Marxismo de mesa camilla

Aniversarios.
150 años de El Capital.
Cien años de la Revolución rusa.
Cuarenta años han pasado desde la legalización del Partido Comunista de España.
Leo que Alberto Garzón, líder de Izquierda Unida, anduvo de bolos conmemorando las efemérides.

En su gira, el joven dirigente comunista (31 años) pregunta a los que acuden a su convocatoria, que parece son bastantes, qué es ser comunista en estos tiempos.

Y Garzón les dice:

-Se puede ser marxista y tener un iPhone.

Poco leído es Antonio Gramsci, muerto hace ochenta años, hombre que abrió una gran ventana al marxismo anquilosado, si a estas alturas del siglo XXI Alberto Garzón tiene que hacer esa afirmación tan rotunda. Como si marxismo y vida moderna estuviesen reñidos.

Hace muchos años, no recuerdo si al final de la dictadura o al inicio de la democracia, un grupo de dirigentes comunistas italianos pasó de forma discreta por Barcelona y mantuvo contactos con gentes del PSUC.  Según me contó Solé Barberá quedaron bastante deprimidos al verificar que para la mayoría de los comunistas con los que hablaban ser marxista estaba reñido con el progreso y el disfrute de la vida.

– Me dijeron que el nuestro era un comunismo de mesa camilla – me explicó con su buen humor habitual Solé Barberá.

Si sigue habiendo gente que cree que no se puede ser marxista teniendo  un iPhone -y yo no lo tengo porque quiero vivir tranquilo- es que la sociedad española, no solo los comunistas, sigue ideológicamente sentada en torno a la mesa camilla.

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