La larga agonía del ‘botiguer’

Gonçal Évole
Periodista

He perdido la cuenta de los años que vivo en Cornellà, ciudad periférica cruce de mestizajes y culturas a la que llegué procedente de la Catalunya interior, terra endins, cuando ya licenciaba mi adolescencia e iniciaba una incipiente juventud. Mi familia se había instalado en un piso comprado a la Inmobiliaria Linda Vista fundada por el entonces todopoderoso prócer cornellanenc don Eduardo Gelabert Fiet,  propietario de unos descampados yermos en los que mal subsistían cuatro desvencijados algarrobos  situados entre la vía férrea  y el linde donde crecía  desmesuradamente una de estas “ciudades invisibles” a la que pomposamente denominaron “Ciudad Satélite San Ildefonso”.

89988992Don Eduardo construyó los veinticinco bloques de Linda Vista que, en su parte superior pintó de un color ocre indefinido y, olímpicamente, se olvidó  dotarlos de los servicios más elementales. Total,  “estaban al otro lado del puente”,  y no era cuestión de hilar demasiado fino. Más pronto que tarde, nos dimos cuenta que nos habíamos instalado en la “periferia de la periferia” de una “ciudad periférica” si se me permite el enrevesado juego de palabras.

La buena gente que empezó a ocupar los pisos adoptó el nombre de la empresa constructora y lo bautizó como el Barrio de Linda Vista  ya que no era cuestión de aplicar el nombre ancestral con que se conocía el inhóspito paraje: Picapolls y al inefable don Eduardo tampoco le hubiera cuadrado lo de “Inmobiliaria Picapolls, S.A.” que hasta ahí podíamos llegar. También nos dimos cuenta  que existían dos Cornellà,  meridianamente diferenciados el Cornellà de baix y el de dalt, separados por la frontera de un puente angosto que por encima circulaban los trenes de Renfe y por debajo, en rigurosa fila india, por una acera estrecha, los peatones.

Con el cambio espectacular que ha experimentado la ciudad a día de hoy, el puente que recordaba las antiguas alcantarillas de las carreteras, ha sido sustituido por un espectacular viaducto y un amplio paso de cuatro carriles (dos en cada dirección) con su inevitable rotonda incorporada. A esta mejora nuestro flamante ayuntamiento la interpreta como “interconexión de las dos “Cornellà”.

calle Rubió i Ors
Calle Rubió i Ors FOTO LURDES ÉVOLE

En mi opinión puede que urbanísticamente sea así, pero en el subconsciente humano, persiste la diferencia. Tal vez la próxima generación… Todo este largo preámbulo que merece un estudio más profundo y que en un futuro tal vez me atreva analizar, viene a cuento de que, desde nuestra olvidada periferia, siempre decíamos “bajar al pueblo”, asumiendo tragar polvo o ponernos de barro hasta las orejas y atravesar la frontera del vetusto puente y eso no tenía otro significado que acudir al que siempre fue el eje vertebrador del

Calle Rubió i Ors
Calle Rubió i Ors. FOTO LURDES ÉVOLE

Cornellà  que todo el mundo conoce: la calle Rubió i Ors o Carrer Major, que atravesaba la ciudad desde su enlace con la carretera de Sant Joan Despí  hasta la de L’Hospitalet.  En este nudo gordiano se concentraba toda la actividad social y comercial de la ciudad: En un extremo el entrañable Pati Blau, sede de La Unión Coral con sus pistas de baile de invierno y verano por las que desfilaban las orquestas más prestigiosas del momento: Caravana, Rosaleda, Rudy Ventura, Janio Marti y cantantes como José Guardiola, Ramon Calduch y el Dúo Dinámico con su amor de quince años.

Local comercial en venta en la carrer Rubio I Ors
Local comercial en venta en la calle Rubió i Ors

Sus paredes, mientras subsistieron, guardaron celosamente secretos de encuentros y desencuentros amorosos, sin olvidarnos de aquel edificio que albergaba la Licorería Estrada con sus azulejos anunciando vinos de marca, anises, ron, coñacs… Siempre me he preguntado por qué no se conservó su estructura bucólica, una señal inconfundible de identidad que, en cuanto se avistaba, ya sabías que entrabas en Cornellà. En el mismo centro de la calle el Club de Basquet un tanto elitista con sus futbolines, mesas de billar y su pista de baile al que acudían parejas consolidadas, siempre bajo la atenta mirada de las suegras y ya, en el otro extremo, antes de enlazar con la carretera de L’Hospitalet, se alzaba el imponente Cine Cornellá, una sala, orgullo de la ciudad. La calle Rubió i Ors, los fines de semana era un hervidero humano, con sus numerosas “botigues”  en la que se podía encontrar de todo.

En esto que llegó la democracia y todo empezó a cambiar a un ritmo imparable, diabólico. Las costumbres ya eran otras y a las salas de ocio, las fueron sustituyendo discotecas donde todo era más permisivo. Vientos de libertad arrasaron con una forma de vida, la vida que le arrebataron a la calle que había sido el auténtico pulmón comercial de la ciudad y donde hoy, cualquier fin de semana, el peatón puede observar la más abrumadora soledad. Un sábado o un domingo por la tarde, tienes la impresión que en el cruce de Cuatro Caminos, a la altura del recinto del parc de les Aigües, crees que de un momento a otro aparecerá Clint Eastwood en su papel de “jinete pálido”, con su caballo, su poncho, sombrero y purito medio encendido, “que ha bajado al pueblo” a por provisiones. ¡Qué desolación!

Con uno de los antiguos botiguers que hace tiempo bajó la persiana, hemos hecho un recuento exhaustivo y llegamos a contar 126 establecimientos que han ido cerrando en un silencio estremecedor y que le daban un hálito increíble de vida a  la avenida. Entre ellos  bueno es recordar zapaterías, relojerías, peluquerías, mercerías, librerías, sastrerías, el bar Pirraño auténtica ágora de la ciudad, establecimientos emblemáticos como “Galas”, deslumbrante, decorada lujosamente donde inevitablemente acudían las parejas casaderas para confeccionar su “lista de bodas”. No quisiera olvidar un quiosco singular, situado en el alfeizar de una ventana haciendo esquina y regentado por el inolvidable Mingo que todos los festivos salía de estampida con su bicicleta y un montón de periódicos terciados sobre el cuadro y al grito de “¡el diarier!”  recorría toda la ciudad, hasta los barrios de nueva construcción al otro lado de la frontera y que él sabía que no existía ningún quiosco. Un personaje único, irrepetible. Hace años que también cerró su peculiar establecimiento.

En los primeros días del pasado febrero saltó la sorpresa definitiva: apareció un cartel en el que anunciaba su liquidación per tancament, el establecimiento más antiguo y emblemático de la calle: la tienda de modas  Cal Balasch, fundada hace cien años por Jaume Balasch, continuada por su hija María y en la actualidad por su nieto Jordi Pinyol  que arroja la toalla, no puede aguantar más. Hace cinco años la modernizó invirtiendo casi 400.000 euros. Todo ha sido inútil.  La noticia merecía darse una vuelta por la calle desierta y en el escaparate pude leer, no sin cierta emoción, un cartel premonitorio, sentimental, lamentando, sin expresarlo abiertamente, una nostalgia de lo que fue y, en la actualidad “lo que pudo haber sido y no fue”. En un círculo se puede leer “Balasch 1916-2016” y en el centro, simplemente “a reveure” que expresa todo el sentimiento del heredero del pequeño imperio, Jordi Pinyol.

Han corrido ríos de tinta por el cierre de establecimientos emblemáticos de Barcelona capital, alegando –crisis aparte- el aumento desmesurado de los alquileres. No es el caso de la calle Rubió i Ors de Cornellà, donde la mayoría de locales eran de propiedad.   Esta ciudad periférica ha sufrido como ninguna el zarpazo de las grandes superficies que ya se presentía cuando se abrió el primer “Hiper” junto a la autovía de Castelldefels, convertido luego en Carrefour. De la noche a la mañana, abrió el mastodonte Eroski y todavía se recuerda el  colapso que se armó en la carretera de Esplugues el día de su inauguración. Luego asentó sus reales  “El Corte Inglés”. Pero el descabello definitivo lo ha provocado la multinacional francesa Splau que se ha instalado en un lugar clave junto al campo del Español y la S.D. Cornellà.  Por informes que he podido recoger, he tomado nota que en la década 1994-2004, han bajado la persiana en Cornellà  400 establecimientos. Nadie se cree a  estas alturas las promesas de protección del ayuntamiento de promocionar el pequeño comercio. Son campañas que no llevan a ningún sitio ante el empuje de los colosos que combinan sabiamente ocio y comercio.

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En Cornellà se contabiliza la friolera de 150.000 metros cuadrados de grandes superficies. Contra esto no hay batalla posible. Aunque no todos pueden alardear de triunfo. El Eroski es hoy un gigante fantasma, con la mayoría de sus comercios cerrados y una oferta de ocio inexistente porque a la gente le da por donde le da y ahora la moda que se ha impuesto se ha concentrado en “Splau” el coloso que ha sobrevenido en caballo de Atila para el pequeño comercio. Y por si faltaba la cirereta del inmenso pastel, en el solar situado junto a la plaza de Catalunya, durante años yermo, porque a sus propietarios poca falta les hacía vender y se había convertido en el “solar de oro”, han cedido y se está levantando otro gran coloso:  un Mercadona gigante que dará al traste con muchos pequeños comercios del eje que forman las Calles Buenestar, Plaza Catalunya, Anoia y, sobre todo la Avenida Miranda, el nuevo eje comercial de la parte alta de Cornellà, al otro lado de la frontera. No tardaremos en comprobarlo, tiempo al tiempo. Tan sólo sea por aquello de “las barbas del vecino…”.

 

4 pensaments a “La larga agonía del ‘botiguer’”

  1. Admirado Gonçal, con este artículo (que leo con algo de retraso) has demostrado una importante maestría para describir lo que conoces muy a fondo. Te felicito.

  2. Haz hecho una magistral descripción de la desaparición de los verdaderos protagonistas de la historia…y ese Quijote que aún lucha contra los molinos de viento…También desaparecerá, dejando yerma esas calles por las que la soledad y la tristeza serán la única compañía…
    No se si reir o llorar…..un abrazote
    Y no sé si darte las gracias por este homenaje a los pioneros….porque hoy se hace dura la realidad…

  3. De la misma manera que se dejó construir estos barrios periféricos -igula en todas la ciudades metropolitanas-, para albergar cantidades ingentes de ciudadanos que venian a vivir a Cornellà de forma massificada, a la larga también se ha consentido, eso sí democràticamente, los grandes centros comerciales para las ingentes massas de ciudadanos que habian llegado antes.
    Nada se ha planificado al azar, se preveia que todo funcionaria así. Signos del desarrollismo. Lo que no se preveyó fueron los daños colaterales que se dice hoy: cierre del comercio tradicional y de proximidad, pérdida de las relaciones sociales de vecindad, …
    Todo ha sido en pro de progreso y mejora de la sociedad, ahunque se ignore la precariedad económica i social que mucha gente -también en Cormellà-, no puede acudir a los famosos centros comerciales.

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