La banca de guerra vista por un banquero

Jaume Fabre
Periodista e historiador

¿Puede un banquero escribir de manera ecuánime sobre la financiación de la guerra civil española? ¿Puede hacer de historiador sin tomar partido?

José Ángel Sánchez Asiaín lo ha intentado. Y el resultado es un voluminoso libro de más de 1.300 páginas que ha publicado la editorial Crítica. Su autor es un caso insólito. Un banquero que ingresó en la Real Academia de la Historia sin haber publicado ninguna investigación histórica. Economista, catedrático de hacienda pública y sin ningún currículum académico como historiador, cuando ingresó en 1989 en la RAH su vinculación con el ramo no iba más allá de la afición y de haber colaborado en la edición de un libro sobre el centenario del Banco de Bilbao, de cuyo servicio de estudios había sido director entre 1954 y 1962 y, entre 1966 y 1990, director general y presidente del consejo de administración.

Su debut, sin embargo, fue un impacto. Como discurso de ingreso en la Academia utilizó un trabajo en el que llevaba trabajando desde hacía varios años y en el que había podido manejar, desde su cargo, documentación bancaria difícilmente accesible a otros. Ese discurso de ingreso, editado por la misma Academia en 1992 como un libro de más de 200 páginas, lleva el título “La banca española en la guerra civil 1936-1939” y es una obra de consulta indispensable, no sólo para la finanzas bélicas de los dos bandos, sino también para la reorganización bancaria de posguerra. Pero como todos los libros editados por entidades y corporaciones, era de muy difícil acceso. El libro que ahora se ha publicado es en realidad una versión muy ampliada de aquel.

Quizá más que de una revisión o de una versión ampliada debería hablarse de una versión hinchada. En muchos aspectos, el libro se limita a recoger material ya publicado. El trabajo de búsqueda bibliográfica es impresionante aunque no siempre exhaustivo y adolece con frecuencia de falta de comprobaciones o de contrastar los datos, lo que lleva a mantener errores ya demostrados. Por citar sólo un ejemplo, se asegura que Francisco Cambó no volvió nunca a España una vez terminada la guerra, cuando es perfectamente sabido que estuvo al menos en dos cortas estancias.

El interés principal del libro radica en aquellos aspectos en los que Sánchez Asiaín ha podido hacer aportaciones originales gracias a sus investigaciones en los archivos históricos del BBVA, del Banco de España y del Ministerio de Economía y Hacienda. Las informaciones sobre la espinosa cuestión de la devolución por el franquismo de bienes requisados o robados o los cambios de moneda considerada válida en la posguerra son de primera mano y extraordinaria calidad. Pero quizá habría sido mejor limitarse a esas aportaciones inéditas, a una revisión del trabajo original, y no pretender un trabajo de síntesis en el que datos nuevos quedan diluidos en un magma de recopilación bibliográfica.

Es, con todo, un libro muy bien estructurado y escrito, apasionante incluso para los no especialistas. Cuestiones como el dinero destinado a comprar voluntades de generales que dudaban si participar en el alzamiento, sobre les aportaciones norteamericanas de petróleo, la voladura del “tesoro de Negrín” en el castillo de Figueres, o el papel de Juan March, Francisco Cambó, Alfonso XIII y los grupos judíos en la financiación de la sublevación se siguen con interés aunque un historiador especializado no encuentre gran cosa de nuevo.

Volvamos a las preguntas iniciales: ¿Puede un banquero escribir de manera ecuánime sobre la financiación de la guerra civil española? ¿Puede hacer de historiador sin tomar partido? Sánchez Asiaín describe el caos organizativo de los republicanos y la descripción de la organización centralizada y autoritaria de los franquistas, pero evita cargar las tintas en las críticas y los elogios. De ninguna manera puede decirse que utilice un punto de vista favorable al franquismo, sino que escribe con un notable esfuerzo de distanciamiento. Bastará un ejemplo: Al referirse a la enorme cantidad de joyas y valores requisados por los republicanos al principio de la guerra recuerda que una parte fue absorbida “por la corrupción del propio sistema” pero al comentarlo lo hace expresando que sirvió para “el aprovechamiento en su propio interés por partidos políticos y funcionarios, que no supieron estar a la altura de lo que se pedía de ellos”. Esa reveladora frase final es un indicio elocuente del tono moral y político que preside la obra.

Un pensament a “La banca de guerra vista por un banquero”

  1. ¿Puede un historiador hablar de manera exánime sobre cualquier hecho histórico?
    Al parecer por lo que dice Jaume Fabre, o bien el título académico o la publicación de algunos trabajos históricos le consagran como el ungido único garante de la imparcialidad.
    La pregunta sería entonces. ¿Puede un historiador escribir sobre finanzas, sea en un contexto histórico o no?
    Pretender que en 1300 páginas todo lo que se escriba sea una novedad parece limitar mucho la posibilidad de que quepan muchos historiadores para la tarea de escribir sobre historia.
    Si toda la crítica es sobre las veces que Cambó estuvo en España pues “bfd” como dicen en inglés.
    En cuanto al tema moral no merece ni comentario por lo sobrado que va el autor en el tema.

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