La razón de la sinrazón

e-Mail desde Buenos Aires
Ana Larravide (*)

“Mi razón enflaquece y con razón me quejo de la vuestra fermosura”, desvariaba don Quijote.
La fermosura de Cristina Kirchner puede ser que perturbe a algunos (que mucho le sonríen). En otros, el trastorno lo provocan sus olímpicas sinrazones. Su gobierno alentó la confianza al levantar respetables banderas. Pero con ellas no alcanza a tapar desquicios inaceptables.

Como las madres de la isla de Bali –que según Margaret Mead y Gregory Bateson acariciaban un rato a sus hijos, los apartaban y cuando ellos volvían confiados los ignoraban–, esta administración practica el doble vínculo, puerta a la esquizofrenia.
Doble vínculo llamó Bateson a aquellas relaciones insanas: los niños concluían por negar su propia razón antes que dudar de sus buenas madres.
Cuando alguien en quien confiamos nos miente, una forma de ahorrarnos el disgusto es dudar de lo que percibimos.
Cuesta admitir el destrato; preferimos creer que nos equivocamos en nuestra sensación. “Ella me quiere, el que hago algo mal soy yo. Me quedaré quieto y no hablaré, así no me apartará.”
Pero al hablar con otros que perciben esas contradicciones despertamos: “Ah, ¡no soy loco! Es esta relación con chantajes afectivos lo que me vuelve loco.”

No es fácil darse cuenta ni es sencillo reaccionar, porque preferimos creer que vivimos en el mejor de los mundos posibles.
Como en el país de Alicia, aquí hay cosas que pretenden volverse chiquititas –la inflación, los delitos– y otras que crecen desmesuradamente –la deuda pública, la malversación.

Lewis Carroll inventó al melifluo Gato de Cheshire (“He visto muchos gatos sin sonrisa ¡pero una sonrisa sin gato! ¡Es la cosa más rara que he visto en mi vida!”, reflexionaba Alicia). En Buenos Aires hay una sonrisa sin vicepresidente. Cuando a Amado Boudou le preguntan por sus testaferros se desvanece por el aire. Hoy está en Holanda, ayer en París. Su sonrisa anda suelta.
Hay una reina que supone complots cuando la contradicen. Y un ministro que para justificar la crisis energética saca de la galera sentencias surrealistas dignas de la Liebre de Marzo: “Alguien debió bajar la palanca”, sugirió sin vergüenza después de los últimos tremendos apagones. Tal ministro tiene a su cargo un ministerio asignado hace diez años. Desde ese ministerio de Planificación Federal, Inversión Pública y Servicios, el arquitecto Julio de Vido ha debido planificar y servir. No lo hizo: la luz se apaga, los trenes chocan, los subsidios se pierden por el camino. Su palanca no mueve el mundo como la de Arquímedes. Resume el “yo no fui” con el que su administración responde a las catástrofes.

Los ciudadanos necesitan desmaravillizarse. No más cuentos. Pidieron “No nos mientan”. Ni sabios ni perfectos ni mejores que nadie, manifestaron su desacuerdo: con que se modifique la Constitución, con las cifras inciertas de la economía, con la degradación ética, con confundir pasión política con obsecuencia. Desacuerdo con que el Poder Ejecutivo presione al Poder Judicial, desacuerdo con la administración del presupuesto nacional, desacuerdo con la falta de previsiones económicas a largo plazo, con la falta de inversiones en vivir decentemente.
Mostraron sobre todo desacuerdo con la imposibilidad de mostrar de­sacuerdo.

Con todos los defectos que se le pueda encontrar, el llamado 8-N tuvo algo saludable: los murmullos del ámbito privado se manifestaron en público. Y en paz.

Los manifestantes no crearon un partido político nuevo ni escribieron sus bases. No saben –o no saben por el momento– proyectar soluciones. Pero lo que hicieron tuvo valor, valorizaron la racionalidad: “La presencia de otros que ven lo que vemos y oyen lo que oímos nos asegura de la realidad del mundo y de nosotros mismos”, ha escrito Hannah Arendt en La condición humana.

El pueblo constituye la nación junto con su territorio y su gobierno. Sin territorio no hay donde estar parados. Sin (buen) gobierno no hay protector del pueblo. Sin pueblo no hay nación. El pueblo que salió a caminar el 8 de noviembre no fue golpista. En carteles escritos a mano pedían afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad. El Preámbulo de la Constitución argentina consigna lo mismo.
El pueblo recordó sus juramentos a quienes votó esperanzadamente. Reclamó sus votos sobre los evangelios (en este país al asumir los cargos se jura sobre los evangelios con un solemne “Dios y la patria me lo demanden si así no lo hiciere”) a quienes democráticamente confió los asuntos públicos mientras ellos (el pueblo) cumplen labores más privadas, con las que ganan su manutención. Ganan también la de su presidente electa, la del vicepresidente que ella designó, la de sus gobernadores, sus ministros, sus jueces, sus parlamentarios, sus funcionarios.

Dios y la patria no tienen voz para demandar a nadie. Pero el pueblo puede hablar.

* Publicado en el semanario Brecha, de Montevideo (Uruguay).