La selva del origen, viaje a Camerún

mejor amigo
Sergi Garcia amb un nen ‘baka’ (pigmeu). Foto: Mònica Queralt

Sergi Garcia
Galanthus

Las selvas son intrincadas, profundas, cargadas de una arcana poesía que apenas sabemos escandir, a pesar de que nuestros balbuceos como especie, nuestras raíces más hundidas, están ahí. Los olores y las voces selváticas, por supuesto los árboles, todos catedralicios, todos solemnes, conformaron nuestro primitivo paisaje olfativo, sonoro, visual. La selva nos acoge familiarmente. Llegar hasta ella no fue fácil, ni cómodo para el grupo que formó la expedición, tocó dormir mal desde nuestra llegada a Yaounde, la capital, situada más o menos en el centro-sur del país. A unos 800 km al sureste, en una especie de cuerno que limita a un lado con la República Centroafricana y al otro con el Congo, nos espera el Parque Nacional de Lobeke, que cuenta con una superficie que pudiera parecer enorme, más grande que la provincia de Guipúzcoa, pero que en realidad no es suficiente.

Un tercio del camino lo recorremos por un carretera asfaltada, el resto por una infame pista de tierra roja, bacheada, polvorienta, abierta por la industria maderera, que da acceso a lugares hasta hace poco inaccesibles. La naturaleza intocada cada vez está más lejos y al mismo tiempo más cerca. No a mucho tardar, la pista de tierra será asfaltada. Poco a poco atravesamos poblados compuestos de un puñado de sencillas casitas de madera y nos cruzamos con enormes camiones que transportan su pesada carga, unos troncos de dimensiones indescriptibles, cadáveres de árboles centenarios, expolio legal, autorizado, consentido. Circulan como con prisa, como si huyeran; a su paso levantan una gigantesca nube de polvo, espesa, asfixiante, que al sedimentarse, colorea de un rojo marciano la vegetación de los márgenes. Si los árboles respiran por las hojas estos se están ahogando. Nos detenemos en varias ocasiones, estiramos las piernas. En una vemos un camaleón, pretendía cruzar la pista, irse a otra parte. Toco una mimosa cuyas diminutas hojas se cierran púdicamente, tímidamente, al percibir el contacto. La mayoría de mimosas son americanas, no sería extraño que esta lo fuera, dado que la globalización y el trasiego de especies es un mal ecuménico.

Llegamos a Mambele ya de noche, puerta del parque, un poblado con unas calles acaso innecesariamente anchas; toca dormir en unos cobertizos de madera, sin agua corriente, sin luz, incomodidades a las que nos vamos acostumbrando. Nos rodea la selva. Por la mañana, nos da los buenos días el característico vuelo de una pareja de cálaos de casco negro (Ceratogymna atrata). La hembra parece que haya salido del Llongueras, con su luciente penacho de color ocre, pelirrojo. Los cálaos hacen su nido en agujeros de los árboles. La hembra se empareda con barro y solo deja una pequeña abertura por donde el macho la alimenta. En esa clausura nacen los pollitos, a salvo de los múltiples y variopintos depredadores en constante acecho.

El inicio del recorrido por el interior de la selva es excitante, la expectación es grande. Diez porteadores nos ayudan a llevar la impedimenta y los víveres, entre ellos varios pigmeos baka, que cargan lo más pesado, el agua para cuatro días. Nos adelantamos con el guía en cabeza. Al poco hace un alto en la estrecha senda para advertirnos de la peligrosidad de ciertas hormigas (entre otras, las temibles hormigas legionario, del género Dorylus), por su dolorosa mordedura, que alguno de nosotros acaba de experimentar. Cuando veáis atravesar el camino columnas de hormigas, tenéis que pasar rápido, ¡¡corriendo!!, nos explica en francés nuestro guía. Mientras tanto, los baka, con unos 40 kilos a la espalda cada uno, esperan sin rechistar, sumisamente, mudos como esclavos, a que el guía, un gigante bantú, acabe con su instrucción. Advertido por un guarda del parque, que también nos acompaña, les da paso, entonces les vemos avanzar con una agilidad y rapidez inverosímil, a pesar de la carga, hasta que se pierden engullidos por la selva.

La selva está hecha para que los animales nos observen a nosotros, no nosotros a ellos. Salvo en los claros del bosque, los bais, como los llaman los baka, que son herbazales desprovistos de árboles y en general de arbustos, incluso con algunas calvas absolutas, en la selva la fauna solo se oye. Los bais son formaciones naturales excepcionales en el contexto selvático. Son explosiones de luz, de lucidez, en el mundo sombrío, de sombra verde, de la selva. La gran concentración de sales hace que allí no pueda crecer la fronda y que los animales acudan a proveerse de ellas, dos circunstancias que favorecen la observación. En los bais pueden verse elefantes de selva, bongos, sitatungas, colobos, palomas forestales, loros grises y gorilas, entre otras muchas especies.

Los gorilas, hasta mediados del siglo XIX, para el conocimiento occidental, pertenecían al reino de la criptofauna. Se ignoraba su existencia salvo alguna vaga mención de algún marinero de la antigüedad, que acaso los confundiera con otra especie. Son animales corpulentos, forzudos, fenomenales. En Lobeke no están habituados, razón por la cual si se les busca, si se les acosa, se desvanecen, no como pasa con los gorilas de montaña de Ruanda, que casi los puedes tocar,  y como que su irrupción en los bais obedece única y exclusivamente a su voluntad, no hay nada seguro. Decidimos concentrar las esperas en el observatorio situado en la linde de un bais llamado Petite Savane. El observatorio es una destartalada cabaña, con dos estancias, ventanales y un balcón corrido que la rodea, puesta en alto mediante un armazón de maderos entrecruzados. Las esperas se hacen largas y más si hace calor. Cada día, antes de subir, encontramos huellas de elefante, de antílope y de gorila. Mientras esperamos vemos desde lo alto una mamba verde que ha mordido una rata. La serpiente, impávida, la observa, con la cabeza daleada, como si no hubiera sido ella la mordedora, mientras el veneno inoculado hace su implacable efecto. El último día, en el último momento, cuando era ya todo pensar en volver, un enorme macho, espalda plateada, de unos 20 años de edad, junto con una hembra, salen al claro. El observatorio es sacudido por un temblor generalizado. Llama la atención la diferencia de tamaño entre ellos y la displicente conducta del coloso. Parece que nos adivine, nos da la espalda, como molesto por la indiscreción que cometemos al asomarnos al reino que habita y guarda. Comen algo, beben, lamen la sal de la vida y tal como aparecen se van. De regreso al vehículo que nos devolverá a Mambele, por la senda, todo el rato, cada uno de nosotros, vamos pensando en la imagen de los gorilas en la hierba, que nos llegará a parecer ilusoria. Andando el camino, alguien tropieza, casi cae y el movimiento brusco alerta o asusta a un animal que emite un gruñido bárbaro, salvaje, estaba muy cerca del borde del camino, pero nadie lo ha visto. El guía y los guardas nos ordenan que paremos de inmediato. Es un gorila macho solitario, que nos observaba y no esperaba un movimiento tan brusco. Unas pisadas fuertes y el ruido de los matorrales que se abren denotan su alejamiento, entonces los guías nos piden celeridad: ¡¡allez, allez!!

Llegamos a Salapoumbe, un pueblo situado a unas decenas de kilómetros de Mambele. Vamos a visitar un asentamiento pigmeo baka. Los baka fueron nómadas, cazadores y recolectores. Ahora no sabríamos a ciencia cierta qué son, a tenor de lo que vemos. Unas chozas, como iglús de hojas entrelazadas, a medio hacer. Unos cánticos desarticulados. Unos bailes más inspirados por el alcohol que por la tradición y unos niños. No bailan, salvo uno, tienen una mirada alegre, salvo el que baila. Nos mira como debe de mirar Jengi, el espíritu de la selva, la desorbitante destrucción de su mundo, a manos de la codicia, el lujo y el bienestar de unos pocos. Agarro su mano, muy pequeña, fría, que se estremece, que se cierra, púdica, tímidamente.

 

 

 

 

 

2 pensaments a “La selva del origen, viaje a Camerún”

  1. Gracias Sergi….gracias por hacer que desde mi escritorio, con el pottatil y haciendo un descanso en un día lleno de “trabajo” me traslades casi sin darme cuenta al interior de tu relato, de vuestras experiencias que tantas he escuchado y he visto en fotografías. Un viaje que al leerte se me ha hecho tan cercano y que a la misma vez he vivido lejos geográficamente. Espero que todo vaya estupendamente. Un abrazo desde el sur 😉

  2. Estremecimiento. Gracias Sergi por poner palabras a este viaje; no es fácil. El Final, llaman al sudeste del Camerún. Un final que intentamos domar, mejor capturar haciendo gala de toda la violencia de la que somos capaces, como siempre hemos hecho. Un lujo haberlo compartido contigo.

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