Marc Antoni Broggi: “Hemos de ser beligerantes contra el dolor”

Entrevista a MARC ANTONI BROGGI, presidente del Comité de Bioética de Catalunya

José Martí Gómez /José Maria Mena / Eugeni Madueño

El doctor en medicina y cirujano Marc Antoni Broggi i Trias es presidente del Comité de Bioética de Catalunya, un organismo asesor de la Generalitat de Catalunya y de los profesionales de la medicina para los asuntos de bioética.

En su libro Por una muerte apropiada usted dice que morir es inevitable, pero que no lo es morir mal. ¿Cómo se consigue no morir mal?
El morir mejor o peor depende de cosas controlables y otras que no lo son, pero actualmente tenemos armas suficientes como para disminuir el sufrimiento, incluso hasta la sedación que significa la desconexión de la persona con el entorno y, por tanto, con el sufrimiento también. Es importante que la gente sepa que en nuestro primer mundo, en el balneario en el que estamos, en este momento hemos decidido, y me parece que este es un pilar fundamental, que el dolor no tiene sentido. Lo único que sí tiene sentido es luchar contra él hasta los últimos sitios, los más recónditos y pararlo.

En la práctica de sedación en la Comunidad de Madrid hubo problemas.
Creo que la sedación como las otras prácticas médicas no hay que querer sujetarlas excesivamente de una manera previa desde fuera, porque tiene que poder adaptarse a cada situación clínica. Y en Madrid creo que hubo una frivolidad en cuanto que hubo una denuncia excesivamente amplia y poco rigurosa sobre las sedaciones, lo que  entonces alertó a los ciudadanos de unas posibles malas prácticas que luego se vio que no tenían fundamento. Y claro, poner la duda en este aspecto es grave. Poner la duda en las buenas prácticas en estos momentos alerta mucho. Yo creo que fue una frivolidad el tipo de denuncia y la forma como que se llevó a cabo.

Jurídicamente la historia del doctor Montes no tenía sustento y la prueba es que finalmente en la resolución final del tribunal de la Audiencia de Madrid presidido por Manuela Carmena, quedó muy claro que no había contenido penal. Doctor Broggi es usted especialmente cuidadoso y discreto en su calificación de aquella denuncia que creo fue ideológica y malintencionada.
Yo creo que hay un movimiento ideológicamente bastante vivo en España, o que está reviviendo ahora, que tiene miedo de la libertad de los ciudadanos y de su capacidad de tomar decisiones sobre todo ante estas situaciones tan básicas como es el de morir o estar enfermo. Entonces cuesta mucho que se acepte por algunos una conquista que ya hemos asumido, no sólo aquí, sino en toda Europa: la de la autonomía de los enfermos, es decir, de los ciudadanos que aunque estén enfermos tienen que preservar sus derechos evitando, por ejemplo, que se les manipule o que se vulnere su integridad física ante cualquier situación.

Usted también plantea en su libro el interrogante de hasta qué punto es legítima la objeción de conciencia médica que se enfrenta a la postura autónoma del paciente que pide morir.
Sí, yo defiendo claramente que no puede existir una posibilidad de objeción de conciencia del profesional ante una negativa del enfermo a cualquier propuesta, porque ahora cualquier indicación es una propuesta y nada más que una propuesta, de un profesional o de cualquier institución. Es decir, la persona puede negarse a cualquier actuación y no vale que no se le respete alegando una objeción por parte de conciencia.  Me parece que la sociedad ha llegado a un momento en el que los ciudadanos tienen que estar tranquilos en cuanto a que lo que dirige las actuaciones médicas no es la conciencia de los profesionales, sino sus deberes. Este es un paso fundamental.

Usted cita el convenio Europa de 2000-2002 sobre las garantías a todo enfermo. ¿Nos puede explicar concretamente  sobre qué va ese convenio?
Hubo un convenio del Consejo de Europa, al que asistí en Estrasburgo, y algunos aspectos los trajimos a Catalunya y el Comité de Bioética instó al Parlament a ver si podíamos, poniéndonos en la estela del convenio, hacer una ley de la autonomía de los pacientes. Fue la primera ley de la autonomía. Y me parece que allí se formulan y explicitan deberes fundamentales, como es el derecho a la información, es decir, que cualquier persona tiene derecho a toda la información que se tenga sobre ella y que por lo tanto, también al acceso allí donde la información esté, al acceso a la historia clínica. También el derecho a la intimidad, y por tanto, a la confidencialidad cuando se han dicho cosas que no se dirían sino fuera porque uno está enfermo. Y el derecho a la decisión, es decir, a decidir entre las propuestas de los profesionales, incluso, y eso fue una novedad importante, a preverlas de antemano, por ejemplo, con un documento. Fue, me parece, una ley muy rupturista; y dos años después otra básica en toda España la ratificaba por parte de todos los grupos políticos, cosa nada fácil. Hay un antes y un después de ellas. y ahora hay que defender esta ley 21/2000 y la  41/2002 estatal, básica, ante los intentos de limitarla.

¿Hay mucha ofensiva?
Mucha no, se ha asumido la ley de autonomía del paciente; pero, a la hora de aplicarla, las lecturas pueden ser discutibles. Hay el intento de las capas médicas más conservadoras para una aplicación restrictiva del consentimiento informado. El consentimiento informado es muy importante. Es la ocasión que tiene todo ciudadano para decir que NO. Todo lo que no favorezca que alguien pueda decir que no con aquella información, aquella forma, aquella firma… es un mal consentimiento y en esto hay una tendencia a pensar, bueno… está muy bien el consentimiento, pero cuando la cosa es muy grave, entonces no vamos a caer en esta ingenuidad. La autoridad del médico, que viene del conocimiento de una serie de leyes científicas, pasa por delante del  criterio del paciente, y si este no  está de acuerdo con el mío pues es que no lo ha entendido o es que está loco. Y entonces no puedo hacerle caso.

¿La eutanasia pasiva se práctica mucho?
Sí, pero ya no podemos hablar de eutanasia pasiva. Es un término que se ha desterrado desde que existen estos derechos. Es decir, la eutanasia pasiva ¿qué era sino la limitación de actuaciones excesivas o no aceptadas? Es decir, el respeto a un derecho, ya no es nada más que esto: no hace falta etiquetarlo de eutanasia pasiva ni de nada. Y después, el otro supuesto que entraba en la eutanasia pasiva es cuando nosotros, aunque no tengamos la decisión del enfermo, vemos que la decisión de más tratamientos sería desproporcionada a su situación, que ya no iría en la dirección de intentar ayudar al enfermo: entonces no hay que hacerlo, no sólo se va a dejar de hacerlo, es que uno no debe ni proponerlo, ni aceptarlo ni continuarlo. Es decir, la eutanasia pasiva ha quedado ahora como buenas prácticas y como todas buenas prácticas, no tiene por qué tener un nombre distinto. No llamaremos eucirugía, si la hacemos bien. Por lo tanto la eutanasia queda relegada ya sólo a la eutanasia directa, activa y voluntaria.

Y la eutanasia y el suicidio asistido. ¿Cree que en este país será posible a medio plazo?
Si se mira a medio plazo, en los ocho años que veo por delante, me parece que no. Si el medio plazo es más largo, quizás sí. Yo creo que la eutanasia necesita un poco más discusión pública porque creo que los que estamos a favor de poder ayudar un poco más allá de lo que ahora ya son las buenas prácticas -que ya se han consolidado en la ley- con el añadido de lo que sería la eutanasia o el suicido asistido debemos explicarlo mejor. Los que defendemos que esto tendría que ser posible, también tenemos que comprender una cierta reticencia de la sociedad, un cierto miedo. La bioética también se basa en el miedo de la ciudadanía. Esto no se dice y cuando lo digo, se me enfadan los bioéticos. Pero en este caso, debe reconocerse que la sociedad tiene miedo a que la sola existencia de la posibilidad de eutanasia sea ya una presión para la gente vulnerable, dependiente. Es decir, hay que saber explicar bien: que en los países en los que está despenalizada no ha pasado esto, no se ha visto ninguna presión, precisamente los que se suicidan más o los que piden la eutanasia no son los más dependientes. Lo segundo es que en estos países se ha demostrado que hay formas de evitar estos abusos… y sobre esto en el Comité de bioética de Catalunya hicimos un trabajo en el que se explican los requisitos que podrían ponerse sobre la mesa para que la sociedad disipara su miedo.

Desde el punto de vista penal, ¿en qué situación está el que hoy en día ayude a un suicidio asistido. Empieza con la interpretación de la Constitución, en la que hay dos artículos: el 10 que empieza hablando de la dignidad de la persona y el 15, que habla del derecho a la vida. Empieza la interpretación si el derecho a la vida es obligación de estar vivo o si es como todos los derechos es renunciable en función de la prevalencia, porque el artículo 10 está antes que el 15 y lo que dice el artículo 10 son los parámetros que regulan la totalidad de la convivencia democrática y el primer parámetro de todos es la dignidad humana. Y entonces ¿quien determina el concepto de dignidad humana, sino el propio titular de la vida humana? A partir de estos parámetros, y en función del artículo 143 del código penal en el último párrafo viene el suicido asistido, que antes llamábamos eutanasia pasiva. Pero claro, una de las cosas curiosas es que se castiga lo que se castiga porque entonces en todos los apartados, incluso en el de la eutanasia pasiva, hay pena, pero una pena compatible con el no cumplimiento de la pena, es decir, que se queda en unos meses de pena de prisión que no se cumple si no hay antecedentes penales. Entonces el legislador hace una advertencia de reproche pero que no va acompañado de una combinación de castigo. De manera que al profesional correspondiente se le dice, mire usted ha sido malo, pero no es tarjeta roja, es tarjeta amarilla. Y luego los penalistas interpretan en el último párrafo, que es la famosa eutanasia pasiva, en el sentido que si no es una actuación directa,  entonces no entra en la previsión y la parte progresista de los penalistas todos interpretan que no es delito. Está fuera de la previsión legal y que eso ha quedado despenalizado. No sabemos qué puede pasar, si alguna cosa de estas llegará al Tribunal Supremo. Yo procuraría si tuviera un cliente que le pasará algo así arreglarlo antes de llegar al Supremo, por si acaso. Esa es la situación actual del código penal.
Sí, sí, hay esto de que la ayuda deba ser directa y necesaria para que sea punible que puede ser interpretado como que algunas actuaciones no lo serían, como la receta de barbitúricos para suicidarse. Pues no sería “necesaria” porque lo podría procurar con otra receta fácilmente. Bueno, es una interpretación… depende.

Sí, sí, pero ahí están todos desde que se puso este articulito… unos dicen blanco y otros dicen negro y no hay términos medios. Claro, lo que yo leo y en el mundo en el que yo me desenvuelvo, tenemos muy claro que si el código penal  no lo castiga expresamente hay razones suficientes para no hablar del código penal en supuestos como esos. Ahora, tú preguntabas el auxilio del suicidio, es decir, un suicidio que tiene dos previsiones: el auxilio, o el auxilio hasta el punto de ser causante. Por ejemplo, el auxilio al suicido a una persona que no puede mover las manos y le auxilian hasta el punto de ponerle en la boca el veneno. Eso está castigado. En el código penal esto está castigado. Y la previsión de sufrimientos graves y modo de vida inviable y todos esos requisitos del apartado cuarto del artículo 143, eso atenúa mucho y además eso está contenido con lo de voluntad directa y actuación necesaria y los penalistas más rigurosos, interpretan, en mi opinión, que lo de directa quiere decir que comportamientos indirectos, es decir, de actuaciones de sedación de cuya aplicación puede desprenderse una aceleración del momento de la muerte no entran en la previsión del 143-4 del código penal.  Es una interpretación bastante razonable.
Sí, yo creo que incluso los más reticentes la aceptan así.

Los médicos más reticentes porque claro la práctica de la sedación para ellos es normal, pero los magistrados que no practican sedaciones no me pondría yo en sus manos. Tendría yo mucho cuidado en que no me pillarán.
Entonces la discusión es si la despenalización necesitaría una ley nueva ad hoc o una modificación del 143 .

En principio con alguna palabra más en el 143 debería ser suficiente porque la despenalización donde tiene que estar es en el código penal. Mal puede hacerlo otra ley pero que digan en el código penal es una ley orgánica y tiene rango superior y es prevalente; tendría que ir al Código Penal y dejarse de rollos.
Yo es lo que defiendo: que no nos compliquemos la vida con una ley nueva en cuya redacción intervienen muchas cosas… entonces sale la objeción de conciencia en un artículo, las imposiciones a la actuación clínica en otro y las cosas se van mareando.

En su experiencia directa como médico con el paciente en el linde de la muerte ¿cómo es la reacción del moribundo?
Mi experiencia es que se pide poco la muerte. En general se pide cuando se sufre, y por tanto, mitigando el sufrimiento deja de pedirse. Yo en el libro cito un caso de un amigo mío, muy amigo, que me pidió: ven con la pastilla, llegó mi hora! Yo no sabía qué pastilla tenía que ser y llegué allí y vi que hacía dos noches que no dormía y le di un Valium y durmió y ya se levantó con un ánimo distinto. Y ya no me moví de allí,. Quiero decir con esto que la compañía, el tratamiento bien hecho del dolor, sobre todo, la compañía, quitan el terror a lo imprevisto. Creo que el  miedo fundamental es a lo imprevisto, si ves que alguien te ayuda a controlar el síntoma, ese miedo se reduce o incluso se desvanece.

O sea que la familia es fundamental.
La familia y los amigos son fundamentales, yo creo que sí. Bueno, yo en mi libro tengo dos capítulos sobre la compañía, porque creo que es un tópico decir que todo el mundo tiene que morir solo, es una verdad, pero que una cosa es morir solo y otra es abandonado. Una cosa es morir en la soledad, ontológica para cada uno, la otra es que no se le vea en ella, que nadie te mire, que no intereses. Ser mirado, admirado, escuchado, creo que legitima mucho la vida: ha merecido la pena vivir si ahora se me escucha. Bueno, sobre todo en la cultura mediterránea, en la que una de las cosas peores es decir que uno ha muerto solo…

Hay uno de los personajes de La peste de Albert Camus,que cuando se va a morir se vuelve de cara a la pared para que nadie vea su rostro.
También lo comprendo, pero sabe que si no hubiera nadie que lo viera ya no se giraría, es decir, puede ser que con ello haya hecho un gesto para alguien.

¿Por qué lo comprende?
Porque creo que también hay una estética de uno que se puede escoger. Hay gente, por ejemplo, que encuentra muy indigno que se le vea sufrir. Por ejemplo, no quiere que su nieto lo vea sufriendo. Otros en cambio lo que prefieren es que la gente esté a su alrededor… No sé, varía mucho…. Yo creo que lo importante, por eso el título del libro Por una muerte apropiada, es que uno tiene que apropiarse de ella, imprimiéndole su forma al máximo. Entonces los que ayudemos, los que estemos allí, tanto si somos familiares como profesionales, tenemos que tener una antena bien puesta para detectar lo que se prefiere, y estar a su servicio.

¿La sublimación del dolor que sigue defendiendo la Iglesia, está desfasada?
Sí. Cito en el libro a un catedrático de cirugía que en el año sesenta y pico hizo su intervención a la Real Academia sobre el sentido del dolor, diciendo que el dolor  tiene un valor per se de redención… Yo creo que el crucificado ha sido un ejemplo tan potente porque no había nada contra el dolor, y entonces había que sacar de su ejemplo fuerzas de flaqueza. Pero ahora me parece a mí que la imagen común de Jesús quizás sería otra más tranquilizadora. No es cuestión de sufrir tanto ahora, es cuestión de más comprensión hacia la analgesia, no creo que ahora la imagen habitual fuera la de tanto sufrimiento.

¿Los agnósticos mueren mejor?
Es una pregunta que me hace mucha gente, yo no he visto que se muera distinto. Yo durante una época pensaba que los ateos y los agnósticos morían mejor porque, en nuestro país, al menos, era gente que había pensado más en estas cosas, pero yo no creo en esto ahora. Yo ahora lo asumo de esta manera: los creyentes mueren mejor creyendo y los ateos sin creer. La muerte es  algo muy personal, no tanto de ideología.

Ateos ha habido siempre a los que en el último momento les vuelve su cultura de la infancia y dan un paso atrás por si acaso hay infierno. Ahora cuando llevas una cultura de agnosticismo desde la infancia, difícilmente pueden volver a algo con lo que no han conectado, al igual que ninguno de nosotros se haría budista en el momento de la muerte.
Yo creo que lo importante para morir bien, lo fundamental, lo imprescindible es aceptar que ya puede ser, lo que resulta bastante difícil; que antes había la vida sin mí y luego habrá la vida sin mí. Y que uno no es importante. Es muy importante pensar que uno no es muy importante. Entonces, llegar a esta conclusión es difícil, pero es imprescindible para morir bien. Por ejemplo, un joven es difícil que esto lo pueda conseguir, me parece, a no ser que sufra mucho. Yo creo que es imposible morir bien, si uno piensa que uno es muy importante y cree que la vida gira a su alrededor. Es lo de Maragall: sí, yo creo en otro cielo, pero ¿por qué no nos quedamos con este? Esta es la idea que tiene todo el mundo, y decir ya basta, cuesta aceptar que se acabó.

¿Los recortes sanitarios nos harán morir peor?
Yo creo que sí.

Cuando dentro de 20 años se pueda despenalizar la eutanasia ¿usted cree que habrá mucha objeción de conciencia o que también la clase médica habrá evolucionado a lo largo de estos años?
No, yo creo que habrá bastante objeción de conciencia. Estas cosas nuevas y tan radicalmente distintas de toda la tradición seguida hasta entonces, cuesta aceptarlas. Yo estoy en contra de la objeción de conciencia sanitaria como figura general aceptable en las actuaciones habituales, pero en las cosas nuevas, como puede ser el aborto o la eutanasia, es normal que haya una gente -cada vez habrá menos-, que diga que no, y es algo que debe aceptarse. Por ejemplo, en la eutanasia es muy corriente que los profesionales sean más reticentes cuando no conocen al enfermo y que sean mucho más receptivos cuando sean amigos suyos o tengan una relación más cálida con ellos.

Pero eso con la socialización de la medicina, la desaparición del tradicional médico de cabecera, el médico que conozca mucho al enfermo ya es difícil
Sí, pero yo lo reivindico.

¿Cómo se logra?, por ejemplo, yo al médico del CAP lo veo una vez al año si no pasa nada.
Es cierto, y es lógico. Pero tambien es deseable, esperable, que cuando las cosas se pongan mal este mismo médico o su equipo estén más interesados en conocerle, no solo en mirar su enfermedad sino también en como la vive, si sufre o no, si tiene miedo, si necesita descansar… Su misma formación ya debería favorecer este acercamiento.

 

Luego hay también el temor de los médicos a los denuncias.
Sí, esto es verdad. Yo creo que si se formaran mejor no tendrían tanto recelo a la posible mala práctica. Lo que pasa es que hay un desconocimiento muy grande. Lo que pasa es que los médicos saben cómo curar una pulmonía, pero no saben estas leyes nuevas 21/2000 o la general básica, no saben ni que existan. Entonces si no sabes la línea de delimitación que hay entre eutanasia y buena práctica no te atreves a hacer nada. El único objetivo de mi libro es que las familias, que también son importantes, y los médicos y las enfermeras, no confundan lo que son buenas prácticas con alguna figura que pueda estar penalizada como la eutanasia. La eutanasia es provocar una muerte que no vendría. En cambio, el respeto a la no aceptación del tratamiento es dejar que la muerte venga sin oponerle una actuación que el paciente no quiere. O el tratamiento correcto propuesto no debe ser desproporcionado con la situación. No hay que hacer todo lo posible sino sólo lo conveniente.

¿Es el testamento vital, por ejemplo?
Bueno, sería una forma aceptada de la anticipación de la voluntad.

Y en el caso del alzhéimer, en el que la muerte no llega, en el que la persona vive como un vegetal y, sin embargo, no se comunica con nadie, que es una carga terrible para la familia, ¿se acepta?
Es un caso muy difícil. Precisamente en diciembre haremos un curso, un simposio, sobre esto. Creo que es necesario tener unas voluntades anticipadas que restringan un límite y  proscriban algunas actuaciones. Sin esta voluntad expresa también creo que los familiares y profesionales tienen que tener una cierta razonabilidad para poner límites a actuaciones que serían un poco absurdos. Por ejemplo, un transpalnte a un aquejado de alzhéimer me parece que ya nadie lo haría. Tampoco dializarlo. No ponerle antibióticos si tiene una infección urinaria? Esto ya es más difícil. Eso es lo que ha de expresar el testamento vital: cuando no conozca a nadie, cuando tal …Hay un capítulo que a mí me gusta mucho de un filósofo americano, Ronald Dworkin. Tiene un libro que se llama El dominio de la vida, la mitad del libro es sobre el aborto y la otra sobre la eutanasia y tiene un capitulito al final que se llama La vida después de la razón en el queexplica la dificultad de decir hasta que punto uno dice no, para mí no es digno el vivir de aquella manera que vaticino, pero una vez llego allí hago cara de felicidad y sonrío, y miro al tele, ¿hasta qué punto esta felicidad no niega mi declaración previa, o hasta que punto hay que ver al expresión de la autonomía como un todo, como un continuo? Esto es una dificultad.

Conozco distintos casos de pacientes de cáncer, en situación terminal, con unos dolores intensos y con manifiesta avaricia  de los médicos encargados de administrar morfina, como si tuvieran temor a una adicción estúpida, porque se va a morir. Y es frecuentísimo. Incluso tengo una experiencia reciente de tener que buscar recomendación especial para que la administración sea proporcional a la intensidad del dolor, no más. ¿Hay alguna razón técnica o son reticencias anti droga absolutamente ultramundanas o históricas, cuál es la razón, por qué es frecuentísimo?
Sí, es frecuentísimo. Hay una sensación como si hubiera que gastar la menor morfina posible, cuando el gasto de morfina es un índice de civilización. Una sociedad que gasta poca morfina es que trata mal a sus enfermos y a sus moribundos, hay unas tablas y España está muy mal colocada en ellas. ¿A qué viene esto? Viene de algo ideológico, religioso. Luego está el tema de la droga, el fantasma de que la droga es algo demoníaco, irracionalmente malo, y que no quiero que nadie sospeche nunca de que yo tenga algo que ver con ella, que me registren.

Antes le he puesto el ejemplo del terminal de cáncer en la línea de lo que estamos conversando. Yo recuerdo el día que me rompí la pierna, en una caída de caballo. Entonces me llevaron al Clínic y tenía un dolor, una fractura de la meseta tibial muy difícil y tengo una hija enfermera, que ha trabajado mucho tiempo en paliativos en el hospital Oncológico, y por lo tanto, que conoce el tema del dolor y lo tiene trabajado. Y se desesperaba la mujer porqué decía por qué los médicos no te ponen calmantes suficientes, pues la médico me dejaba que rabiara, lo que pasa es que como soy de Burgos… rabiaba poco, pero el dolor era intenso y me lo tuve que chupar, pues no tenían recomendación bastante para que me dieran más.
Después hay estas dos reticencias que los profesionales expresan: una es la de la adicción, que es absurda en una persona que tiene que morir en poco tiempo. La otra es la de que habría una tolerancia y que cada vez tendría que aumentarse más la dosificación. Pero es que es muy difícil saber si la tendrás que aumentar porque la enfermedad va progresando y lo impone o si es por la tolerancia, es decir, son cosas muy difíciles de saber. Es como con la sedación, en la que se alega a veces que  si seadelanta un poco la muerte; y dices: es que no lo sabré.  ¿Cómo voy a saber yo lo que él hubiera vivido sin ella?

Antes de la guerra civil su padre ya era partidario de la uitilización de la heroína.
Siempre he estado de acuerdo con él en esto. También soy, como él, defensor de la despenalización de las drogas y que haya un control. Por ejemplo, una de las cosas que hay que mejorar desde ya es que se necesite una receta de estupefacientes y que retrase la medicalización. Si quieren, que haya un control a posteriori de la utilización. A parte, es una lucha en la que se gana muy poco contra la drogadicción y en cambio, los enfermos son los que sufren sus consecuencias. Aquí cito a Milton que dice que el dolor es el peor de los males. Un poco de dolor ya es demasiado dolor, me parece que esta es la idea que tenemos que tener todos.  Lo que queremos es que nos lo quiten, si tenemos un dolor de muelas o si tenemos un accidente en la carretera, lo primero que queremos es que nos quiten el dolor, después ya se nos hará lo que se haya de hacer. Hemos de ser  beligerantes contra el dolor.

¿Los médicos en Catalunya en esto están mejor o más preparados que en otros sitios y qué faltaría para avanzar en este conocimiento de la legalidad?
Hay tres cuestiones que me gustaría detallar. Una es que hay un ámbito que es el de los cuidados paliativos, esto es, una especialidad nueva y muy efectiva que en Catalunya está muy desarrollada y que se va extendiendo al resto de España, es cuestión de tiempo. Otra cuestión es que es peligroso que los demás médicos consideren que la ayuda al morir es cuestión de estos especialistas y deleguen excesivamente en ellos (necesitarás un especialista que te diagnostique, otro que te opere, otro que te instaure la quimioterapia y otro que te ayude a morir). Creo que todo médico tiene que formarse en la ayudar a morir, al menos para saber parar su actuación contra la enfermedad, pararlo y centrarse en ayudar al enfermo para acercarse a este trago. Es cuestión de formación en conocimientos y habilidades, pero también en una actitud de aceptar este reto como propio de la profesión.
Por otro lado está la ley. Creo que ya es muy clara. ¿Hasta qué punto sería bueno o no lo que en Andalucía se llamo ley de la muerte digna? Nosotros aquí, en el Comité de Bioética Catalunya, dijimos que no lo sería. Primero, porque, de hecho, sería una ley redundante con la mayoría de derechos que ya se tienen. Existe la ley 21/2000 y la 41/2002 que vienen a completar la Ley General de Sanidad y el Convenio de Oviedo, pues ya son claras. Incluso el Estatut habla de ello. Entrar en una ley en cuestiones más clínicas como que la sedación hay que hacerla así o asá no es nada bueno. No es bueno judicializar una práctica tan compleja como es la clínica. Además, viendo las enmiendas a las leyes en Andalucía o Aragón y Navarra, se ve que se pretende introducir la objeción de conciencia, no ante la eutanasia –que ya hemos dicho que sería lógico-, sino ante la sedación o incluso el rechazo al tratamiento. Yo creo que el buen tratamiento de una muerte es que se sufra lo mínimo, por lo tanto, es obligatorio, desde el punto de vista clínico, científico, primero evitar introducir malestar o sufrimiento (por ejemplo, actuaciones inútiles o desproporcionadas), y segundo, administrar lo que sabemos que reducirá el sufrimiento hasta llegar a la sedación si es necesario, es decir, hasta la desconexión del sentimiento de dolor (aunque también lo sea del mundo). Si veo que no se lo puedo sacar de ninguna otra manera, pues lo voy a dormir, para que no lo sienta.
¿Hacer una ley sobre esto? Llegaremos a hacer una sobre cómo tratar otras dolencias? Es excesivo y contraproducente.

Es lo que decía de modificar sólo el  Código Penal.
No, eso lo decíamos para despenalizar la eutanasia. Pero es que esta ley la hacen para las buenas prácticas habituales. Hay una ley que ya dice que si un enfermo no quiere que le lleven a la UCI, pues no hay que llevarlo… pero esto es algo implícito al concepto de “consentimiento informado” previo obligatorio a cualquier actuación sobre alguien. No hace falta una nueva ley más específica aún.

Entonces si está en el hospital y dice que no, lo llevan a casa.
En principio, uno puede rechazar un tratamiento y no los demás o los cuidados que se necesitan.

En todo caso ya dice la ley que, respetando su voluntad, hay que darle el resto de tratamientos que sean necesarios. También hay mucha historia con los testigos de Jehova, ¿que dice usted que no quiere transfusión?, pues en este hospital no entra y váyase a casa. Hay problemas que hasta que punto el paciente puede obligarle al médico a tratarle de manera distinta a la única que tiene el médico para tratar. Usted dice hágame acupuntura..  Oiga,  no hago acupuntura. Son límites extremos que en general no se plantean.
En principio se cree que el paciente tiene derecho a negarse a cualquier cosa. No se puede imponer nada a nadie. Ahora bien, no se trata de aceptar una medicina a la carta. El enfermo no puede pedir una actuación sin más. Puede decir no me ponga sangre, pero no exigir a que se le opere sin sangre. No se acerque, pero no acérquese y haga esto o aquello. Es una diferencia fundamental. A mí esto me parece que la ley lo dice bien; dice que no se puede actuar sobre nadie sin su consentimiento.

Los datos dicen que en Barcelona, entre los jóvenes la principal causa es el suicidio. En cambio, no es noticia, no se habla del suicidio, y luego otro dato -que se sabe por radio macuto- es que la cantidad de suicidios ha aumentado debido a la crisis, primero en Grecia y ahora aquí. Pero aquí hay una especie de temor social a hablar del suicidio, y en general de la muerte, porque se teme el efecto contagio.
De esto no sé mucho. Estuvimos hablando de este tema con Milagros Pérez Oliva, del efecto dominó, y entonces yo lo que sé, lo que veo, es que la sociedad tiene mucho miedo al suicidio, porque no es una actitud muy irracional. ¿Por qué no nos suicidamos todos en vez de quejarnos tanto?

He hablado con médicos sobre el asunto, y consideran el suicidio como una enfermedad.
No, yo no lo veo así. En algunos casos puede ser debido a una enfermedad mental, pero no en todos. Hay culturas en las que el suicidio está bien visto. Yo creo que la sociedad lucha contra el suicidio porque tiene miedo a que sea una salida bastante habitual de los jóvenes cuando ven cómo será su vida y que la perspectiva no les gusta. Entonces la manera es desprestigiarlo tanto que el que se suicide vea que será mal recordado por los que quedan. Y quizá sí eso frene mucho. En Japón eres un general y después de la batalla te suicidas porqué la perdiste, y tus hijos y nietos te recordarán bien (o era antes así)… Pero otras culturas luchan contra el suicidio. Por ejemplo, el código Hays de Hollywood, desde los años treinta hasta casi los setenta, lo prohibía taxativamente. En ninguna película de aquella época había ningún suicidio. En cambio, en teatro, en cada obra de teatro hay varios suicidios, en el Hamlet hay tres; es algo que forma parte de toda tragedia que se precie. Ante el infortunio, una salida es no querer soportarlo.

Aporta algo nuevo la reciente ley Argentina?
Tengo la impresión que seguía la estela de la andaluza. No hay que querer suplantar las decisiones clínicas que hay que tomar en la complejidad, en la incertidumbre, entre profesionales y enfermos. Lo que sí debe decir una ley –y no sé si la Argentina lo dice- es que el enfermo tiene derecho a que no se le invada, a que no se le diga una mentira, a que no se le desinforme, a que pueda escoger entre las posibilidades que se ofrecen ante él, a nombrar quién les represente, a negarse a lo que no quiere; estas sí son derechos básicos que tienen que quedar muy claros.