La cumbre de Doha, desde la distancia

Aida Vila Rovira
Responsable de campaña cambio climático en Greenepace España

La cumbre climática de este año terminó, nuevamente, con acuerdos que
quedan lejos de las peticiones de las ONGs y los países vulnerables y que siguen siendo insuficientes para estar en la trayectoria de evitar los peores impactos del cambio climático. Es algo a lo que ya nos tiene acostumbrados la negociación climática internacional y, pese a que organizaciones como Greenpeace no podemos
dejar de ponerlo de manifiesto en nuestras reacciones, debemos hacer un esfuerzo por identificar los elementos positivos en los que centrar el trabajo del próximo año para seguir avanzando.

El retroceso de la Unón Europea
Más allá de lo que pudo haber sido y no fue, la cumbre de Doha terminó con algunos acuerdos clave en este sentido: la prórroga del Protocolo de Kioto –y, por lo tanto, de sus reglas comunes de cómputo de reducciones de emisiones, de control internacional y de sanción– o el emplazamiento a los jefes de Estado para que se impliquen en el aumento de los compromisos de reducción de emisiones, sobre la base del nuevo informe del Panel Intergubernamental de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (IPCC) que verá la luz en 2014, por citar un solo un par de ejemplos.

Pero muchas veces los mayores avances en esta negociación no se encuentran en el texto del acuerdo sino en las dinámicas entre los países, en su influencia…, en definitiva, en los cambios en el equilibrio de poderes en la negociación. En este sentido, y por centrarnos en el bloque geográfico que nos toca más de cerca, la Unión Europea, la cumbre de Doha significó un retroceso. La UE se presentó a la cumbre con un compromiso de reducción de emisiones insignificante y defendiendo posiciones muy poco ambiciosas en algunos de los elementos clave en la negociación, algo que no sólo le costó muchos dolores de cabeza a nivel interno, sino que le apartó de los países más vulnerables, lo que debilitó significativamente su posición en la negociación. Algo que la UE deberá revertir el año que viene si quiere contar con los apoyos necesarios para contrarrestar la influencia de Estados Unidos o China en la negociación del nuevo acuerdo global.

Estos países –los más vulnerables– se muestran, por el contrario, cada vez más firmes en sus líneas rojas, forzando compromisos que repercuten en una mayor calidad del acuerdo final. Ejemplo de ello es una cláusula que limita la generación de derechos de emisión sobrantes -aire caliente- durante el segundo periodo de compromiso del Protocolo de Kioto (uno de los principales defectos identificados en la primera fase del Protocolo) y que, además, sirve de precedente para su total cancelación en 2020, cuando termine la vigencia del Protocolo de Kioto, evitando que este aire caliente se traspase al futuro acuerdo global.

Y es que los países en desarrollo no tienen otra alternativa que mostrarse inflexibles, sobretodo cuando los compromisos de reducción de emisiones no son suficientes para detener los impactos que ya están sufriendo y la financiación internacional para hacerles frente tampoco acaba de llegar. En este sentido se manifestó el jefe negociador de la
delegación de Filipinas, cuando, entre lágrimas, expuso los impactos devastadores del tifón Bopha ante el plenario, suplicando que se acelerase la acción.

Una intervención que, además de emocionarnos a todos, tuvo, también, su impacto en el contenido de los acuerdos de Doha que contemplan la creación de un mecanismo de emergencia al que puedan recurrir estos países ante una catástrofe de esta naturaleza.

Sospechosos habituales
Entre el avance de estos países y el retroceso de la UE se encuentra el inmovilismo de  los sospechosos habituales como Estados Unidos, que sigue bloqueando el aumento de la ambición climática y de los compromisos de financiación o Rusia siempre pensando en la forma de hacer negocio con derechos de emisión excedentarios que obtuvo de manera gratuita, mediante una asignación excesiva primero, a la que se sumó un descenso de la producción industrial debido a la caída de la Unión Soviética.

Pero si citamos las posiciones negativas de los anteriores, tampoco hay que olvidar los países en desarrollo como Vietnam, Malasia o la ciudad-estado de Singapur que presentaron compromisos voluntarios demostrando lo que es abordar la lucha contra el cambio climático de forma global.

La cumbre de Doha, en definitiva, dio para mucho, incluso para que la Secretaría del Convenio Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático expulsara del proceso, para siempre, a un conocido negacionista o para que la juventud de Oriente Medio, que ha crecido al amparo de la abundancia generada por el petróleo,  liderara una movilización sin precedentes y no desaprovechara una sola oportunidad para pedir un cambio de paradigma a sus respectivos gobiernos.

La revolución energética
Es cierto que la maquinaria se mueve lenta, pero no podemos negar que avanza, al ritmo que lo hace una gran revolución global: la revolución energética que beneficia a la gran mayoría de la población mundial y que desde Greenpeace seguiremos impulsando, intentando que gobiernos como el de España levanten las barreras que frenan el avance de las tecnologías limpias, como la moratoria a las primas a la energía renovable o las subvenciones al carbón. Deben hacerlo por el clima, pero también por la generación de empleo y ahorro y porque avanzar hacia la economía verde es la única forma de ocupar un lugar privilegiado en el nuevo orden económico mundial.