Incógnitas de las elecciones en Euskadi

Ander Gurrutxaga Abad
Catedrático de Sociología

La campaña de las elecciones autonómicas vascas del 25 de septiembre comienza este viernes. Parecía, hace unos meses, que podían ser casi rutinarias, pero hoy esa opinión ha desaparecido. El ciclo político en España quiebra esa presunción. De pronto, los resultados aparecen estratégicos para formar gobierno en España y poder, así, evitar las terceras elecciones. Ahora, los escaños nacionalistas del PNV -5 en total- son importantes. En las voces de algunos contertulios son casi decisivos ¡Qué cosas tiene la vida!

Hace poco tiempo, cuando el PP exhibía galones en España nada era necesario y todos prescindibles. La mayoría absoluta del partido popular evitaba mirar a los demás, la única perspectiva era la del que lo había ganado casi todo. Ahora las aguas están más revueltas. No sé si los resultados del 25 S aliviarán la incapacidad de los cuatro partidos mayoritarios -PP, PSOE, C´s y Unidos Podemos- para alcanzar acuerdos y formar gobierno. Me temo qué no. Pero mientras tanto… mejor decir y no hacer. La paradoja es que unas elecciones como las vascas, fuera en muchos momentos del escenario de la gobernabilidad, se presentan ahora como “esenciales” para gobernar España. En fin, el mundo es difícil de comprender pero el de la política y sus juegos es casi imposible.

Hay un segundo hecho que las hace “especiales”. La irrupción de Podemos en las elecciones generales fue sorprendentes en muchos sentidos, al ser la fuerza más joven, casi-todavía- en pañales la más votada en la Comunidad Autónoma Vasca. Esto llevó a mirar el escenario vasco con otros ojos. Ciertamente, el triunfo lo logra, en gran medida, por la fuga de votantes, sobre todo, de Bildu y PSE y el trasvase de energía política afectiva a la formación de la “nueva política”. El interrogante es: ¿se trasladarán esos resultados, u otros muy similares, a las elecciones autonómicas? Podemos -una organización en construcción, todavía sin madurez institucional, limitada presencia electoral en pueblos y ciudades vascas, con los contenidos del programa escrito con la velocidad propia de la necesidad, liderazgos inestables y poco consolidados- puede volver a ser la organización más votada? ¿Está el electorado vasco preparado para tal cambio?  Las encuestas les ofrecen un resultado estimable, pero bastante lejos de los obtenidos en las generales.

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Por otra parte, siguiendo con el análisis, la presencia de Bildu suscita algunas incógnitas. La primera, y la más fundamental, es si logrará parar la pérdida de votos que sufrió en las elecciones generales y municipales y recuperará la presencia significativa en el Parlamento Vasco o bien la “huida” de una parte de su electorado es imparable. No está claro que consiga del todo recuperar lo que se fue, los resultados que logre- a la luz de los datos acumulados- no serán los que fueron. El liderazgo de Otegi parece que no será lo eficaz que pretenden por más que, otra vez, las decisiones judiciales coloquen a Bildu en una posición “interesadamente” extraña. Con el liderazgo del veterano político, Bildu recupera una voz y un discurso que le devuelve a la verdad de su identidad política. Pero la velocidad de la reciente historia del País Vasco crea otros escenarios, donde los resultados quizá recuerden que los nuevos tiempos vienen para quedarse.

14614244699339Otra fuerza relevante es el PP. El ex ministro Alonso encabeza el cartel electoral. Pugna consigo mismo y con los resultados obtenidos en sucesivas elecciones que le llevan a ser la quinta fuerza política en Euskadi, muy lejos de la cabecera que ocupa en otros lugares del Estado. De hecho, pierde en las últimas elecciones municipales y forales los bastiones políticos que tenía-sobre todo, en Araba- y no consigue revalidar el escaño en Gipúzkoa. Los resultados dirán si sigue siendo el partido periférico que es en estos momentos, o sí puede recuperar algo de brillo y vigor. Las encuestas preelectorales no indican que lo vaya a tener fácil. El PP, pese a la presencia de los líderes en la dirección nacional del partido, tiene que responder dos preguntas claves y alcanzar la credibilidad que le falta: ¿qué ofrece a Euskadi? ¿Cuál es el contenido diferencial de su propuesta? Por otra parte, tiene que hacer olvidar- y esperar que los ciudadanos le crean- por qué habla tanto del País Vasco y ofrece tan poco.

El PSE lleva tiempo-elección tras elección- con dificultades para sobreponerse a la pérdida sistemática de apoyos electorales. Es como si la parte más significativa de los votantes socialistas se hubiesen jubilado y el partido no encontrase cohortes de sustitución. Se sabe cuál es el techo del PSE, lo que no se conoce, al menos todavía, es el suelo. El PSE pierde votos elección tras elección. Las encuestas preelectorales siguen sin definir la base firme de la masa crítica socialista. Encontrarla puede ser una mala noticia para los socialistas vascos, pero no saber donde está no es un escenario mejor. El ímpetu de Podemos no es, tampoco, la mejor perspectiva para la dirección socialista. Los votantes van y vienen y ahora al PSE parece que le toca la fase de comprender por qué se van más de los que llegan y por qué no mantiene con fluidez los que están. Que encuentre respuestas para “la fuga” puede crear una nueva situación. Sino fuese así, el futuro será peor que el presente.

El PNV aparece en los sondeos como el partido más votado, aunque la mayoría que le conceden es relativa. Los nacionalistas tienen una ventaja de salida: tiene una base electoral fiel. Este hecho es clave, sobre todo en estos tiempos donde “lo sólido se desvanece en el aire”. Los casi doscientos cincuenta mil votantes- más o menos fijos- es el punto de partida. Es esto, dicho de otra manera, lo que explica los éxitos electorales del PNV. Pero para gobernar requieren más votos y más apoyo ¿Cómo los consigue? Crea y transfiere la imagen de orden, certidumbre, seguridad y buena gestión en los asuntos públicos. El PNV construye respuestas sociales-la joya de la corona es la Renta de Garantía de Ingresos (RGI)- a los dilemas de la inseguridad social de una parte de la población y consigue que penetre en la sociedad vasca. La consecuencia es que no hace falta ser nacionalista para votar al PNV. Este hecho es la parte sustancial del capital electoral acumulado. No sólo es la parte de la definición identitaria del programa de gobierno lo que le define en estos momentos, sino las respuestas sociales y económicas y la imagen que proyecta de seriedad y buen gobierno. Esto pesa más en la conciencia de los casi 400.000 votantes que deben sostenerle, que los errores o excesos que pueden atribuírsele, e incluso el cansancio que puede provocar una gestión, como la suya, tan prolongada

Pero hay otro hecho que no conviene olvidar. En el País Vasco las alianzas y los acuerdos entre fuerzas políticas diferentes han hecho fortuna. En estos  momentos, por ejemplo, el PSE gobierna junto al PNV en varias Diputaciones Forales y en algunos de los ayuntamientos más representativos, los gobiernos de coalición en el ejecutivo autonómico se repiten en diferentes legislaturas, al igual que los apoyos parlamentarios. Hay partidos en Euskadi-en especial el PNV y el PSE- que han hecho de la capacidad de entenderse y forjar alianzas una de las señas de identidad política, el PNV gobernó durante varias legislaturas con su escisión, EA. Encontrar fórmulas de gobierno transversales, entenderse con quienes no son como tú, en política es un arte. Pues bien, si eso es así, la mirada hacia Euskadi no debe ser sólo para ver los vaivenes de los resultados, sino para aprender que entenderse entre diferentes es posible. Ni Ciudadanos ni su líder A. Rivera han descubierto este arte. Antes otros lo dijeron, lo practicaron y siguen aprendiendo de él para entenderse. A veces conviene mirar, incluso hacia donde no quieres. Igual Euskadi puede, esta vez también, enseñar algo.