El Gozne del 750 (1)

En poco tiempo se pusieron en marcha en el Reino de los francos, en la Septimania, en Asturias, en los Pirineos y hasta en Damasco, en Samarkanda y en la China, los mecanismos que moverían los pulsos, los flujos y reflujos, de la península Ibérica durante siglos.

La soberbia autista de las élites (9)
Bibliografía. La rebelión de las Masas

Miguel Aznar
Consultor

Sigamos con la bibliografía histórica. Esta vez se trata de un tema central que se ha estirado mucho, por lo que lo dividiremos en cuatro episodios para colarlo en cuatro días sucesivos.

El siglo de las revoluciones

De hecho, la preocupación por la dejación de las élites y el ascenso al poder de las masas es un tema del S. XX. Antes todos tuvieron claro que las masas en la Revolución Francesa fueron sólo las fuerzas de choque de la burguesía, y con lo que los burgueses quisieron dejarles se tuvieron que conformar.

Cierto que luego las clases bajas quisieron más, pero la burguesía ya había aprendido a manejar su nuevo poder, y básicamente se dedicó a administrar la energía de las masas para activar revoluciones liberales que asentaran el nuevo régimen ante los intentos de restauración del antiguo, a la vez que se pretendían resolver viejas querellas nacionalistas y religiosas: En 1820, en 1830 y en 1848 fueron los principales petardazos –dejando al margen la racial matanza de frailes del 1834– aunque el fuego ardió en mayor o menor medida entre estallido y estallido. La Gloriosa española, del 1868, fue quizá la última grande de esa serie. La primera de la nueva serie, el pueblo contra todos, la Commune de 1871, con toda la carga de emotividad que arrastra (yo celebré su centenario en una sesión especial con mis alumnos) fue una sangrienta chapuza en la que se probaron todas las ideas idiotas que pasaron por la cabeza de los communards, comenzando por la democracia asamblearia en momentos de crisis; y allí les enterraron.

Eugène Pottier (1816-1887)

De hecho, la única cosa notable y significativa para la clase obrera que salió de aquello fue la Internacional: Eugène Pottier, que se estrenó como revolucionario teórico a los 14 años, cuando las revoluciones de 1830, escribiendo una canción a la libertad, y se ejercitó como revolucionario práctico en las del 1848, participó por todo lo alto en la Commune y fue elegido delegado por el arrondissement, entonces barrio popular (antes de ser destripado) con más de 80.000 habitantes, hoy barrio de la Bolsa, que apenas llega a 20.000; sobrevivió a la escabechina y tuvo que esconderse durante días en un agujero inmundo donde sobrevivió escribiendo canciones, y entre ellas La Internacional, hasta que pudo emigrar a Inglaterra y los Estados Unidos. Pottier murió pobre y casi desconocido para el gran público. Al poema le pusieron música y llegó a ser lo que fue – y luego lo que es, que ya es bastante menos –. Todo a partir de la debacle de la Commune.

La burguesía, por su parte, también sacó algo notable y significativo: Las nuevas estructuras que se crearon servían eficazmente para controlar a las masas que empezaban a tener ideas propias. Las nuevas tácticas militares y las nuevas avenidas amplias y rectas de París –hechas destripando los barrios populares– permitían detener en seco a miles de miembros de las levantiscas masas con un par de cañones bien emplazados y cargados de metralla. ¡Honor a Haussmann!

Pero recordemos una cosa: en esa Europa las élites eran las élites (aristócratas y burgueses, aunque a veces fueran a tiros entre ellos) y las masas eran las masas (los siervos de la aristocracia y los asalariados de la burguesía, aunque fueran carne de cañón de unos y otros), y cada cual estaba en su sitio.

Con las revoluciones rusas a principios del S. XX la cosa cambió. Y tuvo que ser Ortega, que, como español, tenía un siglo de perspectiva de ver cómo las revoluciones decimonónicas se superponían y contrapeaban con las guerras forales (ante el asombro de Karl Marx, si son auténticos los artículos que se le atribuyen) y cómo las élites dimitían de todo menos del dinero, quien diera la campanada.

José Ortega y Gasset

Ortega, siempre Ortega
En los años treinta, en Madrid, se decía que Ortega, como filósofo, era Primero de España y Quinto de Alemania. El chiste era fácil en unos tiempos en que el emperador Carlos era citado así sistemáticamente y en que la cultura y la lengua alemanas eran más apreciadas que el inglés. Además, de paso, las masas se burlaban de esta manera de quien parecía pretender ser alguien con ideas, cuando la gente sabía que eso de la intelectualidad era una pijería indigna. Pero algo de razón había: En el panorama mundial, como filósofo, pese a lo que les doliera a Zubiri y a Marías, Ortega no era gran cosa.

Estamos hablando de una época especialmente rica y variada en corrientes filosóficas y en filósofos, aunque sólo miremos a Europa: El positivismo lógico, de Russell a Wittgenstein y el Círculo de Viena; la Fenomenología, de Husserl a Heidegger; el Existencialismo, de Jaspers a Sartre; los chicos de Fankfurt, marxistas si quieren así llamarlos, Adorno, Benjamin, Marcuse, Fromm… todos más o menos juntos y revueltos. Ortega picoteó aquí (fenomenología) y allá (existencialismo) y acullá (todo lo demás), pero sin pasar de ser un segunda división. Como filósofo.

Pero en cambio fue un número uno mundial como ‘pensador’. La RAE nos da tres acepciones para esta palabra: 1. Que piensa. 2. Que piensa, medita o reflexiona con intensidad y eficacia. 3. Persona que se dedica a estudios muy elevados y profundiza mucho en ellos. No va por ahí la cosa, aunque las tres acepciones valgan para él. Cuando llamamos pensador a Ortega estamos estableciendo una especie de regla de tres: Filósofo es a Pensador lo que las Matemáticas Puras son a las Matemáticas Aplicadas. Un espacio de Banach es una pirula metafísica divina que los profesores de doctorado de la Facultad de Ciencias de la Universidad de París, en mis tiempos, no eran capaces de explicarnos para qué podía servir a la gente. La Programación Dinámica, en cambio, sirve para calcular los stocks óptimos o para ensamblar dos naves en órbita, aunque también se trate de una pirula divina.

Hay otro ‘pensador’ en el diccionario de la RAE: En los cortijos de Andalucía, mozo encargado de dar los piensos al ganado de labor. Ortega fue más bien esto (aunque decirlo sea ponernos a sus lectores de cabestros o pollinos), sin obviar que también fuera lo otro, porque pretendía que lo que hacía sirviera para algo de la manera más inmediata posible. Quería que su trabajo fuera ‘rigoroso’, desde luego, pero que su obra llegara a la gente para que tuviera utilidad inmediata. Era un filósofo mucho más aplicado que puro. Y, como era muy bueno, tuvo éxito: Varios libros suyos tuvieron cada uno de ellos más ventas que todos los libros juntos de Eugenio Trías, que ha sido el mayor filósofo español hasta la fecha; filósofo puro, eso sí. Y además de éxito, tuvo impacto.

Los progres, especialmente los extranjeros, encasillan a Ortega inmediatamente como reaccionario, su visión de la dualidad élites – masas la entienden como señoritista y, aunque no lo digan explícitamente, les parece que para haber sido escrita treinta y cinco años después de que se acabara de publicar l Capital, Ortega podía haber aprendido algo del insigne barbudo. No van por ahí las cosas…

La Rebelión de las Masas
Creo que en España, la España Invertebrada es la obra más conocida de Ortega, probablemente porque tiene el morbo de enseñar a cada generación que, por más que nos matamos, las cosas siguen igual. Pero a escala mundial no hay duda de que La Rebelión de las Masas es la más popular y la que más influencia ha tenido, aunque fueran influencias extrañas o espurias. Se publicó en 1929 y al poco tiempo comenzó a traducirse y Ortega comenzó a añadirle prólogos, epílogos y codas. En los siguientes treinta o cuarenta años, hasta que las modas intelectuales se orientaron primero hacia el existencialismo de Saint Germain des Prés y luego hacia Marcuse y las movidas del ’68, Ortega, su Rebelión de las Masas y sus múltiples sugerentes citas formaron parte del acerbo de todo intelectual práctico que quisiera meter baza.

Y, desde luego, demostraron –Ortega, su Rebelión y sus citas– ser eficaces: Nixon, derrotado, desnortado y en la miseria intelectual y moral, fue levantado por el que acabó siendo el estratega de la campaña que le llevó a presidente, William F. Gavin, con una reflexión inicial: “Estas son las únicas ideas verdaderas: Las ideas de los náufragos. Lo demás es retórica, postura, íntima farsa. El que no se siente de verdad perdido se pierde inexorablemente, es decir, no se encuentra jamás, no topa nunca con la propia realidad”. Y de ahí a la presidencia. Efectos colaterales.

Ortega ciertamente va como un vendaval por la geografía y la historia, con referencias a tirios y troyanos y encomendamientos a Dios y al diablo. Con ello genera una profusión de citas-píldora –he copiado de internet una selección y ocupa 40 páginas– que, a la hora de la verdad, resultan más operativas que las que puedes encontrar en un libro de autoayuda. En este párrafo que he citado, comienza hablando de Temístocles y de César, cita a Spengler, se refiere a Lagartijo, vuelve a César para contrastarlo con Alejandro, cita a Saavedra Fajardo, habla de naciones y se burla de los historiadores nacionalistas, saca a bailar la raza, la lengua, el Estado… bendice la frase de Renan “la existencia de una nación es un plebiscito cotidiano”… Y acaba con Nixon presidente.

El Cañamazo de fondo
Vayamos a la cuestión: Desde tiempo inmemorial los menos que viven bien y se consideran élites, tienen miedo de la invasión de los más que viven mal, a los que consideran masas: Los agricultores de los nómadas, los habitantes de ciudades de las bandas de los desiertos, los romanos de los bárbaros, los bárbaros de los invasores que les llegaban de las estepas, los señores en sus castillos de los hambrientos agricultores sin tierras, la nobleza de los remences… Me paro en la Baja Edad Media, porque, pese a que muchos se rían de lo que digo, es ahí donde se encuentra el cogollo original de nuestra problemática; antes de ahí éramos, creo yo, relativamente intercambiables; a partir de ahí llevamos ya nuestros pecados originales. Las dos Españas que Larra maldijo en 1836, cuando a penas comenzaban las guerras carlistas, ya estaban prefiguradas en tiempos de los Trastámara, y, desde ahí hasta hoy se puede seguir la larga cadena de doble hélice, como la del ADN, que empareja, opone y gira sobre sí misma a las dos Españas.

Américo Castro

¡Ojo! Hay otra teoría
Debo anotar una acotación importante: Cuando he dicho que ‘yo creo’ que la base de lo que somos quedó establecida en tiempos de los Trastámara no estoy exponiendo una conclusión a la que he llegado como resultas de mis estudios y cavilaciones. Simplemente me estoy apuntando a una de las dos corrientes básicas sobre la filosofía existencial de las Españas, la de Américo Castro, el que dijo “lo que pasa es indisoluble de lo que ha pasado”, que defendía que las raíces del país son judías, musulmanas y cristianas, revueltas y embrolladas del 711 al 1492, y desde entonces en el lamentable estado que aún perdura. Don Américo quería trabajar por “una España rectificada, justa, sensible, ilustrada y fuerte”.

Naturalmente hay otra corriente diametralmente opuesta, y cuando digo diametralmente me refiero a que ambas se sitúan en los extremos de ese diámetro que nos marca desde hace siglos y que separa dos concepciones del país lo suficientemente diferentes como para que los españoles puedan odiarse y despreciarse los unos a los otros: Por una parte los creyentes en la España eterna, bendecida así por las divinidades de la Historia; por la otra los creyentes en la España circunstancial, que es como es porque las cosas fueron como fueron, pero que si no… vaya usted a saber.

El gran patriarca de la primera escuela de pensamiento es Claudio Sánchez-Albornoz. El de la segunda, Américo Castro. Para más inri, tanto don Claudio como don Américo, enemigos irreconciliables, fueron dos republicanos exilados durante el franquismo. Es decir, que si galgos, que si podencos… y viene la bestia a zamparse los gazapos.

Hay una observación que me parece importante y, además, divertida: He dicho que, viendo las cosas con unas dosis mínimas de sensatez y perspectiva, yo, buscando la trazabilidad de las dos España, me apunto al modelo de Castro, mientras que me parecen delirios imperiales la España sempiterna, ya prefigurada en la mermelada de tribus de iberos, protoceltas, celtas, tartesios, turdetanos, lusitanos y vascones, separados entre sí por lenguajes de raíces diversísimas, por culturas irreconciliables, por climas diferentes, por meses de caminatas para ir de aquí a allá a través de la segunda orografía más rabiosa del continente…, todo entre bosques en los que una ardilla podía ir de los Pirineos a Gibraltar, pasando de árbol en árbol; y, desde luego, sin guanches canarios que pinten nada en la función. Y, a partir de ahí, llegar a la conclusión de que, después del pulido de romanos y visigodos, quedó configurada la unificación política y cultural de Hispania, con el cristianismo como esencia y Castilla como madre que la parió… Siento que para eso hay que tener muy metida en la piel y en las neuronas la idea de esa España de ayer, de hoy y de siempre que nos aterra. Pero…

… pero pasa una cosa muy curiosa: La conclusión ‘razonable’, a la que me apunto, la genera Castro, insigne rata de biblioteca, elaborándola a partir de fuentes literarias (era un erudito experto en Lope, Quevedo, Tirso de Molina, Cervantes, Santa Teresa, La Celestina, Rojas -no el de la Celestina, el otro, el discípulo de Calderón- …) especialmente analizando comparativamente comportamientos de las diferentes castas de la época: castellanos, moros, judíos… Es un método arriesgado sólo al alcance de mentes brillantes, al estilo de Hércules Poirot. Pero el resultado que obtiene me parece satisfactorio.

En cambio, Sánchez-Albornoz –“católico, liberal, demócrata y republicano” se autodefinía– trabaja como un forzado, rebuscando en todos los estrato, acumulando datos y fichas… al estilo de Vicens y Nadal, cuando enviaban a todo el que pillaban a anotar los viejos registros de los archivos parroquiales que sobrevivieron a la guerra, para averiguar sobre gentes y oficios de los tiempos pasados. Esa sistemática, no diré marxista pero sí, al menos, marxiana, puesta al servicio de una idea básica hispano-castillanizante (que me perdonen los expertos por el palabro) da como resultado esas conclusiones de pandereta.

No debe extrañarnos: Casos así los ha habido, y no lejanos: Menéndez Pelayo, de erudición y capacidad intelectual monstruosas, con metodologías admirables, con toneladas de tareas de rebusca y una capacidad de trabajo como nadie probablemente haya tenido en este país, y además con una extraordinaria buena fe, arruina sus conclusiones con su sectarismo ultracatólico (‘la raíz de lo español está en la tradición católica’, entre otras gracias).

Dioses, Prepucios y Sabios
Antes de volver a la pista de los Trastámara vale la pena anotar una hebra de la Historia que ha tenido una especial influencia en la historia de Europa en general y en la invención de las dos Españas en particular:

Ur de Caldea, la tierra de Abraham

Allá por los tiempos de Hammurabi, más bien algo después, un tátara-tátara-nieto de Noé, un tal Taré, que vivía en Ur de Caldea y se dedicaba a fabricar ídolos, decidió que había que buscar mejores perspectivas y, como tantos otros antiguos, desde Kon Tiki a Atila, decidió seguir el camino del sol, hacia el oeste. Yhvh, por razones que Él sabrá, decidió escoger a su hijo, Abram, para montar una movida planetaria y constituir Su pueblo escogido, y le propuso un pacto perpetuo: “Serás padre de muchedumbre de gentes … Y te daré a ti, y a tu descendencia después de ti … toda la tierra de Canaán en heredad perpetua; y seré el Dios de ellos…” Le cambió el nombre, pero poco: Abraham… Hasta aquí todo bastante normal, si dejamos al margen que cada dos por tres había problemas – hambrunas, invasiones…– que les hacían marcharse a otro sitio, y cuando volvían se encontraban que había allí otra gente dispuestas a recordarles el teorema de Sevilla y la silla. Pero Yhvh tenía día de guasa y le impuso además una prueba perpetua: la circuncisión.

Es posible que se tratara de una medida de higiene en tiempos de poca limpieza. Es posible que Sus palabras se exageraran o se malinterpretaran, pero el caso es que los que pusieron el pacto negro sobre blanco, quizá mil años después (Génesis, 17, 10-13), fueron muy taxativos: “Este es Mi pacto, que guardaréis entre Mí y vosotros y tu descendencia después de ti: Será circuncidado todo varón de entre vosotros… por vuestras generaciones; el nacido en casa, y el comprado por dinero a cualquier extranjero, que no fuere de tu linaje…”.

Y dicho y hecho: Abraham se armó de un cuchillo de sílex y (Génesis, 17, 23-27) ”entonces tomó Abraham a Ismael su hijo, y a todos los siervos nacidos en su casa, y a todos los comprados por su dinero, a todo varón entre los domésticos de la casa de Abraham, y circuncidó la carne del prepucio de ellos en aquel mismo día, como Dios le había dicho… Y todos los varones de su casa, el siervo nacido en casa, y el comprado del extranjero por dinero, fueron circuncidados con él”.

Es lógico que grandes principios tengan grandes consecuencias: Cuando se es un pueblo elegido hay que cuidarse de no mezclarse con la purria gentil: hay que permanecer puros y sin mezcla, y para eso es conveniente mantenerse a parte – lo que, de paso, implica ayudarse los uno a los otros sin restricciones, que eran pocos – y aprender a leer y escribir, para poder estudiar y que no se pierda toda la sabiduría que esa condición conlleva. Si Yhvh les hubiera otorgado una finca en la punta de los Himalayas hoy serían un pueblo muy compacto y muy culto y con un gran atractivo desde el punto de vista turístico. Como, en cambio, se la concedió en el cruce de caminos más frecuentado desde la aparición del homo sapiens, recibieron más palos que una estera y fueron rodando por el mundo, dando más vueltas que un ventilador. Humor divino.

Y así se expandieron por todo el orbe, manteniendo sus lazos entre ellos, siendo en consecuencia cultos, cosmopolitas y políglotas, y, por lo tanto, con una gran base para crear grandes y ricos negocios y latifundios. Pero ahí surgió el problema del pacto: Es curiosos cómo pequeñas gracias tienen repercusiones extremas. Ellos eran el pueblo de Yhvh, y los demás no. Pero si tenían una gran finca agrícola o ganadera, a toda la muy abundante mano de obra (payeses, cowboys…), de la raza y creencia que fueran, había que rebanarles la puntita del pito, y eso era algo a lo que los diferentes lugareños, cristianos o paganos, le tenían un especial aprecio, por lo que el conflicto era inevitable. En cada país el problema apareció en un momento u otro –en España en tiempos de visigodos – y la conclusión fue que el pueblo elegido de Yhvh tuvo que renunciar a ejercer la economía productiva y dedicarse a la pequeña artesanía y especialmente, dada su alta preparación intelectual y sus relaciones cosmopolitas, al comercio y las finanzas, que son negocios que precisan de muy poca mano de obra susceptible de no permitir que se les circuncidara así como así. Con ese oficio tuvo que tratar con los poderosos, lo que incluye un gran riesgo, y ser envidiados por los de abajo, lo que implica un riesgo aún mayor.

Dicen los eruditos que la caza del judío ya se practicaba en Egipto en el siglo V AC, y, como deporte generalizado, en Alejandría en el siglo III AC. De ahí pasó a todo el mundo helénico, y de ahí al romano… Mantenerse al margen, no adorar los dioses comunes y, en general, comportarse de forma un tanto friki siempre trae problemas, y si ese comportamiento corresponde a gente que se consideran pueblo elegido y son cultos y ricos y amigos de los poderosos la masacre está anunciada. Y en los diferentes países europeos herederos de los romanos y de los pueblos germánicos, fueron cazados al ritmo de los tiempos, a veces más a veces menos, y fueron de un lado para otro en oleadas de miles y de decenas de miles.

En tiempos de visigodos, sin ir más lejos, a los judíos se les acusó de ponerse al lado de los francos en las peleas fronterizas, lo que conllevó la confiscación de bienes y el destierro. En los famosos concilios visigóticos se les prohibió toda actividad económica fuera del comercio y se les obligaba a convertirse so pena de ser sometidos a esclavitud. Naturalmente llegado el momento se pusieron de parte de los musulmanes, pero tampoco les fue mejor la cosa cuando tocaba la hora de los fundamentalistas de turno. Y cuando fueron llegando los cristianos la cosa se complicó. Pero eso lo veremos luego, que forma parte del núcleo de esta digresión histórica que se me ha antojado necesaria para poder entender eso de las masas rebeldes de Ortega.

Volviendo a los judíos y su eterna peregrinación a ningún sitio: A la hora de elegir entre el susto del chapuzón del bautizo o la muerte pura y dura era normal que el pueblo elegido prefiriera buscar nuevos horizontes… Eso sí, un converso era un ciudadano como los demás. Para distinguirlos la gente se fijaba en las vestiduras y, especialmente, en los gorros. Cambio de look y fin del problema.

Expansión del imperio almorávide ymáxima extensión territorial, a principios del siglo XII

Siguiendo con el Cañamazo de Fondo
Hispania no fue una excepción: Ya he anotado que en tiempos de los visigodos hubo problemas, y con los musulmanes otros tanto, especialmente cuando ejercían el poder regímenes fundamentalistas como los almorávides o los almohades: Y así, con unas épocas mejores y otras peores, se llegó al apasionante momento de la Baja Edad Media. La cultura clásica que los árabes habían salvaguardado se generalizó, el Renacimiento se empezó a avistar y las élites empezaron a instruirse y a viajar por Europa con el entusiasmo de unos erasmus. Pero veamos la cosa con un poco más de detalle.

Hasta aquel momento, durante la Edad Media, España había sido un western, territorio de frontera: Suevos, Vándalos y Alanos. Visigodos contra todos. Reino Visigodo contra Reino Suevo en el noroeste y contra Imperio Bizantino en el sur. Cuando los visigodos se quedaron solos, a su tradición de matarse entre ellos para ver quién era rey se incorporó una bronca religiosa (que si arrianos, que si romanos…) que no anunciaba nada bueno para el futuro, y se unió la aparición de una estructura prefeudal de duques al frente de ducados que comenzaron a ir por libre. Por cierto, nihil novum sub sole, los duques de la Septimania y de la Tarraconense – o sea, la vieja Hispania citerior, del Ebro para aquí visto desde Roma – ya descubrieron que preferían ir por libre. Y en estas estábamos cuando los moros, que ya lo habían intentado antes, en el 670 – los visigodos por esos tiempos, anticipándose milenios, también habían tocado lo que no suena a los moros tomándoles Ceuta – cubrieron el mar de pateras e invadieron Hispania.

En el 711 pasaron el estrecho. Como los visigodos estaban con sus guerras, las tropas del rey Rodrigo, con el propio rey, fueron arrasadas. El duque de la Tarraconenese, Agila, que desde la muerte de Witiza el año anterior estaba metido en una especie de operación Roca, se proclamó rey de todos los visigodos pero en el 713 los moros llegaron al Ebro y tomaron Zaragoza y Tarragona y quedó claro que la operación de hacer rey de Hispania al duque tarraconense acababa mal. Su sucesor, Ardón, se proclamó a su vez rey de los visigodos e intentó aguantar el tipo, pero pudo poco: Entonces se generalizaron las fiestas de primavera en este país: Al llegar el invierno las tropas se iban a casa, a gastar el botín conquistado, y al volver el buen tiempo regresaban por la labor. El 716 los moros ya pasaron los Pirineos, pero dejando mucho sin conquistar detrás. En el 717 volvieron a la carga, y en el 718 se hicieron con Barcelona, y en el 720 con toda la Septimania, con lo que se acabaron los duques tarraconenses y septimanos que se pretendían reyes visigodos. Sus sucesores, con todos los prohombres de aquí que pudieron escapar, fueron a pedir sopitas a los francos, comenzando una tradición que se extendió hasta el 1939 y que, tal como van las cosas, ya veremos si se tiene que repetir.

Prólogo para Gabachos
Los francos, ellos solos, constituyen una historia que, bien narrada y con buen presupuesto, superaría al Señor de los Anillos y a Juegos de Tronos juntos. Desde que Clodoveo unió las diferentes tribus y se hizo cristiano, los franceses, monárquicos y republicanos, consideran que Francia es la prestigiosa Francia (¡ay, la grandeur!), en dépit des partages, como dicen Mr. Chauvin y su Wikipedia. Y en su casa, a calderadas.

Clodoveo repartió las tierras entre sus dos hijos

Clodoveo, al morir, el 511, decidió repartir sus tierras entre sus hijos: Al comienzo fue el juego de los cinco Reinos, con nombres de serie televisiva que superan cualquier fantasía posterior. Durante más de doscientos años un centenar de sus descendientes guerrearon entre ellos y los Reinos se unieron y fragmentaron en sucesivas temporadas y episodios. Una docena de reyes llegaron a mandar, más o menos, sobre los demás. Los herederos legítimos de la dinastía fueron cada vez más intelectualmente degenerados (los reyes holgazanes, les llaman allí) y los stewards de los Reinos se hicieron con el control de la cosa. Ese era el panorama entre los franco-galos cuando llegaron los hispano-visigodos llorando y detrás, los moros arreando estopa. Carlos, steward de Austrasia y Neustria, sintiéndose héroe como Faramir, steward de Gondor, llegado el momento, se hizo cargo de la situación y fue a por ellos.

Lo cierto es que el avance de los moros, desde que el 720 ocuparon la Septimania hasta que Carlos, steward de Austrasia y Neustria, les paró los pies el 732, dicen que en Tours y no en Poitiers, pasaron doce años, es decir, doce oleadas primaverales en las que ocuparon media Francia – por ejemplo, por un lado el 725 ocuparon el Languedoc, el valle del Ródano y llegaron hasta Autun, en la Borgoña profunda, y por el otro, toreando a los vascos levantiscos – eso será una parrafada a parte – en el 732, llegaron hasta Burdeos, cuyos habitantes se sentían muy seguros defendidos por el Garona de los enemigos del norte (tu peor enemigo, tu hermano), pero estaban totalmente abiertos a los que llegaran del sur por la Landas.

Volviendo a la batalla de Poitiers, o de Tours: Consulten en Google y verán que al detener a ese ejército de los moros, estaban ya a 240 Km. de París, y que llevarían ya 800 Km. si hubieran pasado por la Junquera – entonces aún no se imaginaban ese invento paleto del eje central – o 500 Km. pasando por Roncesvalles, que es lo que hicieron, aunque esta historia merecerá una parrafada aparte porque los montañeses vascos eran muy suyos, y buenos problemas con ellos tenían ya sus teóricos señores, los duques francos de Guasconia (ya he avisado que merece parrafada a parte la cosa) y el duque visigodo de Cantabria, que por esas fechas andaba en plan díscolo con los moros, que acabaron por vencerle, arrasarle su capital, Amaia, hoy en Burgos (se ve aún la peña en la que estaba, que cuando el inventor de Castilla, Rodrigo, decidió rehacerla se desvió un tanto, y, claro, se la quedó para él) y enviar a su gente montes arriba.

Por cierto, que mejor suerte tuvo el duque de Asturias, que aunque le tomaron su capital (Astorga, hoy en León) pudo pararles los pies en Covadonga y montarse un chiringuito allí cerca, en Cangas de Onís. En fin, todo eso eran chorradicas para los moros, que corría el año 720 y ellos estaban en una aventura mucho más importante, como hemos visto, la conquista de Europa, empezando por los Reinos francos de Francia, antes Galia, y el califa omeya, desde Damasco, pedía información de todo, lo controlaba todo, y quería la expansión por encima de todo.

El duque, no visigodo sino franco, de Aquitania (lo veremos en la parrafada a parte, ya saben) aprovechó el fracaso del duque de Cantabria para declararse señor de todos los vascos, negocio peligroso en todos los tiempos, y ya embarcado en el proceso intentó entenderse con el gobernador, esta vez moro bereber – que no árabe ni sirio; las tres comunidades ya iban a bofetadas en Al Andalus, antes Hispania –, que controlaba más o menos la Septimania, para montárselo por su cuenta, dejando al margen a sus señoritos naturales de Córdoba y de los multi-reinos francos. La cosa salió mal y aparecieron muchos más moros de Córdoba, por lo que tuvo que llamar al antes citado Carlos, steward de Austrasia y Neustria, para salvar los muebles.

Aquel mozo de serie de televisión se dio cuenta que los moros eran muchos moros y mucho moro, como diría algún pretendido estadista moderno, y que detrás había un Califato lejano pero fuerte y con ideas expansivas, por lo que se tomó la cosa en serie. Aplicó el principio militar de que hay que explotar las victorias y perseguir al enemigo hasta aniquilarle, cosa que hizo durante meses, desde Poitiers, llegando más o menos hasta, para entendernos, Roquefort, donde el queso. La carrera a gorrazos, unos 600 kilómetros a lo largo y todo lo que pudo a lo ancho, fue gloriosa, una especie de dragonade avant la lettre, mató a todos los gobernantes moros que ya se habían instalado como amos y señores y el tal Carlos ascendió a la categoría de héroe y le llamaron Martillo, Martel en el occitano de la época; de la época en que se escribió la historia, que entonces, cuando pasó, hablaban un latín chapurreado.

Estatua de Carlos Martel en el Palacio de Versalles en París

Los moros se tomaron mal la cosa, y durante ese tiempo enviaron nuevas tropas que se hicieron con el triángulo Nimes, Arles, Aviñón, que ya antes de que se montara el nudo de autopistas, era clave para controlar la Provenza al este, el Languedoc al oeste y el valle del Ródano al norte, vía hacia la Borgoña y luego la Champaña y Europa entera. Carlos, steward etc., ahora el Martel, volvió al ataque, esta vez bajando por el Ródano, con nuevas tropas y luego con nuevos aliados, los lombardos. Finalmente, el 739 no queda más tierra mora en Francia que la vieja Septimania. Carlos Martel era un héroe internacional y un par de años después, el 741, casi en el noveno aniversario de su más importante victoria, se murió dejando un hijo, Pepino el Txiki, que sería rey de todos los francos en lugar de los últimos vástagos de la degenerada dinastía merovingia, y un nieto en camino –con su nuera de cinco meses o vaya usted a saber, que en esos tiempos las cuentas se llevaban bastante mal– que sería Carlomagno, emperador de Occidente. Un carrerón.

Pepino, en un principio, estuvo bastante entretenido deponiendo al último merovingio y planteando al Papa que, o le reconocía como rey en vez del rey o dejaba que el Papa resolviera solo sus diferencias con los lombardos, que eran bastante complicadas. Para satisfacerle, el Papa tenía el problema de que había repetido hasta la saciedad que la ley es la ley y hay que cumplirla, y faltaban 1.226 años para que se proclamara la doctrina del duque de Barajas – “Elevar a la categoría política de normal, lo que a nivel de calle es plenamente normal” – por lo que tuvo que hacer un anticipo de ésta y dijo: “Que el que ejerce verdaderamente el poder, lleve el título de rey”. Con todo esto y con su consagración en el 751 pasó un tiempo, pero inmediatamente después decidió seguir las operaciones contra los moros, y en el 752 intentó asaltar Narbona, sin éxito. La cosa se prolongó durante siete años pero Pepino dejó el asunto en manos de unos mandados y se fue a resolver enredos, entre otras cosas que le volvieran a ungir en Saint Denis, que París bien vale otra unción.

El asunto en la Septimania, con los grandes jefes uno en Córdoba y otro puliéndose el curriculum, quedó en manos de los poderosos locales de ambos bandos, lo que permitió descubrir una cosa muy curiosa: Los grandes jefes moros de Narbona y alrededores y sus mesnadas, en realidad, no eran moros, sino visigodos que en vez de salir corriendo se habían limitado a cambiar de chaqueta, y, viendo que visigots i francs, cosins germans, se jugaron a los chinos quién ganaba y, como resultado, pasaron por la piedra a los cuatro moros de verdad que allí había y Pepino pudo tener la satisfacción de llevar su frontera hasta los Pirineos, el 759, nombrando condes francos a los mismos condes visigodos que antes habían sido condes moros, y dando enormes posesiones a la Iglesia, que de alguna manera había que pagar tantas unciones.

Naturalmente, a los moros de Córdoba la cosa les sentó muy mal, y durante un siglo estuvieron enviando razzias a por botín, aunque la primera piedra la tiraron los francos, que desde que comenzaron a asaltar Narbona se dedicaron a filtrarse hacia el sur, cada vez más.

Hemos pasado a uña de caballo por una serie de conceptos que más adelante convendrá precisar, pero, para tener una primera perspectiva, por el momento basta.

El invento del Branding
Como el juego de hoy cruzo yo la raya, mañana la cruzas tú, resultaba incómodo para una dinastía nueva de trinca que pretendía montar un Imperio ensanchando límites y no debilitándolos, los nuevos gobernantes descubrieron un truco: en aquellas fronteras en las que, al otro lado, tenían vecinos problemáticos y belicosos, decidieron ocupar un buen trozo de la tierra del vecino (sin intención de conquista general, por el momento) para hacer de tampón y así librar las batallas fronterizas en su tierra, la del vecino, y no en la del nuevo Reino unido y futuro Imperio, y así se inventaron las ‘marcas’, palabra germánica de origen muy remoto que, a través del latín, ha llegado a nuestros vernáculos como ‘marges’ y ‘márgenes’.

El mecanismo, durante siglos, fue sencillo: Se definía una marca de la frontera para allá y se enviaban incursiones; cuando el terreno empezaba a estar un tanto controlado y el rey consideraba que se podía fiar de alguien de su especial confianza para gobernar a todos los jefecillos de territorios, los condes, le nombraba gran jefe de la marca, o sea marqués, o, en germánico, margrave; cuando el marqués demostraba que la cosa estaba totalmente bajo control, se incorporaba el territorio, o bien al ducado anterior que tuviera el marqués, o si era un hombre nuevo, que diría un romano, se le hacía duque o lo que fuera de ese territorio que formaría parte ya del Imperio de pleno derecho.

Por este procedimiento en las fronteras con los otros pueblos germánicos, se crearon una docena de marcas que, poco a poco, se fueron convirtiendo en provincias del Imperio.

En el norte y el oeste se crearon las marcas de Normandía y de Bretaña, para controlar a esos celtas irreductibles que siguieron dando guerra desde Asterix hasta la actualidad y especialmente durante la Revolución Francesa; y la marca de Flandes, que aunque su duque fue uno de los doce pares de Francia que no mató Bernardo del Carpio, sea lo que sea lo que creen los imperialistas leoneses, acabó siendo un lugar tan problemático que hoy a Francia sólo le queda Dunkerke, y el resto es el Benelux.

Hacia la Galia Cisalpina y más allá se fueron creando, ganando y perdiendo, una quincena de marcas que hoy en día son, además de la Provenza, mayoritariamente regiones de Italia y fragmentos de Croacia, Eslovenia, Eslovaquia, Hungría y, prácticamente entera, Austria.

Un par de cuestiones quedan reflejadas inmediatamente: La primera es que todas esas áreas de fronteras conflictivas hace mil doscientos años lo siguieron siendo, en general, en los siglos siguientes, estando ahí el germen de la mayoría de conflictos europeos de nuestra historia, y que, aunque pareció que empezaron a resolverse en el siglo XIX, se prolongaron durante el siglo XX y hasta hoy, aportando cientos de guerras y cientos de millones de muertos. La segunda es que en ninguna de esas regiones citadas se recuerda diariamente que fueron una marca de origen franco: Ellos tendrán sus problemas de identidad, pero no tan graves como para tener que remontarse a más de mil años, como otros.

Nos queda por examinar la frontera sur: Los francos iban a gorrazos con los moros por la costa mediterránea – ya dejamos dicho que por la costa atlántica había unos oriundos de trato muy complejo que ni siquiera hablaban latín, y que se merecían una parrafada a parte –. Cuando tuvieron controlada la Septimania empezaron a empujar a los moros por todo los Pirineos, más por el este, que es donde resultaba más fácil. Como todo eso, incluyendo la Septimania y más aún, el Languedoc hasta el triángulo del Ródano, había formado parte del Reino Visigodo a este territorio le llamaron la Marca Gótica – si los godos eran del este o del oeste ya era cosa olvidada – Los visigodos septimanos – recordemos que ya habían cambiado de chaqueta un par de veces – cuando vieron que aquello estaba relativamente tranquilo, quisieron incorporarse al Reino Franco y no esperar a que sus parientes de los Pirineos asentaran la situación, y con más razones aún la gente del Languedoc, con lo que, absorbidos ya por el nuevo Imperio, quedó al margen la parte problemática, los Pirineos y de ahí para abajo, como una marca, que ya no era Gótica, la Marca Hispánica.

¿En qué consistía esa Marca Hispánica?

Se escribe Oaxaca pero se lee Guajaca
Las transcripciones fonéticas de palabras de otros idiomas siempre han sido un problema, porque las diferentes letras, en diferentes espacios y tiempos, han variado sus valores fonéticos. Es curioso que entre las pocas docenas de fragmentos auténticos que se conservan de los filósofos presocráticos se encuentren varios dedicados a comentar o bromear sobre las diferentes formas de pronunciar el griego (no el micénico ni el macedonio, el griego clásico) en las diferentes áreas culturales. Nos han quedado las veinticuatro letras canónicas, pero a costa de que se perdieran media docena o así de letras caídas en desuso y, a veces, resucitadas posteriormente por otras culturas posteriores.

La vieja beta quizá sonara originariamente como b, pero en todo caso fue derivando a v, sonido que al principio andaba confundido con la u y que los modernos transcriben como w aunque los antiguos la representaban con la ypsilon (pronúnciese como u francesa o ü alemana), de la que se derivaron las modernas v y u… El lío se complicó cuando del griego se pasó a los muchos alfabetos hijos de él.

Pero para nosotros, en este momento, nos basta ese enredo que nos encontramos en los textos latinos, en los que la v (que quizá valiera en su origen para lo que ahora transcribimos como w, es decir, algo así como la w del neerlandés, o sea, la original de Waterloo) valía tanto para v como para u. Y en nuestros tiempos, en que el sonido v sólo se conserva en el catalán de Valencia y las Baleares y en Valls, y en el portugués de casi todo el país – lo que para una recia mentalidad española viene a ser en ninguna parte – y se ha impuesto el sonido b para la v, las realidades, digamos si me permiten, antropológicas que se esconden mediante esos juegos de letras en el léxico actual, se nos escapan.

La cuestión es que los romanos, al llegar a la Hispania y a la Galia encontraron, en el fondo de la costa del Cantábrico una gente que hablaba muy raro y que no escribía ni en un alfabeto propio (como los iberos y otros ilustrados de la parte del Mare Nostrum) ni en ningún otro. Y les llamaron los Vascones. O sea, algo que sonaría como los Guascones y que los pendolistas antiguos y los lingüistas modernos escribirían Wascones. Eran mucha gente y quizá llegaran desde Ribadesella a Burdeos y, por los Pirineos, sin duda hasta el Aran y el Alto Pallars y quizá hasta Urg en Cerdanya o los límites de la diócesis del poderoso obispo del Urgell, hasta más o menos Nuria en la punta del Ripollés. Y por el interior de Francia, hasta, digamos, Tolosa; y por el interior de Hispania, hasta las dos orillas del Ebro, cogiendo la Rioja y hasta Zaragoza. Palmo más o menos.

Los romanos hicieron ahí lo mismo que en otras partes de los alrededores, con resultados divididos: En la Galia, donde los wascones andaban más mezclados con galos, les enseñaron latín a casi todos, y se llamaron guascones y luego gascones y hablaron gascón, que es la lengua en la que la Virgen de Lourdes habló a sus pastorcillos, con gran horror del cura que dejó muy claro que esa no era la Virgen de verdad, porque si lo hubiera sido hubiera hablado francés y no patois.

En la Hispania los wascones habían experimentado unas mezclas más variadas: En Cantabria con los celtas (cortos y largos) y en los Pirineos centrales y el Ebro medio con los iberos (los de Indíbil y Mandonio); pero parece ser que la sierra de la Demanda representó un frontera menos permeable y quedaron menos mezclados los wascones y celtíberos (los de Numancia). El hecho fue que allí donde hubo más mezcla los indígenas se sintieron más atraídos por aprender el latín (ya se sabe, donde se hablan dos idiomas es más fácil aprender un tercero), y así aparecieron en esos territorios diferentes lenguas romances, unas veces porque se impuso una lengua de fuera del área wascona, como el catalán (aunque en esas zonas mestizas se pronunciara a su manera), con lo que esa gente fueron catalanes.

Otras veces se generaron embriones de lenguas propias, como debió pasar en cada valle del alto Pirineo, y otra vez, la más exitosa, cuando los wascones menos mezclados del Ebro inventaron una lengua llena de sonoridades wasconas, vocales claras (nada de neutras) y chasquidos y silbidos variados (tx, tz, ts) que acabaron siendo esos sonidos castellanos que desesperan al foráneo, como la ch, la j o la z, o esos apellidos acabados en ez (etz, etxe, casa) que tanto caracterizan al país.

Rioja Alavesa

Como esa zona del Ebro, la Rioja Alta y la Rioja Alavesa en lenguaje vinícola, y aguas arriba por lo que hoy es ese juego de montes y enclaves de Burgos y Álava, era una comarca feraz, con buenos cultivos en general y en particular el vino que llevaron los romanos, los moros la defendieron con uñas y dientes, y para cuando fue cristiana se vio que en el mismo espacio, a partir de la misma habla original, sin duda, se habían inventado los embriones de dos idiomas: uno que desde San Millán se fue hacia el este, se mezcló con el habla de los que bajaban de los Pirineos y descendió por Aragón y las tierras churras de Valencia hasta ir a morir en Murcia, mezclado con los restos del valenciano, variante alicantina, de los huertanos, hasta convertirse en ese panocho del que se burlan los murcianos en su Bando de la Huerta. Una lágrima en memoria de la lengua aragonesa que a penas se guarda en los altos valles, mientras que sus antiguos hablantes pasaron a llamarse aragoneses, valencianos y murcianos, castellanohablantes.

Porque el otro idioma, en cambio, desde Valpuesta, a quince leguas de tres mil pasos al norte de San Millán, se fue al oeste, se expandió por Castilla, y luego por medio mundo, y se llamó castellano, y sus hablantes se llamaron castellanos, andaluces, nicaragüenses o filipinos… que hablaban castellano, hasta que llegaron los nacionalistas españoles y lo convirtieron en español para todos y empezaron a gallear para demostrar que su raíz es más española que la de cualquier otro (Cfr. el preámbulo del Estatuto de Autonomía de Castrilla y León)

Pero todo eso fueron historias posteriores. Estábamos con los wascones y nos quedaba por ver qué fue de los que no aprendieron latín, ni en la Galia ni en Hispania. Esos irreductibles tuvieron más éxito que los galos de Asterix, porque aguantaron hasta hoy, pero fue un éxito limitado porque cada aldea consideró que ellos eran sólo ellos, y los demás forasteros. En el siglo XX se generalizó la expresión zazpiak bat, para indicar que los siete territorios históricos euskaldunes eran un solo pueblo, pero no era eso lo que estaba en el alma de aquellos irreductibles sino algo más sencillo: políticamente sólo hay dos mundos: mi aldea y los otros. Juntando eso con la práctica de dividir a los individuos en dos categoría, los que hablamos euskera y los otros, que hablan erdera, se llegó a una fragmentación del idioma wascon en una colección de lenguas, más allá de los dialectos, que fragmentó a los wascones residuales que se mantuvieron en sus más escondidos valles.

Como muy bien han podido deducir de todo lo dicho, esos vascones son los que los demás llamamos vascos, basques, bascs o bascos, según los cuatro idiomas que les rondan, y que ellos mismos no se llamaban de ninguna manera, porque ya hemos visto que cada cual era, como mucho de su valle y para qué iban a tener un nombre genérico si cada uno de ellos ya tenía su nombre propio. Su idioma era estrictamente específico: tienen cientos de nombres para cientos de especies concretas de árbol, pero para decir el genérico ‘árbol’ deben recurrir a la moderna latiniparla: ‘arbola’. Cuando al querer expresar ideas contemporáneas hubo que crear palabras para nombrar a la gente, el país, la lengua, etc… se crearon neologismos a partir de la raíz con la que ellos se señalaban, aquella ‘wasc-’ de la que los romanos sacaron su wascones, y que para esos irreductibles se había convertido en ‘eusk-’ o ‘euzk-’, más o menos silbada.

La Parrafada a parte sobre el Embrollo Vasco
Ya antes de que en Hispania los visigodos montaran sus problemáticos ducados; los francos, por su parte, habían hecho otro tanto en su tierra. Concretamente, en el rincón suroeste del exágono, cuando echaron a los visigodos, montaron hacia el año 600 un macroducado que llegaba hasta Burdeos por el norte y hasta Tolosa por el este, al que llamaron, cómo no, Wasconia en latín y luego Vasconia, o Guasconia, o, para nosotros, Gascuña, en un afán de controlar a todos esos pueblos vascos y protovascos. Y aprovechando los enredos de los visigodos en Hispania, fueron incluyendo wascones hasta que allá por el 610 controlaban, mejor o peor, hasta Cantabria por el oeste y un buen trozo al sur de los Pirineos.

De todos ellos, la gente situada más al norte, más bien protovascos que vascos y más mezclados con galos, se adoptaron más fácilmente al nuevo régimen, por lo que, hacia el 660, se les incluyó en un ducado menos montaraz, Aquitania, que con los años acabaría ocupando media Francia y siendo medio origen de las dinastías normandas de Inglaterra.

En ese tiempo de uniones y desuniones llagó el momento clave en que aparecen, en todo el horizonte sur, los moros. Ya vimos el rigodón que se marcaron unos y otros por el este. Por el oeste la cosa tuvo la complicación complementaria de esa gente tan suya. Resultó que un duque franco, tan importante como para mandar los ducados de Vasconia y de Aquitania a la vez, un tal Eudes, vasco, hijo de Lobo (hijos de Lobo, los López), también duque de los dos ducados (estuvieron unidos del 710 al 740), descendiente de una retahíla de jefes vascos y gente importante de la Champaña, o sea, bien situado políticamente, había parado los pies a los moros que entraron por la Septimania cuando éstos quisieron ir hacia el oeste, a la altura más o menos de Castelnaudary, entre Tolosa y Carcasona, en el 721, y repitió la jugada en el 725 y en el 726. Podemos considerar que los potentes caçolets de la zona, rebosantes de cerdo, los mejores del midi, dejaron a los moros para el arrastre.

A continuación, Eudes se dedicó a ir a la greña con Carlos, el que sería el Martel, por los clásicos líos fronterizos de la época, y como no le iba bien la cosa, para buscar fuerza donde la hubiera y cubrirse la retaguardia, se alió con el conde moro de la Cerdaña (ya lo anticipamos hace un rato), hasta el punto de que casó con él a una hija suya. Al marido se le subió el poder a la cabeza y se creyó rey moro antes de tiempo, se independizó demasiado de Córdoba y provocó el desastre: el emir de Córdoba quiso tomarse la revancha de tanta tropelía y, visto como iban las cosas cuando pretendían ir por la que sería la A 61, de Narbona a Tolosa, pensó en ahorrarse ese tramo transversal y profundizar por los dos extremos: Por el oeste, los vascones fueron pillados por sorpresa y cuando quisieron darse cuenta los moros, desde Pamplona, ya se les habían colado por Roncesvalles (los vascos aprendieron y juraron que no les volvería a pasar una cosa así), y de esta manera los moros entraron arrasando hasta Burdeos.

Por el este, para ahorrase los problemas que tenían siempre en la Septimania y el Languedoc, aprovecharon la experiencia adquirida en el desembarco y conquista de Cerdeña, en el 710, por no hablar del paso del Estrecho el 711, y desembarcaron sus tropas en la Camarga. De hecho, las guerras internas de los iconoclastas, en aquellos tiempos, habían debilitado el Imperio Bizantino, que controlaba el Mediterráneo, y los moros habían aprovechado para echarse a navegar.

Desde la Camarga estaba chupado subir directamente por el Ródano, lo que hicieron hasta llegar a 800 kilómetros al norte de la Junquera, en el borde norte de la Borgoña, saqueando Sens, a 130 Km. de París. No hubo una conquista mora de París por el canto de un duro, pero no fue suerte sino estrategia: eran pocos e iban deprisa, porque lo que querían era distraer a las tropas francas y que no se dieran cuenta de la que les venía por el oeste.

Óleo del siglo XIX que representa la batalla de Poitiers de 732, pintado por Charles de Steuben.

Por el oeste, Eudes, que vio como le derrotaban en Burdeos y le saqueaban una a una todas sus grandes ciudades, tuvo que bajar la cabeza y hacer la paz con Carlos, el que sería el Martel, aceptando lo que éste quiso, que fue todo. Y así se juntaron y a los siete meses y tres semanas de comenzar la pinturera marcha mora en Pamplona, llegó la derrota, que ya hemos visto antes, de Moussay-la-Bataille, que unos llaman de Poitiers y otros de Tours. Nunca conseguí saber qué se hizo de los expedicionarios que saquearon Sens, en todo caso su intento de distracción, si no salvó a sus tropas del oeste, al menso sí sirvió para algo: le cogieron aún más el gusto a eso de desembarcar desde el mar y, además de aprovisionar la Septimania y sus aliados provenzales hasta que llegó el episodio del cambio de chaqueta que ya hemos contado, con el tiempo, aprovecharon para desembarcar y conquistar Cerdeña y desembarcar e intentar conquistar Sicilia, cosa que ya fue más complicada porque necesitaron setenta y cinco años, que los bizantinos se habían ido recuperando de sus disensiones internas. La moda siguió hasta que en Chipre y en Creta los bizantinos les pararon los pies. Para lo de los turcos y Lepanto aún faltaba mucho…

Volvemos al Cañamazo de Fondo
La pregunta que habíamos formulado era: ¿En qué consistía la Marca Hispánica?

Después de Poitiers (o de Tours, o…), los vencedores tuvieron que poner un poco de orden: Eudes, al que le había costado la torta un pan, abdicó en sus hijos, el Martel fue a por la Borgoña (quizá se cepilló allá a los expedicionarios del desembarco de la Camarga, ya dije que no sé qué les pasó, si alguien lo sabe que nos lo cuente), se las tuvo con algunos obispos y abades, y se peleó con los frisones, que le buscaron las cosquillas por Flandes. Luego siguió con sus enredos en Borgoña y Aquitania…

Mientras estaba tan entretenido, los moros de Narbona se entendieron con los señores de la Provenza, para evitar todos ellos que los francos bajaran por el Ródano en son de guerra. Siguieron las movidas de moros con cristianos y de cristianos con otros cristianos en los mismos sitios de siempre, aunque con un Kamasutra de combinaciones: se volvieron a aliar los moros de la Septimania con los provenzales y, esta vez, además los borgoñones contra los francos, y el Martel tuvo que volver a darles batalla y ocupó el Ródano y hasta Marsella. Se marchó, se volvieron a levantar, regresó, arrasó las ciudades de unos y otros y se robó todo lo que pudo pillar. Luego se fue a Alemania, contra los sajones. Volvió contra los moros y los provenzales…

Miniatura medieval de la coronación de Pepino el Txiki por parte del papa

Finalmente se murió y se formó el clásico enredo con su herencia. Y aprovechando las circunstancias, tuvo lugar la sublevación de vascones y aquitanos, de los bávaros, de los sajones, de los alamanes… Los hijos del Martel se multiplicaron para masacrar a unos y otros. Un hijo, Carlomán, abdicó en el 747 y todo el poder pasó al otro, el antes citado Pepino el Txiki, que se preparó para nuevas aventuras. Al poco, al sur de los Pirineos se produjo una hambruna que hizo que mucha gente, de toda clase, emprendiera, otra vez, el camino del norte. Aún se recordaba la que, en tiempos de Witiza y acompañada de una peste, complicó las cosas y a la que se le atribuyó que, detrás de ella, llegaran los moros. ¡Ah, las explicaciones económicas de la Historia…!

Y, por fin en el 751, Pepino en Txiki, con la bendición del Papa, tal como ya contamos, llega a ser rey en el lugar del último rey holgazán merovingio.

Arabian Nights
Por otra parte, en tierra de moros, los bereberes se rebelaron porque el Califa no les atendió cuando le dijeron que querían tener la misma cuota que los árabes al repartir el botín de las batallas, y que los árabes acabaran con esa tontería de destripar ovejas para hacer marroquinería fina con la piel de los fetos, que las ovejas eran suyas (de los bereberes). Los bereberes, profundamente cabreados, acabaron decidiendo independizarse de los califas, como veremos en unas líneas.

En realidad el Califato omeya se caía en pedazos. Abdul `Abbas al-Saffaḥ se levantó contra el califa. A comienzos del 750 le derrotó en una batalla donde murieron trescientos miembros de la familia Omeya. Al poco el califa fue apresado y linchado. Antes los ochenta miembros de la familia Omeya que quedaban en Damasco habían sido envenenados (eso de que las familias reinantes tienen cientos de príncipes no lo han inventado los modernos saudíes). Y así ese mismo año el Califato pasó a los abasíes, que se llevaron la capital a Bagdad.

Sólo se salvó un muchacho Omeya que maldijo al nuevo califa, huyó por el Magreb de donde era su madre, y, con la ayuda de sus parientes bereberes – que, de paso, decidieron no reconocer la autoridad civil y militar en el Magreb del nuevo autoproclamado califa – llegó en el 755, anticipándose proféticamente, en el verano a la Costa del Sol – donde encontró que el sitio no estaba mal pero que le faltaban palmeras – y, aprovechando que el emir oficial estaba peleándose con los árabes yemeníes que gobernaban Zaragoza y tenían ideas propias, y con los vascones que habían tomado Pamplona, y con un tal Alfonso, asturiano, (lo veremos enseguida) que le estaba tomando la Rioja mientras el emir, al mismo tiempo, intentaba pararle los pies en Galicia repoblándola con bereberes, se fue a Córdoba y al año siguiente ya se había hecho con el poder y comenzó a poner orden. Cinco mil kilómetros huyendo a uña de caballo por tierras inhóspitas entre guerras tribales, reuniendo un grupo de friends and family que le ayudaran a conquistar el extremo occidental del mundo. ¡Qué película!

Por cierto, los nuevos abasíes siguieron una idea de los últimos omeyas y se desentendieron de Occidente y se orientaron a la conquista de Asia central, idea que los chinos ya habían tenido antes. En el 751 chocaron los dos frentes. Ganaron los moros y perdieron los chinos, pero entraron los turcos en juego, lo que a la larga a los árabes les costó el Califato. Si no llega a ser por ese switch estratégico, al mozo Omeya, a sus parientes bereberes y quien sabe si a la Europa occidental les podía haber ido todo muy diferente. Por cierto, la maldición del joven Omeya se cumplió a los cuatro años y el califa murió, aunque quizá la culpa fue de unas viruelas.

“España es Asturias…
… y el resto, tierra conquistada”, enseñaban en otros tiempos.

Mientras por Europa y el Califato pasaban todas estas cosas, en el viejo ducado de Asturias, el duque Pelayo iba a pedradas con los moros por las montañas, igual que los viejos astures habían hecho con los romanos. Su hijo tomo el nombre de su abuelo, el duque Favila y, al morir su padre, heredó el mando. No se mencionan en los dos años que gobernó ni grandes alianzas ni grandes batallas; como los moros bastante ocupados estaban con todas las correrías por la Galia que hemos esbozado antes, se dedicó a la buena vida; lo más notable que se le recuerda es simplemente que se lo comió un oso. El país, a lo que se ve, era bastante primitivo.

Estatua de Don Pelayo en Covadonga, Asturias

Le sucedió su cuñado Alfonso, que, con más espíritu que él, aprovechó lo distraídos que estaban los moros para ocupar tierras en Galicia y en León y abrir un espacio hasta el Duero, espacio que, ante la imposibilidad de defenderlo, dejó vacío, llevándose a su población cristiana a la orilla del Cantábrico, protegidos al otro lado de los montes, creando un desierto defensivo, el glacis del Duero, que, aunque no era una marca, era eficaz, y recuperando una numerosa población laboriosa y endurecida como súbditos. De todas formas, prudente él, siguió teniendo su capital en las montañas, en Cangas de Onís y su centro espiritual en Covadonga, que la situación no era para echar cohetes.

No creo que realmente Pelayo se sintiera rey de nada, como mucho duque en apuros de Asturias, y sus compañeros de aventuras le reconocieron príncipe, o sea, el primero, el líder de la pandilla, el jefe de la banda, sin que a nadie se le ocurriera llamarle rey; probablemente hubiera parecido una guasa; de hecho su situación se parecía, más que a la de un rey merovingio de los que había un poco más allá, a la del Tempranillo. Tampoco creo que Favila tuviera demasiadas ínfulas reales: demasiado trabajo. Alfonso, al comienzo, se consideró duque de Cantabria, porque algo hizo por parar los pies a los duques vascones francos que por ahí se le colaban y es posible que, después de sus batallas exitosas a lo largo de varios cientos de kilómetros, especialmente después de conquistar un buen trozo de Galicia como tierra nueva que no era parte de su ducado hereditario, llegara a considerarse verdaderamente rey, al estilo de lo que hizo Jaume el Conqueridor al conquistar Valencia. Hablar del Reino de Asturias remontándolo a Covadonga es pura necesidad española de demostrar que ya antes de descender de la pata del Cid, había un embrión de Reino de todas las Españas, aunque ahora todos los que defienden esas cosas se ofendan si se les llama nacionalistas.

Y así, con todo lo anotado, llegamos al punto en que antes empezamos a divagar con la intención de entender cómo se pudo llegar a aquella situación; y ya con una base un poco más sólida en las diversas dimensiones del problema, estamos en condiciones de entender cómo se montó eso de la Marca Hispánica.

El momento clave fue en el entorno de ese año 750. En poco tiempo, como hemos visto, se pusieron en marcha en el Reino de los francos, en la Septimania, en Asturias, en los Pirineos y hasta en Damasco, en Samarkanda y en la China, los mecanismos que moverían los pulsos, los flujos y reflujos, de la península Ibérica durante siglos.

La soberbia autista de las élites (1)

La soberbia autista de las élites (2)

La soberbia autista de las élites (3)

La soberbia autista de las élites (4)

La soberbia autista de las élites (5)

La soberbia autista de las élites (6)

La soberbia autista de las élites (7)

La soberbia autista de las élites (8)

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