Knut, Satán y el conde de Villamediana

Hace más de cincuenta años ca’l Quimet era un tugurio enfrente del cine Bosque en el que a cualquier hora del día o mejor de la noche podías entrar y agarrar una guitarra o ponerte al piano (o si te atrevías al trombón de varas) y desahogarte de toda la mierda del ambiente exterior de la Barcelona de aquellos tiempos, muy superior a la que había por las paredes en el interior y que, según mi madre que fue por allí un día, podías conseguirla del año que la pidieras.

Naturalmente por allí pasaba la gente más variopinta. Evoco ahora el recuerdo de Knut, al que a veces llamábamos Canuto. Era un marino noruego. No un capitán ni un piloto, un simple marino raso de pequeños mercantes. Tenía cara de vikingo y gestos de vikingo y si hubiera medio un palmo y medio más del escasísimo metro sesenta que medía hubiera parecido un verdadero vikingo, pero compensaba su talla esforzándose en comportarse como un vikingo auténtico: era borracho, putero y sabía jurar en siete idiomas, pero con unos reniegos terribles, espantosos, que cuando los lanzaba en noruego y con pose de barítono de ópera verista parecía que iban a abrirse los infiernos.

Una noche, a las mil y monas, cada uno con su dosis de alcohol –yo entonces tomaba ron caliente con limón– le empujamos hasta ver dónde llegaba su crescendo. En un momento dado confesó que lo que llevaba dicho era ya lo peor de lo peor pero tuvo que reconocer que aún había algo muchísimo peor que la peor blasfemia, que de ninguna manera se podía pronunciar. Tantos remilgos después de tanta bravuconería nos pareció ridículo y le forzamos entre todos a que nos dijera cuál era aquella terrible imprecación. Bajando los ojos al suelo, rojo como un pimiento y en voz inaudible murmuró: Satán.

Las carcajadas explotaron por todas partes: ¿Satán? ¿De verdad que Satán? ¡Satán! ¡¡Satán!! ¡¡¡SATÁN!!!

La desesperación del pobre Canuto le tenía al borde de la apoplejía: ¡No digáis esa palabra! ¡Pueden pasarnos cosas horribles! Le vimos tan auténticamente al borde del desquiciamiento que tuvimos que parar la coña marinera. Aquella noche regresó enfermo a su barco.

Le he recordado a cuenta de que lo que para unos puede ser la peor de las transgresiones para otros es una chorradica sin importancia. El atildado y a veces majadero Luis Alberto de Cuenca considera que la más memorable transgresión de la literatura castellana se encuentra en dos octosílabos que constituían el emblema de Villamediana, aunque él lo tomó de Garci Sánchez de Badajoz del que explica que sacó por cimera un diablo y dijo:

“Más penado y más perdido,
y menos arrepentido”.

Situándonos en aquellos tiempos de los Reyes Católicos, entendiendo la carga que entonces podía significar estar penado y sentirse perdido, jactarse de estarlo más que el diablo y proclamar que estaba aún menos arrepentido que él, independientemente de la posible incineración en vivo, esa aleluya implicaba una automaldición para toda la eternidad. Hoy, si se entendiera la gracia, que lo dudo, se consideraría una transgresión tontorrona, del estilo de la infantil ‘pedo-caca-culo’, que como mucho puede suscitar el comentario: ‘Nene, no molestes que los mayores estamos hablando’.

Comentaba ayer las pretendidas transgresiones intelectualoides de unos sedicentes artistas en Figueras. Después de escribir el comentario, por la noche, en esos insomnios que la edad te regala para revivir tus mejores tiempos si quieres aprovecharlos para eso, me veía de estudiante en el Quartier Latin. Habíamos descubierto (nuestra generación) un procedimiento para superar a los viejos y aburguesados existencialistas de Saint Germain que nos habían precedido en eso que desde hacía casi un siglo llamaban por allí épater le bourgeois (ellos consideraban que habían superado, a su vez, a sus antecesores de entre guerras que se aposentaron en Montparnasse, y éstos a los inventores del grito de guerra, Baudelaire, Rimbaud y compañía).

El método transgresor de nuestra generación consistía, además de los clásicos sempiternos medios de colocarse, en una nueva forma de arte basado en hacer que pasen cosas: El punto de partida fue el happening que llegó de América, luego la cosa fue evolucionando. En los primeros sesenta lo más sencillo y barato de montar eran los coches pintados o decorados exteriormente con dibujos (unos genitales, por ejemplo), objetos (periódicos adheridos cubriendo todo el vehículo con noticias espeluznantes) o textos (ne riez pas, madame, vôtre fille est, peut être, dedans) que acababan siendo famosos. Eso fue hace más de cincuenta años. Incluso antes del ’68.

Hoy, la idea de un coche decorado con provocaciones políticas me suscita el mismo hastío que rebosaba la generación anterior a la nuestra cuando, en vista de que su capacidad de transgredir creativamente se había acabado con su aburrido existencialismo, se decían unos a otros entre bostezos: ¡Sorpréndeme!

2 pensaments a “Knut, Satán y el conde de Villamediana”

  1. Amic Josep M,

    Feliciti especialment al equip d’editors que són els artistes que troben sempre la imatge més punyent quan es tratca de fotre un cop de puny.

    Això d’independentista funcional m’agrada molt. Si no el té registrat m’agradaria que em permetés utilitzar-lo que s’escaigui.

  2. Excel.lentíssim article, Aznar (el bo), sobretot perquè s’acompanya de la foto concreta que el provoca. Jo, independentista funcional, perquè és la nostra l’única revolució existent en aquestes moments, en tots els ordres i abarcant-ho tot, estic també fins al clatell del friquis que abusen d’una simbologia que encara és d’alliberament i que la converteixen en mer article de consum. Gràcies.

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