Las elecciones de octubre

Comedor social en Girona. Foto de Samuel Aranda

Josep Fontana
Historiador

El triunfo del Partido Popular en Galicia ha provocado el entusiasmo del Gobierno, convencido de que esta victoria electoral significa una muestra de apoyo a la política de Rajoy: a sus recortes de los derechos sociales, con sus secuelas de paro y pobreza.

Es disparatado. Nadie puede creer seriamente que los votantes aprueben la desastrosa situación de la economía, cuyas repercusiones sobre la sociedad ha definido Caritas con estas palabras: la pobreza en España es “más extensa, más intensa y más crónica que nunca”. Una situación que va a durar mucho tiempo, puesto que según las previsiones del Fondo Monetario Internacional (FMI) la recuperación del producto interior bruto no llegará antes de 2018 y el paro se mantendrá por encima del 20% por lo menos hasta 2017. Lo cual significa que las cosas van a seguir empeorando.

El señor Montoro ha presentado unos presupuestos para 2013 que ningún experto cree que puedan cumplirse. Las previsiones de los analistas de la Fundación de Cajas de Ahorros apuntan a que la economía caerá en un 1’5%, tres veces más de lo que calcula el Gobierno, que la demanda caerá en un 3’8 % y el paro alcanzará a un 26’1% de la población activa.

Para valorar la política económica de este Gobierno basta con escuchar a dos Premios Nobel de Economía: Joseph Stiglitz la define como “economía vudú”, y asegura que está condenada al fracaso. Paul Krugman, por su parte, señala que los recortes del gasto “solo sirven para infligir un dolor inútil” a los ciudadanos. Algo que denunciaba también el Comité de Derechos Económicos Sociales y Culturales de la ONU en mayo de este año, cuando pedía al gobierno español que revisase unas medidas de austeridad que perjudicaban “de forma desproporcionada a los colectivos más vulnerables y marginados”.

Para saber lo que esperan los españoles de la política que desarrolla el Partido Popular tenemos un indicador tan elocuente como la fuga de capitales, que ha alcanzado proporciones del orden de los 300.000 millones al año. Lo que piensan los que no tienen capitales que evadir se podrá ver en los próximos meses, traducido en una protesta popular que ha de ir en aumento a medida que sigan empeorando las condiciones de vida de los ciudadanos.

Si queremos entender lo que significan estas elecciones hemos de analizarlas por el lado de los perdedores. Porque lo más importante que ha ocurrido ha sido el retroceso de los socialistas en Galicia y en Euskadi, a lo que habrá que añadir el que previsiblemente sufrirán en noviembre en Cataluña. Que en una situación tan difícil como esta, y ante la evidente incapacidad del Partido Popular para resolverla, los votantes no hayan confiado en los socialistas como alternativa significa que hemos llegado al fin del sistema político de la transición, en que el PSOE aceptó desempeñar el papel de alternativa de izquierdas a unas fuerzas de la derecha herederas del franquismo.

Durante treinta y cinco años este sistema, que se basaba en la suposición de que los dos bandos alternantes sostenían políticas diferentes, ha ido funcionando más o menos eficazmente; pero está claro que ha acabado  perdiendo toda credibilidad y que hay que darlo por liquidado.

La situación se parece, en sus rasgos más generales, a la que se produjo en España en los años veinte del siglo pasado, cuando el sistema político de la Restauración, con la alternancia en el poder de conservadores y liberales, agotó su credibilidad. Una monarquía desacreditada trató de frenar por unos años la deriva recurriendo a un golpe de estado militar; pero la realidad acabó imponiéndose y en 1931 la Segunda República Española vino a traer una alternativa, con una legítima esperanza de reforma.

No se debe abusar de los paralelismos, porque está claro que las circunstancias son hoy muy distintas a las del siglo pasado –excluyen, por ejemplo, la posibilidad de recurrir a un golpe de estado militar-, pero los términos más generales de la cuestión son semejantes. Estamos en una situación de extrema gravedad, con la necesidad de encontrar respuestas que nos muestren el camino hacia un cambio económico y social profundo, y que puedan generar  confianza entre los ciudadanos. Ni el voto al Partido Popular, como el que se ha producido en Galicia, ni el que ha recibido en Euskadi el PNV apuntan en esta dirección. Si las alternativas no aparecen por arriba, el malestar las buscará en la calle. Porque lo único que no cabe esperar es que los ciudadanos acepten mansamente lo que el FMI anuncia que va a producirse si sigue la actual política de Rajoy: cuatro años más de paro, frustraciones y pobreza.

 

Deixa un comentari

L'adreça electrònica no es publicarà. Els camps necessaris estan marcats amb *