La ilusión educativa

Josep Maria Cuenca
Escritor

Son muy numerosas las voces que, tanto hoy como en el pasado reciente, expresan y han expresado su espíritu crítico con la marcha de nuestra civilización profiriendo alguna modalidad de apología de la educación como el único sendero capaz de conducirnos a una reorientación decente y equilibrada de nuestra vida colectiva. Y aclaro, por si acaso: al decir aquí “educación” me refiero al conjunto del sistema de socialización formativa institucionalizado por el Estado bajo el capitalismo a través de diversos centros escolares, desde las guarderías hasta las universidades.

Están fuera de toda duda las buenas intenciones de las voces en cuestión, así como la validez genérica de la convicción que recorrer un periplo instructivo exigente y racional puede favorecer el surgimiento de una ciudadanía más libre y responsable. Sin embargo, y como casi siempre, las cosas son mucho más complicadas de lo que pretenden dar a entender afirmaciones abstractas enunciadas desde una sensatez demasiado difusa.

Las objeciones posibles a la apología educativa a la que aludo son muchas y de un peso muy considerable, casi aturdidor. El asunto, además, no es un fenómeno nuevo, contrariamente a lo que muy a menudo se piensa. Tras la irrupción del proyecto ilustrado previo a la Revolución Francesa y de los movimientos obreros a mediados del siglo XIX y su vinculación a teorías sociales emancipatorias (el socialismo y el anarquismo, sobre todo), la “apuesta” por la educación fue contundente y es fácil de comprender que así ocurriera. Se pensaba, en buena lógica, que la adquisición de ciertos conocimientos erosionaría la ignorancia y la superstición y llevaría con relativa rapidez a la conformación de una sociedad capaz no sólo de distinguir entre lo bueno y lo malo, sino también de actuar correctoramente siempre que lo segundo amenazara a lo primero. Dicho así, sonaba de maravilla. Pero tristemente, y al menos en los países económicamente más poderosos, el hecho es que tras décadas de universalización de la escolaridad y de su condición obligatoria hasta las puertas de la juventud de sus destinatarios, resulta indiscutible que las expectativas no han acabado ni de lejos por ser avalables en la realidad.

educacion_financieraEntre los diversos motivos que explicarían el fracaso redentor de la educación figuran dos que, además, son indisociables. Por una parte, la tendencia a aislar el ámbito educativo del resto de “secciones” de cualquier realidad comunitaria a la hora de confeccionar teorías sobre aquél; y, por otra, la deshonesta y arrogante sobrecarga de responsabilidad a la cual suele someterse la educación ante el naufragio o la disfunción del resto de instituciones sociales.

Quien crea que una buena parte de los males que nos afectan se deben sobre todo a la endeblez del sistema educativo está ignorando, consciente o inconscientemente y en cualquier caso de modo incauto, que la realidad humana no es un gigantesco archivador con varios cajones cuyos espacios están perfectamente compartimentados e incomunicados entre sí, sino más bien un gran cuarto trastero sin estantes. Si la metáfora “almacenista” no parece del todo afortunada, se me ocurre otro enunciado más socorrido cuya paternidad corresponde a Aristóteles: “El todo es mayor que la suma de sus partes”. Y es mayor porque constituye un sistema integrado, articulado y complejo.

La educación no puede progresar en modo alguno al margen de la mejoría de la economía y su legislación, de los helados de vainilla, del estado de las carreteras comarcales, de la calidad del cemento, de la comodidad de las sillas, de la programación televisiva, de la salud buco-dental… Quienes hemos pasado casi media vida en centros educativos enseñando alguna disciplina sabemos muy bien hasta qué punto el exterior de las aulas interfiere en el resultado de lo que se lleva a cabo dentro de ellas. Como docente, una y mil veces he compartido aflicción con mis colegas más cercanos al constatar lo ineficaz que resulta intentar convencer a nuestros alumnos de que la adquisición de una sólida formación general es la mejor vía para alcanzar en la etapa adulta una calidad de vida cívica y materialmente digna. Sugerir a los jóvenes que sus esfuerzos académicos serán recompensados por la sociedad es, hoy en día, un fraude radical e imperdonable. Así lo indica el doble destino mayoritario que les espera: o bien entrar en un mercado laboral caracterizado por la precariedad, la sumisión y la explotación (otro concepto fundamental para describir el mundo del que hace rato han dimitido las izquierdas realmente existentes), o bien habitar en la ansiedad del paro que aniquila física y moralmente a una generación tras otra.

También hay que tener en cuenta, por supuesto, las deficiencias y disfunciones digamos “endógenas” del ámbito educativo. Pero para ser debidamente rigurosos, al tratar el asunto habría que empezar por decir que, a pesar de las apariencias, no son ni mucho menos estrictamente endógenas. No hay en la faz de la tierra ni un sólo sistema educativo autónomo respecto al modelo económico con el que convive. De tan tremendo y decisivo condicionamiento no se libra ni tan siquiera la Finlandia pedagógica, a la cual tanta boba e indocumentada admiración se le profesa. La comprobación empírica de lo que digo es escandalosamente fácil de consumar, hasta el punto que incluso resulta tolerable para el más virtuoso de los holgazanes: basta con ver un par de películas de Aki Kaurismäki.

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Y en cuanto al tantas veces señalado escaso nivel general del profesorado, tengo para mí que haríamos bien en recordar cierta observación enunciada por Nietzsche que puede resumirse de este modo: en términos generales, la capacidad de los docentes es siempre directamente proporcional al nivel de sus alumnos. De manera que se trata, una vez más, de una cuestión social y no gremial, por así decirlo. Ya que la escuela más relevante para cualquier ser humano es la vida en su conjunto de experiencias y no el conjunto de recintos académicos que cada cual frecuenta antes de cumplir los treinta años.

Por lo demás, a mayor profundización en el tema, mayor complejidad e incremento de la incertidumbre, el asombro y la desesperación. Porque a lo dicho convendría añadir, entre muchas otras cosas, las dos siguientes: por una parte, la evidencia de que todo centro escolar privado o concertado es, sin excepción y en primera instancia, un negocio; y, por otra, la necesidad imperiosa (y hasta hoy incumplida) de distinguir con la máxima claridad posible entre cultura y conocimiento, es decir, entre la mera posesión de datos y la facultad de saber qué hacer con ellos.

2 pensaments a “La ilusión educativa”

  1. Benvolgut Pep, moltes gràcies pel teu comentari. Per descomptat, miraré amb molt d’interès els llocs webs que esmentes. I bé, només puc dir-te que estic completament d’acord amb tu amb el fet que l’únic enfocament operatiu i fecund del concepte “Educació” o bé respon a una radicalitat integral (per tant, extraescolar) o no va enlloc.

    Salutacions,

    Josep Maria Cuenca

  2. Benvolgut Josep M Cuenca, estic d’acord, de forma genèrica, amb el que dius a l’article i m’alegro de facis aquestes interessants reflexions. Gràcies.
    Hi puc afegir alguna cosa, l’educació ( a difrència de l’aprenentatge) és encara més intergral. Pot resula interessant recordar que fa més de 25 anys en Pasqual Maragall ja ho tenia clar i va promoure la ceració de l’Associació Internacional de Ciutatas Educadores que encara funciona i ho fa sota els principis de que l’entorn (familiar i de barri=ciutat) educa tant o més que l’escola. Dóna una ullada a la seva web: http://www.edcities.org/ca/
    Si t’interessen més reflexions sobre aquest tema, també et suggerixo una ullada al meu article “Ciudad educadora en libertad y ciudadanía” que pots trobar aquí:
    http://www.portella.cat/articles-per-temes/educacio
    Amb tota cordialitat,
    Pep.

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