Melancolía literaria

Josep Maria Cuenca
Escritor

Quienes todavía se relacionan con la literatura concibiéndola como un asunto estrechamente vinculado a la vida en un sentido fuerte y, en consecuencia, se resisten a aceptar que las letras deban sobre todo alimentar las exiguas llamas de las hogueras de la vanidad y del éxito comercial, habrán agradecido sin duda la película de Michael Grandage El editor de libros, basada en la biografía de Andrew Scott Berg sobre el editor Maxwell Perkins.

Una película cuya cuidada y meritoria forma queda muy por encima de su capacidad de conmover, lo que deja en el aire la impresión de que el director no ha sabido conciliar ambas cosas; a diferencia, por ejemplo, de Todd Haynes, autor de perlas como Lejos del cielo y la más reciente Carol. A pesar de ello, Grandage es capaz de informar con elegancia y belleza acerca de un episodio muy significativo de la vida de Perkins: su relación personal y profesional con Thomas Wolfe, escritor fugaz y desmedido, lírico y salvaje, egoísta y sensible, admirado por colegas como William Faulkner y Sinclair Lewis, quien llegó a mencionarlo en su discurso de recepción del Premio Nobel en 1930. Y, dicho sea de paso, uno de los poquísimos escritores a quienes el demoledor Thomas Bernhard reconoció algún valor.

Perkins debe su celebridad ―que en gran medida sería póstuma― al hecho de haber intervenido de manera decisiva desde la editorial Scribner’s en la publicación de Francis Scott Fitzgerald, Ring Lardner, Ernst Hemingway, Marjorie Kinnan Rawlings y James Jones, entre otros autores. Pero su discreto buen hacer no solo tuvo que ver con su excelente olfato literario, sino también con su exigente y razonado criterio (armado de infinita paciencia y rigor) a la hora de trabajar junto a los escritores en aras de la mejora general de sus obras. Sus tijeretazos poco tuvieron que ver, en forma y fondo, con los que hoy se suelen practicar dictados estrictamente por las exigencias mercantiles características de nuestro tiempo, oportunamente definido por André Schiffrin como el de la edición sin editores.

El próvido Perkins trataba desde la cercanía a “sus” autores, lo que dio lugar a inevitables desencuentros y fricciones, pero también propició el ejercicio de la amistad sincera y en algún caso ―como el de Wolfe― de una infrecuente intensidad. Y nunca incurrió en la torpeza imperdonable de pretender competir en vedetismo con los egos de algunas de sus celebridades más notorias. En ello intervino su fina inteligencia y su carácter, pero probablemente también el hecho de saber que en ese terreno el editor no solo lleva todas las de perder, sino que además se expone a mear fuera del tiesto salpicándose abundantemente a sí mismo. Homólogos suyos de la actualidad parecen tener serias dificultades para aprender una lección tan elemental como saberse las vocales o distinguir los colores de un semáforo.

El tiempo de los Perkins, por fortuna, existió. Aunque duró poco y hoy, irremediablemente, exige ser evocado con la melancolía que produce la constatación de que nuestra vida (la literaria y la general) se ha empobrecido hirientemente en el sentido señalado en su día por Walter Benjamin. Al poco de desparecer los Perkins de este mundo se iniciaron los incesantes cambios de propietarios en las editoriales orientados hacia la trustalización; el triunfo de la petulancia sobre la autoexigencia artesana entre los autores; la radicalización de la motivación mercantil, cuyo efecto más deletéreo ha sido y sigue siendo la censura comercial; y el imperio de la corrección política, que constituye un obstáculo tremendo a la hora de llamar a las cosas por su nombre. O lo que es lo mismo: a la hora de intentar expresar sin cálculo y sin miedo algo de verdad y de vida capaz de contener una cierta validez universal.

Quiero pensar que nuestra anómala domesticidad literaria también contó en su día con algunos Perkins. Sin embargo, rastrear el asunto resulta una tarea ardua y bastante descorazonadora. Tanto es así que al menos a mí, a bote pronto, solo se me ocurren un par de nombres: los de Josep Janés y Carlos Barral. Ambos por cierto, además de editores, poetas.

Foto de portada: Maxwell Perkins

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