La tormenta perfecta

periodismo-en-redFue a mediados de los setenta cuando escuché –falso– cuando leí, por primera vez la locución ‘cuando la mierda llegue al ventilador’. La expresiva frase se hallaba en la novela Harlequin, de Morris West: A una prestigiosa periodista le acaban de proporcionar una noticia brutalmente escandalosa. Reflexiona y, a continuación, apunta la importancia de situarse a cubierto para cuando acontezca el previsible chaparrón. Encontré la expresión genial. Y no me pude hacer idea de la cantidad de veces que me encontraría en situaciones que me han hecho recordarlo.

Esta mañana me he dado cuenta de que, otra vez, estaba en una de esas situaciones, sólo que, al parecer, yo soy el único que lo ha percibido de esta manera: Es una situación de tormenta perfecta en la que caen chuzos de punta.

¿Tormenta caliente? La de los políticos que necesitan votos (o sus previsiones) con absoluta urgencia. Dispuestos a montar una borrasca a cuenta de lo que sea.

¿Tormenta fría? La de los periodistas que necesitan audiencia de la manera que sea. Dispuestos a retorcer, con toda insensibilidad, lo que haga falta hasta que escurra mierda.

¿El peor sitio posible? Ese hueco del idioma en el que la jerigonza de picapleitos permite generar todos los malentendidos necesarios para que cada hambriento pueda arrimar el ascua a su sardina.

¿Qué significa ‘imputado’?

Barra libre. ¿Qué más da? Que rime con ‘diputado’: Imputado, computado, amputado, disputado, reputado, esputado, hijoputado…

¿Qué más da? Tenemos todos los ingredientes para montar la tormenta perfecta. Y el lugar, el objeto y los sujetos para montarla. ¡A por los votos! ¡A por la OJD! ¡Mierda al ventilador!

Y el que no tenga hígados para aguantarlo, que se vaya a casa, que no sirve para este mundo de votos, OJD y ventiladores.

O que vaya a vomitar a la lamentable.