El método de mi amigo, el de la pipa

Fabricio Caivano
Periodista

Una manada de menores le propina una paliza a una niña en el patio de su colegio. La niña pateada es hospitalizada con “policontusiones”. Los adultos escrutamos con ansiedad a diversos expertos, que proponen gravemente nuevos protocolos administrativos contra semejantes hechos. El mismísimo ministro del Interior tranquiliza los ánimos, inefable, asegurando que “el hecho” es una conducta esporádica no tipificable como acoso escolar continuado. La policía blinda el centro escolar y se “abre una amplia investigación”. Familia, municipio y sindicato echan humo. Pero el hecho caerá en el olvido mediático en pocos días. Hasta el siguiente.

¿Qué hacer?

Un psiquiatra buen amigo, de pipa y barbita, ferviente admirador del pedagogo y escritor ruso Antón Makarenko, sostiene que no damos pie con bola; que el tratamiento de estos casos excepcionales se merece también un tratamiento excepcional. O se enfrenta de cara y sin reticencias o se maquilla administrativamente.

El llama a su método la “catarsis antimacarras”. Deberíamos ensayar, asegura terminante, una vía colectiva de intervención ante hechos graves de violencia escolar que fuera capaz de dos conquistas; a) crear ante ellos reglamentos y protocolos éticos claros en todos los centros; y b) explicitar las instancias escolares de oficio para una legítima defensa que prevenga y contenga las conductas de esos precoces aprendices de macarras. Y especialmente capaces de defender justamente, con mesura y tacto, a quienes se oponen a ellas o las sufren.

–Y eso cómo lo harías, listillo.

–Con luz y palabras, apocadillo.

Para empezar –prosigue– a toque de redoble de tambores: declarando un estado de excepción en el centro, suspender momentáneamente todas las actividades docentes y convocar, con el apoyo de las autoridades educativas, a toda la comunidad escolar afectada a una obligada reflexión colectiva sobre “los hechos”. Incluyendo sin duda en esta dinámica pública a los cachorros de esa manada de violentos macarras. Serán inimputables jurídicamente pero no lo son en absoluto educativamente. Duro, pero necesario. Así se acabará por instaurar un sentimiento de transparencia y de justicia en los centros, una zona de confort ético.

Hay que hacer fuertes a los débiles y débiles a los fuertes… De lo contrario, sin un cuidadoso uso de la luz y las palabras, se promueve el aprendizaje de la dieta socialmente dominante: violencia, sexismo, racismo, insolidaridad y demás patologías morales. Hablar de lo que se calla y hacerlo con tiento y determinación, esa es la vía noble. La violencia escolar –añade– es una excelente ocasión educativa para crear en el centro una clara conciencia común de rechazo y para instaurar instrumentos eficaces de prevención y denuncia. Lo demás son parches.

Y aspira con deleite de su apagada pipa.

–Vale, vale. Pero… no es un poco bestia para los protagonistas ? Muy soviético…

–Más bestia es ceder ante los macarras en ciernes y abandonar a las víctimas a su soledad y desesperanza.

Mi amigo enciende diestramente su pipa, pide otra cerveza y pregunta ausente, como a las sombras del atardecer…

¿Crees que ganará Donald Trump, ese rampante macarra alfa ?

–No lo sé, pregúntale al Del Pino, que sabe un huevo.

Un pensament a “El método de mi amigo, el de la pipa”

  1. Escuela alemana. Me dan 1, devuelvo 5. Mano dura contra la escoria gamberra. Ni que sean menores ni leches.

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