Historia de las Españas

Redacción

Esfuerzo notable el de la editorial valenciana Tirant Humanidades con su Historia de las Españas, una aproximación crítica. Esfuerzo por lo cuidado de la edición, por el volumen del mismo (451 páginas) y por reunir, coordinados por Juan Romero y Antoni Furió (ofrecemos el texto de presentación del volumen firmado por ambos), un plantel de especialistas de prestigio: Pedro Ruiz Torres (“Los usos de la historia en las distintas meneras de concebir España”) Antoni Furió (“Las Españas medievales”) Antoni Simón i Tarres (“La crisis de 1640 y la quiebra del primer proyecto nacional español”) Joaquim Albareda (“Del tiempo de las libertades al triunfo del dominio absoluto borbónico”) Antonio Miguel Bernal (“Colonias, Imperio y Estado nacional”) Juan Sisinio Pérez Garzón (“La nación de los españoles: las Juntas soberanas y la Constitución de 1812”) Borja de Riquer (“De Imperio arruinado a Nación cuestionada”) Ramón Villares (“Exilio, democracia y autonomías: entre Galeuzca y Las Españas”) Juan Romero y Manuel Alcaraz (“Estado, naciones y regiones en la España democrática”) Alain G. Gagnon (“Nuevos retos para los estados plurinacionales en el siglo XXI. El caso español en contexto”). “Historias de las Españas” contiene también una introducción firmada por Josep Fontana en el que, haciéndose eco de unas palabras del físico y filósofo Mario Bunger, premio Príncipe de Asturias de Humanidades en 1982 se reivindica la historia como la más científica de las ciencias sociales. La introducción de Fontana acaba con estas palabras: “Este libro no va encaminado a afirmar verdades ni a denunciar mentiras, sino que responde a la pretensión de estimular a sus lectores a superar convicciones y prejuicios y a ejercitarse en el arte de pensar por su cuenta”.

 

Historia de las Españas

PRESENTACIÓN

Juán Romero i Antoni Furrió

En el prólogo de sus celebrados Ensayos, que darían nombre a un nuevo género literario que pronto gozaría de una gran aceptación en los medios intelectuales europeos como una forma de expresión del pensamiento intermedia, o a caballo, entre la erudición y la opinión (derivada en algunos casos extremos hacia la pura acción, la fabulación interesada), Michel de Montaigne advertía a sus lectores que él mismo era la materia de su libro. Lo que no era sino una manera de decir que el objeto último de sus reflexiones era la condición humana en toda su complejidad y mudanza. La materia de este libro, mucho más modesta, aunque quizá no todos coincidan en la apreciación, es España, o, mejor, las Españas, si de la geografía y los proyectos políticos —pasados y por venir— pasamos al terreno de la historia. Porque éste es también, o sobre todo, un libro de historia. No un libro de investigación, aunque lo que en él se dice se apoya en los trabajos más recientes y en lo más sólido del estado actual de la disciplina, ni una obra de síntesis ni mucho menos un manual o un libro de texto (aunque aspire a in%uir en unos y otros), sino un ensayo, una invitación a pensar —críticamente, históricamente, como nos enseñaron hace tiempo Jaume Vicens Vives y Pierre Vilar— la historia de España, la historia de las Españas.

La historia de España ha sido, desde la segunda mitad del siglo XIX, un ingrediente esencial en el proceso de nacionalización de los españoles, de construcción de la identidad española. El trauma provocado por la pérdida de los últimos restos del imperio colonial, la idea de fracaso, de haber llegado tarde y mal a la modernidad europea, los deseos de regeneración política y moral, de revolverse incluso contra la historia, contra un pasado que pesaba demasiado sobre el presente (“doble llave al sepulcro del Cid, para que no vuelva a cabalgar”, recomendaba Joaquín Costa en 1900, en una recopilación de artículos y conferencias titulada significativamente “Reconstitución y europeización de España”), o al contrario, volviendo a él, recuperando la Reconquista como raíz y molde de la singularidad hispánica, han llevado a historiadores e intelectuales del siglo XX a interrogarse permanentemente, casi hasta la obsesión, o sin el casi, sobre el “ser” de España, sobre el “problema” de España, desde la España invertebrada de Ortega y Gasset a España en su historia y La realidad histórica de España de Américo Castro, España, un enigma histórico de Claudio Sánchez Albornoz y la más reciente EspañaReflexiones sobre el ser de España, publicada por la Real Academia de la Historia. A estas obras, que coinciden todas en llevar el nombre de España en su título, y algunas incluso dos veces, no dejan de añadirse cada día, en prueba de que el “problema” está lejos de haber sido zanjado, nuevas entregas que no solo abundan en el esencialismo de lo español, esto es, en su ahistoricismo, sino que lo retrotraen hasta casi el tercer día de la Creación, como parecen sugerir libros como la Historia de España. De Atapuerca al euro de Fernando García de Cortázar o España, tres milenios de historia de Antonio Domínguez Ortiz. La necesidad de remontarse a la noche de los tiempos, de situarse incluso fuera de la historia, y de recalcar el carácter tres veces milenario, si no más, de la identidad española no es sino una manera de expresar la inseguridad sobre el presente y de conjurar, de forma imperativa y categórica más que reflexiva y crítica, los temores sobre el futuro.

Del interés por esta relevante cuestión —muchos dirían por este problema— no existe duda alguna. Cualquier lector interesado puede constatar hasta qué punto se ha intensificado un debate que nos acompaña durante siglos. Porque éste es uno de nuestros rasgos más distintivos: el “España como problema”, el “problema de España”, el “España sin problema”, el “problema de los particularismos”, el “problema vasco”, el “problema catalán”, el “problema de los nacionalismos”, el “problema de los independentismos”…, sin duda alguna, la difícil convivencia de pueblos, de naciones y regiones, constituye uno de nuestros hilos conductores más notables como colectividad.

El debate de fondo es antiguo, pero no viejo, porque se mantiene vivo hasta la actualidad ¿España o Españas? ¿singular y única o plural? ¿visiones de España imposibles de conciliar? ¿Nación española o España nación de naciones? ¿Una nación grande y otras naciones o comunidades nacionales minoritarias? ¿Un Estado-nación y varias naciones políticas sin Estado? ¿España federal? ¿España confederal? Aquí el disenso es muy notable y existen nítidas posiciones encontradas, tanto en el ámbito político y social como en el académico.

Desde hace siglos la nuestra es una historia de reiterados desencuentros en la que sólo en contadas ocasiones ha sido posible el diálogo y la voluntad de querer solucionar cuestiones esenciales relacionadas con la siempre difícil convivencia de pueblos que se sienten diferentes y que tal vez podrían caminar juntos. Por todo ello bien podría hablarse de una España inacabada. De un proyecto colectivo de convivencia perfectible entendido como un proceso. Porque frente a quienes hace tiempo quisieran “cerrar” y “culminar” un edificio que creen iniciado con la nueva etapa democrática inaugurada hace un cuarto de siglo, nos encontramos ante el único de los grandes retos históricos que en España se ha tenido que afrontar que no se ha sabido o no se ha podido resolver todavía y que tal vez no tenga por qué ser definitivamente resuelto.

Hasta el punto se trata de una cuestión abierta que es el elemento que más atención concita y tensiones provoca en nuestra vida política cotidiana o como dirían otros —no sin censura por parte de terceros— en la política “nacional”. Y muy probablemente, frente a la opinión de aquellos que desde los distintos nacionalismos viven “en permanente estado de negación” que diría Américo Castro, así tendrá que ser en el futuro y tendremos que ser capaces de hallar las formas más adecuadas de convivencia, término mucho más ambicioso y noble que el de “conllevancia”. Conscientes todos de que muchas de estas cuestiones se alojan en el cuadrante de las emociones, lo cual supone, también para los estudiosos aunque su cometido se sitúe en un plano diferente, un reto adicional formidable.

Este libro pretende situarse en una perspectiva y una tradición muy distinta a la sostenida por muchos enfoques tradicionales. La que considera a España —o, mejor, a las Españas, pues siempre hubo, en las diferentes formas como se organizó políticamente la convivencia en la península desde la Edad Media, más de una sola configuración político-institucional, esto es, más de un solo estado, al menos hasta fechas recientes, y, antes y después, más de una sola forma de reconocerse cultural y lingüísticamente, nacionalmente, sus habitantes— como un producto histórico, y no como una necesidad o un destino. Y la que arranca historiográficamente, aunque con notables precedentes anteriores, con la obra de los ya citados Vicens Vives y Vilar, a quienes hemos querido recordar y homenajear tomando como subtítulo de esta obra colectiva el título del libro del primero. En unos años de profunda cerrazón ideológica, de miseria no solo económica y social sino también política y moral, con el debate intelectual —y la práctica historiográfica— dominado por la obsesión esencialista, por los caracteres originales de la singularidad española, la Aproximación a la historia de España de Vicens (1952), a la que pronto seguirían la Historia social y económica de España, en la que contó con la colaboración de su formidable equipo de discípulos (1957), y la Historia de España de Vilar (1963, aunque el original francés data de 1947), constituía una apuesta decidida por la historia, por entender —y explicar— críticamente, históricamente, el pasado común, y por abrirse sin reservas, en la concepción y en los métodos de la disciplina y en la construcción política del futuro, a la modernidad europea, la que en aquellos momentos se expresaba en la escuela de los Annales y en el materialismo histórico.

Es la senda que transitarán, años más tarde, tantos historiadores e intelectuales críticos, que, frente a quienes ven a España como una formación nacional granítica ya desde sus albores y reducen su historia a la historia de Castilla, contribuirán con sus trabajos y reflexiones a recuperar la historicidad —la construcción y el desarrollo histórico— de lo que llamamos aquí las Españas, lejos de quimeras esencialistas y de supuestas singularidades. Y que reduciremos aquí a dos nombres, a dos grandes historiadores que tanto han contribuido a reencauzar el debate por la vía de la racionalidad y de la comprensión crítica, como el malogrado Ernest Lluch, con su Las Españas vencidas del siglo XVIII (1999), al que tanto debe, y no sólo en el título, la idea del libro que el lector tiene entre las manos, y Josep Fontana, verdadero maestro de todos nosotros, que ha accedido a presentarlo, con una introducción, como siempre, lúcida y penetrante.

Nuestra vocación no es la de convencer a nadie y mucho menos combatir otras visiones o enfoques por muy alejados que estén de los que aquí se exponen, sino ofrecer argumentos para que cualquier lector o lectora interesados en tener un mejor conocimiento de nuestro pasado colectivo encuentre en estas páginas más argumentos para extraer sus propias conclusiones. Nuestro modesto propósito es ofrecer aquí un relato en el que el sujeto no sea estudiado en singular sino en plural, desde las Españas medievales hasta la España democrática de los distintos pueblos que la integran. Poniendo más el acento en la diversidad que en la unidad cuando se trata de analizar la indiscutible realidad que es España. Entendiendo España, según el momento analizado, como un conjunto de culturas y de reinos asentados en la Península Ibérica, como monarquía compuesta, como un Estado que no fue capaz de culminar (o imponer) con éxito pleno la formación de una nación al estilo de lo acontecido en algunos de los países de nuestro entorno, como comunidad de pueblos o de naciones. O como nación de naciones para otros. Procurando evitar la reiterada insistencia de pretender llevar el argumento del nacimiento de la nación española hasta los descendientes de Noé. Procurando no confundir Estado y nación. Procurando ofrecer, si se quiere, una aproximación “heterodoxa” de la Historia de España. Evitando siempre visiones esencialistas y el recurso a historias y geografías, más o menos fabuladas, que a nuestro juicio poco ayudan a la construcción de un relato sosegado, ponderado y entendemos más respetuoso con nuestro pasado.

Partiendo de la idea de que no hay una única España, y tampoco las conocidas “dos Españas”, sino múltiples Españas en palabras del hispanista Henry Kamen. Historias de España hay muchas, pero no existía una Historia de las Españas. Nosotros creemos que España debe entenderse y estudiarse en plural y no en singular, en conjunto y no de forma yuxtapuesta. De ahí el título de este ensayo. Con la pretensión, no sabemos si conseguida, de aproximarnos a nuestra historia pasada sin pretender esgrimirla a conveniencia desde el presente.

Un ensayo escrito por algunos de los mejores historiadores que no solo cuentan con una amplia y sólida trayectoria, sino que representan, entendemos, la diversidad existente: historiadores de origen castellano, andaluz, gallego, valenciano, catalán… que ofrecen en estas páginas su propia visión de las Españas sin esquema previo. Solo han contado con el encargo de ocuparse de escribir unas páginas sobre aquel periodo de la historia en el que son reconocidos especialistas. Los lectores tienen ahora la palabra.

Un pensament a “Historia de las Españas”

  1. Dicen ustedes con muy buen atino ” Desde hace siglos la nuestra es una historia de reiterados desencuentros en la que sólo en contadas ocasiones ha sido posible el diálogo y la voluntad de querer solucionar cuestiones esenciales relacionadas con la siempre difícil convivencia de pueblos que se sienten diferentes y que tal vez podrían caminar juntos. Por todo ello bien podría hablarse de una España inacabada . Pero uno se cansa de pensar que “se puede caminar juntos” y decide que es mucho mejor que la “obra” quede INACABADA que gastar más energias en intentar acabarla. Así de simple. Me leeré el libro por puro placer intelectual, estoy seguro de que lo suministra.
    Cordialment,
    Pep.

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