La dinámica pulsante

La soberbia autista de las élites (10)
Bibliografía – La Rebelión de la masas

Miguel Aznar
Consultor

La Alta Edad Media, o sea, desde que llegaron los bárbaros hasta el año mil, vista un poco de lejos, es un avispero de zumbidos retumbantes y peligrosos aguijones al que da respeto, y mucha pereza, acercarse. Pero cuando te aproximas es una acumulación tal de aventuras y episodios que daría para una serie televisiva de acción desbordante, que durara más años que el Cuéntame, pero a capítulo diario. Y todos los capítulos, eso sí, puro sexo y violencia: apasionantes.

La Plena Edad Media, digamos del 1000 al 1250 (ya veremos el porqué de la fecha), ya es una cosa más ordenada, que daría para unos cuantos tomos también apasionantes, pero mucho más serios. Eso ya parecería un libro de Historia y no un tebeo del Guerrero del Antifaz. El desarrollo de todo tipo que apareció en esa época no se presta a la narración tipo rosario de batallitas y exige una metodología seria y concienzuda.

La Baja Edad Media, digamos desde el 1250 hasta la toma de Constantinopla por allá y la de Granada y el descubrimiento de América por acá, es una período de transición, con todas las semillas del Renacimiento, hacia la modernidad y es el momento en que empiezan a cuajar todos esos caldos que se cocieron durante siglos para generar los ranchos de los que se alimentó la Europa moderna.

Ser capaz de escribir una buena y detallada historia de todo. Eso es uno de esos sueños locos, como ser director de orquesta o campeón de ajedrez, que a veces le vienen a uno a la cabeza, pero sólo para reírnos al momento de la barbaridad. Situémonos: Estábamos en el tema de las masas y las élites, preparándonos para comentar las ideas de Ortega, y precisábamos, en mi opinión, de un cañamazo sobre el que poder montar el punto de cruz de nuestro pensador. Para ello proponía yo llegarnos a los Trastámara y coger ahí las raíces del asunto. Para desbrozar esas raíces he querido comenzar mostrando el avispero primigenio que generó las dinámicas clave, que he situado en torno al 750, para comprender por qué las cosas fueron como fueron. Pero debo andarme con tiento. A Homero se le perdona que, aun sin remontarse ab ovo, gastara 15.000 versos para narrar la cólera de Aquiles; se le perdona porque hizo una obra maestra, que si no ni nos hubiéramos enterado. No debo, ni ¡ay! puedo, intentar seguir ese ritmo.

A partir de ese punto umbilical de las dinámicas de la Alta Edad Media hispana, nos limitaremos a señalar lo que podríamos llamar los pulsos de la Historia.

La Ciencia es una

Un maestro grande y olvidado (tanto que no tiene ni siquiera una entrada en la Wikipedia), Joaquín Febrer, astrónomo con una cráter de la Luna y un asteroide que llevan su nombre, decía cuando nos desesperábamos al ver que, por ejemplo, para resolver un problema de física usaba un teorema de geometría: “Hijito, recuérdalo siempre: la ciencia es una”.

Pienso a veces que quizá yo abuso un poco de este principio, con lo que me gano que me atribuyan el pecado de mezclar churras con merinas. Pero, corriendo ese riesgo, quiero hablarles de una ciencia en la que, allá por los años sesenta, muchos confiábamos mucho: Se trata de la Teoría de la Conducción Optimal de Sistemas, que dicho de forma más sintética pero más equívoca, podría ser la Cibernética.

Por aquellas fechas la pandilla de amigos que acabamos la carrera de ingeniero, nos dispersamos por el mundo – Francia, USA., Chile… – para seguir los postgrados más inverosímiles. Cuando durante el verano regresábamos comprobábamos una cosa muy curiosa: Todos nos dedicábamos a cosas muy diferentes: Informática, Hidráulica, Economía… incluso uno estaba en Houston tratando de ajustar dos satélites en el espacio. Pero todos usábamos aplicaciones de esta misma ciencia. Durante las vacaciones nos dábamos mutuamente clases en un seminario sobre el tema. Por cierto que como usábamos el catalán el libro compendio se publicó en catalán; yo fui el responsable de la edición. Por aquellos días un debutante Adolfo Suárez se burló en París Match del catalán definiéndolo como un idioma de estar por casa:

¿Alguien se imagina un libro científico escrito en catalán? ¡Ja, ja, ja!

Le envié un ejemplar a la Moncloa. Muy poco después fue la primera manifestación millonaria pidiendo Llibertat, Amnistia i Estatut d’Autonomia. El slogan que más se repitió fue: Suárez, cabró, som una nació. Él se lo había buscado.

Revenons à nos moutons: Esa misma ciencia sirve para explicar cómo se mueven todos los ‘sistemas’. En el complejo sistema neuro-hormonal humano explica los ritmos circadianos y ultradianos, que regulan desde el descanso y la atención hasta la creatividad y los ataques de creixença. Si consideramos la Historia como un sistema que evoluciona según las fuerzas que operan sobre las gentes estudiadas, nos encontraremos que un conjunto suficientemente grande de tensiones de unos y otros segmentos, cada uno produciendo impactos con su propio ritmo y evolución, acaba generando un movimiento rítmico propio del conjunto de este sistema. Esa es la explicación de porqué la Historia, como todo lo que evoluciona en este mundo, avanza no continuamente sino por pulsaciones.

Las Fuerzas sobre el Tablero en el 750

Recopilando lo anotado hasta ahora: En ese año de gracia del 750 hemos encontrado:

La China, que presionaba por Mongolia en dirección oeste.

Los bereberes del Magreb que protestaban contra los árabes.

Los califas, que se desinteresaban de Occidente – la lejana Europa –, para interesarse por el Turkestán – el Asia central –.

Los turcos que, entre dos fuegos, tienen que tomar partido; y que, a la larga, se lo cobrarán.

El crecimiento de poder de los Abasíes y el decrecimiento de los Omeyas

La creación de un núcleo de poder de origen omeya en Occidente, desconectado del Califato y, en consecuencia, incapaz de alcanzar la fuerza y volumen para conquistar el caldero merovingio y, a continuación, la Europa occidental.

El Imperio Bizantino, en medio de la tenaza Califato – Europa, con sus propios pulsos y con su dinámica interna, bizantina, de putrefacción endógena.

El caldero merovingio, cociendo caldos muy potentes en su interior y con tensiones fronterizas expansivas por todos sus frentes. En ese momento se comienza a constituir como embrión de un Imperio cuya vanguardia expansiva estará en sus fronteras europeas y para el que el mundo musulmán ya no será un peligro, por lo que su frontera suroccidental será principalmente un tampón defensivo (primera vez que se toma la decisión estratégica de considerar que África empieza en los Pirineos).

Esa frontera tiene dos extremos muy diferentes: el mediterráneo, área especialmente romanizada, con tradicional compadreo de pueblos y religiones, y el atlántico, área especialmente alérgica a la romanización y a los pactos, cuyos habitantes van contra todos.

El flequillo cantábrico de la península, con pueblos aislados, agazapados y acumulando gentes y energías detrás de sus montes.

La aparición de hambrunas (que más adelante se verán complementadas por plagas).

El uso novedoso en Occidente de la desertización y despoblación estratégicas, como armas de guerra.

¡Hagan juego!

El escenario de la Marca Hispánica

Los francos necesitaban asegurarse de que los moros no les volvieran a crear problemas y presionaron con fuerza por todos los Pirineos para crear la Marca Hispánica.

Los moros, debilitados por sus disensiones y relajado el impulso del Califato, ceden terreno, pero la concentración de fuerzas del nuevo Emirato omeya de Córdoba les permite estabilizar las acometidas por los Pirineos y defenderse de las correrías de los grupos del Cantábrico.

Para entender cómo fue la cosa en el país pirenaico hay que plantearse simultáneamente paisaje y paisanaje:

El paisaje, y esto es muy importante tenerlo en cuenta, es muy diferente visto desde el norte o visto desde el sur: Desde allá la tierra es razonablemente plana y baja, hasta que, de repente, aparecen unos montes enormes, como una muralla.

Desde aquí no se ve una muralla, sino una sucesión de valles que se adentran entre los montes, a veces muy muy profundos, que van subiendo hasta collados desde los que se ve un gran trozo de Francia, lejos, hacia el norte. Los dos extremos, oriental y occidental, están razonablemente abiertos, cada uno a su manera, pero el gran bloque central tiene pasos escasos y muy duros. El más razonable hacia el oeste es Roncesvalles, y le falta poco para llegar a los 950 metros. A una distancia similar del mar, pero por el lado este, el Coll d’Ares pasa de los 1.500. En medio, Somport, a 1.650 es un lujo, porque para pasar subiendo por la Noguera Pallaresa (y bajando por la Garona) hay que llegar a los 1.860 del Pla de Beret y son cien kilómetros de paseo, subiendo y bajando mil metros de desnivel, y si quieres ahorrarte un tercio del camino, por la Bonaigua, tendrás que subir hasta los 2.070, con nieves –entonces más que ahora– durante medio año. Más hacia el este, por el Puymorens, hay que subir a más de 1.900 metros, para ahorrarte el largo safari por las in illo tempore selvas alpinas de la Alta Cerdaña y el Conflent, por el Pla de la Perxa o el Coll de Jardó, que era un lío por donde no valía la pena meterse, total para ahorrarse trescientos metros de desnivel.

Mapa de la Marca Hispánica, Navarra y Vasconia en 806

Reconstruyan el mapa: Por el extremo mediterráneo, el norte y el sur se funden en un terreno amable de pastors i sirenes y habitado por gentes romanizadas y que practican un cierto compadreo de pueblos y religiones. Por el extremo atlántico, el norte y el sur también se funden en un terreno mucho más amable que la gente, que sólo habla wascón, y es especialmente alérgica a la romanización y a los pactos, y cuyos habitantes van contra todos y no quieren tratos con forasteros. Por el centro, simplemente, no se pasa, al menos masivamente: los diferentes puertos son meras sendas de contrabandistas.

La geografía marca la estrategia: La presión de los francos es más eficaz en el este, donde se mueven en un entorno más conocido y más cómodo. En el oeste, relativamente accesible, intentan concretar la presión recomponiendo los viejos esquemas (nombrar un conde vascón) que mantenían con los indígenas. El centro hay que tratarlo de lejos y con pinzas: Puedes enviar a un vascón de confianza con el título de conde a que se haga cargo de un valle del otro lado, pero pueden pasar años antes de que te enteres de cómo fue la cosa y de si es ‘tu’ conde o se ha asilvestrado y es un jefe de bandoleros, que es lo que le pasó al conde de Foix con un pariente mío.

En realidad, para redondear la imagen y avanzándonos unos cuantos años, el momento en que la Marca Hispánica más se pudo parecer a aquella primer idea defensiva carolingia fue hacia el año 812 en que, conquistada y afianzada, en lo que cabía, Barcelona, los condes vascones habían llegado hasta, palmo más o menos, Miranda de Ebro y se había conseguido un cierto control de las faldas de los Pirineos centrales. La cosa, así en plan de mar a mar, no dio más de sí.

Cualquiera de las dos docenas de marcas que se crearon por aquellos siglos tenía una estructura más sencilla, geográfica y humanamente, que ese proyecto de Marca Hispánica que se adivinaba, desde Cantabria al Mediterráneo, controlando Pamplona, Huesca, Zaragoza, Lérida, Gerona y Barcelona, que hubiera podido dar tranquilidad al Imperio. Y por eso la cosa fue como fue.

Duques, Marqueses y Condes

Hasta ahora hemos visto pasar por la historia a los duques, al frente de los ducados. El título les venía del latín dux, que era algo así como gobernador militar, y acabaron gobernando tanta tierra que algunos se hicieron la ilusión de proclamarse reyes. También hemos hablado de los marqueses, gobernadores de marcas, lo que implicaba que tenían que currarse el título con especial dedicación. Pero ni unos ni otros tuvieron especial protagonismo en la Marca Hispánica, que prácticamente nunca estuvo (bajo el dominio de los reyes francos) tan unida y estabilizada como para tener un marqués de verdad y mucho menos un duque con todas las de la ley. Lo más que se aproximó a ese concepto fueron los títulos primitivos que se usaron en los dos extremos: Duques de Vasconia por allá y Duques de Gotia por aquí (Wifredo el Peludo, su padre, su hijo y hasta su nieto, fueron los últimos en usarlo, y lo usaron poco), cuando aún era un magma político difuso el espacio a ambos lados de los Pirineos. Pero lo de ‘conde’ dio mucho más juego.

Para los romanos, un ‘comes’ era uno que acompañaba al emperador; quizá su intención era sólo hacer la pelota, pero los emperadores listos se los llevaban con ellos de recaderos, para encargarles las cosas más diversas (’cometidos’, ‘comisiones’…). Entre los visigodos estos encargos podían ser de tipo doméstico, pero con el tiempo se trató especialmente de gobernar comarcas (pagus en latín, pagos en el castellano olvidado) problemáticas.

El encargo de gobernar un pagus lo daba, en principio, el rey o alguien que tuviera delegada la autoridad real, o sea, un duque o un marqués. En el caso de los Pirineos y sus aledaños, durante un período de inestabilidades en que el poder estaba en discusión entre reyes y stewards, y entre sus hijos, y entre los duques importantes del entorno, el título de conde de algún pago podía ser un regalo envenenado y llevar al fiel vasallo a la gloria o al cadalso, o simplemente a la muerte en batalla o al destierro. Este encargo era temporal, hasta que el que lo nombró tuviera una mejor idea y le cambiara el encargo o le acumulara otros. Por ese sistema, por ejemplo, el famoso Wifredo el Peludo comenzó siendo Conde del Urgell y de la Cerdaña, luego le añadieron Barcelona y Gerona porque su titular, Bernat, un franco muy bien relacionado y que ejercía de duque o marqués, vaya usted a saber, de toda la Gotia, metió la pata y el Peludo, aun siendo godo, de los que pasaron al norte, resultaba más de fiar; y luego de Osona y al final también del Conflent. De hecho, desde ese año 750 del que estábamos hablando, por poner un principio, hasta que murió el Peludo, ese baile de condes estuvo gobernado por los reyes y duques francos, que le dieron mucha marcha a la danza.

Así Empezó Todo

Entender cómo fue el baile de los condes en el origen de la Marca Hispánica es entender cómo funcionó España en los mil doscientos años siguientes:

Igual que la decisión de los Omeyas de ir a por el Asia central y limitar sus inversiones del lado de los bereberes levantiscos y de los francos correosos, fue capital para la evolución del mundo, la decisión de los reyes francos de ir a por Europa y minimizar sus esfuerzos en los Pirineos, considerando que ahí empezaba África, tierra de moros, y con poner un tampón bastaba, marcó la historia de lo que sería España.

La operación tampón comenzó al estilo clásico: Unos ejércitos relativamente numerosos llevan a cabo unas correrías profundas, se ocupan comarcas, se nombran condes, se les encarga mantener la situación y el gran jefe con el gran ejército se vuelve a su tierra a seguir con su rutina contra todos los demás enemigos internos y externos.

En la zona más oriental, que hemos calificado de un terreno amable y habitado por gentes romanizadas y que practicaban un cierto compadreo de pueblos y religiones, la cosa resultó fácil: amiguetes francos o visigodos o mestizos de ambos del lado norte, o recuperados locales, valen para condes de la zona romanizada, lo que acabará creando un núcleo amplio y potente de relaciones políticas, con los condados, en perpetuo proceso de disgregación y soldadura, del Rosellón, del Conflent, de Berga, de Besalú, de Ampurias, de Gerona, de Osona y de Barcelona. Cierto que de vez en cuando los godos se volvían demasiado independientes y se aliaban con los moros para ir contra los francos, entonces el rey franco nombraba un conde franco, que a su vez era rechazado por los godos o simplemente prefería a otro rey franco. Fue un tiempo movido pero, con este túrmix, el país, en general, se homogenizó y se ligó como una mayonesa.

Pero en la zona vascona, que recordemos que por los Pirineos comenzaba muy al este, la única forma de dejar designado a alguien que pudiera mandar era nombrar a un conde local al que entendieran cuando abría la boca. Y así resultó que fueron vascones pirenaicos los primeros condes, controlados más o menos desde Tolosa, del Pallars, de la Ribagorza, del Sobrarbe y de Aragón. Más para acá, en terreno un tanto neutro, estaban los condados del Urgell y la Cerdaña, medio vascones medio romanizados, que tuvieron condes de las dos estirpes, aunque acabaron absorbidos por la gran masa política de los condados orientales.

Más al oeste ya se situaba el terreno de los vascones del viejo ducado de Vasconia (en la versión que fuera), donde, hemos dicho, el terreno era mucho más amable que la gente, que sólo hablaba wascón, y era especialmente alérgica a la romanización y a los pactos, y cuyos habitantes iban contra todos y no querían tratos con forasteros. Allí la Marca Hispánica se intentó constituir sobre el viejo esquema del control desde el lado francés, lo que dio lugar a cuatro tipologías políticas: los condes – o lo que fueran –más próximos a los duques francos, bajo control de éstos, los más alejados hacia el Pirineo central, que en seguida que conquistaron Pamplona se proclamaron reyes, los más occidentales, que por no querer depender de los sedicentes reyes de Pamplona se aliaron con los sedicentes reyes de la meseta, y, en cuarto lugar, en el centro del mogollón, en un laberinto indescriptible de valles y riscos, lo que los tres grupos políticos que les rodeaban y que reclamaban ser sus señores, llamaban, simplemente, los bandoleros guipuzcoanos.

Naturalmente, en este gradiente pirenaico de condados vascones a romanizados, con jefecillos de valle que se proclamaban reyes, se conquistaron los unos a los otros a placer, hasta que la situación se coaguló en dos entidades que separaban los reyes francos de los reinos mesetarios y de los moros: el conglomerado catalano-pirenaico que acabaría siendo la Corona de Aragón, y el Reino de Navarra, que, por aquellas cosas de las políticas internas de los reyes francos, acabaría unido al condado de Champagne, heredero del ducado nacido de la vieja Austrasia, lo que dio origen a la desaparición guadianesca del Reino de Navarra de los libros de Historia de España con que nos deseducaron, desde la aventura de las cadenas de Miramamolín en las Navas de Tolosa, en 1.212, hasta la conquista de Fernando el Católico. Y también dio lugar a que los reyes de Francia añadieran a su título ‘…y de Navarra’, expresión que no comprenden el común de los españoles ni de los franceses, que lo toman como un dicho gracioso.

Y de todo eso, hasta hoy, en lo básico, ya todo fue de bajada.

Una confesión

Debo reconocer que yo me lío con mucha facilidad sobre todas esas viejas historias pirenaicas. Verán: En los años cuarenta a los tiernos infantes se nos deseducaba con unos textos bárbaros sobre España, su historia y su destino, cargados de vaguedades y tonterías anticientíficas, que pretendían que saliéramos no sólo ignorantes, sino también nacionalistas españoles fanáticos y embrutecidos.

La expulsión de los moriscos (1894), de Gabriel Puig Roda

Según ellos España ya estaba ahí, con todas sus virtudes, antes de los romanos, cuando Indíbil y Mandonio, Viriato y Numancia… Visigodos y Romanos nos enseñaron lo bien que se estaba todos juntos y cristianos. Los moros traicioneros nos quisieron desviar de nuestro destino en lo universal, pero don Pelayo nos puso de pie. Carlomagno, que era muy ambicioso, montó la Marca Hispánica en Cataluña, lo que bien mirado podría explicar por qué esa gente a veces es tan rara, pero afortunadamente los españoles (¿y por qué no Bernardo del Carpio y sus leoneses? al fin y al cabo alguien tuvo que ser) le dieron p’al pelo en Roncesvalles y se tuvo que ir con el rabo entre piernas. Luego echamos a los moros (¡bien!), y a los judíos (¡¡bien!!) y a los moriscos (¡¡¡bien!!!), y quemamos en la hoguera a los moros y judíos que se habían quedado emboscados, y a los herejes y protestantes que quisieron llevarnos por las vías del pecado. Castilla, mediante Isabel la Católica, inventó España y descubrió América. Carlos V y Felipe II fueron los mayores reyes de la Historia Mundial, y si el mundo habla mal de nosotros es porque la negra envidia que nos tienen les hizo inventar la leyenda negra. En los últimos tiempos, a los traidores, que siempre los hubo: afrancesados, liberales, rojos, masones y separatistas, se les fusiló siempre que se les pudo pillar, y el paradigma de tanto patriotismo fue el Caudillo. ¡Arriba España!

Hacia los comienzos de tanta necedad estaba la época que hemos contemplado en las líneas de atrás: ¿Cómo se explicaban los orígenes de Aragón y Navarra? Se trataba de territorios ‘sanos’, aunque secundarios, dentro de la España española, por lo que no podía atribuirse su nacimiento ni a emperadores gabachos ni a vascos, siempre dudosos. Pues bien, se trataba de plantear que surgieron una especie de don-Pelayines de segunda división, que algo hicieron, pero cuyos sucesores enseguida se tuvieron que enganchar al carro triunfal de Castilla. Un Pelayín de dudoso origen, un tal Iñigo Arista inventó Navarra. Otro Pelayín de aún más dudoso origen inventó Aragón, y al parecer, era un tátara-tátara-abuelo mío. La frase mágica del libro, que recuerdo con absoluta fidelidad, era: “Dícese de un caudillo llamado Aznar…”. En ese punto la clase aullaba y me miraba.

Todos los que de críos fueron a las escuela francesas, en París, en el Congo o en Tahití, estudiaron en la primer línea de la Historia de Francia: “Nos ancêtres les Gaulois…”, lo que recitado por un negrito africano o un aceitunado polinesio tenía gracia… Aquí, el origen de Aragón estaba en un caudillo, de segunda división eso sí, llamado Aznar, tan mitológico, al parecer, como Gárgoris o Curro Jiménez.

Y yo me pregunté ¿De verdad existió? ¿Quién fue? ¿De dónde salió…? En casa se decía que los Aznar churros de Segorbe habían venido hacía siglos de Aragón, pero allá ‘Aragón’ significaba la punta de abajo de Teruel, y el del libro de Historia estaba de la punta de arriba de Huesca. ¿Y, antes, de dónde? Durante cincuenta años, cuando tenía ocasión, hurgaba en los libros o papeles que encontraba para averiguar de donde salió ese supersemental que llenó de aznares el país, desde los Pirineos hasta Murcia.

Descubrí bastantes cosas curiosas, que ahora no vienen a cuento, pero lo más significativo fue que aquello del ‘dícese’ era una pura exhibición de españolidad castellana, que, como dijo su poeta, se caracteriza por despreciar cuanto ignora. Y que la ignorancia de los autores de aquel panfleto se hubiera subsanado si en vez de tomar notas de cuatro textos propagandísticos de historiadores nacionalistas españoles patrioteros hubieran consultado las crónicas y documentos de los reyes merovingios e incluso la de los árabes andalusís, que venían a contar, mejor y con más detalle, lo que yo les he contado en lo párrafos anteriores.

El resultado de todo eso es que, como les dije, yo siempre me enrollo con este tema, y a ustedes les suelto unos sermones inacabables…

Eso con que los patrioteros se llenan la boca: La Reconquista

Volvamos otra vez a nuestro punto clave: el año 750.

Al principio, las fuerzas oscilantes del Reino franco, según sus guerras internas y su orientación a la expansión por Europa, presionaron por los Pirineos. En el flequillo cantábrico, como dijimos, los cántabros y astures, guiados por los viejos duques visigodos de Asturias y Cantabria y sus herederos, iban a pedradas con los invasores, igual entonces, dijimos, con los moros como antes con los romanos. Las fuerza moras, según sus oscilaciones por sus guerras internas y por la llegada del nuevo liderazgo árabe-bereber del ya no tan joven Omeya, se resistían contra los incordios del Cantábrico y los belicosos de los Pirineos. Podemos hablar de ping-pong o de chiclé que se estira y se encoje…

Asedio carolingio de Barcelona (800-801)

Por ejemplo:

En medio de esos discretos tira y afloja, el jefe moro de Barcelona, Suleyman ibn al-Arabi (el que Katherine Neville, en su novela El Ocho, publicada el ’88, dice que agradeció a Carlomagno su ayuda contra los “vascos pirineos” que mataron a su más amado soldado, Hruoland, regalándole un ajedrez), montó un lío: El mozo Omeya se había declarado independiente del Califa de Bagdad en el 773, pero de ahí a controlar Al Andalus había un trecho y el jefe moro de Zaragoza, Ḥusayn ibn Yaḥya al-Ansar, muy baturro, no lo aceptó y el 774 se declaró emir legítimo en nombre del Califato abasí. Visto el panorama, comentó con sus colegas de Huesca (que, por cierto, entonces se llamaba Wasca: wascones hasta en la sopa) y de Barcelona la posibilidad de negociar con Carlomagno para parar los pies al Omeya. El 777, el barcelonés, soberanista avant la lettre, se fue a ver al emperador a Renania Westfalia, donde ya entonces se montaban celebraciones políticas, que ya es poner voluntad en el asunto, y le dijo al emperador, hablando por los tres, que antes suyos que del de Córdoba, sin referéndum ni nada.

Carlomagno tenía lo que en management se llama una ‘visión’ muy clara sobre dónde quería ir a parar y cómo iba a ser el camino hasta llegar ahí. ‘Dónde’ era a reunir un imperio que rehiciera el viejo Imperio Romano más las tierras de los pueblos germánicos. ‘Cómo’ era igual que en el viejo chiste (¿cómo te comerías un elefante?), a bocados, uno después de otro. La energía, para él, era inagotable: dicen que decía que la esperanza es el sueño de los que están despiertos.

La oferta, en principio, le gustó: Si la cosa salía bien, ponía en Zaragoza un duque que se encargara de incorporar Hispania a su imperio. Pero había que ir de manera convincente: Fue a negociar acompañado de dos ejércitos para decantar la decisión. Unos fueron por el oeste, atravesando Roncesvalles por las buenas, como habían hecho los moros en el 732 cuando iban a saquear Burdeos y acabaron corridos a gorrazos en Poitiers, pero esta vez de norte a sur. Otros fueron por los caminos más trillados del este, hacia Barcelona, y allí se juntaron amigablemente con los moros (mezclados de visigodos) locales, ahora amigos y aliados, y se fueron a ver al de Zaragoza.

Husayn el baturro se lo había repensado y dijo que había un malentendido, que la Virgen del Pilar decía que no quería ser francesa, y que no les dejaba entrar en su pueblo. El 778, Carlomagno le asedió, pero la cosa iba para largo y tuvo que volverse porque se le habían sublevado los sajones. Con el cabreo se llevó a Suleyman y más gente de rehenes y arrasó Pamplona, cosas ambas que irritaron a los moros y a los vascos, de manera que cuando volvió a pasar por Roncesvalles (era ya la tercera vez que a los lugareños les tomaban por el pito del sereno) le estaban esperando y se montó una canción de gesta. El baturro Husayn acabó cargándose al barcelonés Suleyman, por enredón, el 780, pero al año siguiente, el 781, tuvo que someterse al mozo Omeya, ya no tan mozo, que aquel año cumplió los cincuenta.

Para Carlomagno ese 778 no fue un buen año. Después de esta aventura, a la vista del paisaje y el paisanaje, decidió que África, tierra de moros, empezaba en los Pirineos y que en esa frontera, con colocar una buena marca defensiva (la idea china de construir una muralla ya tenía mil años, pero aún no había llegado a Europa. De Adriano no se acordaba nadie) había suficiente. Quizá la mayor alegría de ese año fue que le nació un hijo, Luis, para la posteridad, según quien lo mire, el Meapilas o el Bonachón (o el Pijo, que cada cual traduce como puede) que continuaría el juego.

Este es un ejemplo bastante completo de cómo en muy poco tiempo hubo una pulsación gigantesca, flujo y reflujo, que movió tropas y onduló fronteras arriba y abajo.

Que quan un estiri, l’altre arronsi

Evidentemente, las sucesivas pulsaciones tuvieron sus impulsos:

Abderramán, el que nunca perdió una batalla, el ya no mozo pero aún no viejo Omeya, murió el 788, con lo que el chiclé peninsular se aflojó a favor de los cristianos.

Su hijo, de madre visigoda, que había que seguir equilibrando, Hixem, cuando controló la situación, se limitó a hacer pequeñas guerras santas a los infieles del norte, hasta que se pilló los dedos. Al morir, el 796, dejó la herencia a su hijo Alhakem, el Borracho (o, al menos, así le llamaban en la mezquita), y así dejó cabreados sus otros dos hijos, que montaron sus correspondientes guerras, lo que aprovecharon para rebelarse los bereberes insatisfechos y los cristianos del interior dirigidos por sus caciques godos. Los godos integrados, como los Banu Qasi, descendientes del conde godo de la Rioja (un tal Casio, que igual fue un hispanoromano reconvertido a conde godo), que fue de los primeros conversos, se hicieron con el valle del Ebro; no estaba muy claro si para el emir o para ellos.

El cura del monólogo de Capri decía “que quan un estiri, l’altre arronsi”. Ese, y viceversa, era el mecanismo de aquel chiclé: Carlomagno, en vista de las circunstancias, toma la iniciativa. Aquel hijo que tuvo el año de Roncesvalles, Luis el Meapilas (o el Pijo, o…) ya en edad de merecer, empujó hacia el sur, porque su padre estaba ocupado haciendo que lo coronaran emperador. Esto pasó el 800, y el 801 fue la toma de Barcelona (esta vez de verdad), defendida por godos comprensivos. Unos años después, los vascones, en su tierra, con el apoyo del Meapilas –al que su padre le había encomendado que vigilara el cortijo por esa frontera, que esa gente era muy suya– se aseguraron el terreno hasta el Ebro. Por cierto que, escarmentado por lo que le pasó a su padre, cuando quiso volver a pasar, de vuelta a casa, por Roncesvalles – y ya era la cuarta vez que buscaban las cosquillas a los vascones de aquellos parajes – tomó como rehenes a las mujeres y los hijos de todos los vascones importantes de la comarca, y no los solté, ya en la cara norte, hasta que estuvieron bien lejos de las montañas. Los asturianos, por su parte, aprovechando la ola, llegaron hasta Lisboa.

Alhakem buscó mercenarios por todas partes, e intentó parar el chaparrón con tropas cristianas y hasta con tropas ‘eslavas’ (que originariamente eran unas mesnadas mercenarias que se traspasaban unos reyes a otros, formadas por desechos de tienta de vikingos derrotados y esclavos de las estepas rusas comprados en su día por los bizantinos) que le servían de guardia pretoriana, por lo que finalmente llegó a un acuerdo con Carlomagno: Tú, del Llobregat para allá, y yo, para acá. Hay que recordar que eso fue antes de las colonias textiles y las tomas de agua para Barcelona, con lo que el Llobregat era un poco más río que ahora; y, sobre todo, que el delta, enorme, eran unas marismas palúdicas (duraron tanto que yo llegué a conocer los últimos reductos) que no se pasaban así como así. De hecho, para cruzar el río había que remontarse hasta el puente romano de Martorell, o arriesgarse a cruzar con el ferry de Sant Andreu, que desde la Edad Media se llamaba ‘de la Barca’. El camí del mig, vadeando entre las marismas era una senda de aventureros y contrabandistas.

Y así fue como se quedaron Cornellà para el conde de Barcelona, y Sant Boi, que entonces se llamaba Alcalá, con el castillo en esa colinita sobre el río que se ve tan simpática y donde desde hace medio siglo hay un hotel, para el emir de Córdoba. Se acabó la energía de esta pulsación, y esa frontera se estabilizó, más o menos, durante un par de siglos, o tres.

Estatua de Abderramán II en Murcia
Bermudo I

Iznogud, el que quiso ser Califa en vez del Califa

Luego, a la muerte del emperador, ya con Luis el Meapilas (o el Pijo) al mando, los líos intestinos del Imperio, en los que se enredaron los condes de la Marca, generaron un ‘arronsa’ que el nuevo emir, Abderraman II, que era un perfecto organizador del gobierno y extraordinario muñidor de impuestos y de botines, aprovechó para empujar a los aragoneses, vascones, cántabros y astures y saquearles a fondo. Para completar el panorama, arrasó a los vikingos que le entraron por el Guadalquivir y tuvo docenas de concubinas y un centenar mal contado de hijos. ¡Allah es grande!

Pero sus sucesores anduvieron a la gresca interna con los moros y cristianos levantiscos (bereberes, sirios, yemeníes, godos cristianos, godos conversos, parientes…), de forma que ni pudieron arrasar a los cristianos del norte, ni estos tenían fuerza para ampliar claramente sus fronteras. Y así siguió la cosa hasta que el 912 llegó Abderraman III, tan mestizo ya de godos y hasta de vascones que se tenía que teñir la barba de negro para parecer árabe, bon vivant y tolerante pero con muy mala baba cuando le daba la luna, que reinó cincuenta años, se proclamó califa, se construyó Medina Azara y llevó a Al Andalus a su máximo esplendor.

¿Cómo fue que, con tanto poder, no acabó con los cristianos del norte? Porque, además de ellos, tenía que ocuparse de la continua disgregación interior – que combatió haciendo picadillo sistemáticamente su Reino – y preocuparse ahora, además, de otro califato – éste chií – que le hacía la competencia desde el norte de África, los fatimíes, que, como vieron que por el oeste su colega califa se lo ponía duro, fueron a por las tierras del otro califa del este, el abasí, y se quedaron con Egipto, Siria y alrededores. Otra vez el juego de si me aprietan por el este me voy al oeste, y viceversa.

De hecho, con la frontera oriental estabilizada en el Llobregat y los condados (o reinos) pirenaicos encogidos y frenados por los godos musulmanes Banu Qasi que controlaban el valle del Ebro, los que se habían dado un homenaje habían sido los asturianos, que entre el 856 y el 866 se habían hecho con el espacio entre León y Oporto, y luego, subiendo por el Duero, para el año 900 ya tenían Zamora y todo el norte del río.

Abderraman tuvo la habilidad – y la cortesía, que estaba emparentado con ellos – de no buscarse problemas con los reyes de León y de Navarra, ni tampoco con los nobles que le mantenían la situación al pie de los Pirineos y el Llobregat. Y cuando los leoneses se le quisieron subir a las barbas, se revolvió sin demasiado furor, y finalmente se estableció un statu quo que consistía en que más o menos todos estaban en su sitio, pero enviaban expediciones de pillaje cortas y rápidas: una forma de comercio, a lo vikingo, que era eficaz pero poco, hasta el punto que el conde de Barcelona le envió una propuesta para no hacer así el idiota y montar negocios comerciales, que él detrás tenía Europa y la cosa podía ser rentable. La pela es la pela.

Por otra parte, como era fuerte y empezaba a tener mucha experiencia, y en el fondo era pariente de todos, se le consideró el decano del Gotha y toda la realeza peninsular iba a presentarle sus quejas contra sus familiares y vecinos. Fue desmesurado en todo y, para redondear el retrato, incorporó a la vida intelectual y cortesana a aquellos hijos de Abraham que vimos en su momento, que siempre habían rondado por ahí, pero que a partir de entonces tuvieron un especial papel en la ya vieja Hispania.

El Verdadero Terror del Final del Milenio

A su muerte, el 961, se vio que el saldo de esa pulsación fue dejar las fronteras más o menos como estaban, aunque con ganancias para los leoneses.

Los setenta años siguientes fueron de descomposición del califato, y aunque los Reinos cristianos tuvieron que soportar las razias de Almanzor, steward del califa Hixem (cargo conseguido por influencia de su amante, la madre del califa, que era vascona y había conseguido tener descendencia disfrazándose de hombre, porque el anterior califa era homosexual y no se emocionaba con su voluptuoso harén), que en España hizo real el pánico de los milenaristas, se mantuvieron las fronteras con los vascones del Reino de Pamplona y con los condes de la Marca, ya reducida a los condados catalanes. Los leoneses, en cambio, que con Almanzor tuvieron que retroceder otra vez hasta el Duero, fueron ganando terreno hasta llegar, simplificando, hasta lo que los madrileños llaman ‘la Sierra’.

Los catalanes, también sacaron algo de todo eso: Después de pedir la ayuda que les era debida por sus reyes y señores, los últimos carolingios y el primer capeto, para defenderse de los horrores de Almanzor, y no recibirla, consideraron rota la relación feudal con ellos, y no les reconocieron ninguna soberanía. Un contrato es un contrato y se cumple, y si lo que está en juego es el país entero, con más razón. Cuando nos pedisteis que fuéramos a ayudaros, fuimos, y a parte de la leyenda de las barres de sang no sacamos nada. Cuando nosotros os pedimos ayuda no nos la disteis. Ya no sois nuestros reyes y señores. Punto.

El califato fue de mal en peor: más de una docena de califas (algunos sólo lo fueron durante unos días), puestos y depuestos por árabes, bereberes y mercenarios eslavos, unas veces con la ayuda de las tropas del conde de Castilla y otras, con la ayuda de las tropas del conde de Barcelona… Naturalmente, en este panorama el país se fue disgregando, en las primeras tres décadas del siglo XI, prefigurando las taifas que vendrían a continuación.

Cuando todo finalmente reventó en taifas, y cada alguacil de pueblo se proclamó rey moro, con palacio, corte, harén, y ejército para joder al vecino, la frontera bajó hacia el sur por el oeste, pero sin llegar a ocupar el Tajo. Los cristianos descubrieron que, en vez de conquistar tierras ocupadas por gente muy problemática y con mucha experiencia en matarse unos a otros, era más rentable ayudar alternativamente a unos y otros y cobrar parias de vasallaje a todos. Castilla cobraba parias a Zaragoza, León a Toledo, Galicia a Badajoz y Sevilla… y las taifas menores pagaban a quien tenía fuerza para exigírselas.

Bermudo I

El Triángulo de los Bermudos

Releyendo lo escrito descubro que por proximidad emocional o porque los enredos castellano-leoneses me producen pereza, la descripción somera que pretendía dibujar a partir de ese mítico 750 queda pobre por el lado de la meseta. Creo que se puede completar con un bosquejo de la historia de los tres Bermudos, nombre regio que no fue especialmente apreciado por sus sucesores, que no se lo ponen a sus niños en esas larguísimas retahílas onomásticas con que les obsequian. Representan un ciclo y cada uno de ellos muestra claramente el estilo de la época

En ese tan citado 750 nació Bermudo I, el Diácono, que confirma el modelo antes citado, siendo hijo de Fruela de Cantabria, rey de Asturias, y, para celebrar que, como ya hemos anotado, los tiempos iban cambiando, fue el primero que se llevó una coronación como Dios manda. Lo eligieron los nobles de León porque el rey que tenían, Mauregato, hijo bastardo de Alfonso I y de una mora de la morería, no les parecía digno de figurar en una futura lista de reyes cristianos.

Bermudo II, el Gotoso, que se murió cuando se estaba acabando el primer milenio. Fue proclamado rey también por los nobles, gallegos y portugueses esta vez, y anduvo a la greña con el rey fetén, Ramiro III, hasta que este se murió y nadie tuvo ya cuajo para nombrar a otro para seguir la guerra civil.

Bermudo III, el Mozo, fue el último rey de la dinastía astur-leonesa, o sea, los descendientes de don Pelayo. Murió de cuarenta lanzadas en los bajos que le propinaron en una batalla idiota en la que se metió atravesando el Pisuerga, que era la frontera del condado de Castilla, por unas tierras, que decía que eran suyas mientras que el conde Fernando, que era su cuñado, decía que eran la dote que le tocaba a su mujer, Sancha, que era la hermana del rey. Total, que al morir sin hijos le heredó precisamente su hermana Sancha, que harta de líos se las cedió a su marido que, a lo que se ve, iba a por todas, y que para resolver esa cuestión de familia se había hecho acompañar del rey García de Navarra y, claro está, de sus huestes. Y así se acabó la simiente (vía machos) de don Pelayo, en el año 37 del siglo XI.

La Vuelta de la Tortilla

A lo largo de ese siglo XI, la cosa se desmadró. El pulso entre un norte fuerte y vital y un sur socialmente degenerado podía acabar en un cataclismo. Cuando el siglo se iba acabando, Alfonso VI de Castilla conquistó la taifa de Toledo, que formaba parte del espinazo (el centro, de este a oeste) de Al Andalus y la incorporó a su reino; y el Cid, que reconocía a Alfonso como su señor, conquistó Valencia y, aunque cristiano, ejerció de rey moro, o sea, de rey de esa taifa mora.

Con ese panorama – de hecho, a partir de este momento la supremacía pasó de los moros a los cristianos – es decir, con el país a punto de ser cortado en dos – Toledo se podía unir a Valencia, y quedarían encerradas las taifas del Valle del Ebro, que Alfonso ya tenía un ojo en ellas – los reyes moros de Andalucía y Extremadura llamaron en auxilio del Islam a los almorávides, que eran un especie de frailes guerreros del Magreb, donde habían parado los pies al Califato fatimí y habían montado su propio sistema, que cuando eres un creyente suficientemente fanático no necesitas ni papas ni califas.

Ahí llegó el momento del reflujo: Vinieron los frailes soldados a hacer su guerra santa. El Cid les hizo frente en Valencia y, entre Quart de Poblet y el arroyo de Favara (no la de Vicenteta, otra), les hizo sufrir su primera derrota. Pero vinieron más: vieron que, en realidad, Al Andalus era muy relajada y poco devota, se rezaba poco y se bebía mucho, los cristianos y los judíos hacían lo que les daba la gana … Abreviando, se sacudieron a los reyes moros, montaron aquí una sucursal de su imperio y, después de hacerse con Valencia, que el Cid se había muerto y Alfonso VI dijo a la viuda que había que salir tarifando, aseguraron la conexión con el valle del Ebro e intentaron la reconquista de Toledo.

No lo lograron por poco, pero dicen que de entonces viene aquello de

Vinieron los sarracenos
y nos molieron a palos,
que Dios ayuda a los malos
cuando son más que los buenos.

Dos son Compañía…

Y aquí pasó un fenómeno que, a veces, se da en los sistemas cuando dos subsistemas generadores de tensiones se debilitan simultáneamente:

Alfonso VI

Por una parte, el fervor religioso patriótico de los almorávides, cuando llegaron al poder, les duró sólo una generación – se ve que, en el fondo, eran de buena pasta, no como otros – Y por la otra, el dinámico Alfonso VI se murió en 1109, que ya andaba por los 70 y había llevado una vida muy ajetreada.

Este Alfonso tenía sus delirios de grandeza y, al viejo estilo leonés (herencia de Asturias), se consideraba heredero de lo que fueron los godos y aún mas, de lo que hubieran podido llegar a ser si no hubieran sido lo que fueron, por lo que se había autoproclamado, como sus abuelos, emperador de los godos, y luego, ya puestos, de España Toda y de las Dos Religiones… La gente le recuerda porque es el malo de la novela del Cid, por aquello de Vellido Dolfos y el juramento, pero lo más curiosos es que un par de cosas que hizo han durado hasta hoy.

Veamos una: Cuando se trató de ver si el reino de los vascones, con su rey de cuerpo presente –y el que debía ser el heredero, un crío– se lo quedaba él o el rey de Aragón, decidieron repartírselo, de manera que Vizcaya, Guipúzcoa, Álava y ese trozo de Burgos que se retuerce con Álava donde vimos que se inventó el castellano, se lo quedó él, y el resto, el de Aragón, con lo que cuando el devenir de la Historia hizo que se volvieran a separar Aragón y Navarra, ésta resurgió amputada de los cuatro territorios vascones que se fueron para Castilla. Y así, separados, con sus más y sus menos al respecto, hasta la actual Constitución.

Veamos la otra: Cuando se encontró que dos yernos que tenía, hijos segundones de los duques de Borgoña que habían venido cuando Alfonso pidió una guerra santa contra los moros que hacían su propia guerra santa contra él, y que acabaron dando el braguetazo, estaban negociando cómo se iban a repartir su herencia cuando aconteciera el hecho biológico, intentó fastidiarles partiendo en dos el territorio que hasta entonces gobernaba uno de ellos: Para ti, Galicia hasta el Miño; para ti, del Miño para abajo, Portugal. Y así, también con sus más y sus menos, Portugal separado hasta hoy. Por cierto, que lo de los delirios de grandeza también lo heredó el yerno borgoñón que le heredó Galicia y se tituló: Emperador de Galicia Toda.

La cuestión fue que, muerto este Alfonso y gobernando su hija Urraca, que su marido borgoñón murió antes de disfrutar la dote, se formó el avispero esperable, especialmente porque la tal Urraca era de armas tomar (la llamaban ‘la Temeraria’) y decidió no sólo gobernar con su propia mano, sino casarse con quien quisiera (y lo hizo con el rey de Aragón) y tener hijos con quien le diera la gana (que fue con un conde de a pie, con gran rabieta de todos), con lo que los moros y los portugueses (que a la chita callando iban a la suya con el otro borgoñón y, cuando se murió, con su mujer, la hermana de Urraca, mucho más discreta pero que se tituló ‘reina’, y luego con su hijo, otro Alfonso, que esperaba su momento) disfrutaron de una relativa tranquilidad.

Todo esto por una parte, y por la otra, la degradación endógena de los almorávides, llevaron a un impasse en el centro de la península.

Aunque no fue así en el este, donde otro Alfonso, esta vez el I de Aragón, para el 1120, ya había tomado el relevo y primero conquistó Zaragoza y el valle del Ebro – pero no de Mequinenza para abajo – y luego montó una expedición que recorrió Andalucía, tomando botín y captando cristianos que quisieran ir a repoblarlo.

Con todo esto, el hundimiento almorávide hizo reaparecer otra vez las taifas, sólo que esta vez a penas duraron un suspiro: algunas sólo unos meses, otras dos o tres años, cinco o siete como mucho… Porque resultó que en Marruecos, donde habían visto que el fundamentalismo religiosos era rentable, unas tribus bereberes con iniciativa que vivían en esas montañas tan chulas que se ven desde Marrakech, a lo lejos, mirando hacia el sur, aprovechando una vieja idea chií, la del Mahdi, el líder carismático (militar, por supuesto) que surge de repente, habían lanzado un versión 2.0 del fundamentalismo, y ahora se llamaban almohades.

Tres son multitud

Los pulsos a dos – moros y cristianos – daban lugar a flujos y reflujos. Pero entre los intentos de los almohades de controlar imperialmente todo Al Andalus y los de los reinos cristianos de expandirse hacia el sur, apareció un tercero en discordia: la taifa de Murcia, gobernada por un sujeto especial, Mohamed ibn Martínez, alías el Lobo – sobrenombre que siglos después volvería a aparecer en la zona, aplicado a un pescador astuto que inscribió en el Registro todos los arenales de La Manga del Mar Menor (zona marítimo terrestre hasta entonces) a su nombre y así hizo la fortuna de su descendencia y las de los cientos de abogados que intervinieron en los sucesivos pleitos derivados de la usurpación.

Este Martínez –Mardanis pronunciado a lo moro– era el heredero de una aristocrática familia de conversos especializados en guerrear donde hiciera falta (lo de godos y vascones ya empezaba a quedar un tanto lejano), y él mismo, en el desbarajuste de las taifas, llegó a controlar todo levante, hasta Murcia y, por el interior, hasta la sierra de Segura, zona con ciervos y bosques vírgenes, donde nacen el Guadalquivir y el Segura, en la que convergen La Mancha, Jaén y Murcia, donde se crió Jorge Manrique, y que incomprensiblemente los españoles en general desconocen.

Se montó una residencia de lujo en la punta de la peña de Monteagudo, con vistas sobre toda la huerta de Murcia, donde andando el tiempo fue a instalarse una estatua del Sagrado Corazón que vigila el uso final del agua del trasvase del Tajo. Pero la disfrutó poco porque defender todos esos espacios del magma bélico del momento supuso un esfuerzo gigantesco, que planteo mantener pagando parias y fees por la ayuda de tropas mercenarias a todos los que tenía a mano: Cataluña, Aragón, Castilla, Génova, Pisa y jefes moros varios. Cuando aparecieron en el horizonte los almohades les hizo la competencia, e intentó conquistar Andalucía entera, hacia 1.160.

Pero mientras, en Castilla, muerto pero no olvidado el grandilocuente Alfonso VI, y muerta su hija Urraca, la de los grandes enredos, subió al trono a sus veintiún añitos, en 1.126, su nieto Alfonso VII, aún más chulo que su abuelo, al que se le recuerda como El Emperador, que tampoco tuvo bastante con ser emperador de León, de forma que sus parientes y amigos, para celebrar sus treinta años, le montaron una surprise party.

Surprise Party

Este chico Alfonso, el leonés, quería ser importante y hacer el papel de patriarca en la vieja Hispania, algo así como el que en su día hizo Abderrman III. Le hacía ilu ser emperador, y esta área de Europa, en aquel momento, era un hervidero de pulsiones secretas por debajo de una aparente tranquilidad.

Por aquellos días, el cirio más monumental lo había formado el Espíritu Santo, que al morirse el Papa Honorio II no se mostró lo suficientemente claro: La mayoría reforzada de cardenales, con la aquiescencia de la mayoría reforzadísima de la población romana, votaron a un miembro de una muy conspicua familia, apoyada por los vikingos sicilianos, los Pierleone – à ne pas confondre con otra familia de sonido y apoyos similares – que se hizo llamar Anacleto II y fue coronado en San Pedro; pero otra familia importante que consideraba que su nombre los predestinaba, los Papareschi, decidieron impugnar los votos de la Paráclita Paloma, nombraron su papa, que se hizo llamar Inocencio II, lo coronaron a hurtadillas en una iglesia que les venía de paso y salieron zumbando hacia Francia, en busca de apoyos sólidos.

Ya en Francia, el nada inocente Inocencio echó mano de todas sus relaciones, incluido el núcleo duro de los recién fundados templarios, y consiguió montar media docena de concilios y sínodos, en plan mítines de primarias, que no tenían más finalidad que defender su candidatura (recibiendo juramentos de lealtad de los obispos) en la guerra que preparaba para conquistar el papado. Cuando tuvo los obispos fue a por los reyes, que al fin y al cabo eran los que manejaban más mesnadas, y se hizo con los avales de los reyes de Francia (que se lo cobró en apoyo de los cruzados a su posición de líder), de Inglaterra (que se lo cobró en apoyo a su situación, hijo del invasor normando Guillermo y padre de dos docenas de bastardos), de Alemania (que hizo que lo coronara emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en Roma, en 1.133) y de León, que como pintaba muy poco en todo aquello, todo lo que sacó fue la promesa de que ya le enviaría a un propio si un día se proclamaba emperador de la segunda división.

Y con eso y un bizcocho, en 1135 le montaron al joven Alfonso una surprise party todos sus parientes y amigos. El rey de Aragón, Ramiro el Monje, que hacía una año había salido del convento para engendrar un hijo y pasar el reino al heredero para volver al claustro, estaba de uñas con Alfonso que tenía la pretensión de que la Zaragoza mora fuera navarra y no aragonesa, pero no quiso hacer un feo y envió a un representante de poca categoría con un detallito, porque quería vivir en paz. El rey de Navarra, García, que hacía un año se había separado de Aragón y al que Alfonso le reconocía como suyo el valle del Ebro y no se lo acababa de creer, fue de punta en blanco. El conde de Barcelona, Ramón Berenguer, que era su cuñado (su hermana Berenguela se había casado con Alfonso y habían celebrado el acontecimiento inventando una nueva diversión: las corridas de toros) y que maquinaba más ideas matrimoniales para ganar poder y espacios (de hecho, un par de años después se desposó con la hija del monje Ramiro, que tenía un año, y se hizo cargo del gobierno de Aragón para que el rey pudiera volver a su vida contemplativa) no se perdió la fiesta.

Más rácano fue el Conde de Portugal, Alfonso el hijo del borgoñón, que se excusó, aunque educadamente porque quería mantener la tranquilidad mientras se preparaba para independizarse. Se apuntaron cuando pasaron lista unos cuantos reyes moros a los que les prometieron que habría croquetas, que, tal como estaban las cosas, querían tranquilidad y buenos alimentos; y también algunos condes de Occitania, que vivían en su maravillosos mundo de paz, cultura y trovadores, que hay que recordar además que el Conde de Barcelona lo era también de Carcasona, y su hermano gemelo, el Conde de Provenza, era también cuñado del leonés. El legado del medio papa les echó una bendición y todos brindaron: ¡Viva el Emperador! Fue todo muy lucido y Alfonso pudo hacerse un reportaje muy vistoso.

Naturalmente, cuando al cabo de un par de años el emperador reclamó impuestos, tropas y obediencia a unos y otros, todos se hicieron de largas, y además el portugués se le independizó y el catalán no quiso cederle la novia para que el emperador pudiera ampliar sus tierras, que para eso quería él a la niña Petronila. Alfonso le prometió al Monje que le quitaba la opción de Zaragoza al navarro y se la daba a él, si le cedía a la niña para su hijo Sancho, pero el Monje ya no estaba para las cosas de este mundo.

En conjunto, entre las corridas de toros y el esperpento del Imperio, podemos decir que el tal Alfonso fue el inventor de la españolada. Puro Berlanga.

Castillo de Mequinenza

El Penúltimo Empujón

El Emperador, atascada su expansión por el Ebro, se volvió hacia el sur, pero aquí el sistema cibernético se fundió por exceso de tensiones: Por parte cristiana el leonés tenía de socios o adversarios, a ratos, al portugués, al navarro, al aragonés y al catalán. Por parte mora, quedaban almorávides, estaban los recién llegados almohades, y reyes de taifas varios, incluyendo al poderoso Lobo murciano. Se dieron empujones, se aliaron y enemistaron, firmaron pactos para repartirse la piel de cien osos antes de cazarlos y, finalmente, la cosa quedó más o menos a la par. El único que sacó tajada fue el catalán, que llevó la frontera, que su padre había consolidado en Tarragona, hasta ocupar las dos riberas del Ebro, de Mequinenza para abajo.

Muertos ya los participantes en el sainete del Imperio, y separados otra vez León y Castilla, poco se avanzó hacia el sur, al margen de la conquista de Badajoz. La principal ocupación de todos fue pelearse unos con otros y procurar ensanchar los respectivos reinos con las tierras del vecino, con lo que, cuando los almohades se tomaron en serio lo de Al Andalus y reunieron un ejército de verdad, zurraron la badana a los cristianos y hubo que tocar a generala e intentar reunir al máximo de gente posible.

El papa, otro Inocencio, ahora el III, proclamó cruzada, pero como conocía el paño, declaró que excomulgaría al monarca que se aprovechara de la guerra contra el moro para apoderarse de las tierras del vecino.

Batalla de Las Navas de Tolosa

Doce-Doce

Para los educados en el nacinalcatolicismo, esta fecha, doce-doce, era tan sacrosanta y debía ser tan recordada como para los chauvinistas franceses la del 732, Poitiers y Charles Martel. Era el sagrado año de la batalla de las Navas de Tolosa.

Con todo lo dicho, allí fueron una multitud de jefes, con sus respectivas indios: De prota, el rey de Castilla, con todos sus señores, cada uno con su gente; También el rey de Navarra, en idénticas condiciones; y el de Aragón, con unas tropas más abigarradas, resultado de la especial estructura de su Corona, con sus condes autónomos y sus obispos, y con sus nobles y obispos vasallos de Occitania.

También fueron unas brigadas internacionales, provenientes de reinos cuyos monarcas se desentendieron del caso, por enemistad manifiesta con el castellano (los de León y Portugal) o porque pillaba lejos (el de Francia y otros), pero cuando se convocó cruzada fueron muchos los nobles de León, Portugal, Francia y aún de más lejos que, como irlandeses de película, no quisieron perderse una buena pelea.

El papa no envió a nadie, pero a su llamada acudieron a la gresca todas las órdenes militares, con sus caballeros, sus escuderos y sus peones de brega, que eran profesionales con mucha experiencia.

Los moros también reunieron gentes de todas partes; a lo que parece, algo así como el doble que los cristianos, que eran unos 12.000.

El encuentro fue donde siempre: al pie de Despeñaperros, donde se encuentran los que quieren subir de Andalucía – el valle del Guadalquivir – a la Mancha – la meseta – con los que quieren bajar en dirección contraria.

El califa planteó una estrategia equivocada: como en la batalla anterior le fue muy bien, decidió hacer lo mismo. Los tres reyes cristianos, que ya se lo esperaban, le trincaron. La derrota mora fue apoteósica, y los vencedores les persiguieron cinco o seis leguas, hasta más o menos Linares y Bailén, o sea, hasta por donde siete siglos después mi abuelo tenía un cortijillo, y les tomaron todo el botín que quisieron.

Como después de la batalla (algunos brigadistas incluso antes) las diferentes mesnadas cristianas se fueron a sus asuntos (se trataba de derrotar al ejercito moro, no de liberar tierras más o menos santas), la situación de la frontera no varió demasiado: Se afianzó la ocupación de la meseta, con lo que la raya entre moros y cristianos que iba de Lisboa a Tortosa, bajó de Toledo a la Sierra Morena, pero un poco más allá, Bailén y Linares que he mencionado, tardaron aún lustros en ser incorporadas al control de Castilla. Aunque, eso sí, la cosa representó el final del Imperio Almohade, y la reaparición de las siempre tan españolas y castizas taifas.

En lo que el resultado fue espléndido es en leyendas: Desde las cadenas del escudo de Navarra (historia tan falsa como la de las barras de sang de Cataluña o el Santiago Matamoros de Clavijo), hasta el millón de moros derrotados.

La Última Pulsación

Con las taifas moras tan liadas como siempre, y sin primos de Zumosol en Marruecos para que les sacaran las castañas del fuego, los reyes moros que quedaban eran pasto fácil de los reyes cristianos que querían expandirse y estaban en forma.

Por el este, Jaume el Conqueridor, huérfano desde que su padre murió en Muret defendiendo a sus vasallos occitanos del asalto bárbaro de los franceses que, con un certificado de cruzada en la mano, fueron a por todo (eso fue para entrenarse: a partir de entonces las dragonades salvajes de franceses sobre occitanos fueron un deporte sistemáticamente desarrollado), y puesto en su trono por la influencia del Papa, que temió que se le había ido la mano, libre así de preocupaciones transpirenaicas, se dedicó a conquistar toda tierra mora que tuviera a mano: Mallorca, Menorca, Valencia, Murcia…

Su suegro, Fernando el Santo, hizo otro tanto por el oeste, recuperando Extremadura y haciéndose con Córdoba y Sevilla. Como se ve que le hacía ilusión tener salida a todos los mares, llegó a un acuerdo con Jaume y éste le cedió Murcia, después de asentar en las tierras buenas de la huerta a valencianos y en las menos buenas de secano, a aragoneses, o sea, a cada uno de lo que entendía. Curiosa esa afición marítima de los reyes castellanos, marineros de agua dulce. Los portugueses, por su parte, ocuparon el Algarve.

Total, que antes de que llegara el 1.250, entre unos y otros habían conquistado casi todo. Sólo quedó un reducto, al sur de la Penibética (que es muy alta), al este de las sierras de Cádiz (eso que se llamó ‘la Frontera’ y que dio nombre a tantos pueblos, terreno complicado bueno sólo para bandoleros) y al oeste de los secarrales y desiertos de Almería (que aún no se filmaban westerns y sólo eran buenos para chumberas y lagartos). O sea: sólo les quedó Granada y la Costa del Sol, donde se amontonaron los nobles moros que escaparon del norte, del este y del oeste.

La situación era sencilla: Ese reino pequeño, con muchos moros y mucho moro, sin apoyo en el norte de África y cercado por reinos cristianos poderosos, era un incordio si se quería conquistar, pero una vaca ubérrima para muñir. Buenos agricultores en buenas vegas, buenos artesanos y conexiones comerciales con los peninsulares y, por sus puertos, con las repúblicas marineras italianas y el norte de África. Un paraíso, si no hubiera sido por el paisanaje que, según la vieja tradición de las taifas, se mataban entre sí y guerreaban familiarmente todos contra todos. Los reyes y nobles cristianos que les rodeaban protegían a los que escapaban y les ayudaban a regresar y seguir sus guerras, con lo que el modesto y encantador reino nazarí resultaba ser una bicoca, fácil de controlar y de ordeñar con impuestos de toda especie. Cierto que, de vez en cuando, alguien (en general el rey castellano) les invadía un poco, pero no era tanto el deseo de acabar con el reino de Granada, engulléndolo, como las ganas de pegarle un bocado al terreno del vecino, más o menso como se hacían los reinos cristianos entre ellos. Dos siglos y medio les duró el chollo a unos y otros.

A partir de ese momento, pues, sin problemas de moros a la vista, los reyes peninsulares cristianos ya podían dedicarse a regañar entre ellos, unos con otros y con guerras civiles en cada reino. Y lo hicieron a conciencia.

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