Los españoles necesitamos un hueso

hueso11Juan Tallón
Escritor

A todos nos echan un hueso de vez en cuando por la ventana, para roer. No es tanto para que comamos como para que, mientras roemos, demos la menor lata posible. No voy a descubrir yo a estas alturas la felicidad y el vacío que proporciona un hueso. A veces un buen hueso es todo a lo que puedes aspirar en la vida. Todos hemos tenido perro, o conocemos de vista a un familiar que lo tiene, y nos hacemos una idea realista de qué significa un buen hueso de ternera. Personalmente, no advierto grandes diferencias entre los huesos para perros y los huesos para personas. En términos de entretenimiento, gozo, futilidad y engaño, guardan grandes semejanzas. ¿Qué aporta un hueso? Nada. ¡Pero qué importante es un hueso, señores y señoras!

Nuestros días –los de las personas, quiero decir– serían insoportables sin ellos. No alcanzas tus sueños si, durante su persecución, no pierdes el tiempo en acciones secundarias que no conducen a ningún sitio. A esa clase de huesos me refiero. Cuando desde el Gobierno nos lanzan uno, o desde la alcaldía, incluso desde la Diputación, donde siempre ha habido huesos pequeñitos y sabrosos, nos están mostrando el camino para perdernos de vista. Un hueso es, por así decir, una pista falsa. Ninguna sociedad moderna, cínica y pobre, en términos democráticos, sobrevive sin esta clase de cortinas, que la distraen de los asuntos trascendentales y tristes.

En mi casa valoramos mucho un turrón de almendra maciza que trae mi tío de Barcelona cada Navidad. Se trata de un turrón absolutamente maravilloso, que nadie come. Es imposible. A su alrededor giran todas las Nochebuenas. Alguien dice que es buenísimo, otro dice que, por favor, alguien traiga el hacha, para romperlo. Previsoramente, cada año mi abuelo dispone el hacha cuando preparamos la mesa para la cena, igual que hace con los platos, la cubertería, el vino. Pese a que, una vez despedazado, no puede masticarse, seguimos diciendo que es el mejor turrón del mundo. Entretanto, no hablamos de lo mal que nos ha ido el último año, y de lo horrible que, seguramente, será el próximo. Eso, amigos y amigas, es un hueso. Sólo es una pérdida de tiempo, un ritual, un gesto para mirar hacia otro lado y no ver la calamidad. No obstante, nos hace creer que somos felices y que nuestra vida tiene algún sentido.

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