Lecciones de ciencia política

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Francisco Bobillo
Profesor de Ciencia Política de la Universidad Complutense

Hace unos días, en estas mismas páginas, José Martí Gómez contaba que Pere Navarro, ex secretario general del PSC, le había dicho recientemente: “De soportar conspiraciones, yo he hecho varios másteres”. ¿Se  enseña en la Universidad a conspirar, o a soportar conspiraciones? Después de muchos años como profesor de Ciencia Política, puedo afirmar que esa no es una asignatura que figure en los planes de estudios de las distintas Facultades. No es materia ni troncal ni optativa. Ni siquiera en el reciente máster organizado por Podemos, en la Universidad Complutense, sobre Política y Comunicación, figura nada así.

A conspirar y a soportar conspiraciones sólo se aprende en la práctica.  Ante todo, en los partidos políticos. También, desde luego, en el Vaticano, un régimen de partido único. Pere Navarro, que no ha sido cardenal, sin duda lo aprendió en el PSC-PSOE. A eso se refería al hablar con Martí Gómez.  Pues bien, en estos últimos meses y, de manera intensiva, en estos últimos días, Pedro Sánchez, dimitido secretario general  del PSOE, ha debido de aprender también algo de conspiraciones, así como unas lecciones políticas que ignoraba.

La principal de ellas tiene que ver con lo que Carl Schmitt, un clásico de la teoría política de los años de entreguerras, tan lúcido como antidemocrático,  definía como la esencia de la política: la distinción amigo/enemigo. No decía rival o adversario, sino enemigo en sentido bélico (hostes). En una contienda bélica, el enemigo no es un competidor. Hay que derrotarle y si es posible eliminarle. Y, añadía Schmitt, en la guerra, “¡Ay, de los neutrales!”

Pero lo que no dijo Schmitt es que la política pura, en la cual ese alcaloide se manifiesta con toda radicalidad, es no sólo en la lucha entre partidos, sino en el propio seno de cada uno de ellos. En el espectáculo político, en los mítines, las tertulias o los debates parlamentarios, estamos habituados a escuchar toda suerte de críticas, sátiras o maldades varias que se dirigen mutuamente los dirigentes de partidos políticos enfrentados.

Fernando Morán
Fernando Morán

En un afán desmedido de eliminar al enemigo, tales acusaciones alcanzan con a veces el rango de injurias, calumnias, ofensas personales e insultos chabacanos. Todavía recuerdo abochornado la campaña de chistes denigratorios que tuvo que soportar el Ministro de Exteriores socialista Fernando Morán, a mediados de los años ochenta, por no ser proclive al ingreso de España en la OTAN. A dicho Ministro, persona sumamente inteligente y culta, con una gran experiencia política y diplomática, se le hacía aparecer en aquellos estúpidos chistes como alguien, digamos, con muy pocas luces.

Actuar de ese modo hostil y despiadado con un enemigo político, es, pues, algo muy frecuente. Y desde luego muy fácil. Incluso Floriano es capaz de ello. Los compañeros-amigos lo comprenden e incluso lo apoyan o corean. No es tan fácil, en cambio, comportarse del mismo modo con los compañeros de partido. Es decir, con aquellos a quienes en la distinción de Schmitt calificamos como amigos.

Pero resulta que esos amigos son, al propio tiempo, rivales. Unos rivales con los que, de forma tácita o explícita, se ha llegado a algún acuerdo para actuar conjuntamente frente a otros menos amigos. Esos acuerdos a menudo son efímeros. Y cuando se rompen, por cualquier motivo,  entonces la rivalidad se vuelve hostilidad, los amigos pasan a ser enemigos. Estamos, pues, en la esencia de la política según Schmitt, en esa lucha agónica en la cual solamente puede haber un vencedor.

Pedro Sánchez y su ejecutiva, tras conocerse los resultados electorales en junio
Pedro Sánchez y su ejecutiva, tras conocerse los resultados electorales en junio

Medidas que no gustaron a todos

A mi juicio, Pedro Sánchez no tuvo en cuanta esa lección política esencial. En los dos años que estuvo al frente del PSOE, emprendió una serie de medidas de limpieza, apertura y transparencia que fueron bien recibidas por la mayoría de los afiliados a dicho partido. No siempre, en cambio, por algunos de los dirigentes más veteranos. También manifestó mayor firmeza frente a la corrupción y trasladó a las bases importantes decisiones del partido, como fueron la designación del candidato a la Presidencia del Gobierno o la política de acuerdos con otros partidos.  Estuvo mucho más próximo a esas bases que ninguno de sus antecesores, quizás porque no llegó a desempeñar un puesto institucional en el gobierno. Todas esas y otras decisiones y actitudes le granjearon un apoyo popular del que inicialmente carecía.

Pero, al propio tiempo, al olvidar la lección indicada, Pedro Sánchez, cometió errores que, al acumularse, le fueron enajenando el apoyo de destacados compañeros. Algunos de ellos muy veteranos en el partido, que conocen mucho mejor que Sánchez su funcionamiento, sus rituales y sus líneas de resistencia.

Se equivocó Sánchez, entre otras cosas, en creer que, una vez elegido candidato por las bases, no necesitaba ya la complicidad de quienes inicialmente le habían apoyado. Creyó que aquellos apoyos eran permanentes y gratuitos. Pero esos dos adjetivos no existen en política. Y menos aún, en una realidad, en una modernidad, como dice Baumann, tan líquida.

Como ocurriera en el proceso de formación de los modernos Estados, Sánchez, revestido de democracia, prescindió de la “aristocracia” para intentar una monarquía. Para tener éxito en tal empeño, hay que ser tan fuerte, tan astuto y tan cruel como aquellos príncipes en quien se inspiró Maquiavelo para escribir su famoso libro. Pedro Sánchez no lo era tanto como se precisaba. Mal aconsejado por su corte, le perdió la hybris, esa desmesura y exceso de confianza en uno mismo que tanto temían los antiguos griegos. Dio por bueno que podía llegar a ser el próximo inquilino de la Moncloa.

Creyó también que sus rivales, ahora ya enemigos, no forzarían las cosas tanto como lo han hecho en la última semana, sometiéndole a una durísima campaña de acoso y derribo, una auténtica operación bélica.

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¿Por qué estos últimos actuaron de ese modo? Ante todo, de nuevo a mi juicio, por el temor a seguir perdiendo apoyos electorales. Si hubiera unas terceras elecciones en diciembre, dicen, el PSOE seguiría su declive electoral. Si, por el contrario, no las hubiera porque Sánchez consiguiera lo imposible, es decir, lograr ser investido con el apoyo de Podemos e independentistas catalanes, el resultado sería todavía peor. Ese gobierno poco podía durar.  Y el coste electoral de tales apoyos, en las siguientes y nada lejanas elecciones, sería muy elevado en aquellos territorios (Andalucía, Castilla-La Mancha, Aragón, Extremadura, etc.) en los que el PSOE conserva, aunque sea en minoría, todavía el poder regional.

Si no hay un gobierno presidido por Sánchez, por imposibilidad fáctica, ni debe de haber terceras elecciones, por inconveniencia electoral, la única opción es de dejar que gobierne Rajoy.

Una crisis sin precedentes

Toda crisis en el seno de un partido político implica siempre intereses personales y luchas por el poder. En el PSOE, por tener una historia centenaria, ha habido muchas crisis y muy variadas, como estos días pasados nos han recordado, detalladamente, comentaristas de toda índole. Algunas, por cierto, fueron muy cruentas, incluso violentas, con desgarros personales, cismas y escisiones. De todos son hoy bien conocidas.  Pero, lo más importante, todas esas crisis aparecieron siempre presentadas a los ojos de los afiliados y de los electores, no tanto como un enfrentamiento personal o de grupo, sino como divergencias o incompatibilidades ideológicas o estratégicas entre facciones. Era la manera establecida de encubrir los intereses personales bajo un disfraz altruista.

En la actual crisis, a diferencia de las anteriores, los espectadores no conocían que era realmente lo que dividía a unos y otros socialistas. Ninguno de los dos grupos entre los que, finalmente, se habría de dirimir la contienda, explicaron con claridad cuáles eran los motivos de divergencia, cuáles eran las  propuestas respectivas. No establecieron con precisión los motivos de la discordia.

De ese modo, carentes de disfraz ideológico, los intereses personales de los protagonistas más destacados de la crisis aparecían desnudos, casi obscenos, o al menos extraños, como las hermanas Kardashian, en su descarada exhibición. Era como el planeta Saturno sin anillos.

Foto: Numerosos periodistas, a la entrada de la sede del PSOE en Ferraz
Numerosos periodistas, a la entrada de la sede del PSOE en Ferraz

El espectáculo que tuvo lugar el pasado sábado en la madrileña calle de Ferraz, sede nacional del PSOE, recogido morbosamente por la televisiones, con afiliados y otras gentes abucheando a los asistentes al Congreso Federal del partido, tenía algo pornográfico que obligaba a apartar la mirada. Aquello era un plató de un reality show, con gritos y lágrimas, en una soleada tarde de otoño. Y cabe imaginar, pues allí no entraron las cámaras, que el que se representaba en el interior del edificio, no tenía nada que envidiarle al de la calle. Y así horas y horas, en vivo y en directo.

La cosa llegó al colmo cuando, hacia las diez de la noche, abandonada la sede por Pedro Sánchez y los suyos, los rivales victoriosos permanecían todavía dentro. En la calle seguía la bronca. Entonces comenzaron a llegar repartidores de pizzas, con sus uniformes y reconocibles bolsones rojos. Acudieron muchos repartidores, en distintas tandas. Los primeros, entraron y entregaron  los pedidos. Dentro, nadie sabía quién había encargado aquellas pizzas, pero las admitieron. Al llegar más y más repartidores, comenzaron a sospechar y ya no permitieron la entrada a ninguno de ellos. Parece que era una broma de quienes, en solidaridad con Sánchez, seguían afuera. Pero nadie negará que aquello tenía un aire a Los Soprano.

En conclusión: Sánchez, no consiguió aprobar su propuesta de celebrar un Congreso el mes próximo. Acaso, dicen, porque no fue autorizado el voto secreto. Pero eso es una suposición. Conocido el resultado de la votación, Sánchez anunció su dimisión. Una gestora tomará las riendas del partido, sin precisar durante cuánto tiempo. También sin fecha, un congreso elegirá a un nuevo secretario general. Eso es todo.

Sin duda, quedan, eso sí, platos rotos. Algunos, quizás, no se podrán recomponer de nuevo. Hoy todo se desecha y se tira muy pronto. Pero no creo que esto sea el Apocalipsis, salvo para algunas personas. Ni siquiera lo sería si el PSOE, cosa improbable, llegara a desaparecer. Ocurrió así antes con otros partidos, sin ir más lejos con UCD (el principal protagonista de la transición, que pasó del gobierno a la nada en poquísimo tiempo) y la vida política sigue.

No es cierto que la naturaleza tenga horror al vacío, como durante siglos insistían los aristotélicos. Galileo y Descartes intuyeron que tal axioma era falso y poco después Torricelli demostró dicha falsedad con su famoso experimento de la columna de mercurio. Pero, en cambio, creo que ese horror vacui de los clásicos conserva su validez en la política. Si un partido desaparece, otros ocuparan, más pronto que tarde, el lugar que ha dejado vacío.

Pero como acabo de decir, la desaparición del PSOE, pese a la crisis actual, me parece harto improbable. Tiene tras de sí muchos años, casi ciento cuarenta. Es bastante sorprendente que se haya mantenido tanto tiempo.  Como es sabido, fue fundado por un puñado de entusiastas, obreros y profesionales, en una taberna madrileña, próxima a la Puerta del Sol, llamada Casa Labra. Esa taberna tampoco ha cambiado el nombre ni apenas la apariencia. Será que no es mal negocio. Allí sigue, sirviendo tapas de bacalao. Mientras Casa Labra no cierre o se transforme en un McDonald’s, el PSOE seguirá existiendo.