¡Me cagüen la cerámica, carallo!

Fabricio Caivano
Periodista

Un portero del barrio me dice que ha muerto Eutimio, el afilador gallego. Puntual como las golondrinas, entrado el mes de mayo, se le veía pasar por las calles junto al mercado de Galvany, haciendo sonar con una cadencia dulce, gallega diríamos, su flautín. Un instrumento del que estaba muy orgulloso:
–Un chinflo de primeira, de madera de boxe e non de plástico como esos de los chinos.

Eutimio endosaba con socarronería a los chinos todos los males y pecados de la modernidad, la extinción del valor de la palabra dada, la mala educación, el fornicio generalizado, el calentamiento global y, claro está, el ya muy próximo fin del mundo. Y de su mundo laboral lo fueron sin duda: poniendo a la venta miles de paraguas de pacotilla, millones de cuchillos baratos de usar y tirar… Cuchillos que antes eran de calidad, tenían marca de prestigio y garantía de larga vida. Cuando había oficios y artesanos y no “esos buhoneros de merda”, añadía con una chispa de ira sonriente. Antes y después de los chinos, así dividía el bueno de Eutimio la historia toda.

Me enseñó la foto de su mujer, muerta, y de sus tres hermanos: Platón, Rómulo y Regalada. Eutimio quiere decir buena persona, me aclaró. Se hacía transportar su carromato en el camión de un sobrino desde Ribadavia a Barcelona. Y volvía en Septiembre a su pueblo después de cuatro meses de afilar cuchillos por la costa sur de Barcelona y toda la de Tarragona. Tenía clientela fija en mercados, hoteles y restaurantes… hasta que llegó la peste de la cuchillería de cerámica que estaba matando con su oficio. Los chinos, claro.

Me contó que últimamente se sacaba una perras de más arreglando alguna sombrilla de playa y dejándose fotografiar por los turistas junto a su ingenio rodante.

–Non acredito!!! Me fotografían con un teléfono en la punta de un palo. Están tolos.

Y añadía con un asomo de lujuria festiva en los ojos achinados, muy al estilo de nuestro Josep Pla al que, por cierto, se le parecía un montón:

–Elas van lixeriñas de roupa…

Empujaba con parsimonia una pesada estructura asimétrica, con una rueda y un pedal de amolar. Por él supe que se llaman tarazanas. La suya era muy alta para un paisano como Eutimio, más bien chaparro aunque él decía que bajo no era, sino que estaba “lonxe”, lejos. Era de madera, primorosamente pintada con ribetes y arabescos de azul y blanco, como la bandera de su tierra; decorada con chinchetas del mismo color que, letra a letra, dibujaban el nombre de la patria chica del afilador: Nogueira. Me dijo hace años, cuando le conocí, que era de Nogueira y añadió:

–Pero a de Ramuín, eh?, que Nogueiras háyalas en otras partes…

Nogueira de Ramuín está en la provincia de Ourense y, al parecer, el ayuntamiento dedicó una plaza con una sólida escultura a los amoladores que en el mundo han sido… y que ya no serán al paso que van los chinos. Amoladores, así llaman a los artesanos de este esforzado oficio en extinción como tantos otros, el periodismo sin ir más lejos.

–¿Tamén ustedes van p’atrás…?

El pasado año, por Julio, me dijo que salía camino de la costa pero que iba a ser su última temporada, que lo dejaba ya no por cansancio o desgana sino por los efectos de la plaga china de la cuchillería cerámica. Me dio un sostenido apretón con su mano encallecida y robusta como una tenaza

–Eu xa non volto, amigo catalán…

Y con una sonrisa franca me espetó como despedida:

–¡¡”Mecagüen la cerámica, carallo!!

–Y en los chinos…– añadí yo en voz baja. Creo que eso le gustó muchísimo. Y echó a andar calle abajo tocando el chinflo. Eutimio, el afilador.

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Fotot superior: La escultura al afilador de Nogueira de Ramuin

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