La transición en tinta china

La Biblioteca Nacional expone la obra de ochenta dibujantes que a lo largo de la transición ejercieron el humor crítico en veinticinco publicaciones, la mitad de ellas desaparecidas. Por gentileza del comisario de la exposición ofrecemos el ensayo que firma en el catálogo.

20130525csrcsropi_2Francisco Bobillo
Comisario de la exposición

El humor político gráfico
El humor político, a menudo rebelde e irreverente, mantiene siempre una relación conflictiva con los gobernantes. En el caso concreto del humor gráfico, el conflicto suele ser más agudo. Los dibujantes parodian el discurso del poder, realzando su carácter cómico, y revelan su frecuente impostura para provocar la sonrisa cómplice del lector.

Así, unas veces, los poderosos, encerrados en un recuadro o una tira cómica, pierden su solemnidad al ser convertidos en personajes de historieta. O se humanizan, al ser desdoblados para mostrarse disconformes consigo mismo, como son vistos por Peridis. Otras veces, despojados de aquel manto, tropiezan, se equivocan o son importunados por individuos anónimos desde el sentido común, tan lejano al lenguaje oficial. Como Cervantes conocía bien, en la incongruencia germina el humor.

En España, durante los últimos años del franquismo, el humor era una forma de rebeldía. Quienes miraban los dibujos de humor político recuperaban por un instante el sentido lúdico de la infancia para disfrutar con esa dicha que proporciona la travesura o la transgresión. La risa produce alivio. Incluso, aunque no es tan sencillo, también se puede reír de miedo para conjurarlo. Es decir, el humor como exorcismo.

En dicha época, los dibujos de humor político –esa peculiar literatura- conquistaban al lector más que los textos. Los humoristas gráficos utilizaron con gran habilidad los recursos expresivos de la comedia y de la farsa, así como los instrumentos de la retórica clásica, para satirizar situaciones, desenmascarar actitudes y burlarse de lo pretendidamente serio. Era otro modo de denunciar atropellos o injusticias desde la ironía sutil o la irreverencia ácrata. Formalmente, la modalidad expresiva utilizada por los dibujantes era variadísima. Desde la recuperación de las aleluyas o los pliegos de cordel medievales, muy frecuentes, hasta la caricatura, el collage, la reinterpretación y los coloristas guiños pop al comic, el cine o la publicidad.

20130525csrcsropi_12En la crítica costumbrista, los personajes de ficción creados por estos dibujantes encarnan arquetipos fácilmente reconocibles por los lectores. Aristócratas y banqueros, burgueses convencionales y campesinos resabiados, guardias municipales y funcionarios galdosianos, reducidos todos ellos mediante los prejuicios que les atribuyen extendidos tópicos, pueblan las viñetas cómicas. Una chistera y un puro, una boina o unas alpargatas, un mono de trabajo o un sillón con una lámpara, son aditamentos suficientes para que cada personaje sea identificado como miembro de un preciso sector social.

Durante las últimas décadas, Mingote o Forges, Chumy Chúmez o el Perich, Vázquez de Sola o Ramón, entre otros muchos dibujantes españoles, nos han dejado testimonios muy claros de este uso cómico de arquetipos sociales. Tales personajes dibujados casi nunca ríen: con su seriedad nos hacen reír a nosotros. Hablan entre sí, o lo hacen a solas, a veces para comentar la actualidad política. Algunos textos tienen la agudeza satírica y la brevedad de un epigrama. Una convención gráfica –una línea discontinua en el bocadillo (o una nube), unida por burbujas al personaje- permite conocer sus pensamientos. El lector lo ve y escucha todo, curioso como un voyeur. Y los creadores, mediante un lenguaje oblicuo, una inocente malicia o un indudable descaro, esquivan las reprimendas de la censura con una inteligencia tal, que logran la complicidad, el respeto y el afecto del público. La verdad es que fueron muy osados. Sin audacia no hay creación.

PeriodicoPero en las viñetas mudas -todo un género del humor gráfico- los personajes callan. Su actitud, ademanes y expresión facial lo dicen todo. Otras veces, incluso, están ausentes. En este último caso, la deshumanización unida al silencio exige al lector pensar y los dibujantes cuidan más la forma. Porque la eficacia crítica de dichos dibujos, con frecuencia misteriosos, cuando sus autores aciertan, es todavía mayor que la que puede conseguirse con recursos parecidos en la literatura, el teatro o el cine. El humor político, aunque sea comedido y contenido, casi nunca es pura evasión. Detrás de cada viñeta late siempre un problema moral, un problema compartido por los dibujantes y sus lectores. Para expresarlo, como estamos viendo, utilizan un lenguaje pródigo en recursos.

CodornizEl uso de metonimias y elementos simbólicos, animados o inanimados, es asimismo muy frecuente en estos dibujos. Una urna, un león del Palacio de las Cortes, la balanza de la justicia, son símbolos recurrentes. Peridis, de nuevo, utilizó esta eficacia simbólica al asociar algunos personajes políticos de la transición (Suárez, Carrillo, Guerra, etc.) con símbolos ad hod por él creados (la columna, una alcantarilla, una avispa). El hombre, como supo ver Ernst Cassirer, es un animal simbólico. El uso de la prosopopeya, para atribuir cualidades humanas a esos símbolos, es habitual en estos dibujos.

También es común el recurso metafórico al pasado, es decir, la incongruencia del anacronismo. Mazmorras y verdugos medievales, una espingarda o una armadura, son usuales anacronismos humorísticos. Para Forges o Layus (Eduardo Martínez de Pisón), entre otros dibujantes, fue un elemento habitual. Además de ello, solapando lo simbólico a lo anacrónico, obras clásicas, conocidas por todos, son reproducidos con un par de trazos de tinta china para tratar alguna cuestión actual. Una Venus, por ejemplo, aparece con los senos cubiertos por la faja de un obispo, en pleno auge del “destape”. Porque fallecido el dictador, relajada la censura, parecía que media España estaba en celo. Al ver las imágenes, se trataba de la mitad masculina, claro.

Pero en otras ocasiones, por ejemplo, en muchos dibujos firmados por los heterónimos creados por Andrés Rábago (Ubu, Jonás, Ops, El Roto, acaso alguno más), ni siquiera es preciso el humor. Tampoco lo era en Kafka. En numerosas viñetas (dibujos) de Téllez, Saltés, Máximo, Ric Ric y de otros muchos autores, sin la radicalidad conceptual de Ops, sucede algo parecido. Solamente parecido, porque la forma, fría y cuidada, con que los dibujos de Andrés Rábago desenmascaran la hipocresía, los intereses desnudos y la terrible violencia que hay detrás de todo poder, suspende el ánimo al golpear abruptamente la conciencia. Todos estos artistas descubren alguna afinidad en lo distante, es decir, razonan dibujando.

¿Son humoristas estos últimos dibujantes? No parece justa tal denominación. Ni siquiera ellos la aceptan. Ese tipo de dibujos, mudos o no, pueden ser irónicos, satíricos, metafóricos o paradójicos, pero no pretenden provocar la sonrisa. Con su gravedad cáustica o su racionalismo geométrico suscitan en quienes los contemplan, y no es poco, la reflexión crítica acerca del tema elegido. Apunta Rábago con agudeza que tales dibujos refuerzan en los lectores difusas opiniones preexistentes. Estos dibujantes más que humoristas son pensadores humanistas, racionalistas y escépticos como lo fueron Erasmo o Montaigne.

20130525csrcsropi_9España real y España oficial. Tiempo de sonrisas.

Pocos años antes de la muerte de Franco (en noviembre de 1975), tuvo lugar en España un florecimiento del humor político gráfico, como puede apreciarse al repasar diversas publicaciones de la época. Este tipo de humor, transgresor y subversivo, se convirtió en otra forma de hacer periodismo político, casi siempre comprometido con las libertades y la democracia. Algunas viñetas eran concisos pero auténticos manifiestos. Por entonces, la ideología oficial apenas podía encubrir su carácter de ficción. Cada vez eran menos quienes se tomaban en serio aquella prolongada impostura, aunque estoicamente la sufrían. El humor ayudaba a tener paciencia.

Al comenzar la década de 1970 había ya en España un público descreído, consumista y predispuesto al humor político: su comercialización masiva no se hizo esperar. El intenso crecimiento económico acumulado durante la anterior década, a veces llamada “prodigiosa”, vinculado a la emigración y el turismo masivo, tuvo inmediatas consecuencias sociales y culturales. En el teatro, la literatura, las artes plásticas, el cine o la canción también se perciben dichos cambios y ansias liberadoras.

La clase media española, bastante despolitizada, se había modernizado; era más rica, compleja y escéptica que diez años antes. También bastante más alegre. Del Tiempo de silencio, (novela publicada por Martín Santos en 1962), habíamos llegado a un “Tiempo de sonrisas”. Lo peor de la posguerra, con hambre, frío y pertinaz sequía, había pasado ya. Las gastadas consignas oficiales, repetidas como jaculatorias, sólo producían tedio o mofa.

Incluso la Iglesia Católica, tan conservadora, había modernizado sus oficios. Después del Concilio Vaticano II (1962-1965), el oficiante celebra la misa de cara a los fieles y el latín ha sido postergado como lengua oficial litúrgica. Los curas abandonan la sotana y la teja. En algunas iglesias la guitarra ha sustituido al órgano y la hogaza a las obleas: el misterio de la transubstanciación se desvanece. Además de tales cuestiones rituales, también podían ser apreciados algunos cambios en el plano político. Eclesiásticos comprometidos comienzan a oponerse abiertamente a la dictadura. En los templos tienen lugar asambleas e incluso encierros. Y en febrero de 1974, monseñor Añoveros, obispo de Bilbao, estuvo arrestado en su domicilio por el contenido de una homilía. A punto estuvo de ser deportado y Franco, según  decían, excomulgado.

Así las cosas, en Zamora, desde 1968, el gobierno hubo de habilitar un pabellón de la antigua cárcel para acoger exclusivamente a los sacerdotes rebeldes. El Concordato establecía un fuero especial para los prelados, que el régimen vulneraba. Por dicha cárcel pasaron un centenar de sacerdotes, sobre todo vascos o curas obreros vinculados a los sindicatos ilegales. En 1971, el cardenal Tarancón había sido nombrado presidente de la Conferencia Episcopal, para escándalo de los integristas.

Sin embargo, las instituciones políticas españolas permanecían inalteradas. En particular, la Jefatura del Estado y las extensas atribuciones de su sempiterno titular. El humor político de estos años mostraba esa inadecuación. Incluso después, ya en 1976, el presidente Adolfo Suárez se refirió a ella en su primer discurso emitido por TVE, al decir que aspiraba a “elevar a categoría política de normal, lo que a nivel de calle es plenamente normal”.

En esa década de los años setenta nuevas publicaciones y autores nuevos y viejos desafiaron las convenciones, tantearon y forzaron los azarosos límites de la censura y violaron los tabúes mediante los frutos de su ingenio expresivo. Las dificultades fueron muchas. Este tipo de humor crítico y comprometido tenía para los gobernantes un potencial agitador. El hastío producido por la política oficial, tan tediosa y artificial, había alcanzado el punto de saturación y el régimen comenzaba a ser motivo de risa, una risa que revelaba disconformidad.

CocodriloEl humor político al final del franquismo

Hasta poco antes de la muerte de Franco, existían determinados límites que casi nadie, salvo en publicaciones clandestinas o en las del exilio, osaba traspasar. Entre dichas limitaciones al humor gráfico figuraba, desde luego, el nombre y la imagen del propio dictador y, en general, de todos los altos dignatarios del régimen y de la iglesia católica. Asimismo estaban protegidos los dirigentes de gobiernos amigos.

Por entonces, las viñetas humorísticas casi nunca identifican claramente al destinatario de sus dardos. En el humor gráfico de aquella época era más frecuente la crítica social o de costumbres. Los lectores de La Codorniz, por ejemplo, apreciaban los “marqueses” de Serafín (con sus largas boquillas para fumar, sus monóculos y sus atractivas amantes o sirvientas), o los discapacitados del humor negro de Summers y Gila. Entre los temas recurrentes, la subida de los precios, tan socorrida; el tedio conyugal; los manguitos de los funcionarios; los atascos de coches, etc. Hasta comienzos de los setenta, salvo excepciones, apenas poco más.

La crítica política, cuando aparece, es, sobre todo, genérica. Editores y dibujantes se mueven entre la audacia y la cautela, porque las multas, secuestros y suspensiones temporales de las publicaciones eran una amenaza real, a menudo ejecutada. Si el Gobierno opinaba que los dibujantes habían cruzado una imprecisa raya, establecida en el art. 2 de la Ley de Prensa e Imprenta (Ley 14/1966, de 18 de marzo), aplicaba el art. 69 de la misma que fijaba unas sanciones administrativas que podían llevar a la ruina a una publicación. El mencionado art. 2 establecía como ambiguas limitaciones a la libertad de expresión, entre otras, “el respeto a la verdad y a la moral; el acatamiento a la Ley de Principios del Movimiento Nacional y demás Leyes Fundamentales; […] el debido respeto a las Instituciones y a las personas en la crítica de la acción política […]”. Dicha Ley, firmada por Franco, curiosamente sigue en vigor en 2013. Si bien ambos artículos citados fueron derogados en abril de 1977 y posteriormente ocurrió lo mismo con otros, hasta dejar la norma desfigurada.

Precisamente, la tramitación de dicha Ley de Prensa motivó y al tiempo permitió la que está considerada como primera caricatura de un ministro de Franco, aparecida en una publicación legal española. El 5 de diciembre de 1965, en la portada de La Codorniz figuraba una caricatura, por lo demás respetuosa, del ministro de Información y Turismo Manuel Fraga Iribarne, dibujada por Julio Cebrián. En sus brazos portaba el proyecto de la nueva Ley de Prensa. Al necesitar Fraga credibilidad para su proyecto, presentado como aperturista, no podía censurar su propia caricatura. Pero esa iniciativa pionera de Cebrián no fue seguida de inmediato por otros dibujantes.

Aunque el sistema político había limitado su severidad, la cosa no estaba todavía para muchas bromas. Era necesaria cierta agudeza para que, sin una referencia explícita, los lectores pudieran comprender el mensaje político que el creador quería hacerles llegar con su viñeta. Consistía en sugerir más que mostrar. En ocasiones, incluso, algunos creían ver en un dibujo alusiones ajenas a la intención de su autor. Unas veces eran los censores y otros simples lectores. La malicia está repartida por igual. Así de democrático es el humor.

Hasta el final del franquismo la censura evitaba, asimismo, que se publicaran noticias no críticas de dirigentes y grupos de la oposición al régimen, cuando figurasen como tales. Las más de las veces, se trataba sencillamente de negar su existencia. Tales grupos y personas comenzaron a aparecer en la prensa, paulatinamente, ya en plena transición. También lo hicieron en los dibujos de humor político, formando pronto una copiosa galería de retratos a la cual Peridis ha contribuido con su talento.

¿Tenía el general Franco sentido del humor? 

Un personaje de Les silences du colonel Bramble (París, 1918), de André Maurois, sostiene que los alemanes emprendieron la I Guerra Mundial únicamente por carecer de sentido del humor. ¿Tenía Franco sentido del humor? No podemos saberlo con certeza. Tampoco consta en los evangelios que Cristo hubiera sonreído durante su vida en este mundo, acerca de lo cual polemizaban tenazmente los escolásticos medievales.

Desde luego, nada permite suponer que el dictador fuera alegre como unas castañuelas. Cabe pensar que, también en este aspecto, algo debió de cambiar en él después de la Guerra Civil. Los biógrafos son poco explícitos a este respecto y amigos íntimos no tuvo. Personas próximas a él (su hermana, su primo, uno de sus médicos) sostienen que, en privado, Franco sonreía a menudo, sin llegar a ser jovial. A veces lo hacía –añaden- al escuchar inocentes chistes verbales relativos a sus ministros.

En público, por el contrario, convertido ya en el jefe del nuevo Estado, el dictador se mostraba introvertido y lacónico. Con el paso de los años, incluso taciturno e inexpresivo. La gravedad y el boato con que quiso adornar el ejercicio de aquel omnímodo poder ganado por las armas, le impedía toda espontaneidad. Como todos los dictadores, estaba tan imbuido de su papel en la historia, que no consentía ser tratado como objeto de la risa de nadie. Ni siquiera de la propia. En buena medida, Franco era un personaje del pasado, beato y simplificador, incapaz de concebir la libertad y la complejidad de la vida moderna. Tampoco el almirante Carrero Blanco, presidente del Consejo de Ministros, asesinado por ETA en 1973, era especialmente risueño. (Dibujo 9, Vázquez de Sola, El general Franquísimo, Ruedo Ibérico, p. 105)

PapusEl historiador Gabriel Cardona, autor de la obra Cuando nos reíamos de miedo (Destino, Barcelona, 2010) señala que, después de ver todas las cintas del NODO -aquel breve noticiario oficial del régimen, de exhibición obligatoria en las salas de cine entre 1943 y 1975-, sólo recuerda haber visto a Franco reír abiertamente en dos imágenes. Ambas ocasiones con interlocutores a quienes quería agradar. La primera, en 1940, al encontrarse con Hitler en Hendaya. Y la segunda, en 1959, al entrevistarse en Madrid con Eisenhower.

Durante toda su vida Franco intentó, hasta donde pudo, estar a salvo de las malas artes de esos dibujantes burlones y anárquicos. Por eso la historia del humor gráfico en el franquismo es paralela a la historia de la censura. Algunos dibujantes, como Cesc o Forges, han declarado que no hacían dibujos de Franco en dicha época porque sabían que no iban a ser publicados. Existen algunos, inéditos, que se quedaron en las mesas de redacción.

Pero en panfletos y publicaciones ilegales o extranjeras el retrato deformado de Franco era frecuente. Por ejemplo, Ges (José María Gorrís), Vasco, Puig Rosado o Andrés Vázquez de Sola, desde París, no concedían tregua con su inmisericorde sarcasmo. (Dibujo 10. Vasco, Franco buitre. CRI). En la prensa clandestina comunista de Barcelona, El Zurdo (Luís Juste de Nín) no le iba a la zaga. Hay otros dibujantes más de signo parecido. En España, sin duda, circulaban muchos chistes sobre Franco, pero casi todos eran orales. Y muy pocos realmente graciosos.

DiarioDespués de Franco se reía mejor

Incluso después de su muerte, la prohibición de mofarse por escrito del dictador fue mantenida y el tabú sobre su persona perduró cierto tiempo, también entre los humoristas gráficos. Por eso al comenzar la transición apenas podemos encontrar dibujos relativos a Franco en la prensa comercial española. En 1977, Guillén en TeleExpress, y luego en Por favor, publicó algunas caricaturas (que, por cierto, motivaron amenazas a las publicaciones) y así se rompió el citado tabú.

Conviene no olvidarlo, porque, por el contrario, las caricaturas del Rey, Arias Navarro, Suárez y de todos los posteriores presidentes de Gobierno (nacionales o autonómicos) de la democracia, y de sus ministros o consejeros, fueron abundantes e a veces inclementes. En las democracias el pueblo ríe más que en las dictaduras. Sobre todo, claro, al estrenarlas.

Pais Pais (1)Porque tampoco entonces todo era risa. La extrema derecha reaccionó a los cambios políticos con suma virulencia, dejando tras sí la muerte y el terror. GRAPO Y FRAP llevaron a cabo inquietantes secuestros de destacadas personalidades políticas y de empresarios. Los crueles atentados de ETA, con numerosas víctimas mortales, iniciados durante el franquismo, no se interrumpieron con la llegada de la democracia. Unos y otros grupos terroristas dejaban poco lugar para la humorada. Los dibujantes, hacia 1979, comienzan a dar cuenta del drama de ETA desde la denuncia satírica. Algo antes de dicha fecha, la actividad criminal de la extrema derecha encuentra también reflejo crítico en los dibujos de humor. Entre otras cosas, porque las propias publicaciones y quienes en ellas trabajaban fueron sus víctimas.

Aquel espíritu lúdico y transgresor que caracteriza el comienzo de la transición no duró demasiado, como tampoco lo hicieron las publicaciones de humor más populares. Al finalizar los años setenta, aprobada la Constitución, el consenso entre las principales fuerzas políticas democráticas comienza a quebrarse. Y con la nueva década, para un sector muy comprometido durante los años anteriores, llegó el desencanto: lo logrado parecía insuficiente pues gobernaban los mismos si bien ahora mediante votos.  En mayo de 1980 el PSOE presenta una moción de censura al presidente Suárez, quien, poco después, muy serio, anunció su dimisión al comenzar el nuevo año. La crispación política era evidente.

Al mes siguiente, en febrero de 1981, un grupo de guardias civiles armados ocupa el Congreso de los Diputados, interrumpe una votación transcendental y congela la sonrisa de sus señorías en una mueca de pánico. Desde el hemiciclo, durante algunos minutos, las cámaras de TVE trasmiten aquellas imágenes, realmente incongruentes, pero que nadie es capaz de tomar a broma. Al menos aquel día. Bajo los poblados bigotes castrenses de Tejero, Armada y Miláns del Bosch no había sonrisa alguna.

favorAlegorías de la transición: urna contra búnker

Al repasar los dibujos políticos de los dos primeros años posteriores a la muerta de Franco observamos que el motivo más repetido que aparece en ellos es una urna. Dibujada inicialmente mediante dos pirámides truncadas unidas por su base rectangular, la urna es, sin duda, la alegoría del comienzo de la transición democrática. La urna es a la transición, como el tridente a Neptuno. Por eso ha sido elegida como icono de esta exposición. La urna, más allá de simbolizar el derecho al voto, expresaba cierto ideal de libertades y democracia, compartido por la mayoría de la población.

Quienes se oponían a dicho anhelo aparecen representados en estos dibujos primero por una estaca y luego por un búnker, expresión metafórica que fue muy utilizada en el lenguaje escrito y gráfico de esta época. En la infancia de la transición, en estos dibujos, las cosas parecían muy simples, casi maniqueas: democracia contra dictadura, es decir, urnas contra búnker. La mayoría de los dibujantes, desde luego, estaba por las urnas. Las propuestas de cambio político del primer gobierno de la monarquía, personificado en un Jano bifronte Arias-Fraga, eran demasiado timoratas para romper dicha dicotomía. Los dibujantes, anticipándose al tiempo político, asociaron dicho intento al búnker. Y fueron muy severos con aquel gobierno.

Cuadernos-dialogoLa visión de estos dibujantes satíricos sobre la transición política, sobre todo en sus comienzos, era bastante más ácida de la hoy presentada, de manera complaciente, en los libros escolares de historia o en exitosos programas televisivos. En aquella época, los dibujantes de humor estaban más próximos a las posiciones de los sectores antifranquistas, que defendían la ruptura democrática, que a las de quienes promovían la reforma, respetando la legalidad del régimen. Y, desde luego, eran implacables con la continuidad maquillada de la dictadura o con una democracia mutilada. Para la mayoría de los humoristas, la salida de emergencia de la dictadura parecía estar hacia la izquierda.

Fraga Iribarne, por ejemplo, es uno de los personajes que más aparecen en los dibujos de humor y caricaturas de la transición. Casi siempre desde la crítica, a veces despiadada. Al igual que Arias Navarro y otros ex ministros de la dictadura, dirigentes de la inicial Alianza Popular (Fernández de la Mora, Silva Muñoz, López Rodó), Fraga simbolizaba para aquellos humoristas la persistencia del franquismo. No exactamente el sector llamado “bunker”, inmovilista e incluso violento, personificado en Girón de Velasco. Pero, por su carácter vehemente y por su pasado, Fraga, en 1976, era contemplado como el macho alfa del continuismo, es decir, como una rémora para la consecución de las libertades.

Su desempeño como ministro de la Gobernación en 1976, cuando las demandas democráticas eran reprimidas y los matones de extrema derecha parecían campar a sus anchas, suscitó las críticas de la oposición y de los humoristas. Su tarea como ponente constitucional y su posterior trayectoria política, muy prolongada, mostraron que el destino le tenía reservado un papel en la nueva democracia.

Pero ni siquiera Adolfo Suárez, en sus comienzos como presidente del Gobierno, más moderado y más simpático que Fraga, gozó del aprecio inicial de los grafistas. También Suárez había sido franquista y Secretario General del Movimiento Nacional, por lo que su inesperada designación por el Rey (en junio de 1976) fue mal recibida por la oposición democrática. Había muchos recelos acerca de sus propósitos. Sólo años después sería reconocida su valiosa tarea. Más clemencia tuvieron la mayoría de los dibujantes con los dirigentes de izquierdas. Al menos hasta que llegaron al gobierno.

JuevesEn febrero de 1977, un editorial de la revista Por favor  (nº. 138), de probable autoría  de M. Vázquez Montalbán, responde a quienes criticaban dicha actitud del siguiente modo: “Hemos hecho sátira en relación proporcional a la fortaleza social e histórica del satirizado. ¿Cómo íbamos a cebarnos en las ridiculeces, que las hay, de fuerzas políticas maniatadas?”. Además de los dibujantes de periódicos contrarios al cambio como El Alcázar, una excepción destacada a esa extendida tendencia fue la de Summers, desde las páginas de La Codorniz.

Después de la apertura y la reforma, la negociación y el consenso, llegaron las elecciones generales de 1977 y 1979. Con ellas, las urnas dejan de ser vistas como una aspiración y tienden a desaparecer de los dibujos. Terminó el día, se acabó la romería. Poco a poco, la democracia se normaliza. Para consolidarla, algunos dibujantes dieron un paso más, pues la intentona militar golpista estaba muy reciente y UCD estaba descomponiéndose. Entre los firmantes de un escrito colectivo de personas vinculadas a la cultura, que hacían público su apoyo al PSOE en las elecciones de 1982 (publicado en el diario El País, 25 de octubre de 1982), figuran los nombres de Julio Cebrián, José Ramón, Chumy Chúmez, Cesc, Forges, Madrigal, Máximo, Peridis, etc. Pero eso no evitó que, una vez en el gobierno, pasada la luna de miel, también los socialistas fueran víctimas de las agudas sátiras de estos y otros humoristas. A la postre, esa es su original manera de ver la realidad.