Maruja Ruiz

Por M. Eugenia Ibáñez

Nadie hasta el pasado lunes, 28 de noviembre, había tenido el santo coraje de dejar plantado al alcalde de Barcelona en un Saló del Consell de Cent vestido de gala, atravesar el pasillo ante la mirada estupefacta de los asistentes y cruzar de nuevo con la cabeza alta, muy alta, las puertas que poco antes se habían cerrado para dar inicio a una ceremonia que ella ya daba por terminada. Pero conociendo la trayectoria de Maruja Ruiz no extraña en absoluto que aquel lunes renunciara a la Medalla de Honor de Barcelona concedida por el ayuntamiento a propuesta de las entidades de Prosperitat, en Nou Barris, y que lo hiciera con todo lujo de detalles y dejando a Xavier Trias con la palabra en la boca. Ni siquiera llegó a tocar la distinción, solo cogió el micro para decir a los presentes que, por coherencia, no podía aceptar una medalla que le iba a entregar un alcalde, miembro del partido que, desde el gobierno de la Generalitat, recortada en sanidad, enseñanza y equipamientos las mejoras por las que ella había luchado toda su vida.
No sé si Maruja (Guadix, Granada, 1936) nació con el gen de la rebeldía engastado en la médula o bien incorporó el inconformismo a su forma de vida a medida que descubría que la desigualdad, la injusticia y la falta de oportunidades impregnaban su entorno habitual. Llegó Barcelona a los 13 años y en Nou Barris empezó su lucha por la mejora de una zona de la ciudad con calles sin pavimentar, sin plazas, sin árboles, sin equipamientos de ningún tipo. La lucha contra la dictadura empezó en Barcelona por la mejora de esos barrios y recuerdo a Maruja siempre presente en esas reivindicaciones puntuales que iban más allá de convertir un montón de casas en un barrio digno. Fue la fuente informativa de referencia para muchos de nosotros que aspirábamos a convertir el periodismo en un arma de lucha; fue la llamada que recibíamos cuando se trataba de hostigar al porciolismo con la excusa de una fuente que no manaba, o por un solar, o por un plan urbanístico especulativo. Y siguió en sus cuarteles contra un cinturón de ronda que querían convertir en autopista, o por la plaza de Ángel Pestaña, o por la llegada del metro a Nou Barris, y participó en la lucha de los trabajadores de Motor Ibérica y en el secuestro de un autobús que conducido por el mítico luchador Manuel Vital demostró que, efectivamente, al barrio de Torre Baró podía llegar el transporte público. Y muchas batallas más. Ahora se empeña en explicar a chicos y chicas de los institutoso que estamos todos dormidos, que ellos son la esperanza de la rebeldía y que no tienen derecho a pensar solo en si mismos. Y hace pocos días, Maruja se topó en un hospital con la nueva cara de la sanidad que los recortes de la Generalitat imponen, una realidad con quirófanos cerrados y con intervenciones quirúrgicas pospuestas, con gente mayor con caderas rotas que no pueden ser operados y con viejitos que no tienen ambulancias a su disposición para regresar a casa. Y Maruja se preguntó cómo podía ella aceptar que un alcalde, corresponsable de esa situación, le impusiera una medalla de honor. Y se contentó que no, que no podía. Y se largó.

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En su blog, Gabriel Jaraba defiende que Maruja no debió rechazar la medalla.
En el suyo, José Luis López Bulla opina que hizo bien rechazándola

Un pensament a “Maruja Ruiz”

  1. Creo que la dignidad de Maruja es extraordinaria. No sé si hubiera hecho lo mismo, pero es lógico que ella procediera de esa manera. Los recortes vienen de quien vienen y el señor Trías es corresponsable.

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