Pintar de memoria

Por Alberto Corazón

Como una especie de ciego funcional. La vista me es útil tan solo para poder pintar, pero es que ya no pinto nada de lo que veo. Tengo delante la mesa del comedor, los útiles de trabajo, el cenicero, aunque he dejado de fumar, las sillas, el jardín. Pero me doy cuenta que, aunque eso aparece representado en mis lienzos y papeles, no lo es porque lo tenga a la vista. Cuando pinto no estoy mirando, sino rebuscando entre mi memoria. Lo que veo me recuerda a lo que estoy pintando. En realidad, si miro, es para activar la memoria. Es en ella donde se agita la verdadera realidad de las cosas. Cosas es un modo poco afortunado de nombrar a los tubos de color y los pinceles, a los alimentos y los colores, a las palabras, a los vasos y jarros, a las encinas y las palmeras, a las ventanas y escaleras, al desasosiego y la calma, a lo vislumbrado y lo cierto.

Estas son algunas de las cosas que “veo” en mi memoria y que trato de pintar. Es aquí, en la memoria, un lugar tan entregado a la turbulencia como al silencio, en donde me adentro como un furtivo.

***

No conozco otro “método artístico” que el de prueba y error. Todo lo que pienso previamente, lo que trato de imaginar, de visualizar, todo desaparece en el momento en el que la mano con el grafito o la brocha comienza a moverse. Esa relación mano, ojo, cerebro, avanza y corrige, se arrepiente y se exalta. El movimiento tiene un efecto cinestésico, de concentración creciente, tanta que a veces es necesario detenerlo, dar dos pasos hacia atrás, alejarte algo del lienzo para evitar ser absorbido, para poder “ver” realmente lo que estoy pintando.

 Las pinturas de una sola sesión tienen algo especial. Una sola sesión puede significar tres o cuatro horas, pero también diez o quince. Me acomodo sin problema a la luz exterior. Puedo comenzar con el sol de media mañana y terminar en noche cerrada. Siempre que el tiempo me lo permite trabajo en el exterior, solo el frío extremo me empuja al interior del estudio.

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Pintar como si estuviese dibujando.

Prescindiendo de los pinceles, solo una “paletina” de pelo de marta del 20 en lugar de la mina de grafito.

De este modo es el brazo el que dibuja, no la mano.

Cada vez me interesa más el hecho de pintar o dibujar, dibujar o pintar, como proceso y como resultado. He acumulado ya, al cabo de los años, una especie de diccionario iconográfico, un repertorio analógico, que me facilita el punto de partida. Ese es el origen de la “pintura de género”, una puerta que se abre, de común acuerdo, entre el creador y el espectador. Un acuerdo amable que facilita el encuentro y la conversación. Necesito ese encuentro y esa conversación. Cuando el título de un lienzo comienza con la palabra “Bodegón”, ambos sabemos a que nos estamos remitiendo. Y ahora, en esta exposición, he incorporado un nuevo género, el paisaje.

Paisajes y bodegones. Asumida la nostalgia de las vanguardias y arrumbada la pintura de historia, de “ideas” se decía académicamente, bodegón y paisaje ofrecen la oportunidad que siempre ha reclamado la creación artística: hacer visible lo que no se ve, hacer desaparecer lo obvio, borrar la apariencia.

 

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