Joan Estruch, la dignidad del maestro que no quiere serlo

EstruchJoanAnder Gurrutxaga
Catedrático de Sociología

El miércoles 19 de Junio tuve la oportunidad de asistir, en el Institut d’Estudis Catalans, a la última lección de un maestro: se jubila de sus tareas en la Universitat Autònoma de Barcelona,  el profesor Joan Estruch. La última lección versó, no podía ser de otra manera, sobre “Sociología de la religión: tres puntos de  salida y una docena de conclusiones provisionales”. En ella repasa los grandes asuntos que le han ocupado en estos años de trabajo e investigación. Propone que la religión no se acaba, pero sí que se transforma. La secularización, la privatización y el pluralismo imponen su lógica inapelable. Citando al profesor Estruch, “en lloc de la típica pregunta sobre el què es creu, la pregunta sobre el com es creu. I descobriríem que en molts casos un protestant, un católic i un jueu, per exemple, poden diferir pel que fa a alló que creuen peró estar molt propers l’un de l’altre per la manera como ho creuen. Mentre que, al contrari, dos católics poden tenir unes creences comunes i ser profundament diferents en l’estil. Hi ha qui creu enmig de la incertesa, de la precarietat o fins i tot del dubte, i hi ha qui s’aferra a unes creences que li proporcionin certeses absolutes. La creença com a font de seguretat, o bé l’acceptació d’una fe que no elimina la inseguretat”. 

Conocí a Joan Estruch en la década de los noventa del siglo pasado. Le conocí, ¡como no! en el aula, escuchándole, pugnando con el pensamiento. Le traté en la vida cotidiana, era la prolongación del ser humano respetuoso y sosegado que percibí en la clase. Escuchaba más que hablaba,  sabía escuchar  y  dejaba a los demás que expresasen las razones de su pensamiento. Capté en él la pasión por el conocimiento, la concisión de la palabra y el compromiso con los demás. El profesor Estruch ejerció, en su labor académica, la entrega a los alumnos y a su papel de maestro, probablemente sin querer serlo. Le salía de dentro, no era algo pensado ni planificado. Su presencia se notaba en los silencios y en la cautela que imprimía a sus palabras, en la modestia de las expresiones, en la dignidad del maestro que no quiere serlo, pero que, pese a todo, lo es. Sus análisis, penetrantes y agudos, no dejaban indiferente a nadie.

Hablaba del pasado, del suyo y del que emite la historia, el presente y el futuro sin muestra de abandonar la imaginación y el compromiso con el conocimiento y la verdad. La imaginación sociológica de la que hizo gala sabe que los avances en la sociología, como en cualquier otra ciencia social, se producen cuando una mente con talento se enfrenta a problemas acuciantes. Sin percepción de problemas no hay auténtico pensamiento.

Siempre me ha parecido que el profesor Estruch ha compuesto su vida sobre cuatro guías maestras: 1) el culto a la amistad. Pero no la amistad banal de aquel que es amigo de todos y con todos se lleva bien, sino la amistad  basada en el arte del respeto, en el conocimiento, la comprensión del alma del otro y la lealtad a los suyos. 2) La pasión por el conocimiento. Comprender, imaginar, preguntar, responer, resolver,  son las materias con las que ha forjado su “imaginación sociológica”. 3) La vida como un enigma. La vida vivida con pasión de aquel que busca la verdad y sabe que debe preguntar pero reconoce que la búsqueda no termina nunca. 4) El respeto por el trabajo y el ser de los demás. El respeto por la palabra, por los estudiantes –aprendices de la vida-, por la sociología, las señas de identidad que comparte con otros muchos y el sentido de la lealtad.

Seguiremos disfrutando de su aguda inteligencia, sus análisis sosegados, profundos y del respeto que imprime a todo lo que hace. Se jubila, de sus tareas inmediatas en la universidad, un académico, un maestro y un ser humano que escruta en la imaginación y en la amistad los misterios de la vida. Leal a sus conviciones, a sus compromisos y a su identidad.

 

 

Un pensament a “Joan Estruch, la dignidad del maestro que no quiere serlo”

  1. Soy un maño que vivía en Barcelona y era católico practicante. Pero tres meses antes de hacer la mili en 1964, conocí las creencias de los Testigos de Jehová. Con muy poco conocimiento, pero con la seguridad de que había conocido al Dios vivo y verdadero, ese mismo año 64 me negué por objeción de conciencia a hacer la mili, pues no imaginaba a Cristo con un mosquetón entrenándose para matar. Pero no fuimos superhombres. Fuimos personas normales que confiamos en Dios, un Dios que nos aseguraba que “DE NINGUNA MANERA TE DEJARÉ, DE NINGUNA MANERA TE DESAMPARARÉ” Hebreos 13:5 Fue con su ayuda que pudimos dar ese paso y mantener integridad y el mérito fue de EL. Gracias por sus comentarios racionales y verídicos en la entrevista de hoy en la cadena ser. Gracias por su respeto, que es lo que le falta a este mundo, pues entonces las cosas irían mucho mejor. Un abrazo Sr.
    Joan Paco Díez

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