La dignidad se llama Alberto, Marimar y Eduardo

Conchi Cejudo
Periodista

Hace años que Alberto y Marimar no tienen trabajo. Ella era limpiadora y él albañil. En casa entran hoy, para ellos y sus dos hijas, apenas 600 euros. Con ese dinero hay que comer, pagar la luz, entregar al banco los 100 euros que aceptan para no desahuciarles, y el agua y la comunidad, pueden esperar. La prioridad es otra. La prioridad es comer. Parte de la ayuda que entra en casa es gracias a la Red Solidaria Popular que los vecinos del barrio madrileño de Lucero han organizado para que, a centenares de familias, no les falte un plato de comida caliente en la mesa.

La solidaridad se traduce en acciones muy concretas. Todos los meses, los propios vecinos acuden a la puerta de los supermercados para pedir arroz, aceite, latas de atún… Hay que llenar las despensas. Además de la comida, están la ropa, los voluntarios que dan apoyo escolar a los chavales, los psicólogos que hacen menos dura la realidad… Aunque la realidad, es mucho más que tristeza. Junto a Kena Yuguero, florista del barrio y una de las impulsoras de la red, Alberto y Marina ríen. Han tejido lazos fuertes en el tiempo que llevan ayudándose y cada pequeña alegría es compartida.

Nunca han viajado a América Latina pero hoy distinguen perfectamente el acento de Cuba, de Ecuador, de República Dominicana… Personas de hasta 16 nacionalidades se organizan cada día para hacer cosas tan distintas como recoger y repartir juguetes, o recordarle al trabajador social en el Ayuntamiento o a los políticos en la calle, que las rentas de inserción, los cursos de formación, las becas de comedor y las ayudas para libros, son sus derechos. Lo mejor de todo es escucharles narrar, poniendo voz a la dignidad, cómo se sobrevive al día a día.

Marimar: “Con la vergüenza ni se come ni se almuerza”

La emergencia llama todos los días a la puerta de Laura Calles, una trabajadora social del Colegio San Antonio, situado en el barrio de Tetuán. Allí conviven 180 niños de 20 nacionalidades diferentes. Sus padres, trabajaban antes en la construcción, en hostelería, en el sector de la dependencia… La crisis se llevó por delante sus empleos y su autosuficiencia y, cuando el paro, las redes familiares y las ayudas empezaron a desaparecer, saltaron las primeras señales de alerta. Un profesor está preocupado porque detecta que un niño no presta atención y está fatigado, se nota que apenas come, o porque la ropa con la que sus padres visten a una niña no abriga lo suficiente para pasar el invierno. “Ahí es donde empieza mi trabajo. A todos les cuesta pedir ayuda pero, incluso quienes peor lo están pasando, participan en la recogida de alimentos que organizamos a veces en el centro. El que recibe ayuda, también quiere ayudar”.

Laura siempre está disponible, “no hay horarios, siempre tengo tiempo para recibir lo que la gente trae. Aquí no se tira nada”. Por tirar, no se tiran ni los cordones de los zapatos viejos, que se unen para formar una cuerda improvisada y saltar a la comba o para ver quien hace girar mejor la peonza. “Mis sobrinas, un poco pijas, alucinan cuando les cuento que estos son los juguetes que lo petan en el colegio donde trabajo”. La risa y la alegría de estos niños consiguen, a menudo, sobrellevar los instantes más trágicos. “Algunos chicos saben que deben hacer los deberes antes de que caiga el sol. Por la noche, en casa, no se puede encender la luz”

Laura Calles: “Lo peor de todo es ver la cara de un niño cuando se le han roto las zapatillas y sabe que sus padres no pueden comprar otras”.

La muerte de su pareja, el desempleo y la necesidad, obligaron a Eduardo Rodrigo, hace 4 años, a asumir un nuevo papel. Él es ahora el padre y la madre de Óscar y África, dos niños de 6 y 13 años. Este chileno-español hace chapuzas para conseguir multiplicar los 56 euros que le restan cuando, recibe una ayuda de 426 euros y paga un alquiler de 370. La prioridad es comer. “Yo puedo pasar dos días sin nada pero mis hijos no. Intento que en casa nunca falta la leche y que al menos un día a la semana podamos comer carne o pescado”. Su día a día consiste en recorrer los supermercados de Salamanca en busca de las mejores ofertas y en entregar currículums de los que nunca resulta una llamada. Su impulso, su mejor aliciente, es la sonrisa que cada día le regalan sus hijos.

Eduardo: “Siempre he dependido de mi trabajo hasta que tuve que enfrentarme a la realidad y pedir ayuda”.

Gonzalo Fanjul, Economista, Cofundador de la Fundación Porcausa de Periodismo y activista contra la pobreza, escucha los relatos de Alberto, Marimar y Eduardo, y la realidad a la que se enfrentan Kena Yuguero y Laura Calles a diario, y alerta: “La pobreza puede convertirse en una cadena perpetua. Es responsabilidad de todos evitar que esto ocurra”.

Francisco Lorenzo, Coordinador del equipo de estudios sociológicos de Cáritas España, recuerda las palabras de Zygmunt Bauman “Si se mide la capacidad de un puente para soportar el peso por la fuerza de su pilar más débil, la calidad humana de una sociedad debería medirse por la calidad de vida de sus miembros más débiles”. De ser cierto, son los millones de personas anónimas que una vez al mes depositan un kilo de arroz en los carros de cualquier Red Solidaria Popular de España, y los trabajadores que, cada mañana, se las ingenian para dar respuesta a las necesidades de los niños con los que se cruzan en el pasillo de los colegios, quienes están sosteniendo el puente de la solidaridad y la dignidad en este país.

 Puede escuchar el diálogo completo aquí:

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Lean también la opinión de Fabricio Caivano, Homenaje a Laura

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