Hic, Rhodus. Hic salta

1415017143_456671_1415017739_noticia_normal
El director de inversiones del Santander, José Manuel Campa; el director general del CEC, Fernando Casado, y el presidente de Telefónica y del CEC, César Alierta. Foto: P. Campos (EFE)

Los principales empresarios del país han propuesto un plan para la creación de tres millones de puestos de trabajo legales. Han detallado dónde y cómo.

Podría parecer un ‘Viva Cartagena’, pero resulta que las diez y ocho empresas representadas son ciertamente entidades de mucho peso, y los empresarios firmantes, de primerísima fila en nuestra economía. Respaldando esa afirmación están Isidre Fainé y Ana Botín. Y están Brufau y Lara. Y Florentino Pérez y Juan Roig. Y gente que sabe lo que es generar empleo, como los primeros espadas de El Corte Inglés, Mango o Inditex. Y gente de la empresa familiar, que no son precisamente pymes, como Leopoldo Rodés y Barceló, el de los hoteles. Así hasta diez y ocho.

Se trata de gente muy seria, y el feo hecho de que el que ha salido a dar la cara sea César Alierta, que fue a la presidencia de Telefónica en vez de a la cárcel por el delito, que la audiencia consideró probado, de tráfico de influencias pero que se libró por las triquiñuelas de sus abogados, no quita fuerza a esas rotundas afirmaciones que han hecho.

Los medios, en general, se lo han tomado a guasa: Desde un zafio ‘¡que les den!’ hasta un displicente ‘¡pues que lo hagan!’. Los periodistas y tertulianos más creativos han correlacionado ‘empresarios’ con ‘chorizos’ y, apoyándose en Díaz Ferrán y los cuarenta ladrones, han ordeñado el escándalo y han tirado a la basura la vaca, sin mirar si era gorda o flaca. Los más finos se han limitado a preguntar si esos señores han pensado en el marco político, para poder seguir arreando contra el soberanismo catalán.

Esa señora y esos diez y siete señores son líderes, que saben reconocer una misión; definir para conseguirla una estrategia; plantear para implementarla unos cambios; ofrecer una visión de a dónde se llegará y por qué camino; fijar unos objetivos; establecer unos indicadores que midan hasta qué punto se van cumpliendo las previsiones; establecer una selección de metas muy precisas; lanzar una batería tras otra de iniciativas para alcanzarlas; y nombrar a responsables capaces de activar y desarrollar esas iniciativas.

Todo eso es el trabajo suyo de cada día. Si para lograrlo tienen que aliarse o pelearse, reafirmarse o desdecirse, avanzar o retroceder, es cosa suya. Están acostumbrados a todo eso, y lo hacen cada día.

¿De verdad que lo único que se nos ocurre es despreciarlos?