La democracia pitufa

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Foto: EFE/Toni Garriga

Josep Maria Cuenca
Escriptor

Aún perduran en mi cerebro los efectos estupefacientes que me produjo la visión del documental de Enric Canals Pujol Catalunya. El consell de guerra que emitió la noche del martes 21 de mayo la nostra, esa televisión que pagamos todos los catalanes para la cual, sin embargo, sólo existe una parte de la ciudadanía doméstica. Lo más inquietante del producto propagandístico audiovisual en cuestión no son los 128.000 euros (como mínimo) que costó realizarlo, sino la parcialidad interpretativa de la historia en que se fundamenta su contenido. Y dejo de lado el aplazamiento de su emisión, que TV3 decidió al coincidir la fecha inicialmente prevista con la declaración ante el juez de Oriol Pujol Ferrusola.

El documental ofrece, desde luego, muchos datos, pero también interpretaciones tan tendentes a la canonización de Pujol que los hechos acaban cumpliendo la exclusiva función de ponerse al servicio de un propósito mal perfumado. No menos llamativo resulta lo que no se dice. No se explica, por ejemplo, porque Pujol no estuvo en el Palau de la Música el día en que se entonó El cant de la Senyera y se lanzaron octavillas redactadas por él entre los asistentes; o qué hizo y dijo al salir de la cárcel, que no fue otra cosa que confesar a sus allegados que no era el momento de hacer política y acto seguido pasar a dedicarse a tiempo completo a sus negocios empresariales esperando que Franco muriera donde murió: en la cama. Muchos otros antifranquistas no se permitieron el lujo de retirarse a sus asuntos íntimos tras recibir el primer palo de la policía o del desánimo. No está de más recordar que en ese momento al franquismo le quedaban más de una década de vida, muchas detenciones y torturas y unas cuantas ejecuciones. Ninguna de las cuales, por cierto, afectaría seriamente a los camaradas de Pujol.

El documental y el propio Pujol, con sus sinuosas y no siempre comprensibles palabras, lo dejan muy claro: todo lo que entonces hizo y dejó de hacer Pujol respondió a su amor por Catalunya. En suma, Pujol Catalunya. El consell de guerra no tiene desperdicio desde el primer minuto de su metraje, durante el cual se dice: “Catalunya és l’únic país d’Europa en què al segle XX dos dels seus presidents han estat sotmesos a un consell de guerra per motius polítics. El primer va ser Lluís Companys (…) El segon va ser Jordi Pujol vint anys abans de guanyar les primeres eleccions a la Generalitat”. Con este retorcido uso del lenguaje también podría decirse que Pujol fue el primer president de la Generalitat que, tras su nacimiento, tardó varios meses en caminar y hablar. Lejos de la boutade, el redactor de la frase ahora citada viene a decir a los telespectadores que Companys y Pujol nacieron siendo presidents. Sacralizando que es gerundio.

El documental merecería un ensayo histórico y semiótico enjundioso y extenso; si Òmnium Cultural me beca con generosidad estoy dispuesto a llevarlo a cabo. Entretanto me limitaré a vincularlo aquí al momento político que atraviesa nuestra querida y desgobernada Catalunya, ese paquebote cuyo timón gira compulsivamente a derecha e izquierda sin que ningunas manos fiables lo tomen con cordura y firmeza. La hagiografía audiovisual pujoliana se inscribe, claro está, en la necesidad patriótica de producir y difundir argumentos justificativos de la independencia. Si tales argumentos son veraces o descabellados bien poco importa. Lo importante es que el catálogo de eslóganes esté en todo momento bien nutrido.

En Catalunya, en Indonesia o en Cincinnati, el nacionalismo se caracteriza por hacer de la historia, la lengua y la economía (¡y los documentales televisivos!) un traje a su medida. Ninguno de sus fundamentos son racionales y todos sin excepción son imaginarios. De ahí su ilegitimidad de base y de ahí la inquietud que provoca en no pocos ciudadanos su progresión social. Cualquier proyecto político que implique dar por incuestionable una retahíla de falacias no puede conducir a nada bueno. En el mejor de lo casos, como por ejemplo aquí y ahora, puede acabar implantando fantasías ligeritas pero deletéreas a lo Tolkien que presentan a España como si fuera Mordor y a la comunidad nacionalista catalana como el pueblo candoroso y agropecuario de los hobbits.

Lejos de optar por lo juicioso, la factoría de mitos y leyendas cuatribarradas no para de hacer horas extra. Y aunque con regularidad mira al pasado (como hace el documental sobre Pujol) con la pretensión de sacar petróleo de las canicas, la batalla clave se está librando en el ámbito político y social, ya sea en el Parlament, en las tertulias radiofónicas o en los documentales y los noticiarios televisivos de elaboración propia. Y en esa batalla el concepto de democracia, ciertamente debilitado en la hora actual del mundo, es absolutamente decisivo.

Carentes por completo de un par de argumentos sólidos, los dirigentes nacionalistas catalanes están intentando llevar a cabo una apropiación autolegitimadora de la democracia. La operación es hábil, pero una vez más también oculta una falacia. En primer lugar habría que decir que el hecho de que una decisión sea tomada por vía democrática no garantiza la bondad democrática, por así decirlo, de dicha decisión. Profundizar en este asunto debería conducir necesariamente a reflexionar sobre la impropiedad de llamar democrático a un contexto histórico y político en el que el poder económico está en manos de unos pocos y en el que las desigualdades de todo signo (materiales, sociales, culturales…) existen en proporciones colosales y no paran de crecer día tras día. Pero aunque este asunto es crucial, y además es el característico de nuestro planeta, voy a orillarlo para centrarme en lo que quiero tratar aquí. Y lo que quiero tratar aquí no es otra cosa que la vergonzosa manera en que la vanguardia nacionalista catalana está intentando someter los instrumentos de decisión comunitaria a sus propios intereses.

Cuando, henchidos del orgullo derivado de la sospecha de haber dado con la fórmula de la Coca-Cola, Mas, Junqueras y sus acólitos afirman que nada hay más democrático que someter un asunto a votación popular, esconden más cosas de las que muestran. Cuantitativa y genéricamente parecen defender un principio inmaculado. Sin embargo, cualitativa y concretamente someten a una grosera operación de cirugía estética a la realidad. En primer lugar porque rompen las reglas del juego del que han formado parte hasta hoy. Unas reglas en cuya creación ellos participaron y que implicaba, entre otras cosas, la aceptación de un pacto que puede y debe ser revisable pero por vías establecidas por dichas reglas y no por vías dictadas por el oportunismo político y la deslealtad hacia todo quisque. Y, en segundo lugar, porque cualquier consulta democrática honesta debe partir de la aceptación de que, tras el veredicto de los sufragios, los ciudadanos votantes quedarán más o menos contentos o descontentos pero en cualquier caso seguirán vinculados entre sí. Me pregunto con qué estado de ánimo puede votar alguien expuesto a ser excluido de la comunidad a la que pertenece y en cuyo seno ejerce su derecho a votar.

El órdago nacionalista en Catalunya resulta particularmente alucinante porque aspira a dirimir “democráticamente” la ruptura de algo construido democráticamente (sin comillas). Y con la desvergüenza añadida de afirmar que para consumar semejante dislate basta con el 51% de los votos del personal. Está muy clara la importancia que tiene para los patriotas eso que suele llamarse interès general, poble o, menos vagamente, ciutadania.

Para variar, Mas miente cuando dice que su proyecto no va contra nadie y que no va a tener consecuencias irreversibles para la población de este país que tanto dice querer. El dret a decidir implica, forzosamente, la imposición de lo inconciliable. Algo muy coherente con los lustros de educación social en el odio hacia esa abstracción que los nacionalistas llaman Espanya o Madrit sin distinguir lo más mínimo entre administradores y administrados, entre verdugos y víctimas. Y algo muy coherente, también, con afirmaciones públicas incontestadas como las de la angelical Muriel Casals cuando dijo que los padres que quieren escolarizar a sus hijos en su lengua materna (cuando no es la catalana) eran igualitos que los maltratadores; o como las del siempre excitado actor así llamado Joel Joan cuando dijo no hace mucho que una vez conseguida la independencia quienes no hayan sido partidarios de ella serán tratados como traidores.

El nacionalismo, así como la monarquía, nada tiene que ver con la democracia. Porque ésta es horizontal y aquéllas son jerárquicas y otorgan por definición privilegios a los indígenas y al rey, respectivamente. La naturaleza política del nacionalismo es inexorablemente bélica (en ERC, por cierto, ya están levitando con la elaboración de un documento que ha de fijar los criterios de creación y funcionamiento del exèrcit català) porque se fundamenta en la necesidad inexcusable de crear y alimentar constantemente a un enemigo. Y si en Catalunya el nacionalismo adopta formas aparentemente cívicas o civilizadas es única y exclusivamente porque no le es posible imponerse por cualquier otro medio. Por eso lleva décadas viviendo del victimismo, aunque a la mínima oportunidad y generalmente por descuido enseñe las pezuñas licantrópicas por debajo de su disfraz de abuelita entrañable. Como por ejemplo cuando Marta Rovira declara con total solemnidad que “cap tribunal està per sobre de l’expressió democràtica del Parlament”. Cuando la escuché tuve la impresión de que esta prometedora joven sabía muy bien lo que se decía, porque no hablaba de la patria sino de la inquietud ante la posibilidad de que los parlamentarios pierdan su inmunidad. Si bien no se trata de ninguna idea novedosa, puesto que ya hace tiempo que la política es el refugio perfecto para eludir los tribunales.

Si alguien necesita un estado para sentirse catalán no tiene un problema de orden político. En tal caso su problema pertenece exclusivamente al dominio de ciertas ciencias del individuo. Como catalán y español me avergüenzo del estado de cosas que definen el marco político que me ha tocado en suerte, con partidos que gobiernan con contabilidades turbias, amiguismos corleonianos, príncipes que roban, reyes decorativos y carísimos, patriarcas que evaden impuestos y alcaldes que, como mucho, leen un libro al año. Pero no por ello me planteo montar una república independiente en la cocina o el trastero de mi casa. Los nacionalistas domésticos (sean españoles, vascos o catalanes) sólo me merecerán respeto el día que recurran a argumentos racionales y dejen de usar el concepto de democracia como los Pitufos utilizan el verbo pitufar. Es decir, como les da la gana.

2 pensaments a “La democracia pitufa”

  1. Comparto lo que dices, Mateo, sobre el abogado de Pujol y lo que éste dice del mismo. El expresident es un virtuoso a la hora de ocultar sus verdaderas intenciones; lo hizo durante veintitrés años y lo repite por enésima ocasión en el documental de marras. Pujol aparenta acariciar al joven abogado, pero en realidad lo machaca con una insensibilidad que provoca vergüenza ajena y también indignación. Es un “perdonavidas” y no lo puede evitar. Menuda manera de agradecer al letrado lo que hizo por él. En fin… Gracias por tu comentario y un abrazo.

  2. Estoy de acuerdo, en casi todo, ese “todo” es mucho. En cuanto al primer tema, el “documental” me permito añadir, bajo mi punto de vista, la falta de respeto, sensibilidad y grosera prepotencia del protagonista del documental, al calificar a su abogado, como inexperto, de buena fe y de que no sabía nada de lo que ocurría. Precisamente, por ejercer, dignamente, la defensa fue, posteriormente sancionado. Como nací en una isla, no soy nacionalista. Cordialmente, Mateo.

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