Biblioteca breu

A continuación publicamos una selección de cuentos escritos por nuestros colaboradores:

-El lamentable cuento de los tres reyes que nunca fueron magos, Por José María Mena
-Se murió la iguana, por Lilian Goligorsky.
-Cuento (¿o cuentas?) de Navidad, por Josep Maria Cuenca.
-La prodigiosa prole de la mariconera, de John William Wilkinson.
-’Au revoir’ y ‘Bonne nuit’, por Juan Tallón.
-Sin flash, de Ana Larravide.
-Os quiero mucho, por Mateo Seguí.

 

El lamentable cuento de los tres reyes que nunca fueron magos

José Maria Mena
Ex fiscal jefe de Cataluña

Llegué tarde a la convocatoria de cuentos de navidad. Pero también merece un cuento la Pascual Militar de Carlos III, que es la versión zarzuelera, altiva y casposa de la Epifanía del Señor, con sus reyes, sus oros e inciensos, y sus trajes de vistosos disfraces.

(El primer cuento lo contó Mateo, el evangelista, pero procurando no dar detalles. Como el Papa de Roma ha empezado a desvelarlos, aquí se señalan otros. El segundo cuento lo contó Don Juan Manuel en el Libro del Conde Lucanor –cuento XXXII- en el siglo XIII, aunque su fama universal sólo llegó seis siglos después con la versión ñoña e infantilizada de Andersen. El tercer cuento todavía no ha acabado. Tendremos que escribirlo entre todos.)

Los reyes, como los magos, no son nada sin un público ingenuo, expectante y sorprendido, crédulo y sumiso, gratificado con el embuste del cetro o el malabarismo de la varita mágica. La farsa del nigromante o del ilusionista, del tirano o del patriarca, dura lo que dura el público en la sala del espectáculo. Lo lamentable es que la gente no empieza a removerse en su asiento hasta que un primer espectador, ingenuo, pícaro o malicioso, descubre el truco, el disfraz, el engaño, y rompe el encanto.

I

El primer rey de este cuento no era uno, eran tres, o quien sabe si más de tres. Como todo lo hacían igual y a la vez, es como si fueran uno sólo. O uno y trino. Como a todos los reyes, lo que más les gustaba era presumir de ser reyes. Por eso eran amigos de Herodes, y presumieron de saber dónde estaba el niño. El resto lo hizo Herodes, aunque mal, como siempre que se ordena a los guardias que ejerzan una violencia proporcionada. Y además, no hay constancia de que dejaran en Belén el oro, el incienso y la mirra que, también para presumir de ricos, o sea, de reyes, exhibieron por todas partes. Por ello hay que deducir que, tras exhibirlos, se llevaran los regalos tal como los habían traído. Y, probablemente, al irse la comitiva también se llevaron el buey y la mula. Por eso no los encuentra el Papa de Roma. Porque los reyes, en general, son más propicios a recibir regalos que a darlos.
Por menos de todo esto cualquiera habría pasado a las páginas más negras de la historia, pero tenían un público inocente, crédulo, expectante, ansioso de agradecer cualquier engaño deslumbrante de los prestidigitadores, reyes o magos.
Por eso siguieron disfrutando de ser reyes, porque tenían disfraz de reyes, y porque les tenían por reyes. Y siguieron disfrutando de ser tenidos por magos, porque tenían disfraz de magos. En este cuento no había ningún caganer pícaro, descarado y descreído, que, a grandes voces, descubriera el engaño. Y así, lamentablemente, siguieron pasando por reyes y por magos hasta que empezaron a aparecer otros nuevos prestidigitadores, que no venían del cálido Oriente sino del frío norte. Entonces, sólo entonces, el público empezó a abandonar la sala, y ya nadie volvió a fijarse en los viejos embaucadores.
Este es el primer cuento lamentable de los tres reyes, que nunca fueron tres, que nunca fueron reyes, y nunca fueron magos.

II

En los tiempos del rey sabio, cuentan que había otro rey que no era sabio. Como era necio, era fatuo, y como era fatuo sólo amaba y protegía a quienes le halagaban y regalaban.
Unos bribones planearon enriquecerse a costa del rey, sin riesgo ni trabajo. Con grandes lisonjas y adulaciones consiguieron su confianza. Enseguida le ofrecieron hacerle un traje con un paño mágico que ellos tejerían. La magia era tal que nunca podría ser visto el paño por los que no fueran hijos del que pasaba por ser su padre. El rey, presuntuoso, accedió a la oferta de los taimados sastres, que se entregaron solícitos a simular que tejían y bordaban. Y, ostentoso y lenguaraz , divulgó por todo su reino la maravilla.
Cuando el rey fue vestido con el traje inexistente, al no verlo pensó que su padre no sería el que pasaba por ser su padre, y temió que, en consecuencia, él no sería el heredero de la corona. Por eso simuló ver el traje, el rico paño, los hermosos bordados, y, vestido sólo de aire, soportó el gélido frío. Y así, desnudo, salió lamentablemente al gran desfile.
Todos le vieron las vergüenzas, pero nadie dijo nada, porque nadie quería que la gente pensara que su padre no era su padre. El gobernador alabó la riqueza del vestuario que no veía. El Visir de Interior se deshizo en elogios sobre la fortaleza y seguridad del paño inexistente. Nadie quería ser tenido por hijo de mala madre.
En este cuento tampoco había un caganer descarado. Pero había un mísero palafrenero, que ni siquiera sabía quien era su madre. El desgraciado le dijo al rey: Señor, yo no tengo honra que perder, y no conocí a mi padre ni a mi madre, pero vos vais desnudo, y temblando de frío.
Esto fue oído por el público, que empezó a susurrar. El visir de Interior ordenó a sus guardias que intervinieran con una terrible fuerza proporcionada, pero todo fue inútil. El rumor creció y empezó a correr de boca en boca hasta que fue un gran clamor.
El rey, contrito, quiso pronunciar algunas palabras de explicación o excusa, pero ya no sirvió de nada. La gente le volvió la espalda y se fue apartando de él poco a poco. Y así, desnudo y aterido de frío, se quedó sin reino.

III

El rey del tercer cuento reinaba en un país extraño, que no se sabe si realmente era un país, o dos o tres o muchos o ninguno. Como todos los reyes de los cuentos, se dedicaba a reinar, cazando y brindando incansablemente, rodeado de bribones que le adulaban y ofrecían maravillas. Al principio de su reinado su magia consistía en hacer creer a sus súbditos que había acabado con el viejo y fiero dragón, y que por su real intervención gozaban de paz y prosperidad.
También tenía una hija. La princesa era una princesa normal. Alta, rubia, bella, virtuosa y culta. Como era una princesa normal se casó con un doncel normal, alto, rubio, apuesto, fuerte, curtido y forjado en la mejor escuela de guerreros de aquellos tiempos, o sea, de magos o prestidigitadores.
El doncel quería conquistar para la princesa las más grandes maravillas, los más fabulosos tesoros. Para ello decidió imitar al rey. Y así consiguió que los bribones aduladores le enriquecieran, como al rey, haciéndole partícipe del botín de sus fechorías.
Cuando el rey se enteró de las andanzas del apuesto doncel, montó en cólera. Sólo el rey es irresponsable, haga lo que haga, según está escrito en la Carta Magna del reino. La osadía y soberbia del joven merecía un castigo, porque todos, excepto el rey, deben ser iguales ante la ley. El apuesto doncel fue expulsado del palacio.
Cuando los visires el rey se disponían a ejecutar el castigo, la princesa, hecha un mar de lágrimas, suplicó al rey el indulto. Si el rey le perdonaba, ya no serían todos iguales ante la ley. El rey sería rey, pero no sería justo. Y si no le perdonaba, el baldón del castigo pesaría sobre la princesa, y sobre la familia real, y sobre la corona. Si no le perdonaba, empezaría a no ser rey.
Todavía no sabemos si empezó a dejar de ser rey o a dejar de ser justo. O si ya había empezado hacía mucho tiempo. Pero lo que sí sabemos es que la magia que tenía el rey de este cuento al principio de su reinado, empezó a desvanecerse. El rey conservaba sus disfraces de rey, pero el público empezó a susurrar.
En este cuento tampoco había caganer. O, quizás, el caganer, o el palafrenero, era el osado doncel, que, imitando torpemente al rey, le había dejado sus vergüenzas al aire. O quizás, en fin, sean los amables lectores quienes deban hacerlo, poniendo fin a este cuento, que ya viene siendo demasiado largo.

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Se murió la iguana

Lilian Goligorsky
Escritora

¡No me venga con eso! ¿Qué clase de zoológico es este? ¿Me ve cara de idiota? ¡A mí qué me importan los cachorros de jirafa! Yo vine exclusivamente para ver a la iguana, ¿me entiende? ¿Y qué me encuentro? En el zoológico de Montevideo se murió la iguana, y el presupuesto de este año no alcanzó para reponerla. Me lo dice tan tranquilo, le resta importancia, trata de convencerme de que visite a la jirafa parida, al hipopótamo bebé, a la mona Chita…
Y, como advierte que soy un ciudadano indignado con el municipio que regenta este menesteroso zoológico, pretende entretenerme con la boa constrictor.
Usted parece buena persona, pero le aseguro que en los tiempos de * Rossell i Rius no estaría en este puesto, porque es evidente que no ama su trabajo ¡No! No me sulfuro. Acepto que no haya iguana, aunque a mí me acarrea un gran perjuicio, me impide cumplir una misión importante. Y si no le molesta, me instalo a la sombra en este banco, para contemplar a los cisnes.
Sé que la iguana necesita calefacción y que no le sienta bien el invierno montevideano, aunque es un animal de sangre fría, un reptil. Seguro que no soportó el último invierno, que fue muy duro, aunque ahora estamos a fines de diciembre y hace un calor del demonio… Ah, entiendo… Usted de zoología ni palabra…
¿Un trago? Siempre que el reglamento se lo permita, aunque estamos solos.
Su trabajo no debe de ser ninguna juerga cuando hace frío. Es whisky nacional. La petaca sí es fina, plata novecientos veinticinco. Me la regaló ella para que la llevara en la guantera del auto. Y, fíjese, me quedé de a pie a raíz de las exigencias y la voracidad de su picapleitos, pero empecé a disfrutar la petaca, porque se disimula bien en el bolsillo, abulta menos que una 45 y es mucho más inofensiva, aunque ellos no opinen lo mismo.
Pero aquí a la sombra se está bien. ¿Cómo se llama este árbol? No, hombre, no pretendo humillarlo. Comprendo. Nada de zoología, nada de botánica. Pregunté sin mala intención, porque me gusta la naturaleza. Pero eso no impide que me solidarice con usted, que entienda su desazón, cuando después de esperar ansiosamente el nombramiento, se encontró en un puesto que no había solicitado y que no deseaba. Su destino laboral, gran parte de su vida, ¿y por qué no su vocación? torcidos por un burócrata displicente que archivó mal su solicitud, que confundió Dirección de Alumbrado con Dirección de Paseos Públicos.
Lo entiendo, porque también fui víctima de una lamentable confusión, creamé.
Me habría gustado tener una casita con jardín, un perro, un huertito. Pero la historia se me vino encima de apartamento en incómodas mensualidades, en barrio tirando a fino. Un chiche, decía ella.
Cuotas, muebles, luna de miel. No tuve tiempo de avivarme de que había ella había ganado la batalla casa vs.apartamento por impecable nocaú.
Me di cuenta hace poco. Entonces vi todo clarito. Fue como si hubiera saltado el resorte de una caja y se hubiera abierto. Y adentro estaban los últimos diez años de mi vida.
No pasaba nada especial. Cuando volví del trabajo encontré que en un rincón del living ya había armado el árbol de Navidad de plástico, aunque falta más de una semana, un adefesio con nieve de algodón. Junto al árbol había dispuesto un pesebre con figuras desportilladas, sobre un pedazo de moqueta color caca de bebé.

Ella tejía, yo hojeaba el diario de la tarde. Habíamos cenado en el rincón de la cocina que llamaba pomposamente el breakfast.
Contaba los puntos, mascullando. Todo normal, incluidos los zapallitos rellenos de rotisería y el café de la mañana recalentado, con sabor a cafetera de aluminio.
De pronto dijo: “Encendé el televisor, que empieza mi novela”. Y, ahí mismo me escuché -debe de haber sido cuando saltó el resorte-: “Me cago en tu novela”.
Si hubiera reaccionado furiosa, tal vez me habría seguido pensando que era un ser humano, pero no hizo nada. Siguió tejiendo. Me quedé mirándola, y vi que la piel de su garganta hacía un movimiento raro, como el de un animal que tragara. Y descubrí que su precioso cuello Modigliani, se había transformado en el cogote pellejudo de una iguana. Una que está en el Larousse ilustrado, la única que había visto hasta aquella noche. Y pensé: “Es una iguana”. Y se me ocurrió que las dos moscas que estaban posadas en la pantalla de la lámpara corrían peligro, que en cualquier momento iba estirar el pescuezo para engullirlas.
Me encerré en el cuarto de baño y vomité los zapallitos.
Cuando salí, seguía tejiendo y había encendido el televisor. En la lámpara solo había una mosca.
Huí, aprovechando que fingía estar absorta en el tejido y la tele.
La iguana y el picapleitos inventaron una novela increíble.
Entiendo hombre, es hora de cerrar.
Sólo quería examinar a la iguana de aquí, porque tenía el deber moral de verificar mi teoría. Necesitaba confirmar de forma irrefutable mis argumentos, probar que se convirtió en uno de esos bichos.
Capaz que es mejor así. Ni escritos ni audiencias ni psiquiatras ni abogados. Se murió la iguana. Y basta.

* Alejo Rossell y Rius fue un empresario y filántropo uruguayo de origen catalán, casado con Dolores Pereira. En 1900 donaron 45.000m2 para un hospital de niños, a condición de que fuera administrado por una comisión estatal y que fuera laico. Con ese gesto, cuando todavía la religión oficial era la católica, plantearon la secularización de los hospitales públicos.
En 1894 construyeron Villa Dolores, una quinta en la cual fundaron un pequeño zoo con animales traídos desde el exterior, y en 1912 la donaron al municipio de Montevideo. Con el tiempo, el Zoológico de Villa Dolores ha quedado dentro de ejido urbano da nombre a todo un barrio.

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Cuento (¿o cuentas?) de Navidad

Josep Maria Cuenca
Escritor

Atiendo la sugerencia de los amigos de “La Lamentable” de escribir alguna cosilla con motivo navideño. A pesar de que participo sin fisuras de la idea que la observación y la imaginación son indisociables, y de que impugno la simpleza mental hegemónica de que la segunda es siempre inferior a la primera, no tengo más remedio que advertir que en este caso mi relato es la mera descripción de eso que suele llamarse con afectada solemnidad “un hecho real”. Consumada la cortesía de la advertencia, ahí va mi cuento  de Navidad:

Viernes, 21 de diciembre de 2012 por la tarde, Ciutat Vella, Barcelona. Entro en la biblioteca pública de la que soy asiduo a recoger un libro que encargué días atrás. La eficiente y amable bibliotecaria que me atiende me entrega mi obra reservada y, justo antes de despedirnos con la cordialidad habitual, señala con el índice de su mano derecha una parada de libros dispuesta a unos tres metros de nosotros y custodiada por otra bibliotecaria. Complementa su gesto manual diciéndome que los libros expuestos allí están en venta. Tras escucharla, disfrazo mi perplejidad de pregunta: le ruego que me explique de qué se trata exactamente. Con suma amabilidad, me saca de dudas y enigmas de inmediato. Así me entero de que las bibliotecas públicas disponían hasta hoy de dos canales de adquisición de libros. Uno implementado desde la propia Diputació (la responsable de la espléndida red de bibliotecas públicas de Barcelona y su provincia) y otro en forma de asignación económica directa a la propia biblioteca. Este último canal ha reducido tanto su presupuesto que lo ha convertido en anecdótico, ante lo cual el equipo responsable de mi biblioteca solicitó permiso para poder recaudar algún dinero vendiendo ejemplares repetidos de obras que constan en su catálogo.

Algo aturdido por el asunto, me acerco a la parada de libros con la intención de comprar alguno y contribuir de algún modo a que la precaria iniciativa (precaria en todos los sentidos) no constituya un fiasco total. La oferta, sin embargo, es bastante escuálida y al final no compro nada.

Desciendo las escaleras del bello edificio que alberga la biblioteca y salgo a la calle. Me dirijo a mi churrería habitual -lo es desde mi infancia- con la intención de tomarme un café con leche con porras. Entro en el ajado y diminuto local. (A mí me gusta así y llevo años temiendo una reforma modernizadora que convierta mi churrería predilecta en el enésimo garito de la ciudad en donde es posible comer y beber algo con la sensación de estar ocupando un quirófano.) En las estanterías otrora repletas de bolsas de patatas fritas, cortezas y ganchitos hoy sólo hay polvo y menos gente de la habitual, pese a la cercanía de la Fira de Santa Llúcia. Ignoro si se trata de algo “estructural” o “coyuntural”, pero el caso es que la churrería recuerda uno de aquellos locales comerciales de la República Democrática Alemana en que los escaparates y los estantes estaban habitados por la desangelada y deprimente tiranía del vacío. Aquellos establecimientos eran muy filosóficos: igual servían para invocar a algún filósofo presocrático como para divagar acerca del existencialismo, pero claro está que nada podía ocultar su impertinencia. Tras dar buena cuenta de mi café con leche y mis porras (por cierto, han disminuido notablemente la ración), cruzo la Vía Laietana y me adentro en la calle Comtal.

Camino, y mientras camino pienso con particular pertinencia -eso me parece- en Walter Benjamin. En cómo el melancólico berlinés apuntó la pobreza, no sólo ni especialmente material, hacia la que se encaminaba sin fácil remedio la humanidad. La pobre humanidad de Bartleby y de todos los que estamos hoy orgánicamente vivos.

Al llegar al Portal de l’Ángel, sobrepoblado de lucecitas, comercios y gentes endomingadas con bolsas de compras en ambas manos, mi aturdimiento se ha transformado en una fatigada desorientación. A duras penas logro decirme que la riada humana que sube y baja por la ancha calle está necesariamente convencida de sentirse a salvo. Al menos por el momento. A salvo, privilegiada y viva. Prefiero no añadir, a la manera de los cómics, que este cuento continuará.

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La prodigiosa prole de la mariconera

John William Wilkinson
Poeta

Uno de los más insidiosos inconvenientes de la dichosa crisis es que a toda una serie de personas dispares les proporciona, contra su voluntad, tiempo para pensar, que no es lo mismo, desde luego, que disponer de tiempo libre. Es igual que cuando no tienes ganas y te obligan a comer.
Por lo general, la gente emplea su llamado tiempo libre tumbada en avanzado estado de catatonía delante del televisor, sale a tomar cañas con los amigos o, mediante la obsesiva práctica de algún deporte, machaca su propio cuerpo con el ahínco de un inquisidor sanguinario.
Como bien saben los presos que se pudren en la cárcel, disponer de tiempo para pensar es otra cosa. A diferencia de éstos, empero, el parado, supuestamente inocente y en régimen de libertad no vigilada, anda de un lado a otro con total libertad, como un alma en pena buscando por todos los medios algo en que ocupar sus pensamientos que no sea su propia desgracia. Es notorio que el fútbol ofrece a las masas un efugio sin parangón, pero visto desde el vacío existencial del paro, carece de chispa; no “coloca”. Y es que, pasarse uno todo el santo día dándole vueltas a la recuperación (o no) del tobillo izquierdo de Messi, enloquece.

David Soler i Cot, publicista de 51 años, lleva cinco meses parado. El otro día, a eso de las siete de la mañana, estaba sentado en un bar apurando un cortado cuando un hombre mayor con pinta de Paulie Gualtieri de Los Soprano puso sobre la barra una mariconera enorme y, tras sacarse un palillo de la boca, le dijo sonriente al camarero:
-Anda, chaval, ponme una copita de Soberano.
David se quedó pasmado. ¡Una mariconera! Hacía siglos que no veía ninguna. Bueno, sí; muchos futbolistas aparecen en la televisión con una versión maricona de la mariconera de toda la vida bajo el brazo. Pero el otro día no podía evitar mirar con total descaro ese abultado y algo desgastado ejemplar de marroquinería de la buena. Atravesada nada menos que por tres cremalleras a lo largo de la parte superior, también contaba con varios niveles de pequeños bolsillos y lengüetas en cada costado.
El abuelo de David, un señor de los pies a la cabeza, nunca llevaba nada en las manos cuando salía a dar una vuelta: para esos menesteres estaban los criados. Su padre, fiel a la tradición, se limitaba a dejar que el mozo de la tienda de ultramarinos le llevase los paquetes a casa. Pero cuando abrieron un supermercado cerca de casa a principios de los años setenta, empezó a volver de sus paseos con una misteriosa bolsa de plástico colgándole de la mano. Solía contener cosas menudas, como un sobrecito de salmón ahumado o unas tabletas de chocolate suizo.
En aquellos ya lejanos años setenta, por otra parte, arrasaban las mariconeras. Junto con las melenas, las patillas y los pantalones de pata de elefante, formaban parte íntegra de la moda masculina de la época. Eso sí, y como no podía ser de otra manera, había dos grupos de inconformistas, aunque de escuelas distintas; a saber: el de los señoritos parecidos al padre de David, que se empeñaban en no llevar nada, o casi nada; el otro era el de los muy progres. Éstos llevaban zurrones en bandolera. De los ejecutivos de tres al cuarto que transportaban el bocadillo y la naranja junto con una navaja de Albacete en maletín de escay, más vale no hablar.
La mariconera aguantó el tipo con cierta dignidad hasta finales de los ochenta, cuando fue innoblemente noqueada por la riñonera -esa especie de repugnante cinturón abultado que tanto se parece a la boa de Saint-Exupéry-, que los hombres, cada vez más gordos, llevaban al abrigo de la pancha. Es más que probable que su uso se extendiera traído por el novedoso turismo urbano; el mismo que, ya en los noventa, introdujo la mochila.
De pronto era inconcebible salir de casa sin cargar con una mochila a la espalda. Una redecilla lateral solía contener una botella de litro y medio de agua mineral, mapas y una brújula. Un pantalón de corte militar con cantidad de bolsillos en las perneras y una chaqueta a juego, amén de unos botines de explorador victoriano y un sombrerito flexible completaban el atuendo de rigor para recorrer a pie la barcelonesa avenida de la Diagonal.
Desde entonces y hasta el día de hoy, tanto turistas como nativos circulan por Barcelona como si estuviesen atravesando el desierto de Gobi. El grupo inconformista en la actualidad está formado por los hombres que se pasean por la ciudad en pelota picada o en poco más que un taparrabos. Una ordenanza nueva les va a empobrecer a base de multas.
El siglo XXI, gracias a los viajes low cost, ha convertido la maleta de ruedas en el último grito, hasta el punto de hacer parecer hortera la -hasta hace poco omnipresente- mochila de marras. David, a pesar de su condición de parado, sigue siendo un madrugador empedernido, y ve que cada vez hay más gente a primera hora de la mañana que arrastra a toda leche maletas por la calle. Es que los vuelos salen muy temprano, y con eso del coñazo de la seguridad no queda más remedio que salir de casa a las cuatro o a las cinco, o sea, cuando todavía es noche cerrada.
Pero la maleta de ruedas no es exclusiva de los que viajan. Esperaba su turno el otro día David en un puesto de fruta y verdura, cuando se percató de que una señora cogía las bolsas de patatas y alcachofas y ¡las metía en una maleta de ruedas! También las ha visto en el “súper” y en el ambulatorio del barrio. No hay duda: están de moda. Los comercios chinos que las venden no dan abasto. Es como si nos estuviéramos preparando para un éxodo; para un largo viaje hacia lo desconocido.
El rugido de las ruedas de las maletas resuena de madrugada en las calles desiertas como los atormentados quejidos de una leona que atraviesa la selva sin rumbo ni consuelo tras divisar los inertes y ensangrentados cuerpos de su camada tirados sobre el enfangado capó de un jeep.

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‘Au revoir’ y ‘Bonne nuit’

Juan Tallón
Escritor

Eugenio perdió a su madre el domingo, un tipo de día triste incluso para morir. Por si fuera poco, al día siguiente era Nochebuena, una jornada de corte no menos melancólico que a menudo lo hacía llorar en cama, al apagar la luz. El fallecimiento lo trastornó todo. No habría fiesta, no habría villancicos, no habría nada. El día 24 por la tarde, con el cadáver todavía humeante dentro del ataúd, en el tanatorio, Eugenio recibió un sms de su mujer, que alegando un misterioso y repentino dolor de cabeza, se había quedado en casa, viendo la televisión y bebiendo infusiones. Él creía que las cosas marchaban razonablemente bien entre ellos. En realidad, nunca pensaba si iban bien o mal, o de alguna otra manera. No era la clase de cosas en las que meditase. El matrimonio es el matrimonio, y se acabó. El mensaje era de una frialdad demoledora. María estaba cansada y quería separarse. «No vuelvas hoy por casa, es mejor», le decía antes de cerrar el mensaje con un toque francés: au revoir. Impactado más por la frialdad y estilo oficinesco con el que María despachó la noticia que por el escenario nuevo que se abría ante él, Eugenio devolvió el teléfono al bolsillo y, para no alterar el ritmo calvo e inexpresivo del tanatorio, guardó la novedad en un recoveco silencioso de su pena. Menuda Navidad, masticó brevemente.

No quería pensar, con su madre esperando para recibir sepultura, dónde pasaría esa noche y las siguientes. Si no había pensado si existía algún tipo de crisis en su matrimonio, menos iba a reflexionar dónde echaría una cabezada el día que velaba a su madre. Lo que sobraban eran hoteles, pensó para no tener que pensar demasiado. Quizá echase de menos el pijama o la altiplanicie de su lado de la cama, pero a qué no se acostumbraba el hombre con algo de perseverancia. Primero centraría su atención en afligirse por la muerte de su madre. Tiempo habría, cuando ésta descansase en la paz del cementerio, para mortificarse a conciencia por la separación. En la vida era importante llevar un orden.

Nochebuena no era, sin embargo, el mejor día para acatar así como así la disposición natural de los hechos. En verdad, apenas conseguía concentrarse en la defunción de la madre. La conmoción ante la pereza y distancia con la que María le había trasladado la intención de separarse y de dormir sola esta noche daba paso ahora a una pesadumbre que molía al pobre marido con la eficacia de una taladradora. La broca no paraba de entrar y salir en sus sienes. No sabía bien por qué esquina empezar a afrontar las desgracias. Porque estaba ya centrado en la separación y el papeleo, pero su madre seguía estando muerta, a la espera de recibir cristiana sepultura. Por un momento –fugaz pero real– sopesó la idea de suicidarse, sin entrar a valorar por qué vía, y evitarse disgustos. Con la misma imprevisión que tanteó quitarse la vida lo descartó. Bah, menuda tontería, pensó. No se estaba tan mal a gusto vivo. La madrugada, de hecho, vino a darle la razón cuando al salir en busca de hotel se encontró a Ana, a la que hacía diez años que no veía, y ésta aceptó tomar una copa navideña. Eugenio se sorprendió a sí mismo proponiendo su propia casa como escenario para el brindis. No dudó en escribir un sms a María y advertirla de que no sólo regresaría, sino que iría acompañado. Bonne nuit.

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Foto: PILAR AYMERICH

Sin flash

Ana Larravide
Escritora

En un bar escribí estos apuntes, como fotos sin flash. También ustedes habrán visto parecidas historias, mínimas obras de teatro en el bar de su esquina.

I
Un café renegrido, áspero, dulce, del que se acepta sólo el primer sorbo como un remedio imprescindible, como una prenda a pagar en un juego,
como un peaje aceptado con gusto con tal de estar allí, pasando el tiempo
entre otra gente, ajena, próxima. Adivinando sus vidas.
Como se adivinan en breves líneas la palma de la mano.

II
Hablaban furiosamente quietos, con rápidas ráfagas de palabras letales:
- Yo te dije –le dijo.
- Esperé que dijeras –murmuró con labios apretados.
- ¿Entonces, nunca?
- Nunca.
Murieron los dos sobre la mesa.
Se fueron sin ser más los que ahí quedaron.

 

III
¿Séptimo regimiento? Demasiados licores.
¿María la sangrienta? Su color espeso me hace mal.
¿Un gin? Me mata. ¿Ginebra? Es melancólica.
Pálida de frío quiero mi Margarita con su beso de sal.

IV
Un pequeño papel, un pequeño dibujo en la servilleta de un Café donde espera otra vez ser feliz.

V
¿Viste que ya llegué? Sí, son lindos. Y nuevos. Y elegantes. Y caros. Y convierten el pie en imán adorable, en sexy joya, en adorno, en conjuro.
Te digo, a pesar de eso: para venir hacia aquí con apuro y de lejos son mejores los viejos.

VI
Fumabas mirando hacia la puerta del bar. Fumabas moviendo con cansancio tu larga mano con pulseras doradas. Cuánto debían pesarte. El gesto lento descorría un telón sobre tu cara triste. Finalmente vino. No lo viste.

VII
Ella olvidó teñirse el pelo blanco pero sonríe como una novia; él, un poco encorvado, sirve el té para dos y le habla de algo que debe haberle dicho mil veces al oído. Parece que repitieran un cuento. Parece que conocieran algo encantador y privado, uno del otro. Parece que fueran felices.

VIII
Cabeceó diciendo que sí al sueño, al esplín, al olvido. Sin penas ya y sin whisky en el vaso.
Se quedó dormido a contraluz y solo, infinitamente triste en los espejos.

IX
Rosas esmirriadas que abriga el celofán como si fuera el tapado de armiño que nadie te compró. Frágiles rosas con frío como vos sin espinas para defenderte.

X
Tan difícil, tan fácil como bailar un tango fue caminar así, de ese modo trenzados. Como si nada nunca nos hiciera soltarnos o como si cualquier cosa pudiera separarnos.

XI
Cuando se dice chau sin pretender explicaciones, sin bronca, sin llorar; sin decir perdonáme ni te quiero ni ¿te acordás? Cuando se dice chau sin un reproche es que se dijo para siempre chau.

XII
Lentos como jueces; vocacionales como actores de teatro; sin asombro ante nada como párrocos. Con largos delantales negros. Los intemporales mozos de este viejo Café.
XIII
De política. De literatura. De encuentros -porque siempre se vuelve del amor y los viajes- de películas viejas y de sueños perdidos, del azar rechazado en el número trece o en la frase que nunca se aceptó. Todo saben los bares. De la noche, que es larga. De saludar el día. De querer ser poetas y de saber que no.

XIV
Je suis Modiglianí decía entre las mesas sosteniendo papeles signados con trazos elegantes, escuetos, musicales. Y alguno alguna vez le compraba un dibujo. Lo transformaba en vino y volvía, con su belleza, su talento, su fiebre, a abrazar a Jeanne.

XV
Había un cielo Magritte con una sola nube flotando en la ventana del bar
para nosotros dos.
Había un aire suave y una suave alegría de encontrarnos tan bien.
Y era todo tan lindo y tan sencillo que no dijimos nada memorable
ni vos ni yo. Nada como para escribir un poema hoy.

 

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Os quiero mucho

Mateo Seguí
Abogado

A Juan-Antonio Roqueta, profesor, amigo y mago.

“Nuestro querido Miguel: Esperamos que te encuentres bien. Padre cobra la jubilación, sin aumento. Tu hermano Antonio está en el paro. María continúa trabajando, le han renovado el contrato, un año mas, pero le bajan el salario, le digo que lo coja que menos es nada.

No podremos ir a verte por Navidad. Muchos recuerdos de Juana, la de la bodega, me dice que te diga que te perdona las copas que bebiste sin pagar y que salgas pronto.

Al Alcalde lo han denunciado por tráfico, pero no como el tuyo, sino que hablan de tráfico de amigos, de trabajo. Vi a su mujer en el Mercado, no trabaja, pero va vestida con un abrigo de pieles, todos los días.

Hijo mío pórtate bien ahora y cuando salgas, no hagas daño a las personas. Te queremos mucho.”

…..

“Madre: He recibido vuestra carta. No os preocupéis por mí. Aquí tengo buenos amigos. Los carceleros, como siempre, hacen lo suyo, los trato de Ud. y les digo Señor Funcionario. Cuando estoy en el chabolo reniego de ellos.

Parece que la cosa ha salido bien. Vosotros no podréis ir a verme por Navidad y, resulta, que yo estoy castigado o sea que, aunque vinierais no podríamos vernos. Mi colega Paco volvió de  permiso y trajo un poco de hierba para pasar el rato. Nos pilló el funcionario fumando en la celda. Me han caído 15 días de aislamiento. Ahora estoy sólo en el chabolo. Hay una pequeña ventana. Por la noche miro al cielo pero no veo ninguna estrella.

Os quiero mucho.”

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