Lectures

Quedan avisados

Zygmunt Bauman
44 cartas desde el mundo líquido. Paidós

Por lo que se refiere a la crisis y a sus desastrosas consecuencias, ni usted ni yo podemos aducir que no nos lo advirtieron. Sólo Simón el Estilita, que se pasó la vida encaramado en lo alto de una columna, lejos de las masas desenfrenadas, donde no podía oír sus chácharas (en el supuesto de que una hazaña similar fuera concebible en un planeta entrecruzado por las autopistas de la información; los seguidores contemporáneos de Simón el Estilita, si hubiera alguno, difícilmente se sacarían del bolsillo el iPhone antes de subirse a la columna), podría aducir ignorancia; pero no nosotros, que llevamos artilugios inteligentes donde se nos ofrece, al alcance de la mano, todo el conocimiento conocido.

Por ejemplo, sabemos muy bien que estamos sentados sobre una bomba de relojería ecológica (a pesar de que los signos de ese conocimiento reflejados en nuestra conducta diaria son pocos y espaciados). Se nos dice una y otra vez que estamos sentados sobre una bomba de relojería demográfica («somos demasiados, o mejor dicho, “son”, quienquiera que sean los que sobran»). O una bomba de relojería consumista («¿cuánto tiempo puede soportar nuestro pobre planeta esos millones de personas que llaman a nuestra puerta, mendigando, con la esperanza de que los invitemos al festín?»). Y unas cuantas bombas más, cuyas cifras no cesan de crecer, lejos de mostrar el menor signo de reducción. De modo que no le sorprenderá la advertencia de que, entre todas esas bombas, hay una, de tictac no menos ominoso, que nos llama menos la atención.

Hace unas semanas tuvimos ocasión de oír una de esas advertencias (pero ¿cuántos quisimos escuchar?) sobre la bomba de la desigualdad, que probablemente estalle en un futuro no muy lejano. Un informe de las Naciones Unidas sobre los actuales desarrollos urbanos, basado en un estudio sobre 120 grandes ciudades del mundo, advertía que «los elevados niveles de desigualdad pueden acarrear consecuencias sociales, económicas y políticas que tengan un efecto desestabilizador en las sociedades»; «crean fracturas sociales y políticas que pueden provocar inseguridad y malestar social». Las diferencias entre ricos y pobres son cuantiosas y profundas, y todo parece indicar que serán duraderas, pues la célebre teoría del «goteo» contribuye a que los ricos sigan enriqueciéndose, pero claramente no favorece a quienes se hallan en situación de pobreza. En la mayor parte del mundo, los efectos del rápido crecimiento económico hasta ahora han ido inextricablemente asociados a un rápido aumento de la riqueza total y «media», con una no menos rápida proliferación de las insoportables privaciones que sufren las masas de desempleados y de trabajadores temporales e informales.

Para muchos de nosotros, puede ser una noticia escandalosa, aunque cómodamente atenuada por la distancia, pues nos llega (si nos llega) desde países lejanos. Sin embargo, no diga que no se lo advirtieron. De lo que estamos hablando no es de los campesinos de ayer, hacinados en las conurbaciones de crecimiento desordenado, caóticas, infradotadas, mal gestionadas, sin servicios, en el África subsahariana o Latinoamérica. La ONU señala que Nueva York es la novena ciudad más desigual del mundo, mientras que otras grandes ciudades prósperas de Estados Unidos, como Atlanta, Nueva Orleans, Washington y Miami, presentan un nivel de desigualdad casi idéntico al de Nairobi o Abiyán. Sólo unos pocos países, particularmente Dinamarca, Finlandia, los Países Bajos y Eslovenia, parecen haber eludido la tendencia hasta ahora universal.

Para la opinión general, lo que está en juego aquí es la desigualdad del acceso a la educación, a las vías profesionales y los contactos sociales, y, en consecuencia, la desigualdad de las posesiones materiales y las oportunidades de disfrute de la vida. Sin embargo, como recuerda oportunamente Göran Therborn, eso no es todo, y ni siquiera representa la parte más notable y trascendente de la cuestión. Al margen de la desigualdad «material» o de los «recursos», existe lo que denomina «desigualdad vital».

La esperanza de vida y la probabilidad de morir mucho antes de alcanzar la edad adulta varían enormemente según las clases y los países: «Un empleado de banca o de seguros británico jubilado tiene una esperanza de vida siete u ocho años mayor que un empleado jubilado de Whitbread o Tesco [cadena de supermercados] ». Las personas con menor renta per cápita en las estadísticas británicas oficiales tienen cuatro veces menos probabilidades de alcanzar la edad de jubilación que todas las personas situadas en el nivel más alto. La esperanza de vida en el barrio más pobre de Glasgow (Calton) es veintiocho años menor que en el área más privilegiada de la misma ciudad (Lenzie), o que en los prósperos distritos londinenses de Kensington o Chelsea. «Las jerarquías del estatus social son, literalmente, letales», concluye Therborn. Y añade que hay una tercera faceta de desigualdad: la desigualdad «existencial», la que «afecta a la persona», «restringe la libertad de acción de determinadas categorías de personas» (por ejemplo, las mujeres tenían vedado el acceso a los espacios públicos en la Inglaterra victoriana, pero hoy ocurre lo mismo en muchos países; o los londinenses del East End hace cien años, sustituidos en nuestro tiempo por los moradores de las banlieues francesas, las favelas latinoamericanas o los guetos urbanos norteamericanos). Las víctimas de la desigualdad existencial son aquellas categorías a las que se les ha denegado el respeto, descalificadas como inferiores, humilladas y despojadas de una parte esencial de su humanidad, como los negros o los amerindios (o «pueblos indígenas», como exige que se les denomine la hipocresía o la corrección política) en Estados Unidos, los pobres inmigrantes, las «castas bajas» y los grupos étnicos estigmatizados en todas partes. El gobierno italiano recientemente ha codificado la desigualdad existencial en la legislación del país, de modo que cualquier intento de atenuar las diferencias es un delito punible: la ley ahora exige que los ciudadanos espíen y denuncien a los inmigrantes ilegales, y los amenaza con penas de cárcel si ayudan a esas personas o les ofrecen refugio.

Therborn, junto con otros muchos observadores, no tiene dudas acerca de las causas y las mórbidas consecuencias del actual auge explosivo de la desigualdad humana:

La transformación de las finanzas capitalistas en un gran casino global es lo que ha provocado la actual crisis económica, lo que ha dejado a cientos de miles de personas desempleadas y ha suscitado peticiones de miles de millones de libras de los contribuyentes. En el sur del planeta, la crisis trae más pobreza, hambre y muerte. […] La reducción de la distancia social entre los más pobres y los más ricos disminuye la cohesión social, lo que a su vez supone más problemas colectivos —como la delincuencia y la violencia— y menos recursos para resolver todos los restantes problemas colectivos, desde la identidad nacional hasta el cambio climático.

Y eso no es todo. El descontento social, los disturbios urbanos, la delincuencia, la violencia, el terrorismo… son perspectivas truculentas que auguran males para nuestra seguridad y la de nuestros hijos. Pero hay, por así decirlo, síntomas externos, estallidos espectaculares e intensamente dramáticos de males sociales, desencadenados por la adición de nuevas humillaciones a las ya existentes, y por desarrollos que acrecientan todavía más las desigualdades. Existe otro tipo de daño causado por toda esa desigualdad en auge: la devastación moral, la insensibilidad y la ceguera ética, la adaptación a la visión del sufrimiento humano y al daño causado a diario por humanos a humanos, una erosión gradual —pero incesante, paulatina y subterránea, hasta el punto de que pasa desapercibida y no ofrece resistencia— de los valores que dan sentido a la vida, hacen viable la convivencia humana y posibilitan su disfrute. El tristemente fallecido Richard Rorty conocía bien lo que estaba en juego cuando nos lanzó este llamamiento a todos sus contemporáneos:

Debemos educar a nuestros hijos para que consideren intolerable que a quienes nos sentamos delante de una mesa y tecleamos en un ordenador nos paguen diez veces más que a aquellos que se manchan las manos limpiando nuestros baños, y cien veces más que a quienes fabrican nuestros teclados en el Tercer Mundo. Debemos procurar que se preocupen por el hecho de que los países que se industrializaron antes tienen cien veces más riqueza que los que todavía no lo han hecho. Nuestros hijos deben aprender, desde muy pronto, a ver las desigualdades entre sus fortunas y las de otros niños, no como la voluntad de Dios, ni como el precio necesario de la eficiencia económica, sino como una tragedia evitable. Deben empezar a pensar, lo antes posible, en cómo cambiar el mundo de forma que nadie pase hambre mientras otros nadan en la abundancia.

Ya va siendo hora de que dejemos de decir que no hemos oído las advertencias. O de preguntar por quién doblan las campanas, cada día más estruendosas.




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