Jean Tirole

Son tiempos confusos en los que el Estado ha pasado de ser proveedor a árbitro, sin acabar de encontrar el ajuste con el mercado. ¿Cabe preguntar si en este mundo tan complejo no sería mejor reducir el número de parlamentarios y ampliar el de los asesores en materias que requieren especialistas? ¿Buscamos los ciudadanos opiniones diversas o preferimos escuchar solo al que nos explica lo que creemos creer? Una economía que solo busca la rentabilidad a corto plazo ¿lleva a un comportamiento poco ético?

Son preguntas que te formulas leyendo el libro La economía del bien común, del Nobel fancés Jean Tirole.
Fue enriquecedor entrevistarle junto a Javier del Pino en el programa que dirige,
A vivir que son dos días. Como fue enriquecedora la lectura del libro, que provoca te preguntes, por poner tres ejemplos, si nos basamos más en emociones que en información en el momento de votar, si el origen de la desigualdad no está en una mala redistribución de la política fiscal o si estamos preparados –Tirole opina que no– para un futuro con nuevos trabajos.

Tirole plantea un tema interesante, que pone en cuestión a la clase política: en un mundo cada día más complejo ¿sobran parlamentarios y faltan asesores?

Es un hecho que un político no sabe de todo. Incluso podríamo decir que en muchos casos no sabe apenas nada de lo que se ventila hoy en el mundo de la ciencia, de la economía de la digitilización que está cambiando el presente y el futuro del mundo del trabajo.

En ese contexto de vorágine de cambio ¿para qué tantos diputados o senadores que solo sirven para votar lo que indica su líder?

¿Por qué no ir a parlamentos y senados más reducidos, formados con gentes muy preparadas y que tengan a su lado buenos asesores?

Suscribo la idea.

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