La justicia simiesca

Gorilas, orangutanes y chimpancés son las especies vivas más emparentadas con el ser humano. Foto: Eduard Durany
Gorilas, orangutanes y chimpancés son las especies vivas más emparentadas con el ser humano. Foto: Eduard Durany

Sergi Garcia
www.asgalanthus.org

Leemos en los medios que, según una investigación llevada a cabo por científicos de las universidades de Emory y Georgia (Atlanta, EEUU), los chimpancés tienen un sentido de la justicia similar al de los humanos. Justicia no entendida como la del chimpancé que trinca un millón de plátanos, no le pasa nada y encima es nombrado asesor del consejo de simios, ni tampoco como la de aquel al que se le cae una piel de uno de esos plátanos, otro resbala y le meten 7 años y un día, afortunadamente no, se trata de la justicia natural del reparto. No sería exagerado considerar el reparto justo un rasgo capital de nuestra primitiva conducta y una de las claves de nuestro éxito evolutivo. La justicia distributiva alentaba la cooperación y la cooperación significaba supervivencia. Cuanto más justo en este sentido era un individuo tanto mejor sería aceptado por el grupo y tanto más proclive sería al trabajo cooperativo, esencial para recolectar, cazar o defender un territorio común. Parece ser que el experimento que se ha llevado a cabo para comprobar si esta espléndida conducta se da también en los chimpancés (Pan troglodytes, Blumenbach 1776) ha consistido a que jueguen a Ultimátum. El juego pone a prueba a dos concursantes para conseguir un premio. Para coronar con éxito la prueba, el concursante B debe aceptar la oferta que le hace el concursante A y que es parte del premio; si B rechaza la oferta, ninguno de los dos obtiene nada. Sólo puede hacerse una oferta. En esa tesitura, en que de la colaboración depende el salir airoso, la oferta de A, ya sea A y B ser humano o chimpancé, suele ser generosa, casi siempre el 50 %. Lo que suele ocurrir en este juego en situaciones de dominancia o en que pueda darse un abuso de poder, es decir, cuando el éxito de la operación no depende del todo de la decisión de B, es que la oferta suele ser misérrima, aun a riesgo de ser inaceptable. En esas situaciones, el egoísmo pasa por encima del espíritu de cooperación.

Puntos en común con chimpancés no deberían sorprendernos, no en vano, compartimos más del 96% de su ADN, por tanto, es la especie viviente más próxima a nosotros. Como no podría ser de otro modo, es una animal inteligente. Se ha demostrado que es capaz de utilizar herramientas. Pueden sentir emociones muy similares a las nuestras. La estructura de las comunidades en que vive es dinámica, con vínculos familiares que pueden durar decenas de años; también es promiscuo y un tanto cabroncete, valga la expresión, ya que, a diferencia de otros primates próximos al ser humano, como orangutanes y gorilas, más amigables y pacíficos, puede desplegar una premeditada agresividad intraespecífica. Entre grupos vecinos, cuando se rompen las hostilidades, suele haber víctimas, principalmente crías y machos adultos. Esta agresividad hacia los jóvenes chimpancés puede hacerse extensiva a niños, por lo que en las actividades turísticas de naturaleza para ver chimpancés o para ver otras especies en lugares donde también hay chimpancés, se veta el acceso a los menores de 12 años. Cuentan, no sabemos si será cierto, que la premiada y admirada Jane Goodall, primatóloga de primer orden, protegía a su hijo de los chimpancés en una jaula, mientras que ella los observaba y estudiaba con detenimiento. El niño, cuando se hizo mayor, se alejo lo más que pudo de la especialidad materna.

El genial profesor estadounidense Noam Chomsky, en su faceta de lingüista, desarrolló una brillante teoría, a mediados del siglo XX, largamente matizada y reformada, en que, entre otras cuestiones, presuponía una facultad innata para el lenguaje oral y verbal en la especie humana, característica propia y genuina. Los detractores de la teoría siempre han mantenido que el lenguaje se aprende, como aprende un inteligente perro el ir a buscar el diario o las zapatillas de su amo. No es una cuestión menor. Es famoso el chimpancé bautizado con evidente mala baba como Nim Chimsky, que aprendió un centenar de palabras en lenguaje de signos. Sea como sea, si tienen un sentido de justicia primitivo, si son capaces de sentir como sentimos, de batallar, de amar… a los chimpancés solo les falta hablar, como Cipión y Berganza, y precisamente quizá sea eso lo que les falta para ser humanos, eso y mentir a lengua suelta.