“Es hora de echar el freno de mano a esta aceleración brutal que nos lleva a la ruina”

Entrevista a Esteban Hernández, autor de Los límites del deseo. Instrucciones de uso del capitalismo del siglo XXI (Editorial Clave intelectual)

Eugeni Madueño
Periodista

Esteban Hernández ha publicado Nosotros o el caos (Ed. Deusto), El fin de la clase media (Clave intelectual) y Los límites del deseo (Clave intelectual), un libro en el que, según Joaquín Estefania, “el autor desarrolla la idea de que el gran eje de nuestro tiempo no es el de derecha o izquierda, ni el de arriba o abajo o el de lo nuevo  y lo viejo, sino el de estabilidad o cambio. La inseguridad vital, la incertidumbre y la decepción no provocan en la ciudadanía un deseo de cambio, como en otros momentos de la historia, sino un repliegue conservador”. 

tapalimitesdeseo¿Cómo es ‘el capitalismo realmente existente’ al que se refiere en su libro, el de las desigualdades crecientes, la economía colaborativa, el de la financiarización…

Es un sistema que se parece muy poco a sí mismo. Sus ideas centrales, los preceptos explícitos en que el capitalismo se basa, están escasamente presentes hoy. Cada semana aparece alguna noticia que nos lo recuerda. Últimamente ha sido el rescate de las autopistas, una forma de que el dinero público sufrague las malas iniciativas y la mala gestión privadas, o la condena a Lagarde, la presidenta del FMI, que no se va a cumplir, pero hay muchos elementos cotidianos más. El sistema se ha separado de sí mismo y se está convirtiendo en una forma coagulada, casi tanto como lo fue el comunismo en las décadas de los sesenta y setenta, donde las ideas centrales del sistema y sus mismas normas resultaban instrumentales a una élite, la que lideraba el partido, que tampoco creía en el comunismo, pero que mantenía esa fe de cara al exterior porque la necesitaba para conservar sus puestos de privilegio.

¿A dónde nos conduce la ‘economía del contenedor’? Supondrá, como ya parece, la muerte de sectores enteros, y la desaparición de las pequeñas empresas unifamiliares?

Es algo que estamos viviendo de una manera muy intensa. Supone la concentración de sectores enteros a partir de un cuello de botella que acaba determinando toda la cadena. Tenemos un ejemplo de esta nueva economía en Amazon, que a partir de su oferta se ha convertido en el mediador principal (y mundial) de varios sectores culturales, pero también en empresas como Mercadona, cuyo volumen de ventas le permite controlar las condiciones de todos los que participan en el proceso. Estos tienen escaso poder de negociación frente a la cadena de hipermercados, por lo que la empresa marca lo que se debe hacer de manera muy evidente. Al mismo tiempo, esta economía del contenedor, construida por compañías que pueden recibir ayudas estatales, que tienen facilidad para pagar menos impuestos, etc., expulsa del mercado a pequeñas tiendas que no pueden competir. El resultado es una gran empresa dominante (o dos o tres de ellas) que controlan un sector, y un montón de proveedores, empleados y consumidores con muy escaso poder. Y desde luego, crea muchos menos empleos. El caso Walmart es muy evidente en este sentido.

Esteban Hernández. Foto de Salomé Sagüillo
Esteban Hernández. Fotos de Salomé Sagüillo

César Molinas hizo suerte con la definición de ‘clases extractivas’. Usted llama ‘extracción financiera’ a la actividad de los fondos de inversión en las empresas, que las vampirizan para luego abandonarlas. ¿Es la extracción lo que da sentido al nuevo capitalismo?

Sí. Las grandes empresas financieras van buscando el beneficio, pero no como resultado de una apuesta por una actividad productiva. Solemos pensar en el capital financiero como aquel que alguien invierte dinero en una empresa, esta se desarrolla, vende más, obtiene mejores resultados y de ahí se pagan los dividendos. Hay un montón de técnicas para conseguir dinero que no pasan por esto. De hecho, el capital financiero compite con lo productivo en lugar de ayudarlo: puede intermediar de una manera oscura, como ocurre con el high frequency trading, o comprar una empresa para vender su parte rentable y desmantelar el resto, o adquirir acciones de una firma para poder venderlas rápido, o adquirir una pequeña parte de las acciones para forzar a la dirección a que las recompre o a que incremente los dividendos, y muchas otras cosas más. La intención no es que las empresas vayan mejor, sino de obtener la mayor rentabilidad en el menor tiempo posible. Y eso en muchas ocasiones acaba con las compañías.

La parte ‘positiva’ del nuevo capitalismo, el elogio del crecimiento individual, del emprendimiento, la innovación y la búsqueda de la excelencia… ¿También es mentira?

No tendría por qué serlo. Esa parte positiva ha funcionado en muchas ocasiones, y ha alcanzado metas muy interesantes. Pero es falsa hoy en el sentido de que se ha convertido en una retórica que difumina y oculta la parte extractiva. La innovación y todo lo demás que mencionas es más una forma de relaciones públicas que una realidad en sí misma. Y es una trampa a menudo. Mucha gente cree en el emprendimiento, y lo ve como una buena solución, en parte porque en España se montaron muchos pequeños negocios que funcionaron y se piensa que hoy es posible hacer lo mismo. Pero cualquier pyme se desenvuelve en un contexto en el que, por desgracia, tiene muy complicado sobrevivir. Del mismo modo, hay gente que tiene buenas ideas, y que se arriesga a desarrollarlas, y al final se encuentra con que la idea es lo de menos para tener éxito.

¿Somos víctimas del marketing? O dicho de otra manera, ¿es el marketing la única manera de relacionarse con el cliente/ciudadano que conoce el capitalismo? En marketing no hay malas noticias. Todo es positivo. Todo se hace para bien del cliente. Como los servicios de atención de las grandes empresas. ¿Una estrategia cínica de desprecio a la mayoría practicada con una gran sonrisa hueca?

Esto del marketing es un gran problema, en primer lugar porque lo estamos aplicando no a las empresas, a las universidades o a los países, sino al ser humano en general. Ahora tienes que hacer marca de ti mismo para venderte en el mercado laboral, debes estar en forma, vestir adecuadamente, hablar los idiomas precisos, contar con los títulos adecuados, etc., y sobre todo, cuando no tienes todo eso, tienes que hacer como si lo tuvieras. Mucha gente, como la mayoría de las empresas, se preocupa más de su imagen, de la apariencia que muestra a los demás, que de la sustancia. La marca es un signo, y se trata de hacer que brille, aunque encubra un vacío o aunque lo que prometa difícilmente se corresponda con la realidad. Ese ejemplo de alguien que quiere ascender en una empresa y que trata de conseguirlo vendiéndose por los pasillos, contando a los demás lo bueno que es, lo mucho que trabaja y lo bien que lo hace (cuando en realidad se pasa el tiempo en plan relaciones públicas), es un retrato a pequeña escala de una tendencia generalizada. Y eso es lo que ocurre en nuestra sociedad, desde los partidos políticos a la universidad, que debajo de la apariencia hay poca cosa a lo que agarrarse.

Foto de Salomé Sagüillo
Esteban Hernández. Foto de Salomé Sagüillo

¿Por qué los partidos no apoyan a los ciudadanos desvalidos ante el abuso de las grandes compañías? ¿Por qué el Estado no protege a los consumidores? ¿Por qué nadie toma en serio el consumo como hecho político?

Lo del consumo es muy llamativo. Estamos en un instante de crisis, en el que mucha gente lo está pasando mal, y el resto está asustada porque percibe un deterioro generalizado en el nivel de vida (y sabe que si no lo está sufriendo, probablemente le toque en algún instante). Nuestros recursos dependen de lo que ingresamos y de lo que gastamos, y si el trabajo está mal, las noticias que vienen desde el consumo no son mejores: muchos bienes esenciales, como la luz, los carburantes, el gas, el teléfono o la vivienda, entre tantas otras cosas, han incrementado su precio de manera asombrosa en los últimos años. La desigualdad creciente se explica también porque cada vez los ingresos de gran parte de la población son menos mientras que los gastos habituales aumentan. En ese contexto, que nadie tome políticamente este asunto es pavoroso. Y eso sin contar con que la diferencia de poder entre las grandes empresas y el consumidor individualmente considerado ha aumentado tanto que es complicado hacer valer nuestros derechos. Lo de los servicios de atención telefónica al cliente son el ejemplo más bajo de la escala, y las sanciones a las grandes empresas por vulnerar las leyes que afectan al consumidor, cuyas cuantías son mucho más bajas de lo que ingresan gracias a saltarse las normas, el ejemplo más llamativo. Pero aún así, parece que el consumo no tiene demasiado interés para el mundo de la política, que parece ciego a las necesidades de la gente.

¿Cómo se sitúa la política local ante ese capitalismo globalizado? ¿Cree que tiene algún margen de maniobra?

Siempre hay algún margen de maniobra, y los políticos locales la tienen. Es cierto que, dadas las circunstancias, pueden tener voluntad pero no medios, porque ahora la prioridad es la reducción del déficit público, de manera que se recaude más dinero para pagar la deuda, pero el ámbito local es importante a la hora de establecer resistencias.

Ante una situación de incertidumbre global, de degradación de la democracia y de resurgir del populismo y la extrema derecha, en España se sigue prefiriendo a los corruptos que a los limpios. ¿Se cumple aquí lo de mejor malo conocido que bueno por conocer?

Es una tendencia general, no sólo ocurre aquí, aunque podamos notarlo más. El problema de fondo es que, en un contexto de incertidumbre, la gente busca algo de seguridad, alguien que le ofrezca la idea de que todo esto va a pasar pronto, de que es algo pasajero y que pronto vendrán tiempos mejores. Esa es la idea que ha conseguido que el PP, por ejemplo, a pesar de estar sumido en varios procesos judiciales por corrupción, sigue gobernando España, o de que el PSOE en Andalucía siga al frente. Pero también es un problema de los partidos de oposición, que no han sabido trasladar a la gente la sensación de que la única manera de conseguir algo de certidumbre y algo de esperanza es cambiar las cosas de un modo profundo, que sólo por un camino distinto se podrá contar con algo de estabilidad. Nuestro sistema está muy mal gestionado, y si seguimos por la misma vía y a la misma velocidad, vamos a descarrilar. Es hora de echar el freno de mano para conseguir que nuestras vidas no se vean tan perjudicadas por esta aceleración brutal que nos lleva a la ruina.

img_7514La dictadura a que nos someten los monopolios privados de los servicios básicos encaja muy bien con la cita de Maquiavelo a la que hace usted referencia: “Los grandes se han desvinculado de los pequeños y estos no tienen poder para ponerles límites a sus acciones”. ¿Qué podemos hacer?

La respuesta obvia es defendernos, y la mejor defensa para quienes no tienen poder es conseguirlo a través de las acciones colectivas. Pero lo de Maquiavelo señala algo más: todos los sistemas, sean del signo que sean, perduran cuando son capaces de conseguir que los grandes se limiten, que las diferencias de poder y de recursos no sean amplias, ya sea porque los grandes entienden necesario autolimitarse, ya porque existen fuerzas que les obligan a ello. En el capitalismo occidental, por desgracia, no se cumplen ninguna de las dos condiciones, de manera que sería conveniente crear resistencias tanto en el terreno de las ideas, como en el de la política y en el del trabajo y el consumo para que el tren no descarrile.

¿No confía para nada en la capacidad de los partidos de tomar soluciones amplias, de cambio de modelo? ¿No cree en la nueva política? ¿Sólo ve posible llevar a cabo pequeñas acciones humanistas, que a mi me recuerdan al Schumacher de ‘lo pequeño es hermoso’?

Creo en la política, entre otras cosas porque no tenemos opción. Esto es un tren en marcha, y alejarse de la política, entrar en una posición pasiva, supone aceptar el rumbo que el tren lleva. No hay posibilidad de ser neutral, como decía Howard Zinn. Pero también creo que la política no basta: las acciones pequeñas son necesarias, también las medianas y también las grandes. No creo en la nueva política porque entiendo que se han centrado en lo accesorio, porque no han entendido que lo material es esencial para la vida de todos nosotros, y que la batalla real se está librando en ese terreno. Cuando les oigo hablar de poder constituyente o de representación horizontal o de cuestiones identitarias, y les veo metidos en tantas batallas organizativas para saber quién manda y quién determina la estructura, creo que están perdiendo su tiempo y el nuestro.

Ni en la derecha ni en la izquierda –que posiblemente y a grandes rasgos sean lo mismo– usted ‘no está en ningún lado’. ¿Sólo los outsider pueden hoy ‘acercarse a la realidad’?

Yo, como todo el mundo, estoy en algún lado. Pero creo que la ideología tiene sentido a la hora de las soluciones, no a la hora de realizar los diagnósticos. Y en el libro he intentado describir situaciones de una manera objetiva, desapasionada y desideologizada (al menos, en la medida en que nos es posible hacer eso), de forma que cualquiera pueda entender lo que ocurre y proponer las soluciones que estime convenientes. Entiendo que, en este momento en el que estamos tan perdidos respecto de los cambios que estamos viviendo, era mucho más importante identificar qué ocurre que ofrecer mis soluciones.

Al comienzo de su libro asegura que escribir hoy no tiene sentido. “Los conceptos y las razones no sirven de nada frente a un video de Youtube”. Sin embargo, al final, en las conclusiones, reivindica fervorosamente el valor de los libros que hoy “no interesan a nadie”. ¿Como el suyo?

El pensamiento está devaluado, por desgracia, y no sólo por lo visual o por las noticias falsas, sino por una nueva forma de razonar que ciñe la verdad a los números y a aquello que se puede medir, que es la mejor manera de crear una realidad falsa: construyen una verdad parcial y la hacen pasar por total. Pero cuando afirmo que es importante que los libros no interesen a nadie, me refiero a algo que creo que hoy resulta especialmente relevante: los libros se destinan a sus nichos, de forma que el economista escribe en su lenguaje y para hacer carrera académica, se publican muchos libros políticos partidistas, enfocados en una sola dirección, o se buscan temáticas llamativas a la espera de que se conviertan en éxito editorial. Ahora es momento de fijarnos mucho más en la realidad exterior, intentando captar qué ocurre, intentando entender lo que pasa ahí fuera, que escribir para que te genere réditos en un terreno u otro.

Cuando se refiere (fugazmente) al proceso que vive Catalunya lo interpreta como un reforzamiento de la identidad frente a la incertidumbre generalizada. ¿De verdad cree que es sólo eso?

Obviamente no. Pero el proceso catalán incluye varios puntos de conexión con acontecimientos generales. Por ejemplo, contiene dos ideas centrales, la sensación de que se va de la mano con otros territorios y que en esa unión se sale perjudicado, y la creencia en que, en un mundo globalizado, yendo sólo se tendría mejor suerte. Esas ideas también las comparten algunas formaciones políticas europeas, sólo que en lugar de referirlas a una unión estatal, lo hacen a la UE. Cataluña cree que tiene grandes condiciones para tener muy buenas opciones por sí misma en un mercado global, y que en esta tesitura, formar parte subordinada de España le perjudica. De modo que cuando subrayo el elemento identitario no me refiere a un repliegue sobre las raíces y las costumbres como fuente de seguridad, sino a una concepción diferente de los nacionalismos que no es exclusiva de Cataluña.

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