¡Vuelve Ortega!

José Ortega y Gasset dejó dicho mucho; pero además dejó las bases para poder seguir comprendiendo este país durante mucho tiempo.

La soberbia autista de las élites (12)
Bibliografía – La rebelión de la masas 

Miguel Aznar
Consultor

Comencé, en la primera entrega de esta serie, con una amplia referencia a la Rebelión de las Masas. Ahora, cuando estoy desarrollando esta bibliografía histórica comentada sobre el tema que nos ocupa –la soberbia autista de las élites– al llegarle el turno a esta obra, comprendí que no tiene sentido desarrollar su millonésima interpretación. Ahí están todas las anteriores, con las legiones de detractores y admiradores del libro y del autor.  Ahora he querido, sencillamente (pero ¡es tan difícil ser sencillo!), señalar algunos elementos que me parecen claves para los propósitos de esta serie.

La importancia de la Historia para Ortega

En primer lugar, Ortega, como Américo Castro, es de los que creen que la Historia es fundamental para entender el presente y para proyectar el porvenir. Y Ortega conocía muy bien la Historia de Europa y la Historia de España. Años después de publicar la Rebelión de las Masas, en su serie de conferencias sobre el Hombre y la Gente, habla de “la emoción que me causaron en la mocedad aquellas palabras de Hegel, al comienzo de su Filosofía de la Historia: «Cuando contemplamos el pasado, esto es, la Historia, lo primero que vemos es sólo… ruinas»” y de ahí se fue elevando hasta proclamar: “El saber histórico es una técnica de primer orden para conservar y continuar una civilización provecta. No porque dé soluciones positivas al nuevo cariz de los conflictos vitales —la vida es siempre diferente de lo que fue—, sino porque evita cometer errores ingenuos de otros tiempos. Pero si usted, encima de ser viejo, y por lo tanto, de que su vida empieza a ser difícil, ha perdido la memoria del pasado, no aprovecha usted su experiencia, entonces todo son desventajas”.

Ortega tiene muy cerca el caso español (no el catalán, donde la memoria elefantíaca es la base de la eterna supervivencia de agravios y amistades), en el que todo el mundo parece incapacitado para recordar nada de su existencia pretérita; y específicamente la media España católica y patriotera que desprecia cualquier referencia que retrate sus conductas más infames soltando al desgaire: ‘son cosas del pasado’.

Pero Ortega va más allá, y generaliza este esquema a los europeos en conjunto: “Pues yo creo que ésta es la situación de Europa. Las gentes más ‘cultas’ de hoy padecen una ignorancia histórica increíble. Yo sostengo que hoy sabe el europeo dirigente mucha menos historia que el hombre del siglo XVIII, y aun del XVII. Aquel saber histórico de las minorías gobernantes –gobernantes sensu lato–  hizo posible el avance prodigioso del siglo XIX. Su política está pensada –por el XVIII– precisamente para evitar los errores de todas las políticas antiguas, está ideada en vista de esos errores y resume en su sustancia la más larga experiencia. Pero ya el siglo XIX comenzó a perder ‘cultura histórica’, a pesar de que en su transcurso los especialistas la hicieron avanzar muchísimo como ciencia. A este abandono se deben en buena parte sus peculiares errores, que hoy gravitan sobre nosotros. En su último tercio se inició – aún subterráneamente – la involución, el retroceso a la barbarie, esto es, a la ingenuidad y primitivismo de quien no tiene u olvida su pasado”.

Me faltan conocimientos para confirmar esas gruesas afirmaciones de Ortega, realizadas a comienzos de siglo XX. Mi opinión es que hasta épocas muy modernas los historiadores no han dispuesto de herramientas conceptuales razonablemente potentes, por lo que desde los tiempos clásicos ha habido que dividirlos, dejando al margen a los lameculos oficiales, entre los que se dedicaban al chismorreo de alcoba y los que intentaban narrar los elementos que les parecían trascendentes. Naturalmente, podemos bromear comparando a Tácito el moralista con Suetonio el cotilla, pero no tiene sentido contrastarlos con, pongamos, Pierre Vilar.

De esa situación se deduce que ‘la Historia’ era una acumulación de informaciones inconexas, a menudo contradictorias, de la que no era fácil sacar esas consecuencias que pedía Ortega (evitar cometer errores ingenuos de otros tiempos). La Historia era algo así como la Astronomía babilónica, donde los acontecimientos astrales se acumulaban y la predicción de un eclipse se obtenía, con resultados mediocres, a base de comparar miles de datos en bruto. Quizá, pienso yo, la gente se cansaba de tener que interpretar a lo bruto cada vez más datos, y era eso lo que desalentaba a Ortega…

Mi experiencia personal, a partir de los años sesenta no es tan negativa: Cierto que corriendo por Europa he encontrado grandes lagunas de memoria de tiempos muy específicos, olvidos estratégicos diría yo más bien, en especial cuando preguntabas por cosas de quince años atrás, como, en Munich, ‘¿dónde está la cervecería del Führer?’, pongamos por anécdota. Pero esos europeos de a pie tenían memorias muy claras sobre temas que les afectaban (“¿por qué a una roca peligrosa y traicionera en un puerto neerlandés se le llama ‘un duque de alba’?”) o sobre temas generales (un colega de la cadena de montaje en Alemania me pidió que le ampliara sus conocimientos, muy superiores a los míos, sobre el papel de los Pinzones en el descubrimiento de América).

Descubrimiento de América. Encuentro de Colón con los aborígenes americanos

No puedo menos que preguntarme: En esos años desde los que nos habla Ortega, en ese tiempo de postguerra de la mayor carnicería (hasta entonces) de la humanidad, ese desconocimiento de la Historia por parte de los europeos, ¿era olvido estratégico?, o ¿estaba Ortega generalizando a Europa ese vicio tan específicamente español de no querer recordar el pasado? O quizá simplemente es que el tema me depasa…

La perspectiva histórica de Ortega

He dicho que, Ortega, como Américo Castro, es de los que creen que la Historia es fundamental para entender el presente y para proyectar el porvenir. Y Ortega conocía muy bien la Historia de Europa y la Historia de España.

Entender la base histórica que está en el origen de sus ideas me ha parecido importante, y me he atrevido a proponer unos esbozos de la Historia de España con este fin. Ahí atrás han quedado, y espero que iluminen el porqué de lo que Ortega dice y cómo interpretarlo.

La Rebelión de las Masas, dejé anotado, se publicó en 1929. Cuando Ortega reflexiona, hace un siglo, sobre este asunto tiene en la cabeza no una anécdota más o menos vistosa o escandalosa, más o menos explosiva o significativa (la Revolución Francesa, o la Rusa, o cualquiera de las españolas…) sino, con su capacidad sintética, una perspectiva del comportamiento de las masas y las élites, desde una perspectiva propia que, si no le dolía como a Unamuno, sí la comprendía como si la hubiera parido: La perspectiva de la evolución secular de masas y élites en España, desde el origen de esa dinámica (que yo he situado en los Trastámara) y teniendo en cuenta sus raíces (que yo he situado en lo que Vicens llamaba el epigonismo visigótico). Que Ortega tuviera ciertamente esa perspectiva es algo que un estudioso podría quizá probar. Yo no. Yo simplemente cierro los ojos y lo veo así. Leo a Ortega y lo entiendo así, con la mente y con las yemas de los dedos. E se non é vero, é ben trovatto.

Campo de juego bidimensional

Con esta perspectiva descubrimos que Ortega, al referirse a masas y élites, no se está situando sobre un esquema unidimensional (clase alta – clase baja, ricos – pobres, derecha – izquierda…) sino en un esquema bidimensional, en el que a la dimensión anterior se le añade otra cuyos dos extremos son las dos Españas, o sea, tal como las calificamos anteriormente: en un extremos las élites sensibles, pacíficas y amigas de los diferentes, a las que llamamos en ocasiones humanitarios y liberales (recordando que en España ser liberal no es una opción política, sino un talante), convencidos de que España es relativa, contingente y ampliamente inclusiva; acompañados de aquella pequeña fracción risueña de las masas que se deja arrastrar por ese espíritu y esas ideas…

… Y en el otro extremo, tal como expusimos, los fanáticos partidarios de la ortodoxia, que babean y piden sangre a gritos, a los que ocasionalmente hemos llamado católicos fundamentalistas, defensores del concepto de la España una, grande, sempiterna y excluyente de toda divergencia, de la que ellos son los garantes; secundados por los escarmentados descendientes de moriscos y judíos, y de los cristianos pobres que mezclados con ellos compartieron las miserias de la época, que ya fueron víctimas entonces de la deserción de sus élites (sus líderes conversos y luego reconvertidos, los grandes nobles de Granada, los grandes rabinos de Burgos, etc.), y que así abandonados a sí mismos, aprendieron las normas de supervivencia: escaquéate, que no se te vea, que no se te note; el amo, el cura, el policía, el inspector (de Hacienda o del gas…), el capataz, el cacique, el alguacil… en una palabra, el que manda, manda, y no te busques problemas… esos  escarmentados ciudadanos que en España representan aún la ceñuda mayoría de las masas.

Siempre esta segunda facción, la de la España eterna y cristiana, fue la fuerte, y los que se opusieron a ella fueron desintegrados o desintegrándose. Sólo después de las grandes patadas al hormiguero el raciocinio y la buena voluntad de algunos rescataron las viejas ideas benevolentes sobre el ser humano y su destino, resucitando la esperanza y, si no triunfando, al menos manteniendo la alternativa positiva de esta dicotomía. Cataluña (que decía Vicens que era más la tierra que la gente, porque aquélla moldeaba a ésta), sistemáticamente se situaba contra aquella facción, y así perdió siempre y Barcelona fue bombardeada a placer.

Y recordemos que esa dicotomía, como ya señalamos, no coincide exactamente con reaccionarios y progresistas, que a veces se intercambiaban estos papeles.

Éste es pues, para mí, el tablero que Ortega examina y tiene presente, y del que deduce sus conclusiones. No entender esto, especialmente porque no se es español o no se conoce nuestra Historia, y reducir el binomio élites – masas a una pura cuestión de riqueza o categoría social (aunque Ortega diga lo contario) da lugar a esa caricatura del Ortega clasista, tan extendida aquí y especialmente por ahí. Muy específicamente, concreta: “Dentro de cada clase social hay masa y minoría auténtica”.

España, en Europa

¿África empieza en los Pirineos?

Ortega juega muy bien en el tablero español y en el tablero europeo. En ocasiones insiste en que las diferencias entre europeos son mínimas, pero que deba incluirse entre ellos a los españoles, en general, es una afirmación muy arriesgada. El tema de para una tesis, pero hay algunas anotaciones que quisiera dejar aquí:

Por una parte, cuando Ortega homogeniza a los europeos, y cuando incluye ahí a los españoles, atribuya a Europa más españolidad de la que quizá tenga. Por más quinto de Alemania que sea, es tan español que no puede evitarlo.

Por otra parte, cuando te paras a ver de quién habla cuando dice eso, tienes la sensación de que piensa en gente como él mismo, que atribuye a Europa la mayor parte del contenido de su cabeza. Dicho rápido, parecería que cree que las élites españolas son (eran) homologables con las europeas. Eso es algo, pero no mucho. Cuando, por otra parte, se refiere a las masas, el desapego que muestra, además de ser de claro estilo español (a veces parece que desprecie como si él mismo fuera un portavoz parlamentario del PP), da la impresión de que tenga en su cabeza a las masas españolas.

Creo que espigando significados podríamos deducir un par de elementos diferenciales importantes:

Dice Ortega: “Pesa mucho más en cada uno de nosotros lo que tiene de europeo que su porción diferencial de francés, español, etc. las cuatro quintas partes de su haber íntimo son bienes mostrencos europeos”. El truco de lo que dice está en el ‘nosotros’, que hace que deba interpretarse así: Las élites españolas somos homologables a las europeas en cuanto a nuestros modos de pensar. En eso conforme, pero no en sus comportamientos: En España, a diferencia de Europa en general, las élites dimitieron escandalosamente de sus puestos hace mucho tiempo.

Las masas españolas tienen en común con las europeas lo que las hace, precisamente, masas: “Dondequiera ha surgido el hombre-masa … es idéntico de un cabo de Europa al otro”. El hombre masa español es idéntico al del resto de Europa en lo que le hace hombre-masa, sí. Pero las masas españolas incorporan un par de cualidades características que las hacen desalentadoramente desesperantes: Por una parte se trata de unas masas especialmente palurdas (recordemos la definición de Napoleón: los españoles son una banda de palurdos conducidos por una banda de frailes) y asilvestradas (en ningún país de Europa se ha llegado en el último siglo al nivel de salvajismo que se ha practicado en España). Por otra parte las masas españolas han aprendido la lección de quién es el amo, y son extraordinariamente serviles, a diferencia, por ejemplo, de las masas alemanas, que saben muy bien quién es el amo pero que no le siguen servilmente, sino con orgullo y marcando el paso de la oca.

¿El fin de las ideologías?

Hemos dejado claro que España se dividió dos veces (no me refiero al tiempo, sino a la forma: se dividió de dos maneras), una en el sentido clásico de derechas e izquierdas y otra en el otro sentido también clásico de las dos Españas.

Ortega tiene una fe enorme en el valor de su división de la humanidad: “La división más radical que cabe hacer de la humanidad es ésta, en dos clases de criaturas: las que se exigen mucho y acumulan sobre sí mismas dificultades y deberes, y las que no se exigen nada especial, sino que para ellas vivir es ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismas, boyas que van a la deriva”.

Debemos pensar que, de alguna manera, ésta es su manera de generalizar a Europa el esquema de las dos Españas que él encontró al estudiar su Historia. Y digo esto porque esta dualidad ciertamente la tuvo que valorar, mientras que la otra dicotomía, derecha – izquierda la despreció: “Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil”.

Conferencia de José Ortega y Gasset en el cine de la Ópera, Madrid

Pocos años pasaron entre que Ortega escribió estas líneas y la realidad española le demostró que, imbéciles o no, era muy importante tener en cuenta la división derechas e izquierdas. Ni siquiera tuvo que esperar a que comenzaran los tiros: En su conferencia del Cinema de la Ópera de Madrid el 6 de diciembre de 1931 – o sea, 236 días después de la proclamación de la República – ya reconoció: “No es eso, no es eso”.

La unidad hipostática

Cuando Ortega encasilla a todo el mundo en una de las dos categorías, élite o masa, no se limita a plantear una repartición de ‘suma igual a uno’, es decir, que la Humanidad se reconstruye sumando unas y otras; también advierte que no puede segmentarse en forma de ‘producto cero’, es decir: sólo élites, sin masas, no es una Humanidad, es una entelequia celestial; sólo masas sin élites tampoco es una Humanidad, es simplemente un caos. Ortega, al conjunto articulado de élite y masa le llama ‘unidad dinámica’: no están juntos para dedicarse a la contemplación, sino para hacer. ¿Para hacer qué?

¿Sabe usted lo que es una Nación?

En estos tiempos en que esa potente capacidad instintiva de los españoles de convertir en insulto cualquier palabra, por técnica que sea, está llegando a tan excelsos extremos; en este momento en que la palabra ‘nacionalista’ ya se escupe más que se pronuncia (como hace años pasaba con la palabra ‘dialecto’), especialmente por los herederos del más sanguinario nacionalismo peninsular que ha habido desde los Trastámara: el nacionalismo español; en este momento en que para desacreditar a un adversario que defiende una España de las Naciones basta con mirarle de través y soltarle por el colmillo  “¿Sabe Usted lo que es una Nación?”, con la esperanza de que se ahorque con su propia cuerda; en este momento, digo, vale la pena recordar que Ortega, en su Rebelión de las Masas (1929), abunda y completa sus ideas sobre el tema de su España Invertebrada (1920).

En el ’20 Ortega repitió del derecho y del revés que “la potencia verdaderamente sustantiva que impulsa y nutre el proceso de integración es siempre un dogma nacional, un proyecto sugestivo de vida en común… los grupos que integran un estado viven juntos para algo: son una comunidad de propósitos, de anhelos, de grandes utilidades … No es el ayer, el pretérito… lo decisivo para que una nación exista … Las naciones se forman y viven de tener un programa para mañana … El pensamiento político al uso busca el mal radical en Cataluña y en Vizcaya, cuando no es allí donde se encuentra…. Cuando una sociedad se consume víctima del particularismo, puede siempre afirmarse que el primero en mostrarse particularista fue precisamente el Poder Central. Y eso es lo que ha pasado en España … ¿Qué nos invita el Poder Público a hacer mañana en entusiasta colaboración?”.

Ahora, es decir, diez años más tarde, Ortega remacha: “El Estado es siempre, cualquiera que sea su forma – primitiva, antigua, medieval o moderna –  la invitación que un grupo de hombres hace a otros grupos humanos para ejecutar juntos una empresa. Esta empresa cualesquiera sean sus trámites intermediarios, consiste, a la postre, en organizar un cierto tipo de vida común.”

Y parándonos por un momento en este punto: ¿Qué ofertas se presentan hoy a las masas de este país? Unos ofrecen atar fuerte la España de siempre y no buscarse problemas; otros, atar fuerte la ‘igualdad’ de todos los españoles (bonito eufemismo para referirse a la envidia secular del país). Son dos ofertas que nunca estuvieron tan próximas; de hecho a menudo los que defienden la una también incorporan a sus discursos la otra. Los que se sientan enamorados por esas dos propuestas formarán la nación española. Aquellos que se sientan asqueados por ellas no serán españoles si no es por la fuerza.

Y siguiendo con Ortega, añade: ”El entresijo esencial de una nación … se compone de estos dos ingredientes: primero, un proyecto de convivencia total en una empresa común; segundo, la adhesión de los hombres a este proyecto incitativo. Esta adhesión de todos engendra la interna solidez que distingue al Estado nacional de todos los antiguos, en los cuales la unión se produce y mantiene por presión externa del Estado sobre los grupos dispares, en tanto que aquí nace el vigor estatal de la cohesión espontánea y profunda entre los súbditos”. Excelente herramienta de medición para saber si estamos en un estado moderno, o sea democrático, o antiguo, o sea autocrático.

Y resume esta idea en muy corto: “Nación significa la ‘unión hipostática’ del Poder público y la colectividad por él regida”.

Y es un proceso dinámico: “La nación está siempre o haciéndose o deshaciéndose. Tertium non datur. O está ganando adhesiones o las está perdiendo, según que su Estado represente o no a la fecha una empresa vivaz.”

Ortega recoge la idea de Renan (“La existencia de una nación es un plebiscito cotidiano”): “Esto es lo que reverbera en la frase de Renan: la nación como excelente programa para mañana. El plebiscito decide el futuro”.

Karl Marx

Europa o la Humanidad

Ortega deja al margen el tema de las masas proletarias revueltas contra los capitalistas. Eso podría marcar el futuro del mundo, y Ortega es cosmopolita pero modesto: Lo que pase en el mundo que lo analicen Marx o su porquero; a él lo que le interesa es lo que pasa en Occidente, en su Occidente. Y ahí la teoría general de Marx puede ser matizada con una particularidad superestructural que es tan importante que puede dar un tumbo específicamente diferente de lo que se podría derivar de un cálculo marxista.

En el bien entendido que toda esta reflexión no la hizo Ortega, al menos que yo sepa y me costaría imaginarlo, sino que él fue directamente a la suya, y nos habló de lo que nos habló: la rebelión de las masas occidentales. Que posteriormente las masas del segundo mundo y las del tercero a medida que van alcanzando suficiente poder adquisitivo, se vayan añadiendo a la movida nos prueba que quizá Ortega tenía unas ideas más universales de lo que él mismo pensaba.

Sin discutir el valor de los análisis de base económica de Marx, que marcan una línea de evolución general (recordemos que el marxismo siempre pretendió delinear la línea general, pero que sobre ella podrían haber enormes modulaciones de otro origen), esta dualidad masas – elites, por mucho que consideremos que sólo es un modulador de la evolución de la sociedad, puede ser tan fuerte que su modulación haga descarrilar nuestra sociedad. Y que luego vengan otros y dentro de una dinámica marxista, si ustedes quieren, monten otra cosa. Pero Occidente se habrá ido al carajo, no por la línea medular de Marx sino por los elementos modulantes que les cuenta Ortega. En ese momento, para Marx que Occidente se diluya o se garrapiñe será irrelevante, porque habrá dejado de ser un elemento clave de la estructura del mundo para ser un adorno superestructural.

Igual que en la Primera Guerra Mundial las dinámicas patrioteras de franceses y alemanes pudieron más que la dialéctica proletarios – capitalistas, ahora (o luego) la dinámica masas – élites podrán ser preponderantes, cuando de lo que se trate sea si nosotros, Occidente, sobreviviremos o no.

Aprés Nous, le Deluge

Dicen que Madame de Pompadour lo dijo con pesar, pensando que después de ellos llegaría el caos. Dicen que Luis XV lo repitió con displicencia queriendo decir: ‘¡que les den!’.

No pretendo atribuir a Ortega ninguna de estas dos intenciones. Demasiado señor para ambas. Pero tenía sus dudas sobre el futuro. Comienza citando a Hegel: “¡Las masas avanzan!”, y le califica de “apocalíptico”. Sitúa y califica esa invasión: “… el (hecho) más importante en la vida pública europea hasta la hora presente”. Lo define: Es “el advenimiento de las masas al pleno poderío social”. Razona: “Como las masas, por definición, no deben ni pueden dirigir su propia existencia, y menos regentar la sociedad, quiere decirse que Europa sufre ahora la más grave crisis que a pueblos, naciones, culturas, cabe padecer. Esta crisis ha sobrevenido más de una vez en la historia. Su fisonomía y sus consecuencias son conocidas. También se conoce su nombre: Se llama la rebelión de las masas.”

Ortega anota que las masas disfrutan de todas las aportaciones de la ciencia y de la técnica (y eso que no tuvo ocasión de ver a todo quisque con móvil inteligente), sin necesidad de entender no ya por qué las cosas funcionan como funcionan sino ni tan siquiera sus principios más elementales. Con eso las masas se sienten satisfechas, y desprecian la posibilidad de entender, de comprender, de conocer, de convertirse en alguien que sabe y entiende… Incluido desprecian entender cómo hemos llegado hasta ahí.

A principio de los cincuenta Asimov describía un planeta (¿la Tierra?) en el que una civilización pasota, que sólo vivía para la subsistencia y el ocio más elementales, precisaba de vez en cuando que alguien que rondaba por ahí pusiera en marcha los sistemas para hacer que lloviera, que nadie sabía lo que eran, ni cómo funcionaban, ni les importaba un rábano. Con eso su mundo les daba lo que necesitaban para vivir su vida al margen del resto de la Galaxia. Claro que, en realidad, todo estaba bajo el control de unos robots que los últimos representantes de las élites de la humanidad habían previsto para asegurar la supervivencia de la especie, que si no… Retengamos esta utopía para más adelante…

Pero hemos de tener en cuenta que esas masas sin cultura ni deseos de tenerla, ya puestas, se burlan (no diré critican, que eso supondría reflexión) de todo el sistema de valores occidentales que permitió llegar hasta ahí. Ortega lo resume: “Europa se ha quedado sin moral”. Todo lo que se tiene se considera que son (expresión terrible que en el siglo XX ha servido para cegar a tantos necios que se creyeron progresistas) ‘derechos adquiridos’ – el hombre masa “tiene sólo apetitos”, dice Ortega – sin ver que cada uno de esos derechos (la sanidad, la educación, el seguro de paro…) se basa en la praxis continua de todos esos valores (esfuerzo, conocimiento, respeto…) que desprecian. Las masas beneficiarias de todos esos avances no los consideran como resultado de una organización sino como regalo de la naturaleza, en una paráfrasis de Ortega, pidiendo todos los derechos sin reconocer sus obligaciones, despreciando las jerarquías.

Los vientos de la Historia

Pero no por eso Ortega dudaba del triunfo de esa rebelión: para él eso era ya un hecho. Simplemente había dos posibilidades: “La rebelión de las masas puede, en efecto, ser tránsito a una nueva y sin par organización de la humanidad, pero también puede ser una catástrofe en el destino humano”. Dos alternativas potentes… ¿Cómo podremos averiguar hacia dónde soplan los vientos de la Historia?

Permítanme que copie un expresivo párrafo de José María Matás, polígrafo y librófago, para explicar este concepto: “Con esta socorrida metáfora solemos aludir al carácter variable, impredecible, turbulento, incluso violento con que los acontecimientos se incardinan unos a otros, ora como una brisa, ora como un ciclón horadando la tierra, mientras dejan tras de sí una estela de semillas que irán germinando a su vez al tiempo que multiplican los acontecimientos y hacen avanzar de forma discontinua …  nuestra común aventura.”

Así, pues, digamos que los vientos de la Historia, ahora más ciclón que brisa, fuera quien fuera quien soplara, tejieron durante siglos ese cañamazo de fondo de esta Hispania-España por el que hemos paseado a lo largo de tres extensos capítulos, sembrando las semillas de lo que somos, masas y élites, mostrándonos con claridad la distinción entre unas y otras, y cómo unas y otras son. En un principio, cada pedazo de país, cada valle, cada pago, cada burgo tenía sus masas regidas por sus élites. Los flujos y reflujos medievales fueron aglomerando sociedades, con élites cada vez más cosmopolitas (homogenizándose primero por reinos y luego internacionalizándose) y masas que, aunque cada cual estaba anclado a su terruño, más similares iban resultando dentro de las diferentes castas (moros, cristianos y judíos).

En tiempos de los Trastámara llegó la homogenización definitiva de las élites peninsulares, con la gran defección primero de la élite judía y luego de la última élite mora (otras lo habían venido haciendo durante siglos), que se incorporaron a la élite cristiana dejando a unas masas (unos pocos judíos, unos muchos moros) sin líderes, ni maestros ni empleadores, como puro lumpen anexo a las masas cristianas, de las que ya no se separaron, pero a las que contagiaron el miedo y sus consecuencias.

Y fue entonces, al mismo tiempo, que se separaron las dos Españas. Cada una con su élite. La de (permítanme que me repita) las élites sensibles, pacíficas y amigas de los diferentes, humanitarias y liberales, convencidas de que España es relativa, contingente y ampliamente inclusiva, que arrastró a una pequeña fracción, valiente y risueña, de las masas…

… Y la de (permítanme de nuevo que me repita) los líderes fanáticos, partidarios de la ortodoxia, a los que ocasionalmente hemos llamado católicos fundamentalistas, defensores del concepto de la España una, grande, sempiterna y excluyente de toda divergencia, de la que ellos son los garantes, que nunca han dudado a la hora de gritar y pedir sangre para conseguir ser secundados por los escarmentados descendientes de aquellas masas de moriscos y judíos, y de los cristianos pobres que mezclados con ellos compartieron las miserias de la época, y que aprendieron las normas de supervivencia: escaquéate, que no se te vea, etc…; el que manda, manda, ya sea el amo, el cura, el cacique, el alguacil, etc…; no te busques problemas (no te metas en política, que decía el Caudillo); esos  escarmentados ciudadanos que forman las masas españolas, ceñudas, palurdas y ciegas por autodefensa ante cualquier canallada de los que mandan.

Y, desde luego, cada cual ha estado en su sitio, a veces con crímenes bestiales que vengarán bestialmente los vencedores cuando se trate de los que ellos sufrieron, mientras olvidan (‘son cosas del pasado’) los que ellos cometieron; a veces con poses ridículas, que serán aplaudidas entusiásticamente por sus respectivas masas.

Pero, al margen de esas valoraciones, el hecho es que España se dividió en las dos Españas, desde los Trastámara, cada España con su élite y con su masa, y así siguió, a trancas y barrancas, hasta la Guerra del Francés.

Los huracanes de la Edad Contemporánea

Lo hemos anotado por diversos sitios: La Guerra del Francés marca el punto en que las élites fundamentalistas, agostada su vitalidad por siglos de buena vida, partidas en querellas dinásticas y temerosas de ser dañadas por la marea revolucionaria que en el país vecino había cortado las cabezas de sus compadres, se ocultó bajo tierra. Las élites liberales, animadas por el triunfo de las ideas revolucionarias, intentaron encontrar (y fracasaron) la manera de compaginar su afrancesamiento con su pertenencia a un país especialmente xenófobo. Las masas, sueltas, sin liderazgos ni referencias, tuvieron que inventarse un relato, que diríamos ahora, y así idealizaron un Rey Deseado, culparon de todo a los franceses y a los que les abandonaron, y en consecuencia mataron franceses y afrancesados a placer, gritaron ‘¡Viva las caenas!” cuando llegó su Deseado, y, ya puestos, se dedicaron al bandolerismo que ahora todo se puede y después que nos quiten lo bailado. Cuando Ortega escribió su obra aún no había llegado nuestra gran Guerra Civil. Debía tener en su cabeza la Guerra del Francés cuando escribió: “Cuando la masa actúa por si misma, lo hace solo de una manera, porque no tiene otra: lincha.”

La Defensa del parque de artillería de Monteleón durante el Levantamiento del 2 de mayo de 1808 en Madrid es una obra de 1884 del pintor valenciano Joaquín Sorolla pintada al óleo sobre lienzo

Aquella doble desafección de las élites, rematada por la sucesión de explosivas guerras civiles durante más de un siglo, además de la catástrofe económica y humanitaria que representó, conformó con rasgos muy marcados tanto a las élites resultantes (líderes, edecanes y adláteres) como a las masas (chusqueros, beatas y patanes).

Tan marcados sus rasgos que aún hoy nos explican con total claridad los comportamientos de un José María Aznar creyéndose el Cid con su mandoble, de un Alfonso Guerra llamando a las armas contra Cataluña, de un Rafael Hernando vomitando zafias chulerías … y hasta de un Butragueño, escandalizándose porque sea un periódico deportivo de Barcelona el que representa a España en la concesión de un galardón deportivo.

Y tan marcados sus rasgos que hoy nos explican con total claridad la fascinación idealizada de Tierno Galván por el PCE, la lucha contra gigantes y molinos de un Alfonso Comín, el compromiso de un Pep Guardiola o la, absolutamente incomprensible para cuarenta millones de españoles, posición numantina de unas masas catalanas que han tirado por la borda el seny para abrazarse, como si fuera un salvavidas de hormigón, a la rauxa.

Hay que saber cómo son las masas

Hemos anotado que Ortega no dudaba del triunfo de esa rebelión de las masas que para él era ya un hecho. Simplemente había dos posibilidades: “La rebelión de las masas puede, en efecto, ser tránsito a una nueva y sin par organización de la humanidad, pero también puede ser una catástrofe en el destino humano”. Una consecuencia, pues, es inmediata:“Importa … mucho conocer a fondo a este hombre-masa, que es pura potencia del mayor bien y del mayor mal.”

Ortega ha desarrollado ad nauseam las maldades potenciales y actuales de las masas, pero ha sido mucho más parco respecto a esas bondades cuya existencia ahora deja escuetamente señaladas.

El cogollo de la cosa, pues, es conocer cómo son ‘estas’ masas. Y que nadie proteste citando la undécima de Feuerbah, diciendo que no se trata de conocer sino de cambiar: recordemos que la mejor manera de conocer no es mediante el estudio sino mediante la praxis: Trabajando para cambiar esas masas es como las iremos conociendo. La vieja dialéctica…

Por otra parte, pese a la homogeneidad de las masas occidentales que Ortega pregona, la Historia nos muestra que, a estas alturas del partido, hay masas y masas. Ya no se trata de contemplar cómo, cuando las guerras napoleónicas, las masas españolas y las rusas se parecían como un huevo a una castaña; ahora, por ejemplo, en pleno siglo XXI, las masas españolas, dispuestas a comulgar con ruedas de molino ante cualquier mentira de sus señoritos gobernantes por burda que sea (y de hecho aquí gobierna un partido cuyos más altos dirigentes son convicto de un millón de embustes), no pueden asimilarse a las masas británicas (y de tantos otros países europeos) que enviarían al paro ipso facto a cualquier político que intentara endosarles la centésima parte de semejantes patrañas (y de hecho allí, por esa razón, el UKIP ha sido enviado al limbo por no decir al infierno).

Recordemos, con Ortega, las características generales de las masas:

“El hombre-masa encuentra en sí una sensación de dominio y triunfo que le invita a afirmarse a sí mismo tal cual es, a dar por bueno y completo su haber moral e intelectual…”

“… que le lleva a cerrarse, a no escuchar y por tanto intervendrá en todo imponiendo su vulgar opinión sin contemplaciones, según un régimen de ‘acción directa’.”

“La característica principal del hombre-masa consiste en que sintiéndose vulgar, proclama el derecho a la vulgaridad y se niega a reconocer instancias superiores a él…”

“… cree que con lo que sabe ya tiene más que suficiente y no tiene la mínima curiosidad por saber más”

“Su vida carece de proyectos y va donde le llevan los acontecimientos”

“La masa es el conjunto de personas no especialmente cualificadas”

Un resumen de todo lo dicho: “Como se dice en Norteamérica: ser diferente es indecente.”

Todo esto nos marca las preguntas del millón: Dejando al margen las anotadas características de las masas occidentales en general, en concreto: ¿Cuáles son las características diferenciales de las masas en las diferentes naciones de Occidente? Y, de esas características, ¿cuáles son las que pueden activar esa pura potencia del mayor bien, y cuáles, del mayor mal? ¿Y cómo pueden estimularse las unas y apagarse las otras?

Las masas españolas

¿He preguntado cuáles son las características diferenciales de las masas en las diferentes naciones de Occidente? Me he pasado. Ese es un tema precioso para un gran trabajo colectivo que ya me gustaría ver escrito pero que no estoy en absoluto dispuesto a afrontar. Para comenzar me contentaré con anotar un par de elementos básicos que definen a las masas españolas.

Los españoles, criados en la cultura del hambre y de la envidia, han desarrollado el rencor y el desprecio. Y, en consecuencia, cuando se quiere conseguir su aplauso, nada es más fácil: haced subir a la tribuna al alguien que muestre su rencor y lo proyecte en forma de desprecio: que lo grite fuerte y claro y ya tenéis un líder.

¿Queremos un análisis más fino? Para ello precisamos clasificar las masas españolas por sus comportamientos políticos. Veamos en primer lugar, en cuatro bloques, a las que con mayor o menor entusiasmo seguirán a los líderes fundamentalistas

Los primeros que se ven son los más militantes: la escuadra de los votantes del PP, que podríamos llamar seguidores del fundamentalismo químicamente puro, los de ‘el que manda, manda’. Perdonan casi todo lo que les hagan sus amos: que les chuleen con los sueldos, que les mientan… Pero una buena parte se desmarcaron de sus señoritos cuando vieron que se les tomaba por idiotas, cuando el 11M. Las mentiras valen porque son para joder a los ‘malos’, pero a ‘nosotros’ que no nos mientas, que no nos tomes por gilipollas. El robo de las arcas públicas por parte de sus amos lo consideran natural, porque siempre ha sido así y porque esperan pillar algo en el reparto, aunque si el nivel sube exageradamente se desplazarán ligeramente votando a un ersätz de PP, un sucedáneo que les de garantías. No andaremos muy lejos si contamos que el 90% de los viejos votantes del PP pertenecen a esta categoría.

El segundo bloque que encontramos es el de los también fundamentalistas militantes que, con las convulsiones de la transición, como pececillos que acompañan a un tiburón gigante y ante una pelea entre monstruos se pasan al vencedor, cambiaron de señorito cuando vieron que, en su pueblo, en su entorno, los dineros públicos los manejaban otros. No creo que sean menos del 50% de los votantes del PSOE, y lo seguirán siendo mientras les prometan que defenderán no sólo sus ‘derechos adquiridos’ sino además un incremento constante que les lleve a la ‘igualdad’. No admitirán que les digan que no hay dinero para tantos derechos, porque contestarán que se lo quiten a los ricos o a los catalanes. Luego, cuando se vea que ciertamente no hay dinero para todo, se sentirán defraudados y se pasarán a la abstención. También esas masas demostrarán una comprensión irracional por cualquier abuso que un grupo mafioso, emboscado bajo una piel de sindicalista, disfrace de ‘derecho de huelga’ contra entidades de titularidad pública y cuyas víctimas sean los más débiles del pueblo llano: ‘Si es para defender sus derechos…’ dirán con caras de corderos degollados los perjudicados que, habitualmente, trabajan en peores condiciones que sus verdugos.

Manifestación del 12 de octubre en Barcelona

Un tercer bloque fundamentalista es el de las masas perdidas, que votan por inercia o por rabia a las causas integristas o caciquiles más rabiosas: Falange o el GIL, Requetés o Ruiz Mateos.

Y un cuarto bloque, especialmente sencillo de localizar, está formado por los pasotas, que no votan ni votarán. ¿Para qué? Y con ello proporcionan al fundamentalismo el enorme triunfo de la aquiescencia de las ‘mayorías silenciosas’.

Y, aunque mucho menos numerosas, no debemos olvidar las masas con tendencia a seguir a las élites humanistas. El primer bloque serían las que acumularían a los viejos añorantes de lo que pudo ser y no fue, y a los jóvenes entusiastas de nuevas esperanzas, aunque sólo se trate de espejismos, ambos en busca de una élite que les ofrezca una tierra de promisión.

El segundo bloque, real, aunque parezca mentira, es el de aquellos que llamamos ‘fracción risueña de las masas’. Son los optimistas de la humanidad, a veces tan manipulables como los treinta mil niños de la cruzada infantil, si es que la cosa fue como se cuenta, y generalmente tan frustrados como ellos; pero no debe despreciarse esta fracción risueña, sistemáticamente perdedora pero que se reproduce generación tras generación. En el ancho mundo son los críos sucios y hambrientos que ríen mientras juegan al fútbol dando patadas a una lata vacía en cualquier campo de refugiados. En España los que, sin saber por qué, siguen tirando del carro sin que se les pudra el alma, y encima se ríen.

Hagan un paquete con todo eso y tendrán, mejor o peor repartidas, las características diferenciales de las masas españolas. Desde luego que en todas partes cuecen habas, pero aquí hay más calderadas de lo que sería recomendable, de envidia que llega al cainismo, de justificación sectaria de la mendacidad, la corrupción y el abuso contra los entes públicos, de irracionalidad económica y de pasotismo.

Mucho elemento negativo, para contrapesar las características diferenciales positivas de mutuo apoyo familiar y de alegría de vivir. Para ayudar a compensar anotaremos en este lado de la balanza el utopismo, que aunque quizá tenga tanto de positivo como de negativo, por lo menos sirve para aportar un brillo en los ojos que sería vital para activar ese potencial bueno de las masas que Ortega les supone.

Hay que saber cómo son las élites

Damos por hecho que triunfan – que han triunfado – las masas. ¿Qué han hecho de las élites? ¿Qué ha sido y qué va a ser de ellas? Y, desde luego, ¿Cuál es pues el papel actual de las élites?

Para eso hay que resolver una cuestión previa: Hay que saber cómo son las élites, y a partir de ahí veremos qué se deduce que nos lleve a responder a las preguntas anteriores.

Pese a que Ortega emplea sus energías en describir desde todas las perspectivas al hombre masa, sólo o en compañía de otros (ya en el título avisa que va a hablar de ellos, no de las élites) un par de afirmaciones suyas nos ponen sobre la pista:

Individualmente, pertenece a la élite “aquel que se exige más que los demás”. Utilizando una frase de un autor diametralmente alejado, “gente que se juzga a sí misma con un código mucho más rígido que el resto de la humanidad”. Podríamos buscar más citas de Ortega y de otros, y darle más vueltas pero, en este nivel de generalidad, tenemos la clave del concepto. Tres décadas después de que Ortega tuviera esa visión, Jordi Ginestà, jesuita que le admiraba más de lo que era considerado adecuado en aquellos tiempos, organizaba sus sermones en torno a la idea de ‘no hay mejores’, lamentándose de que gente ‘buena’, más o menos, la había a carretadas, pero no veía que la gente quisiera ser ‘mejor’. La idea de ‘minoría selecta’ se había ido infiltrando, pero habitualmente sólo para ser considerada por las masas como una pretenciosidad despreciable.

Éste ha sido un punto de inflexión en la dinámica élites – masas: Durante siglos se consideró que la hipocresía era el impuesto que el vicio pagaba a la virtud. Esta frase, totalmente vigente en el siglo XIX, empezó a torcerse en el siglo XX. El ‘respeto humano’, que antes se refería sólo a esconder las creencias religiosas por miedo a los desprecios, las burlas o algo peor delante de incrédulos con poder (las negaciones de Pedro antes de que cantara el gallo eran el ejemplo típico), se ha generalizado a todos los niveles de ideas o comportamientos decentes, llevando a los críos estudiosos o brillantes en la escuela a disimular lo que son, adocenándose, para evitar el bulling sistemático que les llegaría si fueran ‘diferentes’.

Colectivamente las minorías son individuos o grupos de individuos especialmente cualificados. Éste es un concepto orteguiano muy pragmático: el que manda es por lo que sabe y practica. En términos de management moderno diríamos que el liderazgo es resultado de la acción combinada de formación y training, incluso si se trata de un mero liderazgo intelectual ejercido desde una celda monástica: Hay que estar entrenado para saber qué puede necesitar el mundo… Pero por aquí nos iríamos muy lejos del objetivo que tenemos ahora.

Seudointelectuales y señoritos

El trabajo que Ortega se ahorra al perfilar las élites lo derrocha en desenmascarar las falsas élites, los que se arrogan ese papel sin merecerlo, sin haber pagado con el trabajo de cualificarse. Habla de “los seudointelectuales incualifícados, incalificables y descalificados por su propia contextura”, tanto de un bando como de otro:

“Si se presenta como reaccionario o antiliberal, será para poder afirmar que la salvación de la patria, del Estado, da derecho a allanar todas las otras normas y a machacar al prójimo, sobre todo si el prójimo posee una personalidad valiosa”. Un siglo después el retrato sigue siendo real como la vida misma.

“Si le da por ser revolucionario: su aparente entusiasmo por el obrero manual, el miserable y la justicia social le sirve de disfraz para poder desentenderse de toda obligación, como la cortesía, la veracidad y, sobre todo, el respeto o estimación de los individuos superiores”. Un siglo después, etc… sólo que ahora podríamos añadir como causas estrella, el ecologismo o el feminismo.

Un prototipo de falsa minoría selecta, al que estigmatiza con especial saña, es el del ‘señorito’: “Es el que cree poder comportarse fuera de casa como en casa, el que cree que nada es fatal, irremediable o irrevocable. Por eso cree que puede hacer lo que le dé la gana”. Dos milenios después de Cicerón encontramos las características que definían a los secuaces de Catilina.

Esta acusación, ‘señorito’, resulta especialmente polivalente en Ortega: “El hombre masa es el señorito satisfecho, el niño mimado de la historia y como tal no la respeta. Confunde libertad con libertinaje y deambula sin proyectos o ideas”. En la imitación paródica de las masas hacia las élites, el modelo que encuentran es, como no podía ser de otra manera, el fácil, el de la falsa élite, el ‘señorito’.

Un punto más a añadir, y se trata de un punto un tanto vidrioso: Las élites auténticas, para desarrollar su función, precisan en ocasiones ser especialmente implacables, despiadadas: “El egoísmo aparente de los grandes pueblos y de los grandes hombres es la dureza inevitable con que tiene que comportarse quien tiene su vida puesta a una empresa. Cuando de verdad se va a hacer algo y nos hemos entregado a un proyecto, no se nos puede pedir que estemos en disponibilidad para atender a los transeúntes y que nos dediquemos a pequeños altruismos de azar.”

José Antonio Primo de Rivera

José Antonio Primo de Rivera (por cierto, un ‘señorito’ dicho por quienes le conocían bien), discípulo de Ortega, se entusiasmaba con lo que para él era una base ideológica de su Falange (la misión de servicio) y de su España (unidad de destino). El párrafo anterior le facilitaba la base para cualquier ‘acción directa’, sin considerar que para Ortega esta acción directa era la consecuencia de los peores  instintos de las masas.

Retengamos, no obstante, esta referencia para más adelante…

Las dos alternativas de las élites

Un movimiento de ascenso de las masas hacia las élites podía generar dos sentimientos / movimientos por parte de éstas: el pesimismo de Hegel (¡Que vienen las masas!), que invita a huir, o el optimistas de – ¿de quién? – que invita a aprovechar esta aproximación para mejor formarlas, guiarlas y acompañarlas en la adquisición de mayores responsabilidades.

He preguntado: ‘¿de quién?’ Sobre el papel las dos alternativas están claras, y la evaluación de ‘cuál de las dos es la buena’, es evidente: La respuesta correcta para unas élites correctas sólo hubiera podido ser la segunda opción. El drama de la situación está en que, a la pregunta ‘¿de quién?’, la respuesta que se observa al mirar alrededor es: ‘de nadie’. Hasta tal punto las viejas élites estaban distanciadas de la realidad del mundo y de su función en él.

Las viejas élites

Las viejas élites, hemos anotado, estaban distanciadas de la realidad del mundo y de la que debería haber sido su función en él. Aquí tenemos sus dos principales características negativas: Soberbia. Autismo.

Éstas eran las características más nefastas de las viejas élites, y lo siguen siendo de los pequeños herederos de aquellas viejas élites que hoy van (vamos) perdidos y escandalizados de cómo son los que les van sustituyendo.

La rebelión en la granja

Por un momento pensé en incluir este título como otro más en la relación de esta bibliografía histórica. No lo hice porque en realidad su título originas es Animal Farm, y ese título ha sido respetado por la inmensa mayoría de las traducciones que se han hecho a lo ancho del mundo. Convertir el descriptivo ‘Granja de Animales’ en el combativo ‘Rebelión en la Granja’ ha sido una exclusiva de las traducciones al castellano y a otros idiomas hispanos. Va con el ADN, por lo visto.

Ilustración de ‘Rebelión en la granja’

Pero no puedo desaprovechar la ocasión de sacar el argumento: Una élite vieja, el granjero Jones, que no comprende cómo funcionan sus masas porque se ha alejado de ellas, abusa de sus masas. Éstas, en plan revolución clásica (amos y siervos, derechas e izquierdas, etc…) se rebelan. Las élites huyen. El vació que dejan esas élites (‘reaccionarias o antiliberales’, en calificativos de Ortega) es llenado por unas nuevas élites (‘revolucionarias’, también en calificación de Ortega), los cerdos, que surgen de las masas. Estas nuevas élites sí que conocen (cuña de la misma madera) como son las masas, lo que aprovechan no para liberarlas sino para explotarlas (especialmente a las ovejas y las gallinas, analfabetas, crédulas y mantenidas sin capacidad crítica ni respecto al Partido ni respecto al Régimen), de manera más expeditiva y eficaz que antes.

Ahí tienen, simplificado, no sólo el esquema del estalinismo, tal como lo dibujó Orwell, sino el esquema de ese mecanismo élites – masas que en Occidente se ha ido poniendo en marcha por última vez en los últimos cien años (y ahora revienta por todas las costuras), pero que en España comenzó hace doscientos.

Tocata y fuga

El gap entre élites y masas se ha ido haciendo cada vez mayor. Hasta que la tensión ha roto la conexión y se han distanciado definitivamente.

El diccionario de la RAE describe lo que es una fuga: Acción de fugarse. Las élites han ido a la suya, y se han fugado de sus responsabilidades y de la proximidad de las masas.

También la RAE nos dice lo que es una tocata: Coloquialmente, zurra, paliza. La falta del pilotaje de unas élites decentes dejó a las masas vendidas a sus propias pasiones, lo que resultó en terribles tocatas, zurras o palizas para mucha, mucha gente.

El horror al vacío, que en sociología es tan cierto como en el arte celta, proveyó de nuevas élites a las masas huérfanas: cerdos orwellianos, de ellas salidos, cumplieron con lo que era esperable: Averiguar que quieren las masas para ponerse al frente de la manifestación, o sea, eso que antes se llamaban ‘populismo’, y que está definido desde tiempos de Cicerón.

Observemos a los cerdos orwellianos: en ellos iremos descubriendo las características de las nuevas élites.

Populismo de populismos y nada más que populismos…

Recordando el gusto que daba asaltar juderías o ver quemar herejes, en España, a partir del momento en que las masas sin élites oyeron el ‘todo vale’ contra Napoleón, se pasó en un primer momento a linchar afrancesados y luego, ya con más práctica, durante un siglo, a asaltar conventos. Y así aparecieron los cerdos orwellianos.

Alejandro Lerroux

Los cerdos orwellianos de izquierdas, como Lerroux, enseñaban desde el tren al pasar por las estaciones cómo comían sardinas de bota, y luego como Alfonso Guerra, cómo se veraneaba con botijo. Los cerdos orwellianos de derechas, como José Antonio lucían camisas azul obrero, y luego como Solís, proclamaban que había que ahorcar al último capitalista con las tripas del último comunista. Maestros del populismo.

Maestros del populismo que hoy día tienen sus continuadores directos: El PP con sus portavoces oficiales u oficiosos apelando al espantajo de la sempiterna España. El PSOE con sus barones dispuestos a no perder ni un voto agitando el mamarracho de la embustera ‘igualdad’. Y, cuando conviene, intercambiándose los lemas.

Y, llegados a hoy, tenemos los nuevos partidos que se abren paso a codazos populistas, esforzándose en encontrar cuáles son las proclamas que el pueblo mejor les comprará, ya sean viejas (¡La Unidad de España!) o nuevas (¡No nos representan!). Ni que decir, que los viejos populistas les señalan con el dedo de acusar: ¡Son populistas!

Y ahora los que, solos o en compañía de otros, se erigen en candidatos a líderes, candidatos a élites: Los trolls que sustituyen a los expertos y a los críticos a la hora de designar el representante en Eurovisión o a la hora de adjudicar una calificación a un restaurante. Las feministas que gritan acusadoramente que hay padres separados que pretenden “que los hijos les desgraven’. Los humoristas que para arrancar la carcajada de su público no dudan en mentir, calumniar y saltarse las normas que protegen la intimidad en general (y la de los menores de edad en particular) o el buen nombre de un pequeño empresario (¡al Corte Inglés que no me lo toquen!) que lucha por hacer algo digno, Los periodistas que para aumentar su rating de audiencia están dispuestos a conseguir un titular retorciendo verdades hasta convertirlas en mentiras. Los sindicalistas que defienden que injuriar, calumniar, amenazar, extorsionar, causar daños a personas y cosas… no es delinquir porque se hace por lo que consideran una buena causa. Los que se dicen ecologistas y defienden sus ideas con sartas de vaguedades y tonterías cuando no simplemente de mentiras…

Una casta, ésta de los cerdos orwellianos, bien transversal, por lo que puede verse. Tiene adeptos en todos los gremios. Todos esos son populistas, que pretenden excitar los más bajos instintos (que son los que conducen al odio babeante) de las masas para conseguir sus objetivos; todos, son cerdos orwellianos en fase uno. Luego, cuando tienen a las masas bien trincadas, van pasando a las fases siguientes: Ganar sus voluntades, ganar sus votos, alcanzar posiciones y apalancarse en ellas. Sin dejar de tenerlas trincadas y bien trincadas, a las masas. Esas son las características de las nuevas élites.

… y al otro lado, la nada?

Recordemos que Ortega habla de “este hombre-masa, que es pura potencia del mayor bien y del mayor mal”. Pero por todos los flancos a ese hombre-masa le acechan cerdos orwellianos, candidatos a nuevas élites para las viejas masas, dispuestos a chulearlas desde la derecha o desde la izquierda.

La Historia nos ha mostrado que desde hace siglos, después de cada patada al hormiguero, han surgido, como continuación de las anteriores, élites sensibles, pacíficas, amigas de los diferentes, humanitarias y liberales, convencidas de que España es relativa, contingente y ampliamente inclusiva, otras élites similares que intentaban vitalizar aquella pequeña fracción risueña de las masas dispuestas a creer en ese espíritu y en esas ideas.

En este momento en que España entierra entre maldiciones el recuerdo de su frustrada Transición, revolcada por esta Involución, que recordemos que comenzó el 12 de marzo del 2.000 con la mayoría absoluta de José María Aznar (¡hace ya 17 años, más de una generación orteguiana!), a punto de cumplirse (en Julio) los diez años de crisis y con la convicción de que en el presente y el inmediato futuro todo (sueldos, condiciones de trabajo, pensiones…) será peor que antes… ¿Podemos considerar que todo esto ha supuesto una patada al hormiguero lo suficientemente grande como para que aparezca una nueva élite sensible, pacífica, amiga de los diferentes, humanitaria y liberal, convencida de que España es relativa, contingente y ampliamente inclusiva, que pueda insuflar ánimo y ánima a la abandonada fracción risueña de las masas?

Los que se presentan como candidatos para ser esas élites no tienen modelo social ni voluntad de buscarlo juntos. No hay un ‘pal de paller’ (toquemos madera) en torno al cual levantarlo. Pero, ¿existe esta posible novísima élite? Y, en todo caso, ¿Qué la caracterizaría?

Esto no son teorías

A veces parece que cuando se habla de la problemática derivada de la dinámica de élites y masas nos referimos a cuestiones metafísicas o celestiales. Vale la pena bajar el punto de mira a realidades muy concretas. Por ejemplo:

En el mundo empresarial, que hasta el presente se había mantenido con un discreto equilibrio tradicional entre sus élites y sus masas, en estos tiempos de desmadre de los poderes financieros, la empresa productiva, la que produce y vende, se está degenerando conduciendo a nuestro tejido empresarial a la irrelevancia: Las élites empresariales se han vuelto y volcado a las finanzas. Con ello, las élites financieras, cada vez con más poder y más hambre de él, y con elementos de análisis y gestión más sofisticados, se distancian día a día de las masas de gestores de medio y bajo rango y, ni que decir, de obreros y vendedores. O sea, del músculo de la economía productiva.

La economía productiva, en consecuencia, queda en manos de ejecutivos ‘masificados’. El resultado es que la gestión de las empresas productivas se concierta en un remolino de caos, que arrastra y deforma continuamente estructuras y funciones, gestionado por ejecutivos cada vez más mediocres, cada vez con menos tiempo y con menos capacidad para leer y entender nada que sobrepase los 140 caracteres. Ortega se refería (en el Hombre y la Gente, que Marías decía que es el remate de la Rebelión de las Masas) a los pigmeos del Congo, a los que (citaba al misionero Schevesta) “les falta por completo el poder de concentrarse. Están siempre absorbidos por las impresiones exteriores, cuya continua mutación les impide recogerse en sí mismos, lo que es condición inexcusable para todo aprendizaje”. Ésta es la sensación que se tiene ya delante de muchos ejecutivos de empresas productivas. Que no de empresas financieras, de esas que con diez personas mueven diez mil millones, cada vez más finos y eficaces analistas.

¿Que qué nos importan esas empresas productivas, negocios de amos chupópteros que roban al proletariado, etc…? Ojo: Cuando las empresas productivas de Occidente se vayan a la mierda, Occidente se irá con ellas, y no vendrá una revolución con fuego purificador que implante un maravilloso orden nuevo. Sencillamente su puesto será ocupado por otras empresas productivas no occidentales. Algunos dirán que eso será lo mismo. Cuestión de gustos. Pero Occidente se habrá acabado.

Porque, como ya comentamos con anterioridad, por una vez España no va por detrás sino por delante de esa evolución del péndulo histórico: Las viejas élites dimitieron en España antes que en los países occidentales que ejercen de guías. Allí están estrenando sus cerdos. Aquí hace años que los sufrimos.

Apuntes para una salida

Quizá sea una costumbre que me contagió Joaquín Febrer, del que ya hablé antes, pero desde hace muchos años mantengo que la ciencia es una y que las herramientas que son buenas para una disciplina lo pueden ser, mutatis mutandis, para otra.

Con esta justificación creo que una excelente herramienta tomada prestada del management, el DAFO, puede aclararnos la situación y mostrarnos las vías para la elaboración de una estrategia. El DAFO no es un bicho que muerda, su nombre es sólo un acróstico de los factores que se observan:

D – Debilidades: Las debilidades de nuestra situación actual son todas las que se derivan de las características negativas de las masas: Las genéricas que Ortega anotó y hemos repetido a lo largo de estas páginas y las específicas españolas: Envidia que llega al cainismo, justificación sectaria de la mendacidad y de la corrupción, irracionalidad económica, pasotismo; y ya muy modernamente, incapacidad de reaccionar.

A – Amenazas que se derivan de esas debilidades o del entorno: Debemos distinguir entre las internas y las externas. Las primeras giran en torno a la degradación de nuestra sociedad: No seremos capaces de mantener nuestro status (los hijos vivirán peor que sus padres, etc…), y nuestro mundo degenerará económica, social y moralmente. Entre las amenazas externas debemos anotar que otras civilizaciones del mundo (y no precisamente superiores en virtudes cívicas) podrán devorar a Occidente. Sobre quién será el glotón se puede apostar, pero que será, con la actual tendencia, es impepinable: ¿China? ¿India? ¿El Islamismo radical? ¿Las masas subsaharianas?…

F – Fuerzas de que disponemos: Son pocas y habrá que administrarlas sabiamente: Podemos anotar toda esa retahíla de conceptos de los que tanto nos enorgullecemos (Democracia, Ley, Ética, Ciencia, Tecnología…). En la situación actual deben valer poco, porque por ahora no nos están sirviendo para nada. De hecho sólo se percibe una nueva e inesperada fuerza que surgió para sorpresa de todos al examinar el lado bueno de las masas, la Solidaridad. Ya hablamos de ella. A las masas no se la han predicado las élites: es un producto genuino que las masas han sacado desde lo más profundo de su almario. Es poca cosa pero habrá que aprovecharla. Y, si quieren, podemos añadir para los cispirenaicos la alegría de vivir, siempre que no acabemos de matarla, que entonces nos pareceríamos a los franceses; y el mutuo apoyo familiar; y el utopismo que aporta ese necesario brillo en los ojos… No es para dar saltos. Habrá que aprovechar todo.

O – Oportunidades: Aquí no vale echar mano del optimismo irracional habitual (¡Ya verás como todo se arregla, no hay que ser pesimistas!). Si examinamos a fondo la situación sólo descubriremos una muy débil: Dado que la vieja élite es irrecuperable (y los cerdos orwellianos no digamos) y que las masas no pueden funcionar sin una élite, la única oportunidad razonable de salir del paso consistirá en estimular en la fracción risueña de las masas unas emociones positivas basadas en la Solidaridad de manera que vayan fermentando los buenos elementos, que se vaya creando una élite, que sea capaz de deshacerse de los cerdos (o sea, de resolver esa trágica duda cuando llegan las elecciones: ¿A quién votar, si todos son iguales?) y encarrilar el futuro en un tiempo razonable: digamos una generación: quince años. Si el cuerpo aguanta.

Un DAFO siempre es la base para la elaboración de una Estrategia. Para poder definirla hay que hacer otras tareas previas. En concreto: Averiguar qué pequeñas cosas podemos hacer, hic et nunc, para que ese lado bueno de las masas fermente y dé nuevos liderazgos, nuevos proyectos ilusionantes y, por esa vía, una nueva sociedad. El éxito estará en definir y llevar a buen puerto esas pequeñas cosas.

Ortega veía en la situación actual una disyuntiva: “… puede, en efecto, ser tránsito a una nueva y sin par organización de la humanidad, pero también puede ser una catástrofe en el destino humano”. En un siglo se pueden haber podrido las cosas, pero quizá no tanto. Habrá que ver qué se puede aportar a la tarea de hacer que nos encontremos en el tránsito a una nueva y sin par organización de la humanidad, y no a la catástrofe.

Dónde estamos

Ortega es demasiado potente y demasiado sugestivo para que uno se pueda limitar a citarlo, resumirlo y glosarlo. Contiene una fuerza interna que siempre te empuja a la acción, o, al menos, a una propuesta de la acción. Porque Ortega dejó dicho mucho; pero además dejó las bases para poder seguir comprendiendo este país durante mucho tiempo.

Estábamos – debemos resituarnos – en una Bibliografía Histórica sobre el tema de la soberbia autista de las élites. Bibliografía que por ser histórica nos presenta, y a veces explica, el pasado, y nos puede, según nos dice Ortega, evitar trompazos en el futuro.

Eso significa que debemos detenernos, aunque sólo sea por un tiempo, en este punto (DAFO y estrategia). Seguir más allá significaría salir de la Bibliografía Histórica para entrar en una Bibliografía Profética (y aún no es el momento), o llegar aún más allá y proponer una praxis…

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