Un nonagenario lúcido y decente

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José Luís Sampedro ha fallecido hoy, martes 9 de abril, a los 96 años

José Martí Gómez
Periodista

Entrevisté a José Luis Sampedro media docena de veces. Lo hice para conocer sus opiniones como economista y lo hice también para conocer la visión sobre el hombre aportada como novelista. Siempre salí enriquecido personalmente de las conversaciones con el Sanpedro que se definía como fronterizo.

El premio Nacional de las Letras que se le concedió premió al académico, al catedrático de Estructura Económica, al economista heterodoxo que un día escribió un libro al que pensó poner de título La inflación al alcance de los ministros y acabó titulando La inflación en versión completa, para no zaherir a nadie.

El Nacional de las Letras premió también al hombre aficionado a casi todo: al melómano de música de cámara, al novelista tardío, al frustrado batería en un conjunto de jazz, al nostálgico de una juventud vivida subiendo y bajando en marcha de los tranvías. Premió también al abuelo.

Un día le pregunté cual había sido su gran error. Pidió meditarlo y me lo remitió por carta: “Por su carácter general, mi gran error fue creer en 1939 que la guerra de España (no quiero llamarla civil) la habían ganado los mejores, éticamente hablando. Quizá me disculpe el hecho de que en 1963 yo era un crío sin nociones políticas y que, por sorprenderme en Santander la rebelión militar, lo primero que vi fueron los asesinatos de gentes de derechas. Con el tiempo llegaría a saber de los asesinatos contrarios, más repugnantes aún porque muchas veces se cometían en frío, por orden de un tribunal en el que personas cultas, que se decían cristianas, y bajo un crucifijo, mandaban al paredón sólo por ideales políticos opuestos”.

Había algo de risueña vitalidad en este hombre que para escribir su novela El amante lesbiano se compró varios pares de medias de seda para ponérselas lenta, morosamente, y poder sentir la sensualidad de la media deslizándose por sus piernas y sus muslos.
Había también lucidez en el economista que en 1982 ya me dijo que estábamos ante la crisis del sistema y que la dictadura había aplastado la ética y la cultura y eso, que cuesta poco tiempo destruir, es cosa de muchos años para volverlo a reconstruir.

Hubo siempre, en el novelista tardío que fue este hombre siempre educado y reservado, un intento, como en todo buen novelista, de penetrar en las cavernas, en los subterráneos de las vidas humanas porque, me dijo, “es en las profundidades, mucho más que en las cimas, donde se encuentra el secreto de las vidas”.

Nonagenario que apoyó a los jóvenes indignados, se reafirmó siempre en su crítica feroz al consumismo y siguió creyendo hasta el final de sus fructíferos días que el dinero como valor supremo ha mercantilizado las relaciones humanas. Nonagenario que hace tiempo descubrió el truco para ir de anciano feliz por la vida: ¿Un plasta el que le hablaba? Sampedro le decía “perdone, pero soy sordo”. ¿Que el acto era aburrido? Sampedro se apoyaba en el bastón y decía “he de marchar a casa porque el médico me ha recomendado reposo”. ¿Que le invitaban a un acto al que no le apetecía ir? Sampedro justificaba su ausencia por achaques propios de su edad y tras decir eso se iba al bar de la esquina de su casa y se tomaba una caña porque, decía, tiraban de fábula la cerveza de barril.

 

 

 

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