Juegos Olímpicos de Río. Ellas, otra vez ellas

M. Eugenia Ibáñez
Periodista

A su regreso a Madrid, finalizados los Juegos de Río de Janeiro, Ruth Beitia pidió a los periodistas que se amontonaban en su entorno que no dedicaran todo su espacio y tiempo al fútbol. Vino a decirles, en definitiva, que habían sido otros deportes, minoritarios en su mayoría, los que acababan de conseguir 17 medallas olímpicas. La atleta santanderina –medalla de oro en altura, la primera de este metal del atletismo español en 24 años, el primer oro de una española en esa disciplina– podía haber añadido que nueve de esas preseas habían sido femeninas, que las habían peleado mujeres a las que aquellos periodistas, tan solícitos en Barajas, habían hecho caso omiso en los últimos cuatro años, los mismos que seguirían ignorándolas a partir del momento en que los Juegos de Río quedaran difuminados en el recuerdo. Y si eso fue lo que Beitia pensó, es probable que dé en el clavo, porque a partir del inicio de las competiciones, el deporte femenino regresará a su techo de cristal informativo. Volverá a ser ignorado.

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Ruth Beitia, especialista en salto de altura, medalla de oro en Río 2016 y tetracampeona de Europa


Río de Janeiro ha repetido miméticamente el fenómeno informativo que se dio hace cuatro años en los Juegos de Londres. Entonces, el 64% de las medallas logradas por las mujeres -que fueron el 40% de la delegación española- despertó un entusiasmo en los medios de comunicación del país transformado en entrevistas, jugosos titulares y artículos que ocuparon un día tras otro los espacios destinados a los Juegos. Parecía como si los periodistas hubieran descubierto en Londres la existencia del deporte femenino español. Como si una medalla olímpica se pudiera conseguir de un día para otro. Como si detrás de aquellos premios no hubiera un trabajo y un progreso que los medios informativos no habían querido ver. Después de Londres, cuatro años de silencio, hasta llegar a los siguientes Juegos Olímpicos.

En Río, el 46,5% de la delegación española (142 mujeres) ha acaparado el 53% de las 17 medallas logradas. Pero hay más, porque el toque de calidad al trabajo de esas deportistas lo da el hecho de que el 57% de los siete oros conseguidos han sido de ellas. En resumen: calidad y cantidad en los logros femeninos en Río. Y de nuevo, páginas y más páginas en la prensa y espacio generoso en radio y televisión, como no podía ser de otra manera si los medios debían informar sobre el papel del equipo español. Igual que tras los éxitos de Londres, algún medio incluso ha dejado traslucir en Brasil un cierto reconocimiento de culpa.

Por citar un único ejemplo, Robert Álvarez en El País se refería el 21 de agosto al “socavón mediático entre el deporte femenino y el masculino” para explicar el desconocimiento que en España hay sobre la gran calidad de las jugadoras norteamericanas de baloncesto, la WNBA. El enviado especial podía también haber hablado del inmenso abismo que el silencio informativo crea entre los logros de mujeres y hombres. Y por silencio se entiende que los espacios dedicados al deporte femenino en  las televisiones públicas catalanas, por ejemplo, no lleguen al 2% de sus programas dedicados a esta materia, según un informe del CAC (Consell de l’Audiovisual de Catalunya) realizado en el 2011, último estudio serio de contenidos dedicado al deporte. Otro trabajo, la tesis doctoral de Clara Sainz de Baranda, de la Universidad Carlos III, probablemente el mejor análisis sobre el deporte femenino en los medios de comunicación, fija el espacio en los medios especializados dedicado a la mujer entre el mínimo del 3,3% del diario Sport y el máximo del 5% en el Mundo Deportivo, quedando Marca y As con el 4,22% y el 4,45%. Movistar+, la gran vendedora de deporte, ha centrado su programación en el fútbol y baloncesto y esporádicamente en otros deportes, pero siempre masculinos. Salvo error, que nos complacería rectificar, la temporada anterior no incluyó en su amplia programación ni una sola competición femenina. Esta paupérrima dedicación priva de visibilidad al trabajo y resultados de la mujer en estadios y pabellones y, como consecuencia, limita sus posibilidades de patrocinio y superación.

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Carolina Marín, durante la final olímpica

Cuando se pregunta a los periodistas especializados el porqué de ese silencio la respuesta es siempre la misma: la audiencia manda y las  preferencias del lector son las que nos fijan programaciones y contenidos. Según esa explicación, el deporte femenino no interesa y en consecuencia no se puede perder el tiempo en informaciones que no interesan. Ese argumento se convierte en apriorismo falso, quizá incluso en falacia, cuando se analizan las audiencias de TVE en las retransmisiones  de Río. La final olímpica de bádminton -deporte más que minoritario en España- entre Carolina Marín y Pusarla Sindhu fue vista por 2,5 millones de espectadores con una cuota de pantalla del 22,6%, share muy superior al de la media de Sálvame, el programa del corazón de Tele5, mientras la semifinal de la misma deportista se acercó al millón de espectadores. La final de la selección femenina de baloncesto frente a la de Estados Unidos tuvo 1,6 millones de espectadores y una cifra similar la gimnasia femenina. La semifinal de Eva Calvo en taekwondo superó el 1,5 millones, la prueba de Mireia Belmonte en los 400 estilos fue vista por 1,2 millones, la competición de dúo de la sincronizada por 1,3 millones y la gimnasia rítmica rozó el millón. Sirva como dato de comparación el encuentro de las selecciones masculinas de España y Estados Unidos (2,9 millones de espectadores) y la final de fútbol masculino entre Brasil y Alemania, dos millones de espectadores.

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La nadadora Mireia Belmonte ha conseguido dos medallas (oro y bronce) en los juegos de Río de Janeiro

Es cierto que los datos anteriores corresponden a unos Juegos Olímpicos, donde en ocasiones el interés por compatriotas en liza puede superar al atractivo de la actividad deportiva en cuestión, pero lo cierto es que fueron muchos los millones de espectadores los que se engancharon a las retransmisiones y no cerraron su televisor ante el protagonismo de una mujer. Y al margen de lo que ocurrió en Río no es despreciable el dato del 1,1 millón de espectadores que, en el 2013, fueron testigos ante el televisor de la final de la Eurocopa que la selección femenina de baloncesto ganó a Francia. Esas cuotas de pantalla deberían ser un punto de partida para desmontar la facilota excusa oficial de los medios de comunicación de falta de interés del público, del lector, para negar visibilidad a la deportista, una visibilidad que pedían Laia Palau, capitana de la selección de baloncesto, tras conseguir la medalla de plata, y Marta Mangué, capitana de la de balonmano, que también expresaba el dolor que le causa que en España “solo se hable de fútbol”.

A golpe de tenacidad, de trabajo y de resultados, las deportistas se están ganando un espacio en los medios de comunicación, están demostrando que pueden ofrecer un retorno económico a los patrocinadores que apuesten por ellas, unas ayudas económicas que eviten, por ejemplo, que el 67% y el 60% de las jugadoras de las selecciones de baloncesto y balonmano, respectivamente, hayan tenido que salir de España para seguir jugando. Pero es preciso que los profesionales de la información deportiva den un paso adelante y acepten que la presencia femenina debe superar la de las cheeleaders en los campos de baloncesto y la de las chicas en minifalda que dan un beso al ganador de una etapa ciclista. Los periodistas deben aceptar de una vez que algo está cambiando y que esa minoría de deportistas (el 21% del total de fichas federadas españolas) es  capaz de plantarse en unos Juegos Olímpicos y salvar el negro panorama del deporte español. Los medios de comunicación tienen argumentos profesionales más que suficientes para modificar las prioridades informativas que han mantenido hasta ahora. Pero otra cosa es el sexismo imperante en el sector.

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