La Academia Sueca salda su deuda con Alice Munro

alice munroM. Eugenia Ibáñez
Periodista

Quien no haya leído nada de Alice Munro tiene desde ahora  una excelente excusa para paliar ese vacío en sus lecturas, porque la autora canadiense ha conseguido el Nobel de Literatura, premio en el que cada año, al llegar octubre, figuraba como firme candidata. La Academia Sueca ha saldado la deuda que tenía pendiente con Munro, de 82 años, y le ha concedido el galardón por su maestría en el “relato corto contemporáneo”, género al que la autora ha dedicado su actividad creativa, excepción hecha de dos novelas cuya trascendencia literaria queda lejana de las doce colecciones de cuentos publicados en 45 años de profesión.

Si la concesión del Nobel lleva a algunos lectores a aproximarse a la obra de Alice Munro la elección debe recaer en alguno de sus libros de relatos, quizá El progreso del amor (1986), o bien Demasiada felicidad (2009), aunque quizá lo más apropiado sea Mi vida querida, publicado en castellano el pasado marzo, porque este volumen contiene, probablemente, los últimos relatos escritos por la autora.

 

En el 2006, tras escribir La vista desde Castle Rock, Munro anunció que no volvería a escribir. Quizá maduró su decisión, o le surgieron nuevas ideas, pero lo cierto es que tres años más tarde colocó en las librerías Demasiada felicidad, diez historias con una carga considerable de dolor que, esta vez sí, hicieron pensar a sus lectores que la autora no volvería a escribir. Nuevo error, porque la canadiense sorprendió de nuevo a propios y extraños con la publicación de Mi vida querida, catorce relatos con un mensaje final de la autora: “Las cuatro últimas piezas no son exactamente cuentos. Forman una unidad distinta, que es autobiográfica de sentimientos aunque a veces no llegue a serlo del todo. Creo que es lo primero y lo último –y lo más íntimo— de cuanto tengo que decir sobre mi propia vida”.

Si eso es así, si Munro tiene el firme propósito de haber escrito sus últimas páginas, se trata de una gran última obra. En los diez primeros relatos, la autora exhibe de nuevo ese talento literario que le permite utilizar un hecho nimio, en ocasiones casi una acción peregrina, para construir historias ambientadas en pueblos y ciudades, con personajes que parecen anodinos, con los que el lector puede encontrarse en la escalera de su casa, o en una esquina de su barrio, y que encierran historias de vidas corrientes convertidas con maestría en una lectura que conmueve, que entretiene y complace, y con finales que pueden ser sorprendentes pero que son la realidad convertida en pieza literaria. Los últimos cuatro relatos del libro son autobiográficos, y el último de estos, el que da título al libro, lo forman veinte páginas que describen la historia de su familia, dirigida por una madre con prejuicios que aspiraba a superar el ambiente de la vida rural en la que vivía, una madre a la que, en el último párrafo, quizá el último escrito por la autora a lo largo de su vida, parece pedirle perdón.

La Academia Sueca, siempre con lapsus en la distinción de méritos literarios, ha llegado en esta ocasión a tiempo para reconocer la gran trayectoria literaria de Munro, quizá la mejor autora viva de relatos. Y ya que hemos hablado de lapsus y olvidos, un último apunte. El primer Nobel de Literatura se concedió en 1901 y lo obtuvo  el poeta francé Sully Prudhomme. Desde entonces, han sido 110 los galardones adjudicados, 97 hombres y 13 mujeres.