Malos tiempos para la ética

J.J. Caballero
Periodista

9-6-2012 (8:00)
El magnate de la comunicación Rupert Murdoch, de 81 años, considerado por el Parlamento británico como no apto para dirigir una gran compañía internacional, y la directora de uno de sus buques insignias, News Of  the World, Rebecca Brooks, condenada por intervenir los teléfonos de unas 800 personas para tratar de obtener exclusivas… Dirigentes del PP implicados en la trama de corrupción de Gürtel haciendo negocio a costa de la visita del Papa a Valencia… El arquitecto Santiago Calatrava cobrando quince millones de euros por una maqueta de tres edificios junto a la faraónica Ciudad de las Artes y las Ciencias… Altos cargos socialistas de la Junta de Andalucía desviando fondos a costa de los Ere… El saqueador confeso del Palau de la Música, Fèlix Millet, aún en libertad mientras aparecen nuevos indicios del desvío de fondos a Convergència Democràtica… Francesc Baltasar, de ICV, que no ha renunciado a los 2.000 euros que le han correspondido durante 18 meses como ex conseller de Medi Ambient, a pesar de que ha desarrollado tareas de consultor para diversas empresas, Agbar entre ellas… El presidente del Consejo General del Poder Judicial, Carlos Dívar, cargando al erario público 24 cenas y 8 comidas para dos en lujosos hoteles de Marbella… Miles de personas engañadas por los bancos por la letra pequeña de las cédulas preferentes… Los mismos bancos ofreciendo, años atrás, hipotecas que hinchaban desmesuradamente para, ya de paso, adquirir el coche, los electrodomésticos, la tele de plasma… Iñaki Urdangarín, yerno del Rey, montando una trama para sacar tajada de su posición a cuenta de algunas administraciones públicas que ahora pagan su servilismo… El Rey, cazando elefantes en Botswana mientras en España se sucedían los recortes sociales y la crisis no hacía más que agudizarse… Y, en fin, Rodrigo Rato sonriendo ante las cámaras después de que se descubriera en Bankia un agujero de 7.000 millones de euros que fue creciendo hasta los 23.000 millones y que en realidad nadie precisa con certeza…

Cuando el objetivo
es la maximización de
beneficios, la ética
personal se diluye

La lista es interminable y podría actualizarse día a día. Afecta a todos los ámbitos de la vida social y política. Algunos de los citados están inmersos en procesos judiciales. Otros nunca pasarán por los juzgados. Pero todos ellos tienen una característica en común: la palabra ética no figura en su diccionario.

La palabra ética se ha quedado vacía de contenido ante lo descomunal del engaño.

Nada nuevo, porque ya hace tiempo que se la cargaron con la cultura del pelotazo y esa corriente –que en buena parte tiene su origen en antiguos militantes de la izquierda- que hace burla del buenismo. Malos tiempos para los boy scouts, malos tiempos para la ética.

Esade e Iese impulsan
programas sociales
para concienciar a
los futuros ejecutivos

Buenas y malas prácticas
Aunque siempre hay quien navega a contracorriente. En el 2008 Miquel Osset tuvo la osadía de lanzar una editorial, Proteus, dedicada a la ética, a la que ha asociado unos premios con el objetivo de reconocer los comportamientos éticos.

El diagnóstico de Osset es muy claro. “En muchos de los problemas que tenemos, la crisis, la corrupción o la falta de fiabilidad de la clase política, lo que subyace es una cuestión de falta de ética y de no tener claras algunas cuestiones fundamentales”.

¿Y cuáles son esas cuestiones?

Osset las resume en dos apartados: “Primera, la necesaria ejemplaridad de los cargos públicos. Y segunda, las buenas prácticas empresariales: hemos vivido ocultaciones o falseamiento de datos para esconder resultados, hemos visto fórmulas de engaño a los consumidores por parte de bancos y cajas de productos financieros de dudosa legitimidad”.  Hay que precisar que Osset lo dijo antes de que estallara el escándalo de Bankia…

Y no será porque las escuelas de negocios no dediquen parte de su programa académico a la ética. Lo hace Esade y lo hace Iese, líderes mundiales en formación de ejecutivos, muchos de los cuales se vinculan después a la política o a la administración pública: el actual presidente de la Generalitat, Artur Mas, por ejemplo, o el anterior alcalde de Barcelona, Jordi Hereu,  se formaron en Esade.

“En nombre de la
maximización de
beneficios se sacrifica
todo”, sostiene Salvador
Busquets, de Arrels

Aguar el vino
También pasó por allí Salvador Busquets, actual presidente de la Fundació Arrels, dedicada a atender a personas sin hogar. Busquets defiende que tanto Esade como Iese prestan atención a cuestiones sociales, más allá de la gestión empresarial, y cuentan entre su profesorado con un buen número de personas comprometidas. “Puedes trabajar la responsabilidad y la ética en el ámbito personal, pero cuando reúnes a unas cuantas personas en un consejo de administración en el que el objetivo es la maximización de beneficios, esta ética personal se diluye. Cuando añades agua al vino, siempre es el vino el que sale perdiendo”.

Hay ex alumnos de estas escuelas que ni siquiera recuerdan haber tenido asignaturas de ese tipo. Otros lo recuerdan vagamente, y en todo caso, no es eso lo que buscaban. Salvador Busquets admite que “mucha gente pasa por Esade e Iese y sólo se acuerda de lo que le interesa: los conocimientos técnicos. Y muchos se apuntan sólo para establecer relaciones de un cierto estatus y como plataforma para acceder al mercado laboral de un cierto nivel. Y olvidan cualquier otro aspecto de la formación que no tenga que ver específicamente con estos objetivos”.

“Muchas veces tienes la
sensación de que llegas
cuando el hecho es
irreversible”, se lamenta
Miquel Osset, de Proteus

Eficacia económica, eficiencia social
De hecho, los que participan en proyectos sociales son una minoría y cuando empiezan a trabajar se dan de bruces con una realidad muy distinta, se sienten extraños por defender unos valores que no comparte la mayoría del tejido empresarial. Allí, en el mundo real, se impone el libre mercado y el libre mercado solo tiene una divisa: eficiencia económica.

Ante la eficiencia económica, Busquets contrapone la eficiencia social, que significa maximizar los beneficios, sí, pero también implica distribuir equitativamente los recursos. “Y eso es una quimera”, admite resignado Busquets. “Sólo preocupa a unos cuantos pensadores, pero como no hay una preocupación generalizada por la eficiencia social, en nombre de la maximización de beneficios se sacrifica todo”.

El responsable de la Fundació Arrels recurre a un ejemplo que le toca muy de cerca. “A poca gente le importaba si se necesitaban o no tantas viviendas. Pero como se trataba de un bien especulativo, se trataba de construirlas y venderlas al precio más alto posible”.

Un informe de la OCDE cifraba en un 40 % la sobrevaloración del precio de la vivienda en España en relación a la renta familiar disponible, “lo que significa –precisa Busquets- que las constructoras exigían a las familias un esfuerzo que al final ha resultado insostenible”.

“¿Es legítimo?”, se pregunta Busquets.

“En nombre del libre mercado, eso es eficacia, pero en nombre de la eficiencia social, es ofensivo”, concluye el economista.

Busquets defiende la importancia del sector público como proveedor de viviendas y ofrece un par de datos muy significativos: por cada persona sin hogar hay cien viviendas vacías y en España hay en estos momentos unos tres millones de pisos de primera residencia que permanecen vacíos.

Un valor intuitivo
Darle la vuelta a esta realidad es ahora muy difícil, casi imposible, por mucho que la ciudadanía haya tomado conciencia del momento en que vivimos. Miquel Osset sostiene que los comportamientos éticos no son artificiales. “Los mecanismos de cooperación son intuitivos, son fundamentales para la convivencia del grupo y su supervivencia. O aprendemos a cooperar o tendremos problemas de supervivencia”.

Esa fue una de las razones que le movieron a crear Proteus. La otra, adelantarse a los hechos consumados, superar las frustraciones que le generaba su colaboración con ONG’s. “Tienes la sensación de que llegas cuando el hecho es irreversible, cuando ya es demasiado tarde o cuando sólo puedes hacer las cosas con muchas urgencias”.

¿Ha nacido el síndrome ONG?