La Catalana y el ‘campíburi’

ESPACIOS URBANOS AMENAZADOS (3)

IMG_0616
Antigua vaquería de La Catalana, ya derruida. Foto: SERGI GARCIA

Sergi Garcia
Galanthus, divulgación y estudio del medio ambiente (*)

Si hay algo más penoso que el abultado inventario de pisos vacíos, por la ruin, torpe y torticera política que lo ha alentado, es una promoción a medio hacer, una especie de walking dead inmobiliario, un cuerpo sin alma que reúne lo malo de todo y lo bueno de nada. Hacemos una visita al prácticamente desaparecido barrio ribereño de La Catalana en Sant Adrià de Besòs, que iba para enclave residencial de primer orden pero cuya evolución, en su segunda fase, se ha detenido en la primera instancia de los movimientos de tierras y en los derribos de las  viejas viviendas, de las cuales aún queda alguna en pie, renuente al desalojo. En su día fue un barrio popular, construido en el primer tercio del s. XX, básicamente para los trabajadores de la fábrica de electricidad de la Catalana de Gas. Eran casitas bajas de planta, piso y patio y quizá el único lugar del llamado delta del Besòs, a parte de la estricta desembocadura,  que nos podía recordar que aquello fue un delta: arboleda, tupida vegetación y cierta fauna asociada a estos ambientes; poco queda ya. Que el delta del Besòs tuvo que ser un vergel da cuenta la intención de Ildefons Cerdà de destinarlo a gran parque periurbano en su proyecto de ensanche de Barcelona, cuyo lema, ruralizar la ciudad, tendría que estar gravado a fuego en el ADN de todo urbanista.

La toponimia, que no engaña nunca, nos habla aquí de alisedas (Verneda), de minas de agua (la Mina) o de campos, como el Camp de la Bota, mítica república del clásico quinqui barcelonés, el campíburi donde se dirigía a toda castaña el Vaquilla, con su buga recién robado, por la carretera de La Catalana, jalonada entonces de grandes árboles y alguna tierra de labor. Del extinto Camp de la Bota, siniestro en muchos sentidos pero de una intensidad irrepetible, donde se dieron cita lo mejor y lo peor del género humano, queda una placa que lo conmemora, en el lugar donde estuvo ubicado, en el complejo del Fòrum de las Culturas, donde ahora hay una monumental torre de producción de energía solar que se antoja un brindis al sol y millones de toneladas de cemento y hormigón armado.

En La Catalana buscamos erizos comunes (Erinaceus europaeus), primitivo mamífero de pelaje transformado en armadura de púas que todavía habita en este reducto. En principio la intención era rescatarlos, para salvarlos del proceso urbanístico, pero dado que la finalización del proyecto va para largo, antes han de reanimar las compra-ventas y las plusvalías, hemos optado finalmente por dejarlos; solo queremos comprobar si todavía podemos encontrar alguno. El erizo es una típica especie de ambiente rural, propia de espacios con coberturas arbóreas y arbustivas, en combinación con zonas abiertas y tejido urbano: en la Barcelona que soñó Cerdà habría erizos. Se acerca el crepúsculo y mientras esperamos que inicien su jornada –es una especie de hábitos nocturnos- vemos unos jóvenes que han arrancado unas cañas de la orilla del río. Las agitan enérgicamente, enhiestas, contra el aire. Parece una coreografía extraña, pero no, nos fijamos bien: están intentando abatir murciélagos. Pobres bichos y pobres chavales. De hecho consiguen dejar KO a uno, es un murciélago de Cabrera (Pipistrellus pygmaeus). Les afeamos la conducta, les informamos de la importancia de los murciélagos, que comen 1/3 de su peso diariamente en mosquitos, que son inmejorables insecticidas naturales etc. No lo sabían, estaban aburridos y  haciendo tiempo para su principal objetivo, los conejos de campo, que habitan los márgenes del río. Los deslumbran con linternas y les arrean un chinazo. Al poco se cruza un tipo, con un caminar firme y concentrado, que esgrime una especie de machete grande como un cuchillo jamonero. De entrada la imagen acongoja y nos desconcierta, pero pasa de largo rápidamente, después nos enteramos de que hay un jabalí, que utilizando el río como corredor, ha llegado hasta la desembocadura desde no se sabe dónde y que deambula arriba y abajo por el seno del Parc Fluvial del Besòs, también de que hay un individuo que pretende cazarlo a lo Rambo, es decir, quiere saltar sobre el cochino salvaje desde lo alto del dique de canalización. Era él. Es una incógnita si conseguirá su propósito o se romperá los tobillos. Ha pasado una hora desde la puesta de sol y los erizos no aparecen. Suelen deambular erráticamente en busca de caracoles, lombrices y otros pequeños animalillos con que se alimentan. No hacen ascos a la comida que proporcionan a los gatos callejeros unas abnegadas voluntarias animalistas, por lo que avanzamos con decisión hacia uno de esos comederos y sorprendemos no a un erizo, sino a una hermosa, por lo grande, rata (Ratus novergicus), que da un respingo y se escabulle entre los cascotes de un derribo. Perseveramos a pesar de este intento fallido y a la siguiente oportunidad capturamos un erizo macho, pesa casi un kilo, aparentemente está bien de salud, no tiene apenas garrapatas, cosa curiosa. Lo dejamos ir. El erizo no huye ante el peligro sino que adopta una postura consistente en encogerse, hacerse un ovillo y defenderse así, pasivamente, con sus púas. No ha variado su estrategia desde hace millones de años. El poeta Arquíloco decía que el zorro sabe muchas cosas y el erizo solo una, pero grande. El ser humano sabe muchas cosas, pero solo piensa en una, que lo hace pequeño e insignificante.

(*)www.asgalanthus.org

 

 

 

 

 

Un pensament a “La Catalana y el ‘campíburi’”

  1. Me ha encantado el artículo y después de leerlo no puedo mas que reflexionar sobre nuestro pasado y nuestro futuro, la transformación continua que algunas veces alcanza un carácter algo ridículo en lo referente a espacios y su aprovechamiento, quizás como el erizo debamos defendernos y no huir ante lo absurdo.
    Un saludo cordial.

Els comentaris estan tancats.