Hoy como ayer: la solidaridad

La soberbia autista de las élites (2)

Miguel Aznar
Consultor

Descubrir que lo que nos pasa es algo que ya pasó tiene la virtud de tranquilizarnos: Si ya pasó y aquí estamos y apenas lo recordamos, señal de que no fue tan tremendo y que tampoco lo será ahora. Sobreviviremos y, pasado el susto, nos reiremos.
Bien… cada quien se defiende de sus fantasmas como mejor sabe. Pero para poder usar esas tácticas con un mínimo de seriedad hay que acertar con la comparación. Y para esto conviene no tener el comparómetro vendido por un plato de lentejas. O por remuneraciones aún más miserables.Los medios y los políticos nos machacan con esta regla de tres: Lo que pasa ahora es como lo que pasó en los años treinta, con la crisis del ’29, etc…. Luego si entonces el resultado fue el fascismo, Hitler, la Segunda Guerra Mundial, etc… entonces ahora el resultado será X.

Y cada uno despeja la X a su conveniencia: Los políticos escupen a sus enemigos etiquetas de fascistas para enardecer a las propias tropas. Los medios venden emociones gruesas (cada cual las más adecuadas a su clientela) para mantener su audiencia… Crisis, fascismo, Hitler y Guerra Mundial tienen tanta fascinación…
Pero la comparación histórica útil para nosotros, que pretendemos encontrar en el pasado un modelo para el presente, ahora, es otra. Que vende menos pero que encaja más.

paris-1968

Siempre volvemos a Mayo del 68…

Me voy a referir a unos tiempos, unos entornos y unas emociones que conozco bien.

En 1.965 me fui a vivir a París de la Francia, como bromeábamos entonces, ciudad y país que conocía bien, lo que me permitió incorporarme inmediatamente al ambientillo local.

En mayo del 66 llegaron los beatniks y nos enteramos que representaban la rebelión contra el establishment.

En mayo del 67 llegaron los hippies, aún más rebeldes, con sus cantos y sus flores. Y también ese año llegó la noticia de la muerte del Ché.

En mayo del 68 llegó la revolución. Y con la que se lió casi ni nos enteramos que en mayo del 69 llegó Hair, porque para entonces el enredo general ya había transcendido por todas las universidades del mundo. La era de Aquarius, ciertamente, parecía que había llegado, pero la partera de la supuesta hermandad universal estaba resultando guerrera: los marxistas (y entonces todos lo éramos en mayor o menor grado, incluso gente que acabó en el PP y que se autodenominaban ‘marxianos’) recordábamos aquello de que la violencia es la partera de la Historia, y nos parecía todo normal.

Lo cierto es que hubo de todo y para todo el mundo: si los hippies querían ser como los ángeles otros querían ser ángeles del infierno. Pero todos querían cambiar el mundo:

En la América latina, desde México a Argentina, llegaron a coexistir treinta y una guerrillas (según las cuentas que me salen a mí) a tiros contra los gobiernos, con nombres tan sonoros como ‘montoneros’, ‘tupamaros’ o incluso ‘Alfaro vive ¡Carajo!’. A estas alturas en Colombia se las ven y se las desean para intentar acabar con las últimas… Muerto el Ché se cumplió su consigna de crear dos, tres… muchos Vietnam.

Porque esa era otra: Indochina estuvo incendiada hasta el 75, las cenizas del NAPALM aún hoy se ven allá, pero las cenizas de todo aquello aún nos envenenan hoy.

Y en los Estados Unidos apareció el Poder Negro. Y desde allá se fue corriendo la primera gran expansión de las drogas, hasta entonces meras anécdotas de pijos atildados, legionarios grifotas y marinos que venían de oriente envueltos en nubes de opio. Y el dinero, con los primeros escarceos de movidas complejas que concluyeron en los swaps y a partir de ahí en miles de instrumentos financieros derivados, comenzó a volverse incontrolable…

El mundo estaba en efervescencia y parecía anunciarse un cambio inminente. Y llegó la crisis del petróleo, y la economía occidental se fue al carajo…

Y entonces se dijo que, de solidaridad mundial, nada de nada, y que cada palo aguante su vela, y más de uno y más de dos decidieron arriar las suyas. Y los sedicentes socialistas Felipe y Alfonso, aprovechando las circunstancias, enterraron a Marx, enterraron la autodeterminación de los pueblos de España, y no nos enterraron a todos porque no se lo tomaron con interés, que si no…

¿Les suena el cuadro? Si buscan un modelo para sacar paralelismos con la realidad actual, el más apropiado es la situación de los setenta. Al menos, por ahora…

Aviso para lectores con tendencia a la pusilanimidad

Aviso: Aquí, como tantas otras veces, no se trata de ser optimista o pesimista. Aquí de lo que se te trata es de hacer análisis rigurosos, dentro de lo que cabe, de realidades concretas; de las realidades concretas que están ahí.

Quiero, desde ya, anotar una realidad concreta que puede conducir a eso que algunos llaman optimismo. Y quiero hacerlo ahora, antes de seguir desgranando desgracias, para que no me digan que mi análisis es un rosario de expectativas catastróficas fruto del pesimismo.

Aprovechen esta dosis de esperanza que voy a anotar a continuación, porque hasta la última entrega no encontrarán otra.

parajero-para-frankfurtPasajero para Frankfurt

En el 1.970, Agatha Christie, que cumplía 80 años, publicó su libro que hacía el número 80: Pasajero para Frankfurt.

No se esfuercen: no lo recuerdan. Es uno de los poquísimos (menos de media docena) que nunca se han llevado al cine, ni al teatro, ni a la radio, ni a la televisión. Y es completamente atípico: Una novela medio de espías medio de supervillanos, desarrollada sobre comparaciones de situaciones que entonces parecían espantosas, pero quizá adecuadas, con los años treinta… El asesino resultaba ser un personajillo casi irrelevante. La razón de ser de esta extravaganza (como la subtituló el editor americano) es que dame Agatha Christie era inteligente, observadora, y estaba preocupada por el mundo y su evolución; y era de esto de lo que quería hablar en su libro y no simplemente montar una caza del asesino. En resumen, con esta novela se dio un homenaje para celebrar su aniversario.

Por cierto que aparece en esa novela un grupo de gente con energía juvenil, una retórica chirriante y desafiadora de tabús, gestos de brazo en alto y gritos de Heil! –conceptos que hoy se usan para definir a la gente del Alt Right– que eran promovidos por personajes poderosos de las finanzas para, en el momento adecuado, hacerse con los grandes poderes del mundo…

La brillante autora, después de describir el panorama mundial de esa época sobre las líneas que ya he señalado, y de exponer una serie de consideraciones más lúcidas de lo que en aquellos tiempos se pensó, remató sus razonamientos con una reflexión que resultó entonces sorprendente e incomprensible:

“Este mundo está lleno de creencias, pero hay poca solidaridad”.

Se preguntó: “¿Conseguiremos un mundo mejor gracias a nuestros esfuerzos?”

Y se respondió: “No lo creo, pero quizá sí algo más solidario”.

Entonces la gente se extrañó: ¿Solidaridad? ¿Y a santo de qué viene ahora con esta chorrada?

La Solidaridad a final del siglo XX,
flor de cactus, perla en el muladar

Me perdonaran los lectores este abuso de referencias literarias, pero creo que esas expresiones representan la manera más rápida de describir lo que la solidaridad había llegado a ser hace unos años. El espíritu filisteo ha reinado en el mundo hasta dejar corta aquella lamentación del villancico que decía que en esta tierra ya no hay caridad.

Ahora, 46 años después (tres generaciones) de la profecía de la señora Christie, el mundo, que no está claro si está algo mejor o mucho peor, por lo menos ha decidido que, para ser excelente, hay que ser solidario. Más solidario.

Hace unos días, a cuenta de preparar el Giving Tuesday, un cliente y amigo, me planteó a bocajarro: ¿Y este aumento tan espectacular del interés por la solidaridad, de dónde ha salido?

El Gran Recapte organizado por el Banc dels Aliments congrega a miles de voluntarios solidarios
El Gran Recapte organizado por el Banc dels Aliments congrega a miles de voluntarios solidarios
Mi amigo y cliente no es un novato en estos temas: Ocupa un puesto importante en una compañía que cotiza en bolsa y que basa su pujanza en ser una empresa inmobiliaria excelente. Me decía: Antes, disponer de edificios excelentes significaba que no había desconchados en los vestíbulos, los ascensores funcionaban y no había bombillas fundidas por los pasillos. Luego eso ya empezó a considerarse normal, y nosotros habíamos fijado el filo cortante de la excelencia en que nuestros edificios fueran accesibles, y luego, también, sostenibles. Ahora estamos convencidos de que nuestros edificios deben ser, además, solidarios, y resulta que muchas de las empresas que tenemos como inquilinos ya nos han tomado la delantera montando voluntariados corporativos y actividades de todas clases…”

La solidaridad está en los genes mentales de los humanos: sin ella, el pitecántropo y sus herederos, no hubieran sobrevivido en las épocas más negras de su evolución; y en el ADN y en los mitos de las literaturas antiguas han quedado trazas de que en más de una ocasión a la humanidad le fue del canto de un duro.

Ejemplos similares de esos tiempos prehistóricos los hemos podido conocer modernamente en los pueblos de los desiertos o del Ártico helado: La supervivencia de la especie ha sido posible porque el chip que decía: ‘la hospitalidad es una obligación incluso con un enemigo’ fue más fuerte que el otro chip que decía ‘al enemigo, ni el agua’.

Los algonquinos de la costa este americana, hace siglos (vieron llegar a los viquingos, y luego a los franceses y a los ingleses…), tenían dos valores básicos en los que se fundamentaba toda su vida: ‘Compartir y Cuidar’. Los franceses del XVIII hablaban de la Fraternidad, y la pusieron a la altura de la Libertad y la Igualdad. No vamos a plantear una cuestión de nombres. La solidaridad entre los habitantes de las diversas religiones en las aldeas de Palestina era proverbial hasta los tiempos del mandato británico: Los sábados los musulmanes encendía y apagaban las lámparas de los judíos, y estos echaban una mano para los trabajos más pesados durante las horas del día durante el mes del Ramadán.

La solidaridad la hemos visto hasta hace cincuenta años en nuestros pueblos, aunque frecuentemente acompañada por el salvajismo y el cotilleo. Fue cuando la evolución de los tiempos trajo la posibilidad de cambiar la mísera servidumbre del campo por el sueldo en una fábrica de la ciudad, que la España rural se despobló, sus gentes fueron a las grandes urbes y allí descubrieron, ¡oh maravilla!, que viviendo cada uno en su piso podían no tener todo el día a la vecina fisgando qué hacían o dejaban de hacer, y los jóvenes podían vivir su vida al estilo y ritmo ciudadano sin sentirse vigilados y controlados por todas las comadres del pueblo. ¡Se acabó el cotilleo! Pero se acabó también buena parte de la vieja solidaridad pueblerina.

Fue así, y con mil otros casos básicamente similares a estos, producto de la tensión moderna, como la solidaridad desapareció de nuestro entorno. La solidaridad que en la España rural superaba incluso las diferencias más rancias: Los gitanos eran gente de poco fiar, que en cuanto podían te robaban, y en los pueblos, cuando se les venía venir, se escondían las gallinas. Pero si en el pueblo se moría un animal, pongamos un cerdo, de muerte natural (y era natural que se muriera si, por ejemplo, se había comido un alacrán mientras triscaba por la dehesa), los críos de la familia que había sufrido el percance iban a avisar a los gitanos más próximos (quizá a media legua o más), porque ‘ellos estos animales muertos así, los comen, y también son hijos de Dios’. Era vida de pueblo, primitiva. No había globalización y los forestaros estaban en sus lejanas tierras y, si aparecían por el pueblo, era de uno en uno.

Vuelvo a la pregunta de mi cliente y amigo: ¿Y este aumento tan espectacular del interés por la solidaridad, de dónde ha salido? Mis creencias no me empujan a imaginar procesos místicos por los que un mensajero celestial inspira a los humanos a hacer todo lo que nos pueda parecer bueno y noble (y un demonio nos inspira todo lo malo, que hay que mantener el balance). Creo en Newton, Einstein y Planck cuando de lo que se trata es de comprender el mundo. Y creo en Darwin, Marx y Freud, los tres demonios de los fundamentalistas, para entender a la gente que en el mundo vive. La evolución de los medios de producción puede empujar a una cierta deshumanización (aunque no tanta como el hambre), especialmente si la concentración de la riqueza en manos de unos pocos, como pasa ahora, estimula la fe en la lucha final. La aceleración de los tiempos y los cambios que eso conlleva pueden potenciar las neurosis de los que sienten que pierden sus referentes, lo que igualmente redunda en una deshumanización general…

En esta situación, la aparición en nuestro deshumanizado entorno de esta ola de solidaridad generalizada, hemos de creer que responde, siguiendo a las ideas de ese viejo patriarca barbudo que se nos aparece en las botellas de Anís del Mono, a ese chip mental que la humanidad desarrolló hace milenios, y que la defiende, por ahora, de su extinción como especie. Si aquí estamos (principio antrópico) es porque algo ha hecho que podamos llegar hasta aquí; si no, no estaríamos.

Hemos de seguir creyendo que existe un mecanismo darwiniano que hará que la supervivencia de la especie en el futuro quede protegida, como ya ocurrió en el pasado, por la solidaridad.

Un pensament a “Hoy como ayer: la solidaridad”

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