La sobreproducción de culpabilidades

Josep Maria Cuenca

13/3/2012 (10:00) El signo ético del capitalismo se manifestó con una rotunda mezquindad desde sus orígenes, es decir, desde el momento en que puso de relieve que su fundamento no era otro que el de la apropiación por parte de unos pocos de la riqueza producida por muchos. A pesar de que semejante evidencia empírica no ha dejado nunca de tener lugar, las sociedades capitalistas han ido cambiando de máscara a lo largo de su desarrollo histórico y sus mecanismos de legitimación y de naturalización no han cesado de refinarse y de sofisticarse hasta el punto de seducir a una buena parte de las izquierdas oficiales que en el mundo han sido y, hoy fantasmagóricamente, son. Desde hace ya un buen rato, en Occidente resulta más difícil ver a un sindicalista o a un diputado de cualquier oferta de la izquierda nominal hablando de explotación, de injusticia o de confrontación inevitable (si se quieren cambiar las cosas) que, por decirlo a la manera de Thomas Bernhard, cruzarse por la calle con alguien en cuyo rostro sea posible ver un orificio anal.

Aunque el capitalismo industrial, productivo, cosificador del siglo XIX y buena parte del XX fue en todo momento tiránico e inmoral porque su naturaleza lo hacía inevitable, no es menos cierto que entre algunos de sus defensores tanto del ámbito económico y político como del cultural existía la sincera convicción de que el esfuerzo, el sacrificio y la perseverancia constituían valores éticos con los cuales era preciso comulgar por su carácter decente y, en última instancia, por su utilidad para cumplir un destino. El propio Marx participó en buena medida de la idea que el trabajo podía dignificar (en su caso, por supuesto, en una sociedad no capitalista). No en vano discrepó notoriamente de las opiniones provocativas y heterodoxas que su yerno Paul Lafargue expuso en un librito delicioso y caústico: El derecho a la pereza, el cual, como toda la obra de Marx, debería seguir leyéndose hoy quizá con más aplicación que nunca.

En nuestros días, cuando el capitalismo ha optado por la orgía financiera y especulativa y por la obsesión desnuda del dinero como medida de todas las cosas, los discursos legitimadores del poder se han visto obligados a edulcorarse para disimular su descaro. O, lo que es lo mismo, para intentar ocultar lo que los jóvenes del 15-M han puesto de manifiesto con toda la razón del mundo: el delicado desequilibrio existente entre el escaso pan y el exceso de chorizos.

Hoy desde los medios de formación de masas, desde las empresas y desde los gobiernos se construye y propaga un discurso henchido de un buen rollito capaz de enternecer a Harry el sucio a poco que se baje la guardia mental y moral. Hablan, los de arriba, de trabajo en equipo, de motivación, de empatía, de reinvención creativa, de inteligencia emocional, de ocuparse y no preocuparse; las compañías petroleras llevan a cabo campañas para preservar a gusanos y mamíferos diversos en peligro de extinción y para frenar (que no combatir) el cambio climático; los bancos, con la inestimable colaboración de gente tan guai como Fernando Trueba o el gran madrugador Pep Guardiola, siguen ofreciéndonos el paraíso si entramos en sus oficinas; y los gobiernos se desvelan por nuestra salud y nuestra vida sexual mientras sus políticas económicas (las que determinan absolutamente todo lo demás) desquician la salud y la completa existencia de millones de personas arrojadas a su suerte.

Sorprende que ante este panorama de esquizofrenia sublimada (doble moral se le ha denominado toda la vida) algunos sigan dando vueltas a su asombro ante la constatación de que el sistema educativo no acaba de funcionar. Algunos de quienes nos dedicamos a la docencia desde hace años sabemos lo difícil que resulta atenuar el tremendo trastazo que los estudiantes habrán de sufrir cuando les toque abandonar su burbuja pedagógica y familiar y deban concurrir a la realidad, ese desangelado pero a fin de cuentas único lugar en donde es posible, como decía Woody Allen (y suele recordar Juan Marsé), hacerse con un bistec. A lo cual habría que añadir que demasiado a menudo y para demasiada gente los bistecs son un lujo más próximo al ámbito del deseo que al de las realidades.

En este marco social incomparable sucintamente descrito una industria vive ajena a la crisis, a los recortes y a la reducción del déficit de los Estados: la hiperactiva industria de la culpabilización. Con perversa y eficaz inteligencia, las ideas dominantes (que son, perdonen el lenguaje trasnochado, las de la clase dominante) “invitan” al sentimiento de culpa a la mayoría de ciudadanos del planeta. Desde las alturas vienen a decirnos que si no vivimos en un barrio residencial (preferentemente con seguridad privada), que si no tenemos un par de coches caros y nuevos, que si no gozamos durante diecisiete días al año de nuestra segunda residencia junto al mar o junto a las cimas alpinas, que si no veraneamos en las Seychelles, que si somos obesos, miopes o las tetas de nuestra sección femenina son poco voluminosas, que si no nos parecemos a George Clooney o a Penélope Cruz, que si no somos felices, etcétera, es única y exclusivamente por nuestra culpa.

Ahora bien, las auténticas estrellas, los Cristiano Ronaldo y los Messi de la culpabilidad aquí y ahora son, sin ninguna duda, los parados y los parias. Y lo peor de todo es que son unos artistas del parasitismo, porque algunos de ellos cobran subsidios por no hacer nada (se comprende que no falte quien les considere los peores de entre todos los que perciben dinero del Estado). Y cuando hacen algo, siempre lo perpetran entre las tinieblas de la economía sumergida, lo cual hace un daño irreparable a la Hacienda Pública, que luego tiene dificultades para rescatar bancos, organizar eventos deportivos o dar millonadas sin el menor control a duques insulares de percha envidiable, exquisita elegancia y, eso sí (nadie es perfecto), verbo un pelín balbuciente.

Sé muy bien que al publicar este artículo me expongo sin remedio a sentirme culpable por ceder ante la tentación de la demagogia y de la irresponsabilidad. Para sobrellevar mi suplicio interior me encomiendo a lo que Heinrich Heine dijo poco antes de morir: “Dios me perdonará: es su oficio”. Espero que el Altísimo no esté también en el paro.

 

6 pensaments a “La sobreproducción de culpabilidades”

  1. A lo último que dice Brian replico que el concepto de culpa no puede ser inútil en la vida civil. Al menos no se puede demostrar esto si al mismo tiempo se admite que sea cierto lo que plantea Cuenca, a saber, que existe toda una industria cultural de la inculpación, o dicho en términos más clásicos, un lavado de cerebros que convence a la gente de que la pobreza es el resultado lógico, natural y justo de la pereza o la idiotez. Si negamos que exista esa ideología inculpadora —y justificadora de la desigualdad—, entonces podremos negar que el de culpa sea un concepto útil. Pero si admitimos que realmente lo que se hace es inculparnos, entonces ¿cómo habríamos de responder? ¿Acaso diciendo: no se trata de la culpa de nadie, etc.? No es cierto que el de culpa sea un concepto religioso; no sólo religioso. En todo caso, entra en lo que Feuerbach llamaba la esencia verdadera de la religión, es decir la antropológica, que no es sino la codificación y esclarecimiento de la moral, de la razón práctica, la diafanización intelectual del corazón humano… Por supuesto que la noción de culpa también entra el otro lado de la religión, el falso, el teológico, donde se amalgama con las irracionales ideas de la predestinación, del destino, de la pérdida de la gracia, del pecado original trascendente, etc.
    En cualquier caso, lo de la religión es muy secundario, y lo podría haber obviado en mi argumento. Quedémonos con que la culpa —supongo que se admitirá— es un concepto jurídico fundamental, es decir algo que afecta a lo que diariamente se dirime a la hora de juzgar las acciones humanas.
    Entonces, eso de que la noción de culpa es “de poca utilidad a la hora de analizar comportamientos en una sociedad moderna” es y no es cierto. Admitamos que la palabra tiene un aire bíblico, solemne, un regusto a obsesión mística, etc. Admito haber jugado con esas insinuaciones poéticas, sólo por puro verbalismo. Pero lo que quiero transmitir no es retórica: se nos dice que los pobres tenemos la culpa de nuestra miseria; bien, hablemos el mismo lenguaje de quienes nos acusan, y respondamos: no, en nuestra opinión la culpa es vuestra.
    En otra cosa tiene mucha razón Brian, si interpreto bien el lado constructivo de la repugnancia al uso de la noción de culpa en el tratamiento de sociológicos. Se trata de que las ciencias sociales poseen unas herramientas conceptuales más potentes, y una jerga quizá más atinada: fiscalidad, distribución de la riqueza, medios de producción, relaciones de producción, salarios, precios, plusvalía, libre comercio, socialismo, Estado del bienestar, propaganda, sindicalismo, monopolismo, control ideológico de los aparatos del Estado, etc. etc. Muy bien. Pero digo esto: hay ya tanta gente desinformada no sólo del vocabulario científico, sino de las más elementales intuiciones sociales, que valdría más no tener tanta repugnancia a las palabras sencillas, y usarlas en la lucha por el «derecho a vivir». Un poco me parece que esto también tiene que ver con ese sentimiento, que comparto con Brian, de que la escuela debería volver a planteamientos anteriores, más simples, y ser concebida como una permanente formación profesional, técnica, intelectual, como un lugar donde entrenarse para la vida adulta, etc., y no como un colchón emocional de contenidos y propósitos indefinidos (aunque no sabría ahora explicar —ni tampoco es el lugar para ello— cuál es esa relación entre volver a una concepción clara, instrumental, de la escuela, y recuperar el lenguaje común para hablar con franqueza).

  2. Es cierto, como dice Luque, que en mi comentario me circunscribí a un aspecto lateral del artículo que no era el tema central del mismo. Nada que objetar.

    Sobre la “industria de la culpabilización” Luque hace una larga disertación en la que me costaría más entrar. Sólo un apunte, ya que cita el punto de vista religioso. Para mí el concepto de culpa es, efectivamente, religioso y, por tanto, de poca utilidad a la hora de analizar comportamientos en una sociedad moderna. (Entiendo por moderna que respeta y acoge la libertad de credo, pero en la que este queda al margen de sus consensos constitucionales).

  3. Brian ha hecho una observación sobre un aspecto equívoco, que es equívoca ella misma. El propio Cuenca ha advertido con claridad que esa (no aludida en su artículo) responsabilidad de los docentes en el mantenimiento de una nociva ilusión respecto a la verdadera naturaleza insana de nuestra sociedad es un tema que podría aquilatarse, y que no era el tema de su artículo. El tema era la culpabilización, la industria de la culpabilización.
    Si hay queja en el artículo de Cuenca, no se refiere, según lo entiendo, a ningún “sentimiento de culpa” (ni de los profesores ni en general de todos los trabajadores). Se refiere más bien a una permanente campaña de inculpación —que, por supuesto, persigue la autoinculpación, o sea la adhesión moral de las víctimas, como en el síndrome de Estocolmo.
    La CULPA es una maravillosa categoría filosófica —amén de moral y jurídica, por supuesto— y no deberíamos permitir que se corrompa, que se produzca “industrialmente”, que funcione sólo de modo hipócrita y hasta paranoico. Es imprescindible, para nuestra salud mental y social, saber quién tiene la culpa de algo; se trata de no perder el sentido de lo real. Y no sólo en el caso de acciones limitadas, sino de cuestiones universales, incluso cósmicas. ¿Quién tiene la culpa, por ejemplo, de que el mundo se divida en ricos y pobres, en triunfadores y fracasados, en gozadores y derrotados, en poderosos y débiles? Una respuesta religiosa podría ser: no es culpa de nadie, sino la voluntad de Dios —lo que significaría que esa desigualdad, aparentemente indeseable, tiene un sentido (bueno) en los planes divinos, que están rectamente escritos con renglones torcidos. Otra respuesta, también religiosa, podría ser justo la opuesta: Dios hizo a los hombres iguales y amigos, y ellos introdujeron la discordia y la injusticia en sus relaciones —lo que recuerda la ocurrencia de Sancho Panza: cada cual es como Dios le hizo, y aun peor muchas veces.
    Estas respuestas, por cierto, se han producido real e históricamente. Pero también hay respuestas seculares: (1) que la apropiación de la riqueza (del trabajo de otros) es un acto de egoísmo, de robo, de explotación, etc., producto de una permanente maquinación de los poderosos contra los tímidos; (2) que la diferencia entre ricos y pobres es el resultado inevitable, natural, de las diferencias de aptitudes —y por tanto ineludible, si no, incluso, deseable.
    Es decir que en opinión de unos la causa de la desigualdad social se halla en el (des)orden natural, y en opinión de otros hay que buscarla en defectos del (des)orden moral, “humano”. Así, con independencia de que el tema se enfoque en términos religioso o en términos naturalistas, la división del pensamiento es siempre la misma: o se justifica y se defiende la desigualdad, o se la impugna; o se tiene piedad o se carece de ella, o se imputa la CULPA a los explotadores o a sus víctimas, al señor o al esclavo, a Creso o a Espartaco.
    Prefiero las palabras rotundas, como CULPA, a las palabras diluidas, hiperabstractas, como “culpabilidad”. Cuenca tiene razón y se expresa con toda exactitud al hablar de culpabilidad, porque el tema es el de unos sorprendentes mecanismos en verdad complejos, paradójicos, alucinógenos, contrarios al buen sentido. Los satisfechos culpabilizan a los desgraciados de su propia desgracia; y consiguen que éstos en verdad se sientan impotentes. Esto es lo que significa naturalizar la desigualdad social: no ya hacer creer que es condición ineludible, destino natural, etc., sino algo mucho más monstruosos, volvernos incapaces de imaginar un mundo mejor, un nuevo orden social verdaderamente amistoso. Los pobres adoptan así el punto de vista de los ricos: se dicen a sí mismos lo que éstos les reprochan, a saber: que si fuesen más listos o más enérgicos, ellos también triunfarían, lo que significa que se convertirían en explotadores, haciendo que los demás coman mierda y trabajen para ellos. ¿Qué cambiaría cuando un miserable lograse de algún modo hacerse poderoso? Personalmente cambiaría todo. Pero socialmente no cambiaría nada.
    La falsa ideología capitalista parece contener un mensaje positivo, de superación: tú eres capaz de conseguir lo que te propongas, y el capitalismo da a todos las mismas posibilidades, etc. La trampa está en el singular: tú, no vosotros. Si lo que quisiéramos, todos o una mayoría, fuese no ya hacer todo lo posible por desclasarnos, por formar parte de la banda de los bribones, sino hacer todo lo posible porque no hubiese explotadores y explotados, la cosa cambiaría, sería racional. El capitalismo es justo y libre porque —ironizaba Romain Rolland— permite tanto a los ricos como a los pobres morirse de hambre o vivir debajo de un puente, si es eso lo que quieren. (Y en verdad ésta sería una buena definición de una sociedad utópica de hombres completamente libres, si vivir bajo un puente fuese una verdadera elección: todo el mundo tendría garantizado su derecho a la buena vida, y a nadie se le impediría vivir peligrosa o románticamente.)
    Y quiero añadir algo a lo que dice Cuenca. Aún hay algo más sórdido que esta falsa ideología triunfalista —o calvinista— que considera un orden natural lo que no es más que anarquía social. No ya la inculpación de los humildes, sino su intimidación: lo que se hace es acojonarlos, aterrorizarlos, chantajearlos (con perder el trabajo, por ejemplo). Algún día nos daremos cuenta de que quienes así quieren intimidarnos son pocos, pequeños y cobardes, y pueden desaparecer a la primera refriega.
    En conjunto, todo este tremebundo (industrial) lavado de cerebros es muy siniestro, muy perverso: por un lado se siembra el sentimiento de impotencia, y la adhesión a los poderosos, con la falacia de una justicia social-natural según la cual cada uno tiene lo que se merece; pero por otro lado se amenaza a cualquiera que ose poner en duda esa justicia, se le amenaza con la inseguridad para él y para sus hijos, con la perspectiva de una vida peor, castigo merecido, como al “hombre de Kiev” de la novela de Bernard Malamud.
    Lo que se nos pide es que sigamos resignados a admitir como definitiva y perpetua esta “economía lúgubre” manchesteriana, con su eviterna “ley de hierro del salario”, con la miseria crónica, y con la insoportable acumulación de insultos y humillaciones sobre las víctimas. Pero algún día llegará en que ningún bribón (banquero, marqués, empresario o periodista mercenario) se atreva a pronunciar una ofensa al pobrerío, por miedo a recibir una pedrada en la frente.

  4. Benvolgut Josep Maria,
    Gràcies pel comentari de resposta. Efectivament el meu comentari no va contra el teu article; és més aviat un lament sobre una qüestió que fa anys que em neguiteja: la divergència de camins entre l’escola i la societat. El neguit que aquest fet em provoca segurament va donar un to agre al meu comentari que en absolut et mereixies. No tinc cap vinculació amb el món educatiu, només el vaig patir com a subjecte passiu a la meva infància i com a pare més tard; d’una i altre cosa ja fa molts anys. Però comparant una i altre època (quan era alumne i quan era pare) tinc la impressió que aquest vuit que separa el món real, del món virtual de l’escola s’ha eixamplat. La meva impressió –segurament subjectiva i esbiaixada– és que el món de l’escola va quedar, en bona mesura, segrestat pels bonistes hereus del maig del 68 que es creien (i encara es creuen) que l’home és bo per naturalesa (Rousseau) i que n’hi prou amb tindre cura dels bons salvatges que omplen les aules per tal de ells mateixos construeixin un món millor.

    Jo crec que l’antiga concepció de l’escola com a lloc de preparació i de instrucció (aquesta paraula avui denostada) per a integrar-se a la societat, amb tots els seus defectes i les seves tares, però sense pretendre canviar-la, era més realista. Si el món ha de canviar, és la societat adulta en el seu conjunt qui pot o ha de impulsar la evolució.

  5. Amigo Brian, sólo puedo sentirme aludido por tu comentario en la medida en que lo diriges a mi artículo. En nada más. Puesto que lo que dices no entra en contradicción en la más mínima medida con ninguna de mis afirmaciones. Es más, comparto lo que dices. En mi texto me limito a aludir a lo que algunos docentes percibimos (ese “algunos” ya implica un punto de escepticismo y de crítica hacia el gremio educativo que no has percibido, tal vez porque yo no me he expresado bien). En cuanto a “la superioridad moral de la escuela”, llevo toda mi vida impugnándola con un éxito que ya te puedes imaginar. Y en cuanto a esos algunos de los asombrados a los que hago referencia son miembros de un sistema educativo cuya responsabilidad social en lo que somos socialmente no es ninguna nimiedad. De modo que ya ves: creo que, yo en mi artículo y tú en tu comentario, hablamos de cosas distintas y complementarias. O bien yo debo afinar más la expresión o tú has de leer con más detenimiento; o quizás ambas cosas. En culquier caso, muchas gracias por tu comentario.

  6. Puedo estar de acuerdo en el fondo del discurso pero, bajando a lo concreto: ¿quienes se dedican “a la docencia desde hace años” no tienen ninguna responsabilidad en el hecho de mantener a sus alumnos en una “burbuja pedagógica”, que les va a estallar en la cara en cuanto salgan del aula? ¿Hasta cuando la escuela se creerá en posesión de una superioridad moral que le permite ir por libre y al margen de esa sociedad habitada por Harrys sucios?

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