrores?

Científicos miden con precisión el hielo de la Antártica. Pero falta la precisión para medir el dolor escondido en las grandes ciudades, las drogas, la marginalidad, los crímenes. Para medir el dolor en las cárceles. Para medir el dolor de los niños que nacen para morir de hambre, de los adolescentes que empuñan un fusil, de las guerras sembradas por todo el planeta. Falta saber, con precisión, porqué el hombre es el único artífice de tanta locura, de tanto dolor.

Tal vez Hugo Chávez tenía una fe que a muchos de nosotros nos falta. Por eso le dolió tanto la muerte. A muchos de nosotros nos duele más la vida.

 

 

 

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