La agenda política vasca

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Ander Gurrutxaga Abad

Patxi López y Antonio Basagoiti

8/5/2012 (10:30) Euskadi huele a elecciones autonómicas y ante la contaminación provocado por los olores todos buscan la ubicación más adecuada, un punto de partida desde el que ponerse a la cabeza de las propuestas preelectorales. Ninguna de las cuatro fuerzas políticas en liza quiere quedarse fuera de este primer desafío. Cada una juega con sus armas y argumentos. La agenda vasca se ubica ante un cuadrilátero imperfecto que, en ocasiones, tiene más de figura geométrica que de recorrido político establecido. Recordemos, de entrada, algunos datos porque la larga memoria en política conduce, con demasiada frecuencia, a la desmemoria presente.

1. Condiciones del Contexto

Venimos de un tiempo cronológico y político donde se han producido seis hechos que enmarcan la acción política de futuro. El primero es el acceso al gobierno autonómico del partido socialista-PSE-, que con el apoyo del PP desbanca a los que gobernaron los últimos treinta años-PNV-, bien es verdad que, con frecuencia, en gobiernos en coalición de los que los socialistas formaron parte.

El segundo hecho es la derrota política del PSOE-pierde más del 40% de los votos cosechados en comicios anteriores- en las recientes  elecciones generales y el ascenso al jardín del edén-mayoría absoluta- electoral del PP.

El tercero es la aparición estelar en el panorama vasco, sobre todo por el volumen de votos cosechados, de la izquierda abertzale agrupando cuatro formaciones; Batasuna-Sortu, EA, Aralar y Alternatiba, bajo el nombre de BILDU, apoyadas en el impulso que les ofrece el cese de la violencia armada de ETA.

El cuarto hecho es el PNV en la oposición en el Parlamento Vasco -hecho que no se conocía en la historia política de los últimos treinta años, con la tendencia a la territorialización de sus votantes (más significativa y contundente la presencia en Bizkaia y menos en Gipúzkoa y Araba)-.

El quinto -lo cito porque puede condicionar de forma significativa el futuro de los votos autonómicos  y de las coaliciones del día después, cuando haya que pensar en gobiernos y alianzas-, la crisis económica que distorsiona el marco y las reglas de juego, condiciona los intangibles de la política y traslada la zozobra, la inseguridad y la desmotivación al seno de la sociedad.

El sexto hecho es la desaparición del escenario político de la actividad armada de ETA, por más que la desaparición definitiva no se ha producido todavía, es verdad que seis meses después del anuncio del cese de las acciones, la sociedad vasca trabaja y piensa como si ya no existiese.

Este es el marco general, el contenedor previo que debemos valorar para comprender cómo se van a desarrollar los próximos meses y cómo van a condicionar la agenda política vasca. Los diversos partidos tienen problemas generales que abordar; desde mi punto de vista el más importante es la creación de una agenda y muchos problemas específicos, para uno-PSE-ver si rentabiliza el paso por el gobierno autonómico o la coyuntura le castiga, el PP debe conocer que le espera después de sus experimentos anticrisis y de su papel de apoyo fáctico del ejecutivo socialista, la izquierda abertzale querrá saber si puede seguir creciendo en votos o si ya ha tocado techo electoral y cómo repercuten en ella la situación actual del mundo post ETA y el PNV tiene el objetivo irrenunciable de ganar las elecciones autonómicas, cómo lo alcanza y hasta donde llega su rédito electoral son cuestiones a resolver.

2. Los condicionamientos de la acción de gobernar

El PSE quiso representar el nuevo tiempo de la política vasca e incluso una fotogenia nueva con la llegada a la lehendakaritza de Patxi López. Lo que ocurre es que la situación transitó con paso abierto a cierta desazón al final del mandato porque entre lo que se prometió y lo que se dio no parece haber concordancia.

El socialismo vasco habló del nuevo tiempo, pero éste trajo perplejidad junto a aires formales de cambio, poca iniciativa política y legislativa, mucha espera-con un lema, mañana-, basando la política inicialmente en un recurso que se agotó enseguida; la esperanza en que el gobierno socialista iba a ser de otra manera. Da la impresión que se encontraron con que ni la acción de gobernar ni la coyuntura, sobre la que aparentemente, al menos, habían pensado poco y al diagnóstico que elaboraron, enseguida le surgieron problemas y consecuencias no previstas y no queridas.

Las más significadas son la crisis económicas que, pese al buen gobierno de las cuentas públicas del nacionalismo saliente, comenzó a tener impacto en las arcas autonómicas, obligando a replantear hechos y políticas, todo esto en medio de la confrontación con las Diputaciones en especial la de Bizkaia en manos nacionalistas, que les desgastó porque tradujo apariencia de debilidad en el manejo de la Hacienda común y trasladó la imagen de gobierno débil, con competencias limitadas, que desconocía cómo extender el campo de alianzas fácticas.

Otro hecho es que la pérdida de poder, en votos e imagen del partido socialista en España, no sentó bien al PSE vasco. Las elecciones municipales y forales crearon la imagen de fragilidad e inconsistencia, problemáticas en ambos casos para el gobierno autonómico que se creía a salvo de esas contingencias. Las políticas concretas, en muchos casos poco claras y confusas, las dudas permanentes en los procesos de toma de decisión, el no creerse del todo que estaban y podían gobernar “de verdad”, el papel de su contrincante natural en España y aliado “extraño” en el Parlamento Vasco, -el PP- les produce costes adicionales porque la dependencia de sus votos provocó tener que ser remisos en muchas de sus políticas y les llevó, en la mayoría de las ocasiones, a una confrontación soterrada, a veces también abierta- claro está que eso es lo que tiene cuando se opta por coaliciones raras, extrañas y con tan poco recorrido político-.

La tercera influencia es que el anuncio del cese de las acciones armadas por parte de ETA y la progresiva expansión de la normalización política les dejó sin el terreno de juego del que creyeron que iban a disponer para seguir jugando con la imagen de excepcionalidad de la que se sirvió su gobierno para llegar al poder autonómico vasco.

Esto pudo haberse compensado por una brillante acción de gestión, pero las consecuencias de la crisis, el peso político de un sector muy ideologizado, las carencias de un buen diagnóstico que diese respuesta a la cuestión sobre qué hacer con el poder político autonómico, la falta de decisión en acciones puntuales estratégicas  y en la política de todos los días, les condujo por un camino donde deambulan sin saber bien hacia donde van, dependiendo-demasiado- de la coyuntura y de que ésta les favorezca o perjudique. Probablemente nunca, como hasta ahora, el PSE se ha hecho dependiente de una coyuntura sobre la que tiene poco que decir, pero de la que se siente prisionero.

En el primer momento de su gobierno, se habló menos de la agenda y de qué hacer con el poder político y mucho del cambio como referente simbólico de los “nuevos tiempos”, como si la llegada de un partido nuevo al gobierno de la Comunidad Autónoma fuese motivo suficiente para pronosticar que las cosas van a ser distintas. La fotogenia inicial se encontró con losas, ciertamente pesadas porque la coyuntura política le maniató con alianzas parlamentarias donde lo que parecía que festejaban eran nuevas formas de dependencia, como si la compensación y el mayor atractivo fuese cumplimiento de la promesa de que no era, por fin, un gobierno nacionalista. En todo caso, éste parece un bagaje, quizá coyunturalmente relevante, pero escaso, sobre todo, si la iniciativa original no se “tapa” con políticas de altura y con atisbos de originalidad, audacia y éxito.

El desarrollo de la agenda se encontró con problemas imprevistos; el primero era consustancial a la alianza parlamentaria con el “contrincante natural” en el resto del Estado; el Partido Popular. Este hecho rompió una regla de oro; el PSE no había sido el partido más votado en la circunscripción vasca y necesitaba un socio en el Parlamento que le garantizase, con sus escaños y su voz, la mayoría necesaria para gobernar. El único partido que podía desempeñar la tarea era el PP. Se gestó así una alianza rara, extraña, justificada por ambas partes por las peculiaridades de la política nacionalista en el País Vasco, la acción-todavía- de ETA y la senda que había emprendido el gobierno del lehendakari Ibarretxe.

El resultado es que el PSE llega a la lehendakaritza, pero las relaciones políticas con su socio en tantos momentos, -el PNV- quedaron seriamente fracturada y sin posibilidades de encontrar puntos de acuerdo, al menos a medio y corto plazo. El resultado es que el origen del gobierno resultó, desde el principio un problema, tal y como se observó meses y años posteriores y abrió una brecha con el nacionalismo institucional del PNV que no ha podido cerrarse a lo largo de más de tres años de gobierno.

El Partido Popular se quedó fuera del gobierno y casi inmediatamente tomó distancia con él, exponiéndose poco, desgastándose menos y esperando tiempos  mejores para sus intereses. Quizá sabían bien lo que tenía que hacer y a ese guión se agarró, dejando el desgaste para el PSE y apareciendo de vez en cuando para recordarle su condición, cuando juzgaron que las cosas no iban por el camino que les parecía oportuno y ajustadas a los intereses que habían firmado en el acuerdo de gobierno. Sabían que no tenían más que esperar.

Mientras tanto, la crisis económica adquirió una virulencia y velocidad que el gobierno socialista de Rodriguez Zapatero fue incapaz de prever. La crisis cubrió, con velocidad y virulencia, los rincones de la realidad española que parecía, al menos al principio, no caer en cuenta que el modelo del crecimiento, basado en el ladrillo y los negocios inmobiliarios, se desplomaba casi con más velocidad de la que se había creado.

La pandemia de la crisis pilló a España sin defensas y provocó la emergencia de muchos males que no encontraban, al menos a corto plazo y ya parece que tampoco a medio plazo, curación posible, lo que agravó la enfermedad que latía en el modelo económico de crecimiento. La deuda externa comenzó a ser un problema de primer orden, la crisis financiera transfiguró las “esencias” del capitalismo español, las tasas de paro desbordaron previsiones razonables y la fe y la esperanza en la política quedaron muy dañadas para la ciudadanía. Se dejó de hablar del milagro económico español y el optimismo antropológico del presidente del gobierno español se transformó en incapacidad, primero para comprender los sentidos y la complejidad de la crisis y después para actuar sobre ella. En poco más de dos años, las tasas de paro se dispararon a más del doble de la media europea y Europa tocó la puerta de España para recordar cuáles son las obligaciones que se tienen con los deudores. La Europa comunitaria pasó de ser la Tierra Prometida a ser la madrastra que recuerda todos los días que hay que mirarse al espejo para saber quienes somos y lo que somos.

En este coyuntura, las elecciones generales que se celebraron en España resaltan la mayor caída en votos de un partido en el gobierno en la historia reciente de Europa. El PSOE pierde un poco menos de la mitad de los votos que había cosechado en elecciones generales anteriores. Los más de 4.000.000 millones de votos perdidos, los gobiernos de las autonomías de las que casi, casi, se habían proclamados propietarios -Extremadura, Castilla La Mancha, Aragón…- y la pérdida de prácticamente todas las alcaldía de las ciudades importantes españolas, dan un poder al PP del que, por cierto, nunca había gozado nadie en la reciente historia de España. Las repercusiones para el gobierno socialista vasco fueron obvias; comenzó a parecer un gobierno prescindible para el PP en la isla Barataria vasca.

3. La Agenda Vasca

Otro hecho es la difusión por parte de ETA del cese de la lucha armada. El resultado es que el terrorismo directo deja de ser el eje de la actividad política vasca y se desplaza a tres situaciones diferentes, aunque interconectadas, la primera es las consecuencias de más de cincuenta años de violencia armada, sobre todo; la segunda, la política de víctimas del terrorismo de ETA , la pregunta sobre qué hacer con la ETA que está en la cárcel, con los cientos de presos que cumplen condenas y, en tercer lugar, qué problemas y qué agenda es necesaria para que el cese de la violencia terrorista que practica ETA se transforme en disolución y desaparición de la organización armada. Los tres problemas tienen tiempos y tratamientos diferentes y, diría que urgencias distintas, pero los tres están entrelazados.

En resumen, la nueva coyuntura queda condicionada por otros juegos cuando el PSOE se derrumba electoralmente y el PP tiene la mayoría política y electoral, ETA anuncia el cese de la violencia armada y la crisis económica deja de ser un problema manejable para convertirse en la cuestión que oculta las demás y maneja los hilos de la política “imposible” y la emergencia político electoral de la izquierda abertzale, con un sustento en número de votos muy significativo, tanto que se transforma en la segunda opción más votada de la geografía política vasca, se hace con la Diputación Foral de Gipúzkoa y con las alcaldías de más de cien municipios vascos, incluida Donostia-San Sebastián.

3.1. La Crisis Económica.

Las próximas elecciones autonómicas tienen una agenda de problemas que seguramente habrá que completar con las aportaciones propias de cada una de las fuerzas políticas. La agenda vasca está condicionada por tres cuestiones; la primera la crisis económica. Las limitaciones y condicionamientos para actuar sobre ella para gobiernos de tamaño meso como el vasco son claras. La crisis desborda los previsiones y la posibilidad de actuar de casi todos. Digo esto no porque no se puedan ni se deban hacer propuestas para mejorar las cosas, sino porque las condiciones y las características de la crisis  desborda planos locales y regionales. Nadie ni nada saben con exactitud cómo abordar las causas y consecuencias.

Es verdad que el País Vasco cuenta con algunas características a tener en cuenta.  La primera la estructura industrial, organizada a través de pequeñas y medianas empresas con fuerte afán exportador. Las PYMES son el “corazón” del sistema económico vasco. Esta capacidad le ha permitido aislar algunos de los efectos más perversos de la crisis; sobre todo los relacionados con los ladrillos y el negocio inmobiliario, pero no les ha evitado tener que buscar nuevos mercados, sobre todo, entre los países BRIC y el Sudeste Asiático. El hecho lleva a tener que trabajar intensamente la mercadotecnia de los productos que fabrican, y especialmente las mejoras tecnológicas apoyadas en el sistema de cualificaciones, en la formación profesional y en un I+D+i  más intenso.

Los hechos recuerdan, y éste debe ser el elemento clave de la agenda, que las sociedades dependen para la superación de sus problemas estructurales no sólo de lo que ellas hacen, sino también de lo que ocurre en otros contextos. Hay un principio de indeterminación en los procesos económicos que producen una dependencia de lo que pueda hacerse en escenarios sobre los que no se puede actuar, pero donde ellos sí actúan sobre las posibilidades de acción de los agentes económicos en contextos regionales meso o micro.

Lo que otras experiencias demuestran es que sociedades como la vasca, pueden actuar sobre algunos planos principales, sobre todo el sistema de cualificaciones profesionales, la estructura educativa, la inversión en I+D+i y las políticas sociales  No hacerlo o perder este tren significa no actuar sobre los recursos donde se disfruta de la autonomía de la acción pública. Igualmente, la penetración en mercados internacionales supone apostar por una senda difícil, pero inevitable. La internacionalización no sólo es un apriori de la acción pública en los territorios de la economía, sino una de las consecuencias del carácter de la globalización.

Para la agenda de países como Euskadi acertar con la dirección correcta es una cuestión básica, diría que clave para atisbar el futuro. De la crisis se va a salir creando una nueva cultura unida a formas de fabricar nuevos productos relacionados con aplicaciones tecnológicas novedosas y con una cultura del conocimiento que sea a la vez pragmática e innovadora. La cultura debe estar adosada al conocimiento antropológico de cómo y qué hacen los otros y al aprendizaje de otras formas de estar en el mundo, de expresarse en lenguas distintas a la materna. Experimentar significa aprender y crear nuevos conocimientos y, para eso, se necesita tener recursos, habilidades especiales para saber estar y respirar en este mundo globalizado. No es fácil para un país pequeño como el vasco elegir sobre qué brillar. La respuesta es que no se puede triunfar en todo, pero sí tener una población preparada en los recursos imprescindibles de la globalización; lenguas, antropología y conocimiento de los otros, capacidad para el descubrimiento para que brille el talento que se tiene, todo ello desde la estructura económica basada en pequeñas y medianas empresas y el universo cooperativo, claves y corazón de la mecánica material de la sociedad vasca.

3.2. El Sentido de la Política

Tengo la impresión que los otros problemas quedan, en parte, supeditados a cómo resolvemos éste. Las sociedades necesitan crear marcos sociales dotados de rangos de seguridad. Sabemos que el tiempo presente está atravesado de incertidumbres, pero incluso en contextos de esta naturaleza, o quizá más en éstos, se requiere crear seguridad y confianza en que lo que se está haciendo y en lo que debe hacerse y además es imprescindible presentar éxitos ante la población. La confianza es un valor difícil de alcanzar y cosechar, pero imprescindible para que los ciudadanos confían en lo que se dice que se va a hacer y en lo que se hace. De hecho, la confianza es el ingrediente imprescindible para lograr la legitimidad de las propuestas que el gobierno o la institución requieren y necesitan. Estos hechos, a veces, parecen desconocerse cuando se “habla” de política.

Quizá detrás hay un problema difícil de erradicar; el carácter de “circuito interno” de la política, es decir, del hecho de que la política y los políticos terminen dialogando entre sí y entre ellos, con la política y los políticos, desconociendo o tomando tal distancia con la ciudadanía, de tal suerte que ésta llega a pensar que la política cuando más florece es cuando les crea más problemas que soluciones. Se rompe, de esta manera, la magia de tender a pensar que si se vota y se eligen representantes es para no tener que estar tomando todos los días decisiones sobre lo que importa y lo que no. El carácter separador y distante de la política no debe confundirse con la situación, más frecuente de lo que se está dispuesto a reconocer, de que la política para los ciudadanos puede terminar convirtiéndose en un problema, por ejemplo, cuando les obliga a tomar partido todos los días, cuando deben estar siempre eligiendo o cuando se separa tanto de los intereses inmediatos que se transforma en el diablo con siete cabezas.

3.3. Las Consecuencias de ETA

Otra cuestión de la que hay que preocuparse es que en la agenda vasca, lo que queda de ETA en la percepción subjetiva de su presencia y las consecuencias de sus más de cincuenta años de existencia, tiene todavía mucho espacio. Es verdad que la coyuntura que atravesamos desplaza a un lugar relativamente secundario, las consecuencias del punto y final de la actividad.  Pero todas están todavía ahí. Ahora, además, avaladas por un dato nuevo; las aspiraciones y el éxito electoral de la izquierda abertzale. Los problemas siguen abiertos, los de las víctimas de ETA, que buscan un espacio y el reconocimiento social para todos los que todavía no se sienten suficientemente protegidos. Por otra parte, la amplia representación de estos colectivos se dota de presencia política, tanto de forma directa como a través de los altavoces que prestan algunas fuerzas políticas.

Este tipo de dinámica no corre sólo por el espacio social vasco sino que penetra y, en parte, condiciona las respuestas que pueden ofrecerse al punto y final de la banda armada. Se crea así un debate público y político difícil de gestionar y muy complejo, si lo que requiere es encontrar la traducción adecuada en los espacios sociales de convivencia. Colectivos de víctimas se sienten insuficientemente arropados por la sociedad, la clase política y las instituciones públicas. Este hecho se traduce en una gran distancia afectiva, política y social, porque no han interiorizado que el carácter de víctima tenga solución y suficiente reconocimiento y porque sienten que no se sienten correspondidos por sectores de la sociedad y por instituciones a las que critican, bien por la excesiva frialdad, la tardanza en reaccionar ante la violencia de ETA o por la ausencia de medidas eficaces con las víctimas.

En esta situación, no es que no haya puentes con los causantes del daño sino que las posibilidades de encontrarlos parece una ficción, y seguramente estemos ante uno de esos problemas irresolubles por la magnitud de la expresión. No quiero decir con esto que no se puedan encontrar canales de comunicación, pero la impresión es que éstos van a seguir una senda privada, se van a mover en territorios concretos, quizá más en el plano afectivo e inmediato, pero la “gran solución”,  es decir, algo parecido a un arreglo donde la política, la sociedad y los mundos de las víctimas se encuentren, no parece estar hoy en la agenda definitiva de casi nadie. No digo que no sea razonable buscarlo, sino lo que digo es que hoy por hoy no parece posible alcanzarlo

Las consecuencias de la violencia de ETA son demasiado radicales para pensar que la proclamación de la desactivación sea motivo suficiente para alcanzar el objetivo. Hay, seguramente, miedo acumulado, incomprensión, cantidades ingentes de desagravios, maltratos afectivos y olvidos acumulados como para creer que eso pueda resolverse en lugares institucionales con compromisos formalmente administrados o con la actividad de organizaciones dedicadas a ello. Tengo la impresión que sólo el tiempo prolongado de paz, la acumulación de mucho afecto y comprensión, medidas institucionales para paliar los desagravios de las víctimas, y, quizá el relevo generacional o ese dejar el paso a generaciones menos desgastadas afectivamente y con un grado menor de biografía compartida, puede ayudar no a olvidar sino a situar en otro plano la cuestión de las consecuencias de las acciones armadas de ETA.

Otro tanto, aunque de distinta naturaleza, es el tratamiento del tema de presos y exiliados de ETA. Quizá el problema puede tener cierta resolución formal aplicando las medidas previstas en el código disciplinario del tratamiento carcelario y en el código penal, de tal manera que, siguiendo estos principios, -que no significa tomar medidas extraordinarias, sino las previstas de la legislación presente- podría irse a sistemas de redención de penas, tratamiento de enfermos crónicos, etc.  Una vez más, la confianza debe depositarse en dos instrumentos claves, que se mueven como medidas concretas; el funcionamiento del sistema democrático y el paso del tiempo que asegura que el tiempo de paz permita rutinizar las soluciones institucionales.

El tiempo democrático corre y se mueve a un ritmo y el de las urgencias políticas a otro, más frenético y no es extraño que uno y otro, a veces, no coincidan, pero parece que está aceptado en la sociedad vasca que ETA se acabó y lo que ocurra de ahora en adelante nada tiene que ver con la mortífera capacidad de condicionar los escenarios políticos y sociales presentes. Lo que ocurre es que la gestión del tiempo final es algo que no termina de dilucidarse, pero no parece que las energías que deben invertirse en ello deban impedir llevar a cabo otras tareas. Pueden producirse choques de agendas provocadas por la distinta posición en la gestión del tiempo de paz de unos y de otros, pero no parece difícil comprender que los textos y los contextos de la controversia son o vayan a ser de otra naturaleza.

La rentabilidad política del tiempo del cierre ya ha pasado; todos tienen lo que pueden alcanzar y, sobre todo, el cierre de proceso tan catastrófico parece que no va a dejar satisfecho a casi nadie; quizá porque todos pensaron que podían sacar más de lo que han sacado o porque han caído en cuenta que la rentabilidad del cierre no puede rentabilizarlo nadie, porque las consecuencias de la probable ganancia no es materia que se gestiona fácilmente. Quizá ni tan siquiera haya hoja de ruta especial para tal eventualidad, sino la imposición tranquila de los recursos que tiene a su disposición la sociedad democrática -vasca y española-. No parece que es el tiempo de más reivindicación política para acabar con estas secuelas de difícil cumplimiento, de olvidos imposibles o de jugar al solitario haciéndose trampas, creyendo o esperando que llegue el día donde “todo será posible”. Hoy a nadie interesa esto. Todos han asumido que son los programas, las agendas las que tienen que hablar y la sociedad democrática la que debe decidir. Se trata de convencer con medidas y con programas concretos para alcanzar estadios de institucionalización del conflicto y sobre todo no buscar fuera de los márgenes del sistema lo que no se puede alcanzar utilizando los recursos internos.

3.4. Los Contenidos de la Agenda Vasca

La pugna política parece que se va a producir por el sentido que unos y otros dan a la interpretación de que es la nación, qué la sociedad y qué modelo institucional se promueve, con el añadido de que nadie parece tener las claves definitivas para ganar lo suficiente y gobernar en solitario y el futuro es el territorio de alianzas políticas. Es pronto para decidir con quién y entre quienes se pueden forjar, pero quizá no es pronto para enseñar opciones sobre cómo y sobre quién. Pero el destino de la agenda política vasca se juega con la agenda en la mano, dilucidando que quiere hacer cada fuerza política con los votos que coseche, por eso, la primera medida es dilucidar con precisión qué agenda mueve las diversas opciones, preguntar por ella y votar sobre  lo que cada una aporte. Por ejemplo, no van a ser baldías las preguntas sobre cómo abordar la transformación del modelo productivo, cuál es el programa de I+D+i que se promueve, sobre qué aspectos quiere asentarse, desde donde abordar el cambio del sistema de cualificaciones, el modelos de políticas sociales, etc…

Pero, insisto, para terminar, el debate del futuro inmediato no es sobre la capacidad de cada cual de hacer el brindis al sol, sino sobre la agenda, sobre cómo hay que abordar el cambio necesario, desde donde, cómo y de qué manera. Dicho de otra manera, ¿qué me proponen para vivir mejor? Cada una de las fuerzas políticas tiene sus propios problemas, probablemente también sus límites y sus condicionamientos. Otras cuestiones podrán abordarse si los contenidos de la agenda vasca van cumpliéndose. “Huir” de la crisis y de sus consecuencias no es posible,  cerrar el capítulo de ETA parece hoy más posible que ayer, administrar y gestionar la política de otra manera debe ser un referente fundamental. A partir de aquí podemos pensar en otras fórmulas políticas, en otras alianzar o incorporar nuevos temas y contenidos a la agenda, pero con crisis lacerante, una política incomprensible para los ciudadanos y el tema ETA sin cerrar todo es más difícil.