López Facal

Por José Martí Gómez

Leí de un tirón La hoja del olmo no es perfecta, de Javier López Facal, y me he tirado una semana preguntándome como debería definir ese libro que trata de tantos temas de forma inhabitual en los ensayos con mensaje inequívoco: la perfección es un engorro.

Lo escribe López Facal en el párrafo final de su libro:

“Me quedaré satisfecho y ufano  de haber alertado al lector de los riesgos y peligros de la perfección al poner en aborrecimiento de los hombres las consecuencias ocasionalmente perniciosas del perfeccionismo, del orden y de la simetría”.

Antes, López Facal habrá hecho un elogio de la imperfección de la hoja del olmo, recordado la frase de Willy Brandt sobre el perfeccionismo, “ese vicio terrible, no solo alemán” y habrá reflexionado sobre lo que hay de subjetividad en la belleza en una obra artística. ¿Qué es la belleza  sino aquello a quien uno ama, en palabras de la poetisa Safo hace 2.500 años, aunque esa belleza esté llena de imperfecciones?

Si el olmo tiene hojas imperfectas, las hojas del fresno también se las traen y no digamos sus troncos desmochados para aprovechar su madera. A partir de esa reflexión dendrofílica (amor por los árboles)  López Facal nos explica que también las religiones monoteístas, en especial el cristianismo, desmocharon del tronco común las ramas que brotaban de forma natural por considerarlas herejías, no para aprovecharlas, como se hace con la madera de los fresnos que han servido, según las épocas y culturas, para construir armas, herramientas, bates de béisbol, guitarras eléctricas e incluso la estructura del Morgan, ese deportivo coche inglés del cual se van tus ojos cuando le ves circular.

Del número Pí y otros desconciertos. De la la poda de las discrepancias y de persecuciones políticas más serias. Sobre el injustificado prestigio el monolingüismo  y un elogio del número cero va el libro, entre otras muchas cosas, entre ellas el sucinto perfil de Constantino, el primer  emperador cristiano, definido por López Facal como “cruel, egocéntrico, vanidoso, megalómano y presumido hasta la comicidad”.

En resumen: un libro perfecto elogiando la imperfección. A veces se dan estas paradojas.

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