La nueva desamortización

Dos siglos después, nuestro mundo vuelve a estar podrido por la deuda.

Dos siglos después, unas manos muertas que han tenido la habilidad para hacerse con una mayoría de activos pero que, cuando los han tenido en su poder, en vez de hacerlos trabajar para bien de todos, se los han quedado para sus propias especulaciones, bloquean sin piedad el futuro de todos nosotros.

Entonces fueron mayormente la Iglesia y sus órdenes religiosas quienes, habiéndose apropiado de una inmensidad de bienes inmuebles, se satisfacían meramente con el poder que suponía su propiedad. Ahora son los grandes fondos los que, controlando un porcentaje indecentemente alto (hay quien habla del 80% del total de los activos que rondan por los mercados) en vez de dedicarlos a la producción en la economía real, los dedican a la especulación que no sólo es improductiva sino que pone en graves peligros la vida económica y política de todos.

No hay que darle más vueltas. Hay que volver a hacer lo que ya se hizo: Hay que acabar con esas propiedades absolutas, absolutamente infames y envenenadas. Que se haga lo mejor posible, desde luego, pero que se haga. Que se haga mejor que lo que se hizo hace dos siglos, que medios mejores tenemos, pero que se haga.

¿Qué cómo se podría hacer? Hay mil maneras que se resumen en una: Todos los activos financieros de esas entidades se incautan a escala mundial, y se sustituyen por deuda perpetua garantizada por una autoridad mundial (el FMI, sin ir más lejos), que la remunera al 0,1 %, muy por encima, por cierto, de lo que se paga el dinero a corto hoy en día…

Que lo hagan los liberales, como entonces, o los coletudos de ahora, pero que se haga. Que se haga contra los hechiceros neoliberales y contra los caudillines neofranquistas; contra los de siempre y contra los herederos de los de siempre; y contra los cipayos, los paniaguados y los lameculos de los de siempre, pero que se haga.

Que se haga con el mínimo de efectos colaterales, que cuando se nos carga la mano tiramos el agua sucia con el crío, pero que se haga.

Que se haga antes de que se acaben nuestras chances y sean otros muy lejanos los que jueguen nuestra partida.

Es ésta una causa por la que, hoy, vale la pena partirse el pecho.