Menores en el bosque

La infancia abandonada suele ser protagonista habitual en la literatura llamada infantil. Frágiles caperucitas; hermanos acechados por la bruja; cerditos francamente comestibles; flautistas seductores; niños asilvestrados. Y esa panoplia de padres paupérrimos que abandonan a sus crías con fría maldad o por cruel imposibilidad de alimentarlos. El bosque tenebroso es el lugar preferido para escenificar esa amenaza con toda su coreografía espeluznante de bestias, monstruos, gigantes, íncubos y demás apariciones.

Contra ellos y frente a su esencial condición de maldad, la infancia dejada a su suerte suele oponer con terquedad sus mañas de astucia, audacia y valentía. Competencias que les salvan la vida y acaban, a menudo con furia sanguinaria, con el ser amenazante. Niños solos ante el peligro. Pulgarcito es el emblema de ese ingenio resistente, el pequeño que vence al grande, el débil gana al fuerte. Un ideal arraigado en todas las culturas orales.

Hoy el abandono infantil toma formas bien distintas. Va desde el colocarlos, qué remedio, en alguna superguay colmena de ocio extraescolar, hasta los malos tratos, el abandono y la dura desolación de la calle.

Con la llegada de las vacaciones escolares los llamados “k boys”, esos menores de entre 6 y 13 años que vagan con la llave de su casa colgando del cuello, aumentan a pesar de la legión de abuelos y abuelas que se agotan en su cuidado. Padres etiquetados como “trabajadores pobres” (el 15% de la población activa en españa), otros encadenados al precariado o simplemente los que chapotean en el paro, pocos ya asidos al flotador de la ayuda pública, si acaso la tienen, ya que el 77% de los hogares en riesgo de pobreza no reciben ayuda alguna. El lado oscuro de esa “economía que va bien”, el bosque en el que los menores crecen nadando en la toxicidad de la charca de su época.

La admirable ong educo alerta de que muchos menores de esas edades pasarán este verano abandonados en el bosque posmoderno de la soledad, lejos del repetido tópico del verano feliz. En el año 2009 eran 350.000; hoy rozan ya los 600.000

¿Qué hacen? Enfrentarse a la renovada panoplia de monstruos globalizados con la fortaleza de sus recursos más fundacionales: el juego y la curiosidad. Lo más habitual según datos de esta ong: jugar en la calle o en algún solar mal bautizado como parque; le sigue mayoritariamente ver la tele, echar mano de internet, de la consola o del móvil. Algunos afirman que leen, hacen deberes o ayudan en casa. Por fortuna la infancia sabe cómo vencer a los neomonstruos del bosque. Los menores ocultan a nuestra miope vista una fortaleza insospechada , una energía vigorosa a poco que se les ilumine con los dos clásicos motores de la socialización digna: atención y exigencia.

La infancia no es el futuro como cacarean las autoridades educativas de vuelo gallináceo: son energía del más puro presente. Para bien y para mal, ella es rabiosamente contemporánea, o sea capaz de aprender los mejor y lo peor de sus mayores. Hay que darles acceso (disculpen la pedantería) a dos palancas: el ser y las cosas. Dicho llanamente: la palabra y los instrumentos. Claro, y confiar en ellos.

Con esas condiciones, la infancia educa a los adultos, y su soledad, necesaria sin duda para crecer, mudará en motor de imaginación creativa y germen de una comunidad cooperativa. Como una feliz aula infantil.

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